Necesitamos
ideas nuevas para dar respuesta a los tres desafíos económicos más grandes de nuestro tiempo: el cambio climático, la erosión de la clase media y la pobreza. El primero es una amenaza existencial a nuestro entorno físico; el segundo genera polarización y debilita la democracia; y el tercero es una calamidad moral compartida. En momentos de auge del autoritarismo y del nacionalismo económico,
no parece haber muchas razones para el optimismo en ninguno de estos frentes.
En mi nuevo libro,
Shared Prosperity in a Fractured World, señalo que ya existen soluciones a estos problemas, en prácticas que son habituales en todo el mundo. Pero
a menudo pasan inadvertidas o se las desestima porque se apartan de lo convencional.
Es verdad que, a primera vista, los tres grandes desafíos son muy diferentes, y a menudo los intentos de respuesta parecen contrapuestos. Muchos consideran que la transición verde es incompatible con el crecimiento económico y que el apoyo a la clase media en las economías avanzadas choca contra los intereses de los países en desarrollo. Sin embargo, los tres desafíos implican una tarea compartida global:
promover una transformación económica estructural que estimule actividades respetuosas del medioambiente y propicias a la creación de puestos de trabajo de mayor calidad y más productivos.
"La política industrial ha tenido tradicionalmente un papel fundamental en los procesos de transformación económica; primero en las economías avanzadas y luego en los países exitosos de Asia Oriental"
La política industrial ha tenido tradicionalmente un papel fundamental en los procesos de transformación económica; primero en las economías avanzadas y luego en los países exitosos de Asia Oriental. Hoy necesitamos una versión actualizada de la misma estrategia,
que tenga en cuenta los requisitos de la transición verde y la realidad de que la industria manufacturera ya no es una fuente de creación de empleo (ni siquiera en los países en desarrollo).
Ya hemos tenido un
éxito importante con las fuentes de energía renovables. Aunque los economistas llevan mucho tiempo defendiendo la idea de que el mejor modo de reducir las emisiones es mediante impuestos al carbono o sistemas equivalentes basados en derechos de emisión negociables, los grandes avances en el área surgieron de las políticas industriales verdes de China. Orientadas a objetivos nacionales pero implementadas en gran medida en el nivel local por las autoridades municipales, estas políticas redujeron tanto el costo de las energías solar y eólica y de las baterías eléctricas que
ahora las fuentes de energía renovables son más baratas que los combustibles fósiles. Eso produjo una importante aceleración de la transición verde, que lleva incluso a algunos de los
observadores más pesimistas a considerar que un desastre climático es evitable.
La
estrategia china es representativa de un nuevo estilo de política industrial muy diferente de la imagen convencional. Supone un alto grado de colaboración entre el gobierno nacional, los gobiernos subnacionales y los intereses empresariales. Aunque los subsidios tuvieron un lugar importante, fueron sólo una herramienta entre muchas otras (por ejemplo, las políticas de compra pública y la provisión estatal de capital de riesgo). La mejor descripción del método chino es que
es experimental e iterativo, más que verticalista y con imposición de condiciones estrictas.
¿Puede una estrategia similar contribuir también a la creación de empleo de calidad y a la transformación productiva necesarias para preservar la clase media y reducir la pobreza?
Por desgracia, las políticas industriales (en los países desarrollados y en desarrollo por igual) no han dejado de apuntar al sector fabril, incluso cuando el objetivo era generar o conservar empleos. No hay duda de que la industria manufacturera sigue siendo importante para la transición verde, para garantizar la resiliencia de las cadenas de suministro y para la seguridad nacional. Sin embargo, la automatización y la competencia internacional la han convertido en un sector que se desprende de mano de obra (incluso en China, que sigue siendo la superpotencia fabril del mundo).
Para generar la clase de empleos productivos que sirven como vía de acceso a la clase media, la única alternativa es el sector servicios.
Innovar desde lo local
Felizmente, hay en las economías avanzadas y en desarrollo numerosos
experimentos de nivel subnacional donde asociaciones entre organismos gubernamentales y el sector privado o grupos de la sociedad civil están generando transformaciones económicas significativas. Aunque estas iniciativas de nivel local no se parezcan a la política industrial tradicional, son similares a la estrategia china.
Implican colaboración iterativa y la provisión pública de insumos (capacitación, extensión empresarial, asistencia regulatoria y zonas verdes)
junto con subsidios para identificar nuevas oportunidades empresariales y mitigar restricciones.
Las autoridades económicas nacionales pueden basarse en estos modelos. El Gobierno estadounidense durante la presidencia de
Joe Biden implementó un sistema de "desafíos" en el que las agencias de desarrollo económico locales podían presentar propuestas que luego recibirían financiación federal.
Esta modalidad no solo amplía la provisión de recursos, sino que también alienta a los actores locales a superar problemas de acción colectiva y generar una visión compartida del desarrollo futuro. Lamentablemente, la escala de estos programas fue ínfima en comparación con las políticas industriales insignia de la administración Biden: la Ley de CHIPS y Ciencia y la Ley de Reducción de la Inflación, centradas las dos en la industria manufacturera.
Los gobiernos nacionales (sobre todo en las economías avanzadas) también pueden tener un papel muy importante en lo referido a guiar las innovaciones hacia resultados más favorables para los trabajadores.
Muchas industrias de servicios (venta minorista, almacenes, logística) ya han sabido aprovechar la introducción de nuevas tecnologías digitales, pero las empresas privadas no siempre tienen en cuenta los intereses de los trabajadores. Prefieren usar las nuevas tecnologías para supervisarlos y aumentar su productividad, en vez de darles autonomía y habilitarlos para hacer tareas más variadas. Generar tecnologías que empoderen a los trabajadores en empleos tradicionalmente mal remunerados (por ejemplo, cuidado de personas, venta minorista y servicios alimentarios) demanda un esfuerzo público deliberado, como el que necesitamos para las energías renovables.
"Para dar respuesta al cambio climático, reconstruir la clase media y reducir la pobreza mundial, todo al mismo tiempo, tenemos que abandonar los modos de pensar establecidos y abrirnos a nuevas ideas"
Mi libro presenta a la vez una
advertencia y motivos de esperanza. Muestro que el menú de políticas actual no está a la altura de la tarea y que inevitablemente creará
serios conflictos entre los objetivos. Para dar respuesta al cambio climático, reconstruir la clase media y reducir la pobreza mundial, todo al mismo tiempo, tenemos que abandonar los modos de pensar establecidos y abrirnos a nuevas ideas.
La buena noticia es que no es imposible, ni es demasiado tarde para iniciar una senda mejor. Los gérmenes de estas estrategias innovadoras ya existen en prácticas habituales en todo el mundo.
No necesitamos una revolución, solo una reconfiguración de políticas y prioridades.
Es común que los contextos políticos nacionales y la falta de cooperación internacional impidan usar las opciones que en opinión de economistas y otros tecnócratas son preferibles. Pero
habilitan otras ideas que muchas veces resultan más efectivas en el mundo real.
© Project Syndicate, 2025. Traducción de Esteban Flamini.
En colaboración con la Fundación "la Caixa"
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