Lunes, 17 de agosto de 2026
CONVERSACIONES

Charles Powell: "La monarquía española cuenta con un capital extraordinario en política exterior al servicio de los sucesivos gobiernos"

La "fórmula mágica" de la diplomacia española: ¿Un tándem irrepetible? La historia de los éxitos exteriores de España se escribió en la estrecha y leal colaboración entre el jefe del Estado y el presidente del Gobierno. Sin embargo, en un 2026 marcado por la polarización extrema, esa "llave maestra" parece bloqueada. A través de documentos inéditos y anécdotas, en esta conversación en profundidad con Marc López Plana, editor y director de 'Agenda Pública', el historiador Charles Powell, director del Real Instituto Elcano, analiza las claves de su último libro, "Juan Carlos I y la proyección exterior de España", y plantea una pregunta: ¿Está Felipe VI siendo "infrautilizado" en un momento en que la planificación a largo plazo ha desaparecido de la agenda política?

Marc López Plana Marc López Plana 8 de marzo de 2026
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Charles Powell (izquierda) y Marc López Plana (derecha), en Madrid. | Agenda Pública / Tania Sieira
Charles Powell (izquierda) y Marc López Plana (derecha), en Madrid. | Agenda Pública / Tania Sieira
"Trump no sabe quién era Jean Monnet", y en esa frase de Charles Powell se resume el cambio de era que afronta Europa en 2026. En este conversación que mantuve con el director del Real Instituto Elcano analiza la "tormenta perfecta" que sacude la relación transatlántica. Powell, autor de El rey Juan Carlos I y la proyección exterior de España, rompe el tabú de la dependencia estadounidense: "La relación transatlántica nunca volverá a ser lo que fue", advierte, criticando que España haya olvidado cómo gestionar sus crisis bilaterales al delegar sistemáticamente en una Unión Europea a menudo bloqueada por los traumas históricos de Alemania.

La conversación rescata la figura de Adolfo Suárez frente a su "caricaturización como tercermundista", reivindicando una intuición política que Margaret Thatcher o Jimmy Carter se tomaban en serio. Powell desvela que la entrada en la OTAN fue una "herida mal cicatrizada" que Felipe González gestionó en una "ambigüedad confusa" para evitar la ruptura de su base electoral. Un proceso que, según el historiador, nunca se debatió con transparencia, dejando a la sociedad española con una deuda de reflexión profunda sobre su papel en la defensa global.

En un tablero donde "Occidente quizá ya no exista en términos geopolíticos, pero sí como expresión cultural", Powell insta a no "matar a Tocqueville tan pronto". Defiende que España aún tiene cartas que jugar, desde el peso de los "550 millones de hispanohablantes" hasta aprovechar que "en el mundo MAGA existe un cierto elemento hispanófilo". Una lectura imprescindible para entender por qué, frente al aislacionismo de Washington, la lengua y la cultura siguen siendo las armas más potentes de una potencia media.
 

Charles Powell es autor del libro 'El rey Juan Carlos I y la proyección exterior de España' (Galaxia Gutenberg, 2026).


España ingresó en la OTAN en mayo de 1982, con el Gobierno de Calvo-Sotelo, en un contexto de fuerte rechazo social, y fue después Felipe González quien, tras haber mantenido una posición crítica, acabó convocando el referéndum de 1986. ¿Qué enseñanzas extrae de aquel momento que analiza en su libro y qué papel atribuye a Juan Carlos I en ese proceso?

La lección más profunda es que, a diferencia del ingreso de España en las Comunidades Europeas, que gozaba de una unanimidad casi absoluta, la cuestión de la OTAN nunca se ha terminado de digerir del todo.

Como sugiero en El rey Juan Carlos I y la proyección exterior de España, Adolfo Suárez tenía motivos para no tener prisa en relación con el ingreso en la Alianza. Me irrita la caricaturización de Suárez como tercermundista, y creo que merece más atención y más crédito del que se le ha dado. A partir de las segundas elecciones generales, celebradas en 1979, Suárez comenzó a viajar y, aunque no era un hombre con una gran experiencia internacional ni lecturas muy profundas, aplicó al mundo exterior la misma intuición política que había demostrado en el ámbito interior. Por eso me detengo en cuestiones que no guardan una relación directa con el asunto principal del libro, pero que son reveladoras: por ejemplo, que Margaret Thatcher se tomaba en serio a Suárez cuando opinaba sobre Oriente Medio, algo que aquí nadie sabía; que los alemanes le escuchaban, o que Jimmy Carter también lo hacía. Suárez tenía razones de peso para no solicitar el ingreso en la OTAN, sobre todo el temor a que ello no permitiría a España actuar de puente entre Occidente y el mundo árabe —o América Latina—, y a que diese lugar a un aumento de la actividad terrorista apoyada desde fuera.

