El Estado del bienestar en Europa ha atravesado crisis económicas, transformaciones demográficas, cambios tecnológicos y profundas modificaciones del mercado de trabajo.
Su resiliencia constituye, en sí misma, un dato relevante. También lo es comprobar que esos principios parecen conservar
una considerable vigencia entre las generaciones más jóvenes de acuerdo con las últimas olas de la European Social Survey.
Podría suponerse que quienes han crecido en un contexto muy diferente al que dio origen a los grandes sistemas europeos de protección social se sientan menos vinculados a ellos, lo cual puede estar favoreciendo
el crecimiento del escepticismo e incluso una cierta oposición al proyecto europeo de la mano de nuevos populismos. Sin embargo,
los datos dan una imagen distinta.
Los resultados de la Encuesta Social Europea 11 (oleada 4.2) muestran que los jóvenes españoles mantienen un compromiso significativo con los valores que asociamos al Estado del bienestar. Entre los jóvenes de 15 a 29 años,
alrededor del 65% se muestra favorable a reducir las diferencias de ingresos. Aproximadamente el 88% considera importante que las personas tengan las mismas oportunidades en la vida y
cerca del 87% concede importancia a ayudar y preocuparse por el bienestar de quienes les rodean.
"Los jóvenes españoles mantienen un compromiso significativo con los valores que asociamos al Estado del bienestar"
Pero la persistencia de esos valores tampoco debería llevarnos a pensar que su continuidad esté asegurada.
Hay elementos que generan preocupación. Entre ellos están el
envejecimiento de la población, que tensiona el equilibrio entre contribuyentes y beneficiarios; la transformación del mercado de trabajo, que modifica carreras laborales y bases de cotización; o el cambio tecnológico actual, capaz de alterar tanto el empleo como la distribución de las rentas. También se puede hablar de que
la competencia fiscal obliga a compatibilizar necesidades sociales crecientes con recursos limitados. A ello se añaden una menor confianza en algunas instituciones y la posibilidad de que se debilite la percepción de que los costes y beneficios del sistema se distribuyen de forma razonablemente equitativa entre grupos y generaciones.
Ninguna de estas amenazas implica que vaya a darse un agotamiento del Estado del bienestar. Pero está claro que sugieren que
su conocida capacidad de resistencia tendrá que seguir poniéndose a prueba.
De una generación que experimentó sus beneficios a otra que debe encontrar los suyos
Los nacidos en España en los años setenta vivieron y se beneficiaron de
una importante consolidación del Estado del bienestar nacional. La expansión de la sanidad y la educación, el desarrollo de la protección social, la extensión de las pensiones o la mejora de numerosos servicios públicos no fueron para nuestra generación únicamente construcciones institucionales heredadas. En buena medida,
hemos podido experimentar sus beneficios y comprobar cómo ampliaban oportunidades y proporcionaban protección frente a determinados riesgos (crisis económicas, desempleo, pandemia, etc.).
Para quienes nacieron años después,
la perspectiva es necesariamente diferente. El Estado del bienestar forma parte del escenario institucional que encontraron al nacer. Sus logros pueden resultar menos visibles precisamente porque muchos de ellos se dan por supuestos, mientras que
sus limitaciones se experimentan directamente.
Y esas limitaciones aparecen, además, en un ciclo vital diferente.
El modelo que conocemos se desarrolló alrededor de una trayectoria reconocible: estudiar, incorporarse al empleo, formar un hogar y contribuir a un sistema que proporcionaba protección frente al desempleo, la enfermedad o la vejez.
Para una parte importante de los jóvenes,
esa trayectoria antes tan clara comienza a romperse. La incorporación estable al mercado de trabajo sigue retrasándose, mientras que
el acceso a la vivienda dificulta la emancipación y adquieren importancia
la incertidumbre profesional, la conciliación, las transiciones entre empleos o la necesidad de actualizar continuamente las competencias ante el cambio tecnológico.
Es precisamente en esta combinación (un Estado del bienestar resiliente, cuyos valores continúan siendo apreciados, pero sometido a nuevas amenazas, y una generación con experiencias diferentes) donde cobra sentido hablar de
restauración. Restaurar no significa volver al pasado.
Una restauración cuidadosa trata de conservar aquello que sigue teniendo valor, pero acepta modificar lo necesario para que pueda continuar cumpliendo su función. Aplicado al Estado del bienestar, podría significar recuperar y actualizar algunos de los elementos que han contribuido a sostenerlo:
reciprocidad, responsabilidad, confianza y capacidad de adaptación.
Reciprocidad, pero también responsabilidad
Las personas no evaluamos las políticas sociales únicamente mediante un cálculo de costes y beneficios. En nuestros juicios intervienen también
percepciones sobre contribuyentes, receptores, quién necesita las ayudas y si nosotros mismos contaremos con el amparo del sistema cuando lo necesitemos.
