En su primera jornada, el Foro Económico Mundial de Davos ha sido pródigo en declaraciones destinadas a la hemeroteca. Emmanuel Macron ha advertido de que
el orden internacional vigente se desliza hacia un inquietante "mundo sin reglas". El gobernador de California, Gavin Newsom, ha instado a Europa a dejar de apaciguar a Donald Trump y a no ser —en sus palabras— "cómplice" ni "patética". Pero, entre todas ellas,
la intervención más sustantiva —y quizá la que mejor ilumina el momento histórico que atravesamos— ha sido la del primer ministro de Canadá, Mark Carney.
"Carney es, probablemente, el dirigente occidental que con mayor éxito ha sabido tratar con Donald Trump, orillando tanto la confrontación performativa como la sumisión estratégica"
No tanto por la contundencia de sus palabras como por el recorrido que las respalda. Carney es, probablemente, el dirigente occidental que con mayor éxito ha sabido tratar con Donald Trump, orillando tanto la confrontación performativa como la sumisión estratégica. A diferencia de Newsom, que habla desde la oposición interna al trumpismo, o de Macron, que se enfrenta a Trump desde una Europa obligada a la acción concertada, Carney lo hace desde una posición mucho más azarosa:
la de un país intensamente interdependiente de Estados Unidos y, al mismo tiempo, directamente expuesto a su presión política y económica. Y aun así —o precisamente por eso—
ha logrado fijar límites, defender intereses nacionales sensibles y mantener una relación funcional con un presidente que habita en el resentimiento y castiga la debilidad.
Cómo se ha construido el Mark Carney primer ministro
Su tono —firme, técnico, casi glacial— explica mejor a Carney que cualquier semblanza biográfica. Porque su principal novedad no reside en que un banquero central haya dado el salto a la política. Eso ya lo vimos, con matices, en el caso de
Mario Draghi: credibilidad técnica, capital simbólico acumulado en la gestión de crisis, promesa de competencia frente al agotamiento partidista. La verdadera novedad es otra:
Carney ha conseguido convertir una victoria electoral nacida del orgullo nacional frente a Trump en una doctrina de gobierno. Un "liberalismo nacional", si se quiere, en el que la apertura no desaparece, pero queda subordinada a la resiliencia; un liberalismo que no repudia la globalización, pero la asume hoy como un entorno más áspero y menos indulgente.
"Cuando Trump insistió en su fantasía de absorber Canadá, Carney respondió con una cortesía afilada: «Canadá no está en venta; no lo estará nunca»"
Para entender
por qué Carney es capaz de plantar cara a Trump —y, en ocasiones, incluso de ganarse su respeto— conviene recordar su primer examen serio: el despacho oval. En mayo de 2025, cuando Trump insistió en su fantasía de absorber Canadá, Carney respondió con una cortesía afilada: "Canadá no está en venta; no lo estará nunca". Trump replicó con su habitual
never say never. El intercambio fue
un duelo de estilos: el maximalismo performativo frente a la firmeza sin estridencias. Carney no buscó el choque televisivo, pero tampoco dejó que la frase quedara flotando en el aire.
Hay un arte en esa combinación de distancia y control. Y Carney lo domina porque procede de un mundo —el de
los bancos centrales— donde
una palabra fuera de sitio puede mover miles de millones, donde la credibilidad se construye con paciencia y se pierde con un solo gesto en circunstancias tumultuosas. De ahí la relevancia de una confesión suya, casi autobiográfica: "soy más útil en una crisis; no soy tan bueno en tiempos de paz".
Carney es, en sentido estricto, un tecnócrata global.
Formado en Harvard y Oxford, con una carrera previa en Goldman Sachs,
fue gobernador del Banco de Canadá durante la crisis financiera y posteriormente gobernador del Banco de Inglaterra en pleno terremoto del Brexit. Presidió además el Financial Stability Board tras suceder al propio Mario Draghi. Y, tras abandonar la banca central, se convirtió en enviado especial de Naciones Unidas para acción climática y finanzas.
Ese currículo no solo le otorga autoridad; le proporciona un marco mental. Carney concibe la política como un ejercicio de gobernanza bajo incertidumbre.
En Davos ha hablado como habla un gestor de riesgos: cuando las reglas dejan de proteger, los Estados buscan cobertura; levantan defensas; asumen un coste de seguridad, y ese coste —sostiene— puede compartirse si se coopera. De ahí su insistencia en lo que denomina "plurilateralismo": coaliciones de geometría variable, concretas y operativas, sin nostalgia por instituciones que ya no funcionan como prometían.
La maniobra política que puso a un tecnócrata al frente de Canadá
Ahora bien, ningún marco mental prospera si no coincide
con una ventana política. Carney llegó al poder tras la renuncia de Justin Trudeau y, apenas investido, pero con notable olfato, convocó elecciones anticipadas para abril de 2025,
justificándolas con una frase que ya forma parte de la hemeroteca: Trump "quiere quebrarnos para que América pueda poseernos". Pocas veces la política exterior ha decidido una campaña canadiense; aquella vez lo hizo. Los conservadores de Pierre Poilievre, que durante meses habían liderado con comodidad, quedaron atrapados entre su proximidad retórica al trumpismo y el giro emocional del país cuando Washington empezó a amenazar abiertamente la soberanía canadiense.