"En realidad, ha habido dos grandes temas conflictivos en la política exterior española: la OTAN y, después, la guerra de Irak"
Leopoldo Calvo-Sotelo tampoco explicó en su día los motivos por los cuales aceleró el ingreso, aunque sí lo hizo después, sobre todo en su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, donde vino a decir: "Yo tuve que anclar esto porque quienes viniesen después seguro que no lo habrían hecho". En cierta medida es verdad que estaba haciéndole un favor al PSOE, porque González no se habría atrevido a hacerlo y eso probablemente habría generado más conflictos. Pero él no podía explicarlo así entonces, y lo que provocó fue una fuerte polarización de la opinión pública.


En realidad, ha habido dos grandes temas conflictivos en la política exterior española: la OTAN y, después, la guerra de Irak. González, que en 1982 ya estaba absolutamente convencido —y diría que eso lo demuestro en el libro aportando documentación nueva— de que una cosa era oponerse al ingreso y otra pedir la salida, se movió entre 1982 y 1986 en una ambigüedad confusa, atribuible también a que la mayoría de sus votantes no querían entrar en la OTAN.

El referéndum tampoco resolvió del todo la cuestión, porque en realidad no versó sobre la OTAN. Lo que se decidió fue, primero, una reducción muy significativa, del 30%, de las tropas estadounidenses desplegadas en España, algo que no tenía que ver directamente con la Alianza; segundo, la no integración en la estructura militar, condición que luego se ignoró en 1999; y tercero, la prohibición de introducir, almacenar o instalar armas nucleares, algo que ya se había aceptado en la época de Calvo-Sotelo.

Mi argumento de fondo es que, como no se debatieron estas cuestiones de forma transparente y seria, esa discusión nunca se ha producido realmente. Todo eso está superado, pero no ha habido una reflexión profunda en la sociedad española sobre estos asuntos. Lo mismo sucede con las bases. Casi produce rubor que en 2026 tengamos que recordar que existe un Convenio de cooperación para la Defensa con Estados Unidos desde 1988 vinculado precisamente al referéndum, que costó muchísimo negociar y que se negoció bien. Hasta ese momento no había habido una negociación seria, porque en el tratado de 1976 la prioridad del rey era que los americanos legitimaran el cambio de régimen o, más exactamente, el cambio en la Jefatura del Estado.

"Las bases españolas han sido fundamentales para la proyección de fuerza estadounidense en el Mediterráneo oriental desde la guerra de Yom Kippur"
El acuerdo de 1982, que nunca se explicó suficientemente —¿por qué se pasó de un tratado a un mero acuerdo, si el tratado era bastante ambicioso y contenía muchos elementos positivos?— tampoco generó un gran debate ciudadano. En cambio, el de 1988 sí me parece un buen acuerdo. Lo llamativo es que todavía sigamos dándole vueltas a estos asuntos, porque da la sensación de que la gente sigue sin entender lo que se logró. En 1988 se reafirmó la españolidad de las bases y el hecho de que el Gobierno español tendría la última palabra sobre su uso, algo fundamental, y al mismo tiempo se reconoció la importancia del ingreso en la OTAN. Fue la primera vez que se reconocieron simultáneamente ambas cosas.


Me gustaría pensar, aunque quizá sea ilusorio en este momento de polarización, que la coyuntura actual pudiera servir, no para abrir un gran debate nacional, pero sí para reflexionar de nuevo sobre lo que supuso aquello y sobre la importancia de lo que se hizo entonces. Y también para poner en valor que, como demuestro documentalmente en el libro, las bases españolas han sido fundamentales para la proyección de fuerza estadounidense en el Mediterráneo oriental desde la guerra de Yom Kippur [1973] y en todos los conflictos posteriores.

Entonces, cuando Trump dice que hacen lo que quieren, no es así.

No. Trump tampoco se ha leído el Convenio de 1988.

Es triste tener que volver sobre estos temas, pero al mismo tiempo sirve para poner en valor las cosas que se hicieron bien entonces. El libro también va de eso: de poner en valor lo que se hizo bien, que fue mucho.
 

Powell analiza la actualidad de las diferencias entre el Gobierno español y la Casa Blanca. Foto: Agenda Pública / Tania Sieira


Hay medios que llevan tiempo especulando con la posibilidad de que Marruecos pueda convertirse en un nuevo destino de estas bases. ¿Cómo sitúa las relaciones de la monarquía española con la monarquía alauí en la evolución actual de las relaciones entre Marruecos y España?