La literatura sobre el "merecimiento" muestra precisamente que
la disposición a apoyar determinadas políticas está relacionada con la forma en que percibimos a sus beneficiarios. Aquí influyen su necesidad, el grado de control sobre su situación, su actitud o
la reciprocidad que percibimos en su relación con la comunidad.
Desde esta perspectiva, el Estado del bienestar puede entenderse como un enorme contrato de cooperación entre personas que, en su mayoría, no se conocen.
Contribuimos mientras estamos ocupados para proteger a quienes pierden su empleo; mientras estamos sanos, a quienes enferman; y durante nuestra vida laboral, a quienes ya se han retirado. No esperamos una devolución inmediata y exacta, pero sí existe
una cierta expectativa de reciprocidad.
"El Estado del bienestar puede entenderse como un enorme contrato de cooperación entre personas que, en su mayoría, no se conocen"
Aquí aparece una cuestión especialmente relevante para las nuevas generaciones. Su relación con el Estado del bienestar no puede limitarse a percibir sus principios como deseables ni a valorar si sus instituciones funcionan eficazmente.
Para que el pacto continúe, es necesario también reconocerse como parte responsable de su funcionamiento. El Estado del bienestar es también una construcción colectiva que requiere contribuciones, cumplimiento de las reglas, utilización responsable de los recursos comunes y participación en las decisiones sobre cómo deben distribuirse los recursos.
Los derechos constituyen una parte esencial del pacto; la responsabilidad de contribuir a hacerlo posible constituye la otra.
Esto resulta especialmente importante si queremos que
las nuevas generaciones no sean únicamente destinatarias de una restauración diseñada por otros. Su implicación en la definición de nuevos riesgos, en la evaluación de las políticas y en las decisiones sobre prioridades puede contribuir a que
reconozcan el Estado del bienestar como una institución propia y no simplemente como una herencia recibida.
Restaurar la confianza y la capacidad de adaptación
Existe, además, una cuestión de confianza. Resulta interesante que los mismos jóvenes españoles que expresan un compromiso elevado con la igualdad de oportunidades y la solidaridad presenten niveles bastante más modestos de
confianza institucional. En la Encuesta Social Europea,
su confianza media en los políticos se sitúa alrededor de 3,4 sobre 10 y la confianza en el Parlamento nacional no alcanza el 5.
"Los mismos jóvenes españoles que expresan un compromiso elevado con la igualdad de oportunidades y la solidaridad presenten niveles bastante más modestos de confianza institucional"
Esta es una combinación crítica: valores solidarios junto a una confianza institucional relativamente débil. Parte de la tensión podría encontrarse no tanto en los objetivos del Estado del bienestar como en
la percepción sobre las instituciones encargadas de hacerlos efectivos.
Las personas no construimos nuestra opinión sobre las políticas sociales exclusivamente a partir de estadísticas. Para ello utilizamos relatos, narrativas en palabras del premio Nobel de Economía Robert Shiller, que nos ayudan a interpretar una realidad compleja:
quién paga, quién recibe, qué generaciones están más protegidas, quién soporta los costes o hasta qué punto las reglas son iguales para todos.
Restaurar podría significar, por ello,
reforzar la credibilidad del pacto, hacer más visibles sus resultados, explicar mejor cómo se distribuyen esfuerzos y beneficios y ofrecer espacios para que las nuevas generaciones participen en su evolución.
Finalmente, restaurar requiere adaptación. La resiliencia del Estado del bienestar no debería confundirse con su capacidad para permanecer inalterado. Es posible que
una parte de su fortaleza histórica proceda precisamente de su capacidad para responder a circunstancias diferentes.
"La resiliencia del Estado del bienestar no debería confundirse con su capacidad para permanecer inalterado"
Esto supondría mantener la protección frente a los riesgos conocidos, pero
prestar mayor atención a aquellos que pesan especialmente sobre los jóvenes. La vivienda constituye probablemente el ejemplo más visible, pero también están
la formación a lo largo de la vida, las transiciones entre empleos, la adaptación a la automatización o la conciliación.
Quizá por ello la discusión sobre el futuro debería ir algo más allá de la habitual contraposición entre "más" o "menos" Estado del bienestar.
Puede resultar más fructífero preguntarnos qué queremos preservar, qué necesitamos adaptar y qué responsabilidad estamos dispuestos a asumir para sostenerlo.
Restaurar el Estado del bienestar para una generación diferente no consistiría, por tanto, en recuperar el que tuvimos ni únicamente en ofrecer nuevas formas de protección.
Su vigencia puede depender también de que quienes deben sostenerlo en las próximas décadas comprendan sus principios, perciban su eficacia, encuentren en él respuesta a sus riesgos y asuman su parte de responsabilidad en el pacto que lo hace posible.