La política estadounidense tiene sus templos visibles —el Capitolio, la Casa Blanca, el monte Rushmore, los platós donde la guerra verbal se libra cada noche en el
prime time—, y tiene también sus criptas, esos lugares donde se cuecen las ideas que más tarde se convertirán en leyes, en decretos y consignas. La
Heritage Foundation nació en 1973 como
uno de esos manantiales ideológicos respetables: un think tank conservador y tradicionalista que pretendía cohesionar intelectualmente las posturas e ideas de la derecha de Estados Unidos. Y así funcionó durante décadas, como un laboratorio donde el Partido Republicano buscaba (y encontraba) argumentos, legitimidades, brújulas. Pero algo cambió. O, quizá, el país mismo cambió demasiado, y la Heritage decidió seguirlo hacia su lado más opaco.
Porque, hoy, esa fundación ya no es (ni representa) al conservadurismo clásico que hablaba de mercados libres y familias tradicionales. Ahora es otra cosa:
una maquinaria de adoctrinamiento del trumpismo más radical, un centro de entrenamiento ideológico que ha comprendido que el poder no solo se disputa en las urnas, sino en la forma de pensar de quienes luego ocuparán los despachos del Estado. Porque, bajo el liderazgo de Kevin Roberts, la institución ha pasado a ser algo más que una fundación, una suerte de cuartel narrativo: allí se diseña el tono de la guerra cultural, se decide cómo debe justificarse la
concentración del poder presidencial y, sobre todo, cómo debe desmantelarse la burocracia que en otra época sostuvo el equilibrio institucional, tal como lo explica
The New York Times Magazine en el artículo
"What the Crack-up of the Heritage Foundation Says About the Post-Trump Right".
Puestas las cosas así,
la Heritage no solo acompaña a Trump: lo precede, lo moldea y también lo traduce. En sus pasillos se redactan los manuales del nuevo orden conservador, se seleccionan los cuadros que podrían ocupar las agencias federales, se ensayan las reformas que pretenden reducir la autonomía del Estado para entregársela al presidente. En términos más concretos, el famoso
Proyecto 2025 (que no es una ley ni una propuesta oficial, sino un manual de refundación del Estado; el artículo de
The New York Times Magazine lo define
como la columna vertebral del trumpismo 2.0) no es un documento técnico; es algo que se parece más a un catecismo.
Y, como toda doctrina, esta también busca creyentes. La fundación se ha convertido en una escuela de cuadros para un trumpismo que ya no tiene tiempo para improvisar; está al servicio de un movimiento que aprendió que
la revolución institucional necesita de arquitectos e ideólogos, no solo agitadores.
"La fundación se ha convertido en una escuela de cuadros para un trumpismo que ya no tiene tiempo para improvisar"
No obstante, este fenómeno, esta transformación, tiene un precio. El
Partido Republicano, que durante décadas convivió con la Heritage, como quien convive con un antiguo profesor respetable, ahora mira a esa organización con recelo. Resulta que
los conservadores tradicionales —aquellos que aún creen en la separación de poderes y el pacto constitucional— ven, ahora, en esa fundación, una amenaza: lo ven como un intento de convertir al partido en un instrumento de una sola voz, la de Donald Trump. Al mismo tiempo, otras voces en el partido rojo celebran el giro: creen que el futuro del partido debe apuntar, sin pudores, hacia la guerra cultural total, consideran que las medias tintas no tienen cabida en los proyectos políticos actuales y, en pocas palabras,
abrazan la radicalidad como método más que como una reacción.
La Heritage, voces y rostros de un actor silencioso en las midterms de noviembre
De cara a las
elecciones de medio mandato de noviembre,
las tensiones son máximas en los estados, así como en los comités locales y en cada pequeño debate interno. Y la fundación está muy presente en el ambiente político que define la mitad de la segunda Administración Trump.