No creo que vaya a producirse esa sustitución, entre otros motivos porque plantearía a Marruecos algunos problemas internos de cierta envergadura. De hecho, hay un episodio que narro en el libro en el que casi nadie se ha fijado. Hassan II era tremendo: en 1976 le dice a Kissinger algo así como: "Los españoles no son de fiar, tienen una indigestión democrática, así que aquí estamos nosotros por si hiciera falta". Pero lo interesante no es tanto eso, que ya lo conocíamos, como que a principios de 1982 Hassan hablaba de establecer una relación mucho más estrecha con la OTAN, y de firmar un acuerdo defensivo bilateral con España. Incluso se autoinvitó a Palma de Mallorca en febrero para hablar de ello con el rey y con José Pedro Pérez-Llorca. Al rey no le pareció mal estudiarlo, pero cuando Hassan le dijo al ministro en marzo que tenía intención de plantear el posible acuerdo bilateral con España cuando viese a Ronald Reagan, para lo cual necesitaría un compromiso escrito del Gobierno español, Pérez-Llorca se echó para atrás, y allí acabó el asunto.

"Los marroquíes leen prensa española, escuchan radio española, los taxistas saben cuándo son las próximas elecciones generales y quiénes son Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo"
En todo caso, tengo una gran admiración por la diplomacia marroquí; siempre que voy a Washington procuro ver al embajador Youssef Amrani, que también fue embajador aquí. Creo que existe una asimetría cognitiva curiosa entre ambos países: los marroquíes leen prensa española, escuchan radio española, los taxistas saben cuándo son las próximas elecciones generales y quiénes son Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo. Además, muchos de sus generales, los miembros de los servicios de inteligencia y sus policías se han formado en España. A la inversa no ocurre lo mismo. La relación es completamente asimétrica, y eso se sigue notando. Es algo que arrastramos desde 1976.


Es muy llamativo que, a pesar del trauma que supusieron la Marcha Verde y la salida del Sáhara en febrero de 1976, no se haya avanzado mucho al respecto. De hecho, según el barómetro del Real Instituto Elcano de julio de 2025, cuando se pregunta por la principal amenaza para la seguridad nacional de España, el 23% responde: Marruecos. Ahí vuelve a aparecer esa asimetría cognitiva: la doctrina oficial sostiene que Marruecos es un aliado, un socio firme e importante, con una relación comercial intensa, pero la población española no termina de creérselo.

La relación tan estrecha que existió entre don Juan Carlos y Hassan II no se ha reproducido entre Mohammed VI y don Felipe. Aquel vínculo fue muy útil porque, cuando surgía un problema, cogían el teléfono y hablaban a altas horas de la noche, fuese por la captura de un pesquero en aguas saharauis o por cualquier otro asunto. Eso se rompió con la muerte prematura de Hassan II y no se ha logrado construir una relación de complicidad comparable, lo cual resulta revelador.

"Por primera vez en muchos años, existe una relación buena tanto con Marruecos como con Argelia"
Mohammed VI habla perfectamente español, pero nunca ha querido buscar esa cercanía. José María Aznar cuenta algo interesante en sus memorias: cuando murió Hassan II, don Juan Carlos le dijo a su heredero que a partir de ese momento debía tratarlo como a un tío, porque su padre siempre le había considerado como un hermano menor. Pero Aznar comenta con ironía que Chirac le recordaba a menudo que había tenido a Mohammed VI jugando en su regazo cuando era niño, por lo que "el tío es más bien Chirac". Es decir, la cercanía no la iba a tener con España, sino con Francia. Y creo que eso es lo que hemos visto con el paso de los años.


En la actualidad, la situación es bastante satisfactoria, ya que, por primera vez en muchos años, existe una relación buena tanto con Marruecos como con Argelia. Históricamente, con la derecha la relación era mejor con Argelia, y con la izquierda, con Marruecos. Ahora, debido en parte al giro que se ha producido respecto al Sáhara, la relación es buena con ambos. Pero el vínculo entre los monarcas actuales es menos estrecho de lo que fue en época de sus padres.
 

Charles Powell es un gran conocedor de las relaciones españolas con países del norte de África. Foto: Agenda Pública / Tania Sieira


Dedica una parte importante del libro a la relación de España con Oriente Medio. ¿Qué se juega España con la actual guerra en Irán?

Irán, un país que conozco bien, siempre me ha parecido fascinante. En buena medida, todavía estamos viviendo las consecuencias de la caída del sha en enero de 1979. Los americanos habían decidido que el sha fuese el gendarme de Oriente Medio, su hombre para controlar la región, más incluso que los saudíes en ese momento. Arabia Saudí se convirtió después en un sucedáneo o sustituto de Irán. ¿Qué ocurrió? Que la caída del sha dejó un gran vacío geopolítico en la región que todavía no se ha llenado.

Irán no es solo un país: es una civilización milenaria. Y no es un país árabe; cuando uno está allí, resulta muy llamativo el desprecio de parte de la dirigencia iraní hacia la saudí. No es solo una cuestión de rivalidad entre suníes y chiíes; también hay un nacionalismo iraní muy potente. Es un gran país, con una gran clase media. El día que internamente eso se desbloquee de verdad, Irán jugará un papel importante en la región y más allá.

