Sábado, 1 de agosto de 2026
TABLERO GEOPOLÍTICO

España como potencia media en el nuevo desorden internacional

Frente a un escenario global dominado por la unilateralidad, España debe asumir con urgencia su rol como "potencia media". El asistente de investigación en el Center for Strategic and International Studies (CSIS) de Washington D. C. Antonio Tintoré defiende la necesidad de forjar un "tercer camino" que escape a las rivalidades entre bloques. Para evitar quedar a merced de un "mundo de carnívoros", Madrid necesita liderar la integración europea, reforzar la competitividad económica e impulsar una verdadera autonomía estratégica.

Antonio Tintoré Vicent Antonio Tintoré Vicent 12 de marzo de 2026
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El primer ministro canadiense, Mark Carney (izquierda), junto al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. | Redes sociales de Mark Carney
El primer ministro canadiense, Mark Carney (izquierda), junto al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. | Redes sociales de Mark Carney
El pasado mes de enero, en el Foro Económico Mundial celebrado en Davos, dos discursos absorbieron toda la atención de los asistentes y coparon los titulares de la prensa internacional. Trump explicitó durante setenta minutos su visión del mundo: un mundo de poder crudo, bullying y anarquía. Frente a ello, y haciendo gala de una valentía que ojalá fuera más común entre los líderes europeos, Mark Carney expuso una visión del mundo diametralmente opuesta, pero igualmente realista.

El primer ministro canadiense no enarboló un discurso nostálgico, endiosando el añorado "orden internacional basado en reglas" ni reclamando una imposible vuelta al pasado. En su lugar, comenzó criticando las hipocresías del viejo orden, centrando la mayor parte de su intervención en lo que ha de venir a continuación: en qué hacer tras esta ya famosa "ruptura".

"España, como decimoquinta economía del mundo y firme defensora del multilateralismo, debe posicionarse como potencia media a la Carney"
En un mundo donde la ley del más fuerte parece imperar, Carney sostiene que la única salvación radica en la acción de las potencias medias, pues son precisamente los países atrapados entre la rivalidad de los grandes quienes pueden forjar un "tercer camino" más esperanzador. Estos países, según el canadiense, deben dejar atrás el exclusivismo de las alianzas tradicionales, abrazando "geometrías variables" y buscando cooperar más allá de alineamientos rígidos, allí donde existan intereses comunes. En conjunto, su discurso es una llamada al realismo y a la asunción de responsabilidades por parte de las potencias medias. 


En este contexto, España, como decimoquinta economía del mundo y firme defensora del multilateralismo, debe posicionarse como potencia media a la Carney, construyendo activamente una alternativa al mundo de hegemonías y fragmentación. Para lograrlo, la acción exterior española debería articularse en torno a tres ejes complementarios.

Los tres pilares que deben desarrollarse como potencia media

El primero —y más importante— tiene que ver con la integración europea y la consecución de una verdadera autonomía estratégica. Ante crecientes amenazas, el proyecto europeo representa la palanca más efectiva en la protección de nuestra soberanía e influencia. Por sí sola, España está vendida a la presión de los grandes; pero en unión con nuestros veintiséis aliados europeos podemos dotarnos de un peso y un poder de negociación más que respetable a nivel global. Además, y más allá de nuestros intereses a corto plazo, la Unión Europea puede ser una fuerza genuinamente positiva en la configuración de un nuevo orden global. El multilateralismo forma parte de nuestro ADN como proyecto político, y una Unión más fuerte puede proyectar esa lógica de cooperación y reglas en un mundo cada vez más anárquico.

"En un mundo de carnívoros, la competitividad económica debe ser nuestra primera prioridad, asegurando una agenda verde y social complementaria."
En el ámbito económico, España debe apostar decididamente por la agenda de competitividad europea: buscando profundizar el mercado único, apoyando unos presupuestos plurianuales ambiciosos, facilitando la unión del mercado de capitales, implementando nacionalmente la agenda de simplificación regulatoria y promoviendo una nueva emisión de eurobonos que desbloquee nuevas inversiones. En un mundo de carnívoros, la competitividad económica debe ser nuestra primera prioridad, asegurando una agenda verde y social complementaria.


En lo comercial, España debe apostar por la apertura estratégica y la diversificación, animando a Bruselas a cerrar nuevos acuerdos de libre comercio con socios afines. La ratificación final de los acuerdos con Mercosur e India es una clara necesidad, al igual que la culminación de las negociaciones con Australia y un posible acercamiento al CPTPP (el Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico). En medio de tanta incertidumbre global, estos acuerdos, estancados durante décadas, evidencian el renovado atractivo de Europa como socio fiable y predecible, sirviendo de base para un mayor alineamiento político y diplomático. 

En materia de defensa, España debe seguir aumentando el gasto. Dada nuestra posición geográfica, es comprensible que no encabecemos los rankings de gasto militar aliado; sin embargo, no podemos desmarcarnos del consenso europeo ni resignarnos a un seguidismo incómodo. En Madrid, este esfuerzo no debe entenderse únicamente como una respuesta a Rusia. Es igualmente necesario, dada la creciente inestabilidad de nuestro flanco sur y para reducir nuestra dependencia estructural de los Estados Unidos. 

