Donald Trump y Xi Jinping han vuelto a reunirse este jueves en Washington para hablar de comercio, inteligencia artificial, tierras raras, Taiwán y las guerras de Ucrania e Irán.
El mandatario chino regresa a Washington una década después en un momento especialmente sensible. Para Europa, quizá lo más importante sea qué supone que las dos grandes potencias estén aprendiendo a gestionar directamente su rivalidad, más allá de los acuerdos que puedan alcanzar.
La visita de Estado se produce apenas cuatro meses después del viaje de Trump a Pekín.
Tanto el pasado mes de mayo como ahora, ambos gobiernos buscan mantener la frágil estabilidad de sus relaciones y evitar que la competencia económica y tecnológica vuelva a desembocar en una escalada comercial.
"Para Europa, quizá lo más importante sea qué supone que las dos grandes potencias estén aprendiendo a gestionar directamente su rivalidad, más allá de los acuerdos que puedan alcanzar"
La semana pasada, en el Europe Future Forum organizado en Varsovia por
Visegrad Insight y Res Publica Foundation, Theresa Fallon, fundadora y directora del Centre for Russia Europe Asia Studies (CREAS) de Bruselas, describió con una comparación las amenazas que afrontan los europeos:
"Russia is the storm and China is climate change". Es decir: Rusia es la tormenta y China, el cambio climático. El digital polaco
publicó ayer esta entrevista con Fallon y
Agenda Pública recoge las principales conclusiones de la conversación.
Desde febrero de 2022, Europa ha aprendido a considerar a Rusia fundamentalmente como una amenaza de seguridad, aunque, según Fallon, todavía no ha completado ese cambio de enfoque respecto a China: "Los europeos están acostumbrados a mirar China a través de una lente económica y no de una lente de defensa", explica.
Revisar esa percepción será uno de los debates estratégicos más importantes de los próximos años para Europa.
Theresa Fallon en el Europe Future Forum en Varsovia. Foto: Visegrad Insight.
La relación entre Moscú y Pekín
Para muchos, la invasión de Ucrania ha acelerado esa revisión al hacer cada vez más difícil analizar por separado los desafíos que plantean Rusia y China.
Fallon considera que la relación entre ambos países debería pesar mucho más en la evaluación europea de Pekín. La experta recuerda que, tres semanas antes de la invasión a gran escala, Xi Jinping y Vladímir Putin proclamaron su asociación "sin límites". Aunque las autoridades chinas utilizan ahora esa expresión con menos frecuencia, Fallon sostiene que la relación mantiene su contenido.
A su juicio,
sin el apoyo económico e industrial chino, Rusia habría tenido muchas más dificultades para sostener durante tanto tiempo la guerra contra Ucrania. China, a su vez, obtiene beneficios de esa relación y observa lo que Rusia aprende en un conflicto convertido en un gigantesco laboratorio militar. Dentro de ese aprendizaje, destacan acciones reales con drones y misiles, así como la defensa aérea o la guerra electrónica. También, desde el punto de vista económico, se incluyen otras variables como la adaptación industrial o la evasión de sanciones.
Cuanto más debilitada salga Rusia de la guerra, mayor será su dependencia de Pekín.
Putin se está convirtiendo en el "hermano pequeño" de Xi, según Fallon. En este sentido, una Rusia debilitada puede ofrecer a China
acceso al Ártico, tecnología y su experiencia acumulada de años en el campo de batalla.
"Cuanto más debilitada salga Rusia de la guerra, mayor será su dependencia de Pekín"
La convergencia entre los dos países miembros de los BRICS afecta directamente a Europa y hace insuficiente estudiarlos en compartimentos separados. Si bien es cierto que sus intereses no coinciden en todos los ámbitos y su relación no constituye una alianza idéntica a la OTAN,
la alineación es seria. Europa debe tenerla en cuenta mientras dedica enormes recursos a reducir su dependencia energética de Rusia y descubre nuevas dependencias respecto de China.
El segundo choque chino ya está aquí
Fallon habla de un
"China shock 2.0", un segundo choque chino. Ursula von der Leyen abordó esta cuestión en su reciente discurso sobre el estado de la Unión:
el déficit comercial europeo con China alcanza aproximadamente los 1.000 millones de euros diarios. La dependencia europea de ese país supera el 80% en determinadas materias primas críticas y llega al 90% en algunas tierras raras.
La debilidad de la demanda china, combinada con una mayor presión exportadora, plantea a Europa
un problema más persistente que el impacto directo que han tenido hasta ahora los aranceles estadounidenses, según un análisis publicado el 23 de septiembre por la Dirección General de Asuntos Económicos y Financieros de la Comisión Europea.
"La debilidad de la demanda china, combinada con una mayor presión exportadora, plantea a Europa un problema más persistente que el impacto directo de los aranceles estadounidenses"
Fallon lleva años advirtiendo de estas dependencias. Hace más de una década, Pekín identificó sectores en los que pretendía alcanzar posiciones dominantes, entre los que destacan
el vehículo eléctrico, las baterías, los semiconductores, la biotecnología, la robótica o la industria aeroespacial. Europa conocía esa estrategia y Fallon reprocha a los Veintisiete su lentitud para prepararse.