"En todo caso, el Gobierno de Pedro Sánchez hizo bien en reconocer el Estado de Palestina y, en general, la defensa de la solución de los dos Estados sigue siendo la posición correcta"
Siempre he defendido algo que no me hace especialmente popular: tenemos que reconocer que Irán tiene derecho a sentarse a la mesa de los países importantes. Dada la asimetría de su relación con Estados Unidos y el hecho de estar rodeado de potencias hostiles, ha hecho cosas que no gustan a nadie: las guerras a través de proxies, como Hezbolá y Hamas, etc. Pero el problema de fondo sigue siendo ese. Hubo una ventana de oportunidad para firmar y desarrollar el acuerdo del [Plan de Acción Integral Conjunto] JCPOA. España tenía ahí algunas cartas que jugar y las jugó bien.

En el libro dedico bastante atención al reconocimiento del Estado de Israel, que era una de las condiciones no escritas que España debía cumplir para poder ingresar en la Comunidad Europea. Como es sabido, don Juan Carlos jugó un papel importante en esta operación, explicando a varios de los monarcas de la región, sobre todo a saudíes y jordanos, que España no podía dejar de reconocer a Israel y que, además, una vez lo hiciera, podría ayudar más eficazmente a la causa árabe. Eso se demostró después con la Conferencia de Paz de Madrid sobre Oriente Medio, celebrada en 1991. Pero eso pertenece a otro momento histórico.

Las consecuencias de la caída del muro de Berlín y del fin de la Guerra Fría han hecho que todo eso perdiera centralidad y ahora España tiene un protagonismo menor en la región. En todo caso, el Gobierno de Pedro Sánchez hizo bien en reconocer el Estado de Palestina y, en general, la defensa de la solución de los dos Estados sigue siendo la posición correcta. Pero el tablero ha cambiado completamente. No tanto porque España sea menos relevante, sino porque hoy es mucho menos lo que puede hacer España, y también cualquier otro país europeo, sobre todo desde la llegada de Trump a la Casa Blanca por segunda vez.

¿Eso explica la incomparecencia europea en este asunto?

No del todo, aunque aquí hay un problema evidente que es Alemania. Debido al trauma del Holocausto —tan unido al nacimiento de la Alemania democrática—, Alemania no puede hacer nada que realmente incomode a los gobiernos israelíes. Eso es completamente comprensible, pero es un problema alemán. Y mientras Alemania siga siendo el país más importante de la Unión, ahí existe un problema. En el sur de Europa lo vemos de una forma completamente distinta. Y eso no significa que España sea un país antisemita, ni que criticar al Gobierno de Netanyahu sea una expresión de antisemitismo, como es obvio. Pero existe una división interna en la Unión que bloquea posiciones más firmes: los alemanes y, en menor medida, los holandeses y los checos, siempre frenarán una respuesta más robusta por parte de la Unión.

 

Powell recibe a López plana en el Real Instituto Elcano. Foto: Agenda Pública / Tania Sieira


Los países árabes han desarrollado una política de inversión muy importante en muchos países europeos, entre ellos España. ¿Cómo pueden evolucionar estas relaciones, teniendo en cuenta que los países árabes poseen intereses crecientes en Europa y específicamente en nuestro país?

España tiene una enorme ventaja: es una potencia media con unas relaciones económicas muy diversificadas. Eso significa, por ejemplo, que, a pesar de ser la cuarta economía de la UE, la huella china aquí es menor que en Alemania o Italia, o que, aunque la inversión extranjera directa americana es muy importante, el peso de las importaciones y exportaciones estadounidenses es relativamente menor.

"Irán busca que las monarquías del Golfo presionen en Estados Unidos, porque si no cesan pronto las hostilidades, todo ese modelo puede venirse abajo"
Lo que hemos constatado desde el ataque a Irán de EE. UU. e Israel iniciado el 28 de febrero es la vulnerabilidad de las monarquías del Golfo, que tienen un modelo económico y social basado en la idea de que son lugares seguros para invertir, visitar o jubilarse. Y eso se ha tambaleado un poco. Entiendo que eso es precisamente lo que busca Irán: que las monarquías del Golfo presionen en Estados Unidos, porque si no cesan pronto las hostilidades, todo ese modelo puede venirse abajo.


En cualquier caso, las inversiones de estos países en España obedecen sobre todo a un plan de diversificación. Del mismo modo que están apostando en serio por las energías renovables de cara al futuro, porque saben que el petróleo y el gas tienen fecha de caducidad. Por tanto, conviene vivirlo con relativa normalidad.

Hubo un momento en el que España tuvo un papel muy importante en América Latina y ahora ya no estamos en esa situación. ¿Qué ha pasado?