¿Podría la Heritage empujar al partido hacia un abismo institucional? Quizá, según los más tradicionalistas, pero no para las nuevas voces radicalizadas, como la de la excongresista por Georgia Marjorie Taylor Greene, quien ha citado a la fundación como una "guía para reconstruir" al conservadurismo y ha defendido el Proyecto 2025 públicamente. Ella, sin duda alguna, es
uno de los rostros del trumpismo más extremista. Y, en esa disputa —la que se debate entre el conservadurismo que fue y el trumpismo que quiere ser—,
se juega buena parte del futuro político estadounidense.
Ahora bien, ¿qué papel juega esto en las
midterms? De cara a las elecciones de medio mandato, que se celebrarán el 3 de noviembre,
la Heritage puede ser un actor tan silencioso como decisivo. No compite directamente en las boletas, ni tiene un rostro propio, pero sí que se hace presente en las ideas, en el ideario de los candidatos republicanos. En ese juego, el partido rojo se enfrenta a su propio espejo:
decidir si quiere seguir siendo propiamente un partido, una institución, o convertirse en la prolongación intelectual de un movimiento, de un fenómeno político, que ya no se conforma con ganar en las urnas, sino que ahora quiere reescribir y refundar el Estado desde sus cimientos.
"Heritage compite directamente en las boletas, ni tiene un rostro propio, pero sí que se hace presente en las ideas, en el ideario de los candidatos republicanos"
Taylor Greene llega al ciclo de las
midterms como lo ha hecho siempre: gritando. Fue una de las voces más estridentes del trumpismo en la Cámara,
la que convirtió cada sesión en un escenario de guerra cultural, aunque ahora se haya alejado del neoyorquino. La pieza de
The New York Times Magazine la menciona como un ejemplo de cómo la fundación dejó de ser un
think tank para convertirse en un manual de combate.
Su discurso no promete políticas, promete venganzas.
También está Matt Gaetz, excongresista republicano por Florida. Un tipo hábil, joven y mediático, que sabe convertir los conflictos en espectáculo (algo muy apreciado —y redituable, electoralmente hablando— en la política estadounidense). Él ha defendido el Proyecto 2025 y a la Heritage, lo mismo que Greene, como
una hoja de ruta para refundar el Estado. Gaetz no habla de gobernar: habla de "recuperar al país", de "limpiar a Washington", exactamente con
el mismo tono y el mismo guion político del presidente.
Por otra parte, está Elise Stefanik, congresista republicana por Nueva York. Ella es otra cosa:
ella es la radicalización elegante. Hace una década, más o menos, era una republicana moderada, una tecnócrata joven que hablaba de políticas públicas. Hoy es una de las principales aliadas de Trump en el Congreso y una defensora abierta de la Heritage.
Quizá no nació trumpista, pero ha aprendido a serlo.
Por último, mencionamos a Byron Donalds, congresista republicano por Florida. Él es una de las promesas del trumpismo afroamericano, es una figura de la derecha radical que muestra que
el conservadurismo no es solo caucásico y rural. Para él, es decir, para su guion político, la Heritage funciona como un elemento justificador para la "necesidad" de "reformar" (controlar) a las agencias federales. Él no solo repite las consignas,
las convierte en un discurso de ascenso personal, en la historia del hombre que llegó a Washington para derribar Washington.
De esta forma vemos que
la guerra intelectual, discursiva y cultural que se vive en las voces de los candidatos también se mide, se moldea, nace en los bastiones secretos del poder. Esta fundación es clave para comprender el
modus operandi de un partido que, lo mismo que el Partido Demócrata, ha comenzado a exhibir sus grietas más profundas en esta, la segunda gestión de Donald Trump. Así es como vemos que el
mapa político estadounidense, de cara a las
midterms, no es solo bipartidista, sino que
dentro de las propias instituciones hay facciones que anuncian vientos de cambio. Vientos, por cierto, radicales y sin precedentes en la historia contemporánea de Estados Unidos.