La transición energética concentra parte del problema.
Europa quiere abandonar los combustibles fósiles, pero
una proporción considerable de las tecnologías necesarias depende de cadenas de suministro chinas. La directora del CREAS cita los paneles solares como ejemplo claro: al acelerar la transición, los europeos pueden acabar sustituyendo una dependencia estratégica por otra, detalla.
Además, no olvida que
China está mucho más integrada en la economía europea que Rusia. Su alto nivel de integración hace que reducir los riesgos de la relación con China —el
de-risking— resulte mucho más complicado que el desacoplamiento respecto de Rusia.
El margen europeo ante la negociación entre Trump y Xi
Trump y Xi intentan gestionar desde la Casa Blanca
una relación de rivalidad estratégica e interdependencia económica. Entre los asuntos centrales de la reunión figuran la prolongación hasta enero de 2027 de la tregua comercial alcanzada en Busán, las tierras raras, la inteligencia artificial y Taiwán.
Para Pekín, sostiene Fallon, la propia celebración del encuentro constituye parte del éxito: China quiere demostrar que las dos grandes potencias pueden gestionar directamente los principales problemas internacionales. Esa negociación bilateral es capaz de reducir el espacio de los europeos.
Algunos acuerdos podrían afectar directamente a sus intereses comerciales, a las restricciones tecnológicas, a las cadenas de suministro o, por supuesto, a la relación con Rusia.
"China quiere demostrar que las dos grandes potencias pueden gestionar directamente los principales problemas internacionales"
Sin embargo, conviene no interpretar esto como un acercamiento estratégico entre Estados Unidos y China.
Los dos países siguen compitiendo en prácticamente todos los sectores que determinarán la distribución futura del poder y necesitan mecanismos que eviten que esa competencia se vuelva incontrolable. Europa también necesita instrumentos propios para gestionarla.
Una crisis en Asia también afectaría a la seguridad europea
Fallon advierte de una posibilidad a menudo ausente del debate europeo sobre China: las consecuencias para Europa de una crisis grave en Asia. Estados Unidos lleva más de una década desplazando progresivamente atención y recursos hacia el Indo-Pacífico.
Una crisis en el estrecho de Taiwán podría acelerar drásticamente ese proceso y obligar a los europeos a asumir una responsabilidad mucho mayor sobre su seguridad, mientras Washington concentraría capacidades militares en Asia. En ese escenario, Europa afrontaría un problema de seguridad ligado a China aunque no participase directamente en el conflicto.
"Europa afrontaría un problema de seguridad ligado a China aunque no participase directamente en el conflicto"
Según Fallon, que es miembro del Consejo de Cooperación en Seguridad en Asia-Pacífico (CSCAP), esa posibilidad obliga a
aumentar la capacidad industrial de defensa europea y la producción de artillería, misiles y sistemas de defensa aérea, además de proteger las infraestructuras digitales y reducir las vulnerabilidades de las cadenas de suministro.
La guerra de Ucrania ha hecho patente
la imposibilidad de separar la seguridad militar de la económica. Un misil europeo contiene minerales, componentes electrónicos y tecnologías procedentes de cadenas globales y, por esta razón, una política de defensa que ignore esas dependencias industriales será incompleta.
Las distintas prioridades europeas
Las percepciones europeas de las amenazas han estado condicionadas durante mucho tiempo por la geografía.
La preocupación de Varsovia se dirigía hacia Moscú, mientras Berlín prestaba atención a sus mercados. En París predominaba la aspiración a la autonomía estratégica y en los países mediterráneos, la mirada hacia el Sahel y el norte de África.
La relación con China empuja a abordar esas perspectivas de manera conjunta.
Los países del este europeo entendieron antes que otros la dimensión militar de la dependencia, mientras las grandes economías occidentales conocen mejor el coste de una ruptura económica con Pekín. Una estrategia europea viable tendrá que ser capaz de incorporar ambas experiencias.
Fallon propone que la futura estrategia europea de seguridad refuerce la disuasión, proteja las infraestructuras críticas y complemente a la OTAN, sin competir con ella. Recuerda que l
a Alianza y la UE fueron durante décadas dos "elefantes" institucionales instalados en Bruselas que no siempre hablaban lo suficiente entre sí. Ucrania está modificando esa relación y China puede acelerar el proceso.
Para Europa,
adquirir suficiente capacidad económica, tecnológica y militar quizá sea más decisivo que escoger entre Washington y Pekín. Se trata de evitar que las decisiones de ambas potencias determinen automáticamente su margen de actuación.
No volver a aplazar la respuesta
Fallon recurre a otra imagen para describir la reacción europea ante China: Europa se despierta y después vuelve a pulsar el botón de repetición de la alarma. "Cinco minutos más".
La reunión en Washington, argumenta la analista, ofrece una ocasión para romper esa costumbre.
Si Washington y Pekín están aprendiendo a convivir en una competición de largo plazo,
los europeos tienen que decidir qué capacidad quieren tener para actuar entre ambos. Reconocer que la economía y la seguridad forman parte de un mismo problema exige diversificar las cadenas de suministro y reducir dependencias, invertir en defensa, aumentar la competitividad y proteger las infraestructuras críticas.