Don Juan Carlos, y en general la élite política española, tuvo mucha suerte en términos de timing histórico. El rey llegó al trono en 1975, cuando había muchas dictaduras militares en América Latina, pero que dieron paso a gobiernos democráticos en los años ochenta: en Argentina, Uruguay, Brasil, Paraguay y finalmente en Chile en 1990. Don Juan Carlos logró subirse a esa ola, contribuyendo a la promoción de la democracia en la región, sobre todo porque allí era recibido como un protagonista clave de una transición a la democracia que había asombrado al mundo.

Tanto los gobiernos de UCD —y aquí hay que reconocer el papel de Marcelino Oreja— como después los gobiernos del PSOE, y muy especialmente Felipe González, que conocía muy bien la región, aprovecharon eso al máximo. Ese proceso alcanzó su momento álgido con el lanzamiento de las Cumbres Iberoamericanas en 1991.

"Siempre hubo problemas con el relato sobre la comunidad iberoamericana y con la pretensión de que lo europeo y lo iberoamericano tuvieran el mismo peso"
Aprovecho para comentar algo que ha solido pasar desapercibido: el hecho de que don Juan Carlos pudiese impulsar proyectos de largo aliento. Es llamativo que el rey comenzara a pensar en la celebración de una Exposición Universal en España ya en 1976, en su primer viaje a la República Dominicana, durante el cual hizo una referencia explícita al rey Alfonso XIII: "Mi abuelo hizo una Expo en 1929, yo haré la mía en 1992". Lo mismo ocurre con las Olimpiadas: cuando se establecieron relaciones con la URSS en 1977, Juan Antonio Samaranch fue nombrado embajador en Moscú con una lógica muy clara: de ahí podrá saltar a la presidencia del Comité Olímpico Internacional y traer los Juegos a Barcelona. Es decir, ambos proyectos nacieron en 1977 y se implementaron finalmente en 1992: ¡una década y media más tarde! Hoy costaría trabajo realizar algo comparable, porque la planificación a medio y largo plazo se ha complicado mucho. Pero aquellas élites políticas españolas aprovecharon muy bien ese momento. 

Ciertamente, siempre hubo problemas con el relato sobre la comunidad iberoamericana y con la pretensión de que lo europeo y lo iberoamericano tuvieran el mismo peso, porque, obviamente, formar parte de una organización supranacional como la Comunidad Europea tendría un impacto político, económico y social muy superior. Esa retórica se fue debilitando, si bien la clave principal está en los cambios que se han producido en la propia América Latina. Por eso existe hoy preocupación ante la próxima Cumbre Iberoamericana, no solo por el nivel de asistencia, sino por la viabilidad futura del proyecto.

"Por razones históricas y culturales, estamos seguramente al final de una etapa en la que las grandes potencias europeas podían aspirar a cierto liderazgo en sus antiguas posesiones de ultramar. Ese modelo se ha ido agotando"
El de la Comunidad Iberoamericana era un proyecto arriesgado que entonces salió muy bien; en la actualidad, otros parecidos, como la Commonwealth, también están en crisis. Por razones históricas y culturales, estamos seguramente al final de una etapa en la que las grandes potencias europeas podían aspirar a cierto liderazgo en sus antiguas posesiones de ultramar. Ese modelo se ha ido agotando. En el mundo actual, el valor de estas iniciativas estrictamente intergubernamentales también está en cuestión. Funcionó durante los años ochenta, los noventa y quizá hasta el cambio de siglo. Pero incluso episodios como el del "¿por qué no te callas?" pusieron de manifiesto algunos de esos límites. Más allá de la anécdota, había algo muy complejo en que dirigentes democráticamente elegidos —o incluso sátrapas como Fidel Castro— aceptaran como igual a un monarca hereditario cuyas acciones debían ser refrendadas por un primer ministro democráticamente elegido. Todo eso era seguramente difícil de sostener indefinidamente.

 

El historiador es ganador del Premio Espejo de España (1991). Foto: Agenda Pública / Tania Sieira


El "amigo americano" está muy presente estos días en el debate público español y europeo. ¿Cómo se puede sortear o aislar —si es posible— la presencia de una figura como la de Donald Trump dentro de una relación entre dos países que sigue siendo absolutamente necesaria?

Esa es una muy buena pregunta, y una que nos hacemos constantemente. La respuesta depende en parte de cómo interpretemos el fenómeno Trump. Mi tesis, que no es en absoluto original, es que Trump es más un síntoma que una causa de la situación que atraviesa Estados Unidos. Por tanto, hay que estar atentos a los síntomas. Trump durará lo que dure, pero lo que venga después, incluso si es un presidente demócrata, será distinto, y la relación transatlántica nunca volverá a ser lo que fue antes. Eso es lo más importante.
En el fondo, esto no debería sorprendernos tanto: lleva ocurriendo casi quince o veinte años. Obama ya anunció el pivot to Asia [el giro hacia Asia] de Estados Unidos, y fue su secretario de Defensa, Robert Gates, quien nos llamó free riders, y nos pidió que gastáramos el 2% del PIB en Defensa. Estaba escrito y hemos hecho mal en ignorarlo. 

Una tesis que defiendo, y que no gusta en algunos sectores, es que España maneja peor que antes sus relaciones bilaterales. Cuando hay un problema global, dejamos que se ocupe el sistema multilateral o la ONU. Cuando tenemos un problema más cercano —la agricultura o la inmigración, por ejemplo—, queremos que se ocupe la Unión Europea. Pero las soluciones bilaterales a los problemas estrictamente bilaterales se nos dan peor.

Esto ocurre con Marruecos, porque Rabat juega sus cartas diplomáticas con una eficacia extraordinaria y siempre golpea por encima de su peso. También sucede en nuestras relaciones con algunos países latinoamericanos. Y Estados Unidos es el mejor ejemplo de todos, por la asimetría que siempre existe en la relación con una gran potencia.

"No basta con estar en Washington: hay que estar en California, que sería por sí sola una de las mayores economías del mundo"
Cuando comparo nuestra presencia institucional en Washington con la de Alemania, Francia, Reino Unido o Italia, la diferencia es evidente. Además, hay que tener en cuenta el carácter federal de Estados Unidos, algo que no sabemos explotar bien. No basta con estar en Washington: hay que estar en California, que sería por sí sola una de las mayores economías del mundo, y en muchos otros estados con gran peso económico; hay que cultivar de otra forma a las élites norteamericanas, que además están cambiando rápidamente.


España también tiene cartas propias que jugar. Por ejemplo, me ha sorprendido descubrir que en el mundo MAGA existe un cierto elemento hispanófilo. Tienen una determinada visión cultural e histórica de lo hispano que podría favorecernos, y no hemos sabido explotarla adecuadamente porque enseguida pensamos que ese mundo va a ser hostil a todo lo que venga de España. Y no es exactamente así.

Como decía, todo depende del diagnóstico que se haga de la situación que atraviesa Estados Unidos. Si uno piensa que la democracia va a desaparecer, que dejará de ser la shining city on a hill para convertirse en un régimen autoritario, incluso fascista, entonces hay poco que hacer. Pero creo que no es el caso. Siempre me refiero a los cinco ámbitos que están mostrando la resiliencia de la sociedad y del sistema americano: primero, los mercados y el sector privado; segundo, el ámbito político estrictamente dicho, donde las elecciones de medio mandato de noviembre serán importantes; tercero, la estructura federal, que limita el poder presidencial; cuarto, el sistema judicial, que, aunque está bajo presión, ha dado algunas señales positivas, como hemos visto con los aranceles, y quinto, la sociedad civil, una de las más ricas y variadas del mundo. Es verdad que algunas universidades y medios de comunicación están sufriendo, pero quiero pensar que la combinación de esos cinco factores garantizará la supervivencia de Estados Unidos como una democracia viable.

"La relación transatlántica no volverá a ser como antes, pero no podemos prescindir de Estados Unidos porque forma parte de nuestra cultura occidental"
Por eso hace falta paciencia estratégica. Hay que asumir que esta tormenta pasará, aunque no del todo. Los que vengan después de Trump no serán los viejos atlantistas que creían en la OTAN o en la Unión Europea como parte de una misma construcción. Un poco en broma, suelo decir que el problema es que Trump no sabe quién era Jean Monnet. Y, sin embargo, Jean Monnet tiene mucho que ver con Estados Unidos: su padre, que era exportador de coñac, lo envió allí para que abriese mercados y estudiase cómo funcionaba el país, y Monnet se fijó en el Tennessee Valley Authority, que es en cierta medida el embrión de lo que luego fue la Comisión Europea. El proyecto europeo nació allí en parte, y como respuesta a problemas similares. 


Hay que ser realistas: la relación transatlántica no volverá a ser como antes, pero no podemos prescindir de Estados Unidos porque forma parte de nuestra cultura occidental. Occidente quizá ya no exista en términos geopolíticos, pero sí sigue existiendo como expresión cultural y filosófica. Y Estados Unidos seguirá formando parte de ese mundo.

No matemos a Tocqueville tan pronto. Será otra relación, pero España sigue teniendo cartas que jugar.

 

López Plana y Powell comparten un interés por el uso del español como herramienta política y cultural. Foto: Agenda Pública / Tania Sieira


El rey emérito le daba mucho valor al español como idioma, y esa sigue siendo una gran carta, también en Estados Unidos.

Sí. No podemos ignorar el peso de 550 millones de hispanohablantes en el mundo. Don Juan Carlos le daba muchísima importancia, y de ahí la creación del Premio Cervantes, que él solía entregar todos los años en la Universidad de Alcalá, como hoy hace su hijo, y también del Instituto Cervantes. Dedico varias páginas del libro a su relación, un tanto peculiar y sorprendentemente íntima, no solo con García Márquez o Vargas Llosa, sino con otros muchos escritores hispanoamericanos.

"Don Juan Carlos no era un intelectual sofisticado, ni tenía grandes lecturas, pero esa intuición sí la tuvo."
Esta idea de que, si España es algo en el mundo, lo es en buena medida debido a su lengua y cultura, la tenía clarísima. Don Juan Carlos no era un intelectual sofisticado, ni tenía grandes lecturas, pero esa intuición sí la tuvo. Probablemente se percató de ello siendo muy joven, navegando a bordo del Juan Sebastián Elcano por América Latina, que fue cuando descubrió por primera vez lo que significaba pertenecer a ese espacio cultural compartido.

¿Qué peso tuvo realmente Juan Carlos I en la proyección económica exterior de España?

El argumento que desarrollo en el libro es que, en comparación con otros países democráticos, fueran repúblicas o monarquías, su papel fue relativamente modesto allí donde existían muchos canales institucionales. Donde realmente fue importante, de forma paradójica y a veces controvertida, fue en relación con países no democráticos. Es decir, allí donde los que toman las decisiones son personas no elegidas democráticamente, pero con capacidad real para decidir de forma determinante.

"El rey Juan Carlos I tenía más margen de maniobra con regímenes más opacos, donde la interlocución eficaz tenía que ser discreta o incluso secreta. Un ejemplo fue su papel durante las dos grandes crisis del petróleo"
Su papel en este ámbito fue sin duda relevante. Existen estudios que intentan cuantificar esa influencia, aunque eso es difícil porque la relación causa-efecto nunca es lineal. Pero puede documentarse que fue directamente responsable de que empresas españolas pudieran ganar contratos en el exterior. La imagen del rey rodeado de ochenta directivos de grandes compañías puede parecer poco elegante, pero era eficaz. También lo fue a la hora de atraer inversiones extranjeras a España.


Otra faceta de esto fue su papel durante las dos grandes crisis del petróleo, en 1973 y 1979. De nuevo, es un terreno controvertido, pero gracias a sus gestiones muy directas con jefes de Estado de ciertos países productores de petróleo, las crisis económicas resultantes fueron más llevaderas de lo que habrían sido de otra forma. La paradoja es esa: tenía más margen de maniobra con regímenes más opacos, donde la interlocución eficaz tenía que ser discreta o incluso secreta.

Eso ha generado suspicacias, desde luego, pero en el mundo árabe, y sobre todo en los países del Golfo, fue decisivo. En otros lugares fue menos importante, aunque en América Latina también tuvo peso, en parte porque allí los presidentes —democráticos o no— concentran mucho poder. La Jefatura del Estado es, si se piensa bien, una institución peculiar: muy antigua y al mismo tiempo muy contemporánea, como estamos comprobando en la actualidad. Es contradictoria, sí. Y quizá lo que se pudo haber hecho mejor fue un acompañamiento institucional más eficaz a esas gestiones. Pero es verdad que, en algunos casos, cuando hablaba con el rey Abdalá, por ejemplo, la conversación importante se producía sin intérprete y sin nadie más en la sala.

"Los saudíes se lo hicieron saber claramente: no queremos hablar con el presidente de Renfe, queremos hablar con el rey de España, y que el rey ponga orden"
En el caso del tren de alta velocidad La Meca-Medina, el papel del rey fue decisivo. Y no solo para ganar el contrato, que se firmó en 2011, sino también para implementarlo después. En mi opinión, por cierto, es absurdo sostener que los 100 millones de dólares que recibió en 2008 del rey Abdalah tuviesen que ver con esto. Porque eran diez empresas que tenían que coordinarse, con intereses distintos, y los saudíes se lo hicieron saber claramente: "No queremos hablar con el presidente de Renfe, queremos hablar con el rey de España, y que el rey ponga orden", vinieron a decir. Ese es el tipo de lógica que sigue operando en esos países. Y eso lo reconocían también los interlocutores saudíes de aquella época. No he encontrado ninguna evidencia documental de la existencia de comisiones o cuestiones parecidas, y creo que la habría encontrado si existiera, porque los diplomáticos extranjeros que informaban sobre estos asuntos no tenían ningún interés en ocultarlo.

 

El director del Real Instituto Elcano reflexiona sobre la figura independiente del monarca. Foto: Agenda Pública / Tania Sieira


En un momento de enorme tensión política y de fuerte polarización, pero también de necesidad de mirar a medio y largo plazo, la permanencia de la Jefatura del Estado parece un valor importante. ¿Es hoy una figura tan necesaria como lo fue en otro momento, aunque por razones distintas?

