A principios de agosto, departía con varios parroquianos en una localidad del este de Alemania sobre
las elecciones regionales en Sajonia-Anhalt y las que se celebrarán este mismo mes en Mecklemburgo-Pomerania Occidental y Berlín. Les preguntaba por la posibilidad de que Alternativa para Alemania, la AfD, pudiera quedar primera e incluso gobernar. También por la
Brandmauer, el "muro cortafuegos" que los partidos democráticos han mantenido frente a la derecha radical. Las respuestas fueron muy distintas, pero profundamente explicativas: uno sostenía que ese cordón sanitario había fracasado porque había permitido a la AfD presentarse como víctima del sistema. Otro lo veía como una vergüenza democrática: "¿Qué es eso de excluir partidos que no te gustan?". Un tercero no lo tenía claro, aunque añadía que quizá sería bueno que la AfD gobernara solo para demostrar que su proyecto no funciona, que las cosas seguirán sin funcionar incluso con ellos en el poder.
Aquellas tres respuestas condensaban, a mi juicio, buena parte del problema político alemán, materializado en la noche electoral de esta región del este.
Sajonia-Anhalt no es el
land más poblado ni el más rico de Alemania, pero
desde este domingo es el epicentro político del país. Con una participación altísima, superior al 75%, los resultados han confirmado las encuestas, con una AfD situada por encima del 40%, con la CDU a bastante distancia, totalmente descalabrada por debajo del 20%, mientras que los demás partidos cuentan con porcentajes inferiores al 10%;
la otra vencedora es la "rojiparda" BSW, que, en el momento de escribir estas líneas, alcanza el umbral mínimo del 5%. La posibilidad de gobierno se abre a varias fórmulas bajo la aritmética parlamentaria: un muy difícil gobierno en solitario dado ese "cordón sanitario", una también complejísima coalición cuatripartita desde la CDU hasta Die Linke —dado el rechazo a pactar con Die Linke, expresado por el propio canciller Merz— o, por último, una coalición o apoyo de la BSW de Sahra Wagenknecht.
La BSW, abierta a darle el gobierno a la AfD, se convertiría en un actor relevante.
"La posibilidad de gobierno se abre a varias fórmulas bajo la aritmética parlamentaria, que incluye una complejísima coalición cuatripartita"
El resultado es el de
un Parlamento muy fragmentado en el que cualquier gobierno sin la AfD exige acuerdos difíciles, tolerancias muy incómodas o una creatividad institucional vía coaliciones multicolor que, si bien ya no sorprenden en el escenario político alemán, cada vez dejan una mayor sensación de incapacidad para gobernar —y, así, realimentan el aliento antisistema de esta derecha radical—. Por otra parte, se juega algo mayor que un gobierno regional:
la normalización de un partido clasificado como extremista de derechas por los servicios de inteligencia y el efecto que todo ello tendrá, en general, sobre la política alemana.
La AfD ha movilizado a la mayoría de los abstencionistas que el domingo han acudido a las urnas, ha arrasado entre trabajadores, ha cosechado un altísimo porcentaje de voto femenino y
ha ganado en todas las franjas de edad excepto entre los mayores de setenta años. Un éxito rotundo. El candidato de la AfD, Ulrich Siegmund, ha construido una campaña de tono marcadamente populista, indisimuladamente identitario y muy personalista. Se presentaba como voz de un "pueblo verdadero" frente a esas élites políticas, partidistas, supuestamente vendidas a intereses ajenos a los alemanes. Ha reivindicado viejos lenguajes de la revolución pacífica que puso fin a la República Democrática Alemana (RDA), apropiándose de símbolos y eslóganes que antes estaban vinculados a la libertad frente al comunismo. Es una operación política que le ha funcionado: ha convertido el malestar en identidad y la crítica al sistema en una promesa de recuperación nacional en torno a "algún" pasado mejor, dejando que cada cual sitúe su época idílica en el período histórico a su mejor conveniencia.
"AfD ha convertido el malestar en identidad y la crítica al sistema en una promesa de recuperación nacional"
La sociedad civil se ha movilizado en la campaña contra la AfD. Hace unos días podía verse en la fachada de la catedral de Magdeburgo un mensaje directo: "No abandonamos lo que amamos. El verdadero amor a la patria no es la AfD". Era una frase que disputaba precisamente el terreno que la AfD quiere monopolizar:
la patria, la pertenencia, el orgullo local. Sin embargo,
esa movilización no ha sido suficiente para frenar una corriente social más profunda.
