El Clean Industrial Deal se presentó como la respuesta europea a una nueva realidad geopolítica e industrial. Energía cara, competencia global agresiva y una presión sobre sectores intensivos en energía obligaban a redefinir la estrategia.
El mensaje estaba claro: la descarbonización no era un coste, sino una condición para la competitividad futura.
Hoy, el debate se ha desplazado. La presión sobre el marco climático europeo, los cuestionamientos al sistema de comercio de emisiones y las demandas de mayor flexibilidad en financiación estatal muestran que la tensión se ha trasladado del diagnóstico a la dirección política.
"La competitividad no se construye reduciendo objetivos, sino reduciendo vulnerabilidades estructurales. Y en Europa, esa vulnerabilidad está profundamente ligada a la energía"
La industria europea compite en un escenario marcado por el Inflation Reduction Act estadounidense y por la sobrecapacidad industrial asiática. En ese contexto,
la tentación de rebajar la ambición climática para aliviar presiones a corto plazo es comprensible, pero estratégicamente equivocada. La
competitividad no se construye reduciendo objetivos, sino reduciendo vulnerabilidades estructurales. Y en Europa, esa vulnerabilidad está profundamente ligada a la energía
y a la dependencia externa de combustibles fósiles.
Esta preocupación no es aislada. El sistema europeo de comercio de emisiones (EU Emissions Trading System, ETS) ha sido durante años una pieza central de esa arquitectura.
Junto con el mecanismo de ajuste en frontera por carbono (
Carbon Border Adjustment Mechanism, CBAM),
buscaba garantizar que la industria europea descarbonizara sin perder competitividad frente a importaciones más intensivas en carbono. Como ya han
señalado distintas organizaciones y entidades, entre ellas, ECODES,
debilitar el ETS o el CBAM sin una estrategia alternativa clara puede generar más incertidumbre de la que pretende resolver. Y la incertidumbre es el peor enemigo de la inversión industrial.
A esto se suma el debate en torno al Industrial Accelerator Act, que
deberá concretar cómo acelerar inversiones en sectores estratégicos. Si su diseño se orienta a sostener modelos intensivos en combustibles fósiles bajo nuevas etiquetas o a promover el despliegue de vectores energéticos poco maduros o sin proyección estructural a medio y largo plazo, Europa perderá una década. Si, por el contrario, establece
mecanismos claros para crear mercados líderes, impulsar innovación tecnológica y
modernizar procesos industriales con criterios transparentes y plazos definidos, estos mecanismos pueden convertirse en una palanca decisiva de modernización.
La electrificación de procesos industriales donde ya es técnica y económicamente viable no es una consigna ideológica. Se trata de una opción estratégica para reducir la exposición a la volatilidad de los precios fósiles, disminuir la dependencia externa y facilitar la integración con el sistema energético europeo. La eficiencia energética, por su parte, sigue siendo el recurso más infrautilizado de la política industrial europea.
"Con un 'mix' energético cada vez más renovable y una industria que todavía depende en buena medida del gas, en España la discusión sobre competitividad se traduce en decisiones concretas sobre inversión"
En este punto, la coherencia regulatoria es clave. La industria necesita marcos previsibles a largo plazo, no señales contradictorias. Necesita claridad sobre la evolución del ETS, seguridad jurídica en la aplicación del CBAM y un Industrial Accelerator Act alineado con los objetivos climáticos europeos. Sin esa coherencia, el riesgo es tanto
climático como industrial.
España tiene un papel relevante en este debate. Con un mix energético cada vez más renovable y una industria que todavía depende en buena medida del gas, la discusión sobre competitividad se traduce en decisiones concretas sobre inversión, modernización y señales regulatorias. En los últimos meses hemos visto cómo el debate sobre el ETS o la inversión estatal también se produce en el territorio, con tensiones entre alivio inmediato y transformación estructural.
La transición industrial europea no es una carrera aislada. Es parte de una competencia global por liderazgo tecnológico, inversión y empleo cualificado. Los marcos como el IAA, el ETS y el CBAM no pueden analizarse sin entenderlos como elementos de una arquitectura coherente.
Un año después del Clean Industrial Deal, la pregunta es sencilla y decisiva:
¿quiere Europa liderar la transformación industrial global o limitarse a reaccionar a las decisiones de otros?
Mantener la ambición climática y reforzar la estabilidad regulatoria no es una cuestión simbólica. Es la condición para que la industria europea marque el rumbo en lugar de adaptarse a estándares definidos fuera de nuestras fronteras.