En el libro hablo de algunas ventajas que aporta la monarquía en el ámbito concreto de la política exterior, pero que también pueden aplicarse a la interior. Una de ellas es precisamente el carácter no partidista, no democráticamente elegido, del monarca. Y eso, aunque siempre habrá quien lo cuestione —algo completamente legítimo en democracia—, le permite al rey sobrevolar las disputas políticas.

Nada de esto significa poner en duda que existen repúblicas no solo legítimas, sino extraordinariamente exitosas. Pero sí es interesante recordar que ocho de las democracias más consolidadas, avanzadas y estables del mundo son monarquías parlamentarias: los países del Benelux, los escandinavos, España, Reino Unido y Japón. Si fuera solo una, podría parecer casualidad. Ocho ya no lo parece tanto. Eso no significa que funcionen bien por ser monarquías, pero sí que la monarquía convive cómodamente con democracias avanzadas y quizá contribuya a su consolidación.

Seymour Martin Lipset observó hace años que las monarquías facilitan la digestión de la modernidad, y esa idea sigue siendo válida, especialmente en el caso español, donde la modernización fue particularmente intensa y rápida.

"Felipe González me dijo que siempre que venía un dirigente extranjero le organizaba un encuentro con el rey"
También es relevante la cuestión de la continuidad en el cargo. Don Juan Carlos ocupó durante 39 años la Jefatura del Estado. Eso le permitió tratar con diez presidentes de Estados Unidos, seis presidentes de Francia, seis presidentes alemanes, así como con siete presidentes del Gobierno español y trece ministros de Asuntos Exteriores. Eso generó un acervo extraordinario que puso al servicio de los sucesivos gobiernos y de la sociedad española en su conjunto.


Felipe González me hizo una observación muy reveladora cuando lo entrevisté. Me dijo que siempre que venía un dirigente extranjero le organizaba un encuentro con el rey. Primero, porque sabía que don Juan Carlos iba a hacer un buen papel. Y segundo, porque el rey lo absorbía todo: era una manera rápida, barata y eficaz de garantizar un nivel de información impresionante. No hacía falta pedirle que leyera cien páginas: una conversación de una hora con Helmut Kohl podía tener consecuencias muy positivas.

Sobre todo, el libro hace hincapié en la idea de que la clave de bóveda de la monarquía parlamentaria es la relación entre el jefe del Estado y el presidente del Gobierno. Cuando ese entendimiento es leal, constructivo y eficaz, el resultado puede ser muy fructífero. El mejor ejemplo de ello sigue siendo la etapa de González: un presidente del Gobierno sin celos, muy popular en América Latina por su papel en la Internacional Socialista, pero que no se ponía nervioso cuando don Juan Carlos viajaba allí y era recibido con entusiasmo. Si hay una buena división del trabajo, complementaria y leal, el tándem es extraordinariamente eficaz.

"Los viajes de Estado, que a veces se ven como una actividad vacía, puramente ceremonial, tienen en realidad un enorme valor práctico"
Ahora bien, cuando eso no existe, las dificultades se multiplican. Ahí la polarización influye mucho. No se puede proyectar fortaleza hacia fuera si no se tiene hacia dentro. Cuando una sociedad está enfrentada y dividida, es muy difícil ofrecer al exterior una imagen de unidad, de cohesión y de proyecto compartido. Y eso afecta también a la posibilidad de construir proyectos de largo aliento. Hoy sería prácticamente imposible plantear una candidatura olímpica o un gran proyecto cultural nacional sin que se politizara y cuestionara desde el primer momento.


En ese sentido, don Juan Carlos lo tuvo más fácil durante su etapa dorada, entre 1982 y 1996. Hoy Felipe VI está, en cierto sentido, infrautilizado. Los viajes de Estado, que a veces se ven como una actividad vacía, puramente ceremonial, tienen en realidad un enorme valor práctico: obligan a la administración a ponerse al día en una relación bilateral, a concentrar esfuerzos, a elaborar propuestas concretas y a producir resultados. Si solo hay un viaje de Estado al año, el sistema pierde eficacia. Isabel II podía permitirse otra cadencia porque era otro contexto, pero don Juan Carlos llegó a hacer hasta diez viajes de Estado en un solo año, en 1977 y en 1980. No se trata de repetir aquello, porque entonces se trataba de recuperar el tiempo perdido y normalizar relaciones con países con los que España no había tenido interlocución —México, Israel, Europa Central y Oriental—, pero sí de asumir que en un mundo de información y comunicación inmediata debería recuperarse un ritmo algo más intenso.

Muchas gracias.
Marc López Plana
Marc López Plana
Editor y director de 'Agenda Pública'
Participación