Muchos votantes de las diversas opciones extremistas y en particular de la AfD no parecen buscar un programa elaborado.
Buscan castigo, señal, identidad, ruptura. Aceptan que las soluciones sean gruesas porque consideran que, al menos, la crítica apunta contra los responsables adecuados. Pocas medidas concretas y mucha apelación a la dignidad herida. Hay pocos programas detallados y
mucha insistencia en expulsar a quienes impiden "al pueblo" (verdaderamente alemán) tener un mejor país.
Volverá a aparecer la explicación económica del este alemán para justificar el auge de la AfD. Hay base para ello, sí; la antigua Alemania oriental arrastra diferencias de renta, de estructura productiva, demográficas y de reconocimiento simbólico respecto al oeste, sobre todo frente a los
länder más prósperos del sur. Sí, hay una sensación de empobrecimiento ante una economía estancada y una inflación galopante… pero como en todo el país. Lo genuino en muchos estados del este es una
cultura política asentada en un relato victimista.
Hay una cultura de agravio, una lectura identitaria y una sospecha permanente hacia Berlín, los medios, los partidos tradicionales y las instituciones en sentido amplio. Incluso entre aquellos vecinos con los que conversaba, algunos de los cuales mostraban simpatías más o menos explícitas hacia la AfD, aparecía una incomodidad compartida con la división permanente entre
wessis y
ossis, los alemanes del oeste y del este, cuando les pregunté: decían estar cansados de que sus problemas fueran explicados siempre desde esa diferencia, como si la antigua Alemania oriental siguiera condenada a una identidad política separada. Preferían hablar de inseguridad, de deterioro social, de pérdida de confianza y de falta de respuestas. Si esa identificación con la antigua RDA seguía reapareciendo en el debate público, añadían, no era tanto por ellos como por la insistencia de unos medios de comunicación que, en esto sí coincidían todos, manipulaban la imagen del este alemán. No sé cuánto de categoría tiene la anécdota, pero
sí comparto la impresión de que esas distinciones económicas entre las otrora dos Alemanias que tanto gustan en la prensa internacional —y también en la nacional— tienen cada vez menos capacidad explicativa.
"Hay una cultura de agravio, una lectura identitaria y una sospecha permanente hacia Berlín, los medios, los partidos tradicionales y las instituciones en sentido amplio"
La victoria de la AfD es inmensa. Y
el calendario electoral añadirá presión e incertidumbre al escenario político. Después de Sajonia-Anhalt vendrán Mecklemburgo-Pomerania Occidental y Berlín el 20 de septiembre. En el primer caso, la AfD también llega muy fuerte. En Berlín, la competición es más abierta y las izquierdas mantienen mejores opciones, aunque la capital alemana siempre ha sido un ecosistema político propio, difícilmente extrapolable al conjunto del país. Por eso el foco está ahora en Magdeburgo, la capital de Sajonia-Anhalt.
Si la AfD consigue transformar su triunfo electoral en poder institucional, Alemania entrará definitivamente en una fase nueva. Pero incluso si no lo consiguiese, la pregunta seguirá siendo cuánto tiempo puede mantenerse una
política de exclusión gubernamental cuando el partido excluido se consolida como primera fuerza en varios territorios.
De todo ello, se extraen varias derivadas tanto internas como externas. El primer impacto en la política doméstica alemana es, por supuesto, sobre el
enrarecido clima político y social. Al recorrer muchas calles de Sajonia-Anhalt o de Mecklemburgo-Pomerania Occidental durante este verano, me llamaba la atención que la mayoría de los carteles de la AfD no hablaban tanto de problemas regionales concretos como de grandes asuntos nacionales: inmigración —el estado cuenta con uno de los niveles de inmigración más bajos, en torno al 9%, en comparación con la media nacional, del 20%—, seguridad, energía, precios, guerra, sanciones, identidad.
La política regional convertida en un referéndum difuso sobre el rumbo del país.