"Debemos anclar la discusión en un análisis riguroso del entorno operativo y de nuestras brechas de capacidades, evitando que el esfuerzo se reduzca a la fijación de objetivos políticos arbitrarios"
Así pues, España debe defender una mejora cualitativa del gasto, abogando por invertir en capacidades paneuropeas, en una base industrial común, en interoperabilidad y en economías de escala. También debemos anclar la discusión en un análisis riguroso del entorno operativo y de nuestras brechas de capacidades, evitando que el esfuerzo se reduzca a la fijación de objetivos políticos arbitrarios. El
gasto europeo, incluso sin sumar el del Reino Unido, ya es el segundo mayor del mundo y más que duplica el gasto ruso. El reto, por tanto, no es solo gastar más, sino, sobre todo, gastar mejor y transformar ese volumen en poder militar efectivo.
 
El segundo pilar de esta estrategia de potencia media tiene que ver con la articulación geopolítica del espacio iberoamericano. España, por historia y geografía, tiene aquí un papel singular. Muchos países de Iberoamérica comparten valores democráticos y se ven crecientemente amenazados por el colapso del orden internacional. Existe, por tanto, una clara ventana de oportunidad para profundizar los lazos. Con la ratificación de Mercosur, la Unión Europea pasará a tener acuerdos comerciales con el 97% del PIB latinoamericano

Esto debe verse como un punto de partida. Con España a la cabeza, la UE e Iberoamérica podrían reforzar su cooperación económica, impulsando proyectos conjuntos en sectores estratégicos como las infraestructuras o las materias primas críticas. Asimismo, podríamos coordinar posiciones en foros multilaterales como la ONU, donde juntos representamos un tercio de los votos. Por último, España debería ser una firme defensora de la integración política iberoamericana, facilitando que una región hermana, con idioma, cultura y valores compartidos, se fortalezca y prospere. 

"Mientras a muchos países europeos se les puede legítimamente achacar una doble moral con respecto a Ucrania e Israel, España es vista como un socio más afín"
Más allá, el acercamiento a Iberoamérica convertiría a España en un puente privilegiado hacia el sur global, una fuerza bisagra llamada a ganar peso en el sistema internacional. Compuesto sobre todo por países que no desean, ni pueden permitirse, un mundo de anarquía y rivalidad total, el sur global ofrece amplios espacios de convergencia. Además, la acción exterior española, incluyendo nuestro posicionamiento en la cuestión palestina, ha generado un capital de
soft power en el mundo poscolonial y musulmán que conviene aprovechar. Mientras a muchos países europeos se les puede legítimamente achacar una doble moral con respecto a Ucrania e Israel, España es vista como un socio más afín, uno que podría actuar como intermediario creíble entre el norte y el sur global. 

El tercer pilar para España como potencia media se refiere a la gestión estratégica de las relaciones con Estados Unidos y China, los dos países que más influirán en el panorama internacional a lo largo de las próximas décadas. La relación con Estados Unidos sigue siendo fundamental para España: la arquitectura de seguridad europea gira en torno a la OTAN y una alternativa plena resulta impensable a corto y medio plazo. Estabilizar la relación transatlántica es, por tanto, esencial. Está claro que Trump ha cuestionado las premisas básicas de la relación, pero su popularidad refleja tendencias subyacentes en el pensamiento político y estratégico estadounidense, volviendo imprescindible avanzar hacia una mayor autonomía europea. En el corto y medio plazo, esto implica reforzar el pilar europeo dentro de la OTAN; pero a largo plazo, Europa debe asegurarse la opción de poder ir más allá. Idealmente, una Europa más fuerte nos permitirá reequilibrar y renovar la relación transatlántica. Pero si esto resultara imposible, si Estados Unidos continúa su deriva belicista y unilateralista, Europa tiene que poder pivotar.

"España hace bien al mantener los contactos de alto nivel y al mostrarse abierta a la inversión china, pero ha de buscar siempre la unidad europea y la reciprocidad"
Respecto a China, España debe adoptar una postura más estratégica y largoplacista. En un momento en el que la Administración Trump es sin duda uno de los factores más desestabilizadores del orden internacional, una normalización con China tiene un valor simbólico y político muy atractivo. Aun así, conviene ser prudente. La caracterización europea de China como socio, competidor y rival (a veces criticada como esquizofrénica) resulta la más realista. Con China
se puede y se debe negociar. España hace bien al mantener los contactos de alto nivel y al mostrarse abierta a la inversión china, pero ha de buscar siempre la unidad europea y la reciprocidad. El modelo económico chino, cada vez más dependiente de la exportación de sobrecapacidades plantea problemas reales para España y Europa, así como el apoyo chino a Rusia. En este contexto, Madrid debe proteger y cultivar las áreas de cooperación posibles con Pekín, pero ha de reconocer también estos serios problemas estructurales.   

En conclusión, el discurso de Carney no ofrece recetas fáciles, pero sí una brújula. En un mundo cada vez más dominado por la lógica del poder bruto, las potencias medias tienen la responsabilidad —y la oportunidad— de construir alternativas. España, si asume con ambición su papel europeo, iberoamericano y global, puede situarse en ese tercer camino: no como espectadora de la fragmentación del orden internacional, sino como una de sus arquitectas.
Antonio Tintoré Vicent
Antonio Tintoré Vicent
Analista internacional en Washington D. C.
Exdelegado joven de la Unión Europea para el G20. Analista internacional en Washington D. C. Estudiante de Asuntos Transatlánticos en el Colegio de Europa y la Fletcher School of Law and Diplomacy. Graduado en Historia y Economía por la Universidad de Edimburgo.
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