"En tiempos normales, se le habría reprochado ser «del sistema»; en tiempos de coerción, su solvencia tecnócrata se convierte en primera línea de defensa"
Carney ganó —sin mayoría absoluta, pero mejorando los resultados de Trudeau— y su victoria fue leída,
dentro y fuera de Canadá, como un manual práctico:
cuando el populista global se convierte en una amenaza directa, el tecnócrata puede parecer, de pronto, un líder necesario. Solo Trump, por decirlo así, podía transformar las aparentes carencias de Carney —su escaso rodaje electoral, su perfil de despacho, su acento de élite global— en fortalezas. En tiempos normales, se le habría reprochado ser "del sistema"; en tiempos de coerción, su solvencia tecnócrata se convierte en primera línea de defensa.
La situación lo exige.
Canadá depende de Estados Unidos como pocas economías avanzadas dependen de un solo socio.
Cerca del 70% de sus exportaciones cruzan la frontera sur. Ese dato explica por qué la estrategia de Carney no puede ser ni la provocación ni la ruptura. Un Canadá que pretendiera emanciparse a golpe de bravata se haría daño a sí mismo.
Lo que Carney propone es otra cosa: reducir vulnerabilidad sin romper la relación; diversificar sin caer en la autarquía; construir músculo interno para poder decir no sin pagar un precio existencial.
En Davos lo ha formulado con una mezcla de moral y pragmatismo que él mismo denomina "realismo basado en valores":
ser principista en soberanía, integridad territorial y reglas mínimas; y, al mismo tiempo, aceptar que no todos los socios compartirán todo, que el progreso es incremental y que las coaliciones deben construirse tema por tema. Ese es, a mi juicio, el núcleo de su "liberalismo nacional": no renuncia al universalismo liberal, pero lo aterriza en el Estado y en la nación, en su capacidad de resistir presiones variables.
Una agenda en pro del liberalismo nacional
Por eso su agenda doméstica se parece menos a un catecismo de Davos y más a un programa clásico de
nation-building, casi rooseveltiano, aunque formulado en el lenguaje de la productividad y la seguridad económica. En 2025 lanzó una oficina de grandes proyectos destinada a acelerar permisos y a "volver a construir cosas grandes y construirlas rápido".
Era infraestructura, aunque también geopolítica. Puertos, ferrocarril, energía, minerales críticos, nuclear modular, gas natural licuado; todo aquello que permite exportar e importar en beneficio propio, elegir rutas y evitar aceptar cuellos de botella.
Incluso en la transición verde, Carney ha practicado un giro que retrata bien su pragmatismo. Su Gobierno
relajó temporalmente los objetivos de ventas de vehículos de cero emisiones, eliminó el impuesto federal al CO₂ y anunció un fondo de 5.000 millones de dólares canadienses para apoyar a industrias de alto consumo energético golpeadas por los aranceles estadounidenses.
Fueron decisiones que irritaron a los puristas —y tensaron a su ala progresista—, pero que encajan con su tesis central: si el comercio y las regulaciones te asfixian, primero sostienes la base industrial; después corriges la trayectoria climática sin sacrificar el empleo inmediato.
"En el despacho oval ha demostrado que la mezcla de cortesía y contundencia produce un efecto paradójico: Trump respeta más a quien no le adula"
¿Es Carney el líder occidental que ha encontrado la fórmula para pararle los pies a Trump? En el despacho oval ha demostrado que la mezcla de cortesía y contundencia produce un efecto paradójico: Trump respeta más a quien no le adula.
Ha descrito un método para países medianos en un mundo de hegemonías ásperas: nombrar la realidad sin nostalgia, reforzar el músculo doméstico, diversificar para poder ser principista y tejer una red densa de conexiones que transforme la vulnerabilidad individual en resiliencia compartida.
No es una promesa de victoria; es una promesa de dignidad operativa.
A Europa le interesa porque la lógica que Carney verbaliza es la lógica de nuestro tiempo. La tentación de competir por el favor del poder hegemónico, de ser el más acomodaticio, existe también en el continente.
Carney la describe, con una frialdad casi quirúrgica, como "la performance de la soberanía mientras se acepta la subordinación". Su apuesta es que hay otra salida: un liberalismo que no se avergüenza de la nación y una nación que no renuncia a los valores liberales. En Davos, Carney ha logrado algo poco frecuente: que un dirigente parezca estar escribiendo doctrina en tiempo real.
"La nostalgia no es una estrategia", ha dicho. El viejo orden no volverá:
"de la fractura habrá que construir algo «más grande, mejor, más fuerte»". Puede que sea retórica. Puede que sea, también, el único realismo disponible.