La segunda consecuencia interna afecta al sistema de partidos. Sajonia-Anhalt tiene un peso limitado en población y economía, sí, pero
puede actuar como prueba de viabilidad de la AfD. Si se consolida como partido de gobierno o como fuerza inevitable para ordenar mayorías, dejará de ser percibida solo como partido de oposición. Eso complicaría mucho la
estrategia federal de Friedrich Merz; el desastre electoral regional de la CDU es un duro golpe. El canciller se mueve en un espacio muy estrecho: si endurece su discurso sobre migración y seguridad, se le acusa de asumir postulados de la AfD; si no lo hace, parte de su electorado la considera débil. Todo mientras
su popularidad y la de su coalición de gobierno siguen cayendo, con un futuro muy incierto para el canciller.
"Si se consolida como partido de gobierno o como fuerza inevitable para ordenar mayorías, dejará de ser percibida solo como partido de oposición"
El último, seguramente de largo plazo, será el cultural.
Alemania hizo de la democracia militante y de la vigilancia frente a la derecha radical una cuestión de Estado. Que un partido como la AfD gobierne un
land rompe con un marco político asentado durante décadas. Pone en pugna muchos de los principios consensuales, girando de una democracia liberal hacia la defensa explícita, expresa y abierta de una democracia identitaria, de políticas regidas por criterios etnicistas y de una sospecha contra todo lo que venga a ser, desde su punto de vista, un "macroestado" plural y social: desde las vacunas y los servicios públicos hasta la propia escolarización en los colegios.
En efecto, las derivadas internacionales son igualmente relevantes. La primera derivada afecta a la seguridad europea.
La AfD y el BSW comparten, con matices, una postura abiertamente rusófila, con una línea crítica hacia las sanciones a Rusia, el apoyo militar a Ucrania y el aumento del gasto en defensa. En los carteles del BSW en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, por ejemplo, aparecían mensajes —mucho más frecuentes que en los de la AfD— contra las sanciones, contra la guerra y contra lo que presentan como militarismo contrario al pueblo alemán. En el partido de derecha radical, las posiciones no son idénticas en todos sus sectores, pero
la orientación prorrusa y antiatlántica ha sido una constante en buena parte del partido. Un juego de palabras en uno de sus carteles hablaba de cómo llenar el depósito de combustible del coche "sin llorar"; una alusión a los precios de la energía que condensaba bien la estrategia: tomar un problema diario, conectarlo con una explicación nacional y dirigirla contra el Gobierno, Bruselas, Ucrania o las sanciones a Rusia.
Este terremoto político llega en un momento en el que
Alemania pretende convertirse en proveedor central de seguridad, aumentando la cooperación con Polonia y otros países, en particular en los bálticos, y aumentando enormemente los presupuestos de defensa. Se celebran las elecciones en días críticos, dado que
Alemania ha acusado a Rusia de estar detrás del intento de ataque con drones cargados de explosivos en el aeropuerto de Leipzig; un nodo logístico especialmente sensible por su conexión con cargas ucranianas y por su función en redes de transporte militar y civil. Si partidos abiertamente críticos con el apoyo a Ucrania y cercanos a narrativas rusas ganan peso institucional en
länder orientales, la política exterior y de seguridad de Berlín puede verse seriamente obstaculizada.
No necesariamente porque un gobierno regional pueda cambiar por sí solo la posición federal alemana, sino porque puede condicionar aún más el debate público y la cooperación institucional.
Las abiertas y explícitas simpatías hacia Rusia de políticos de ambos partidos, así como su cooperación con agentes rusos,
crean un escenario muy preocupante también en términos de la propia seguridad del Estado y hacia dónde pueda "viajar" la información que estos políticos recibirían si llegan al poder.
"Si partidos abiertamente críticos con el apoyo a Ucrania y cercanos a narrativas rusas ganan peso institucional en länder orientales, la política exterior y de seguridad de Berlín puede verse seriamente obstaculizada"
La segunda derivada apunta a la política migratoria.
La AfD ha impugnado el legado de Merkel y de la cultura de acogida que marcó a Alemania en 2015;
esa época ya terminó. Con todo, si el partido confirma su ascenso en estas elecciones, la presión para cerrar más el debate migratorio aumentará en todo el sistema político, con implicaciones directas para la política europea en esta materia. No solo por lo que haga la AfD —con las promesas de su líder, Alice Weidel, de deportaciones masivas a gran escala—, sino también por cómo responderán la CDU, el SPD y otros partidos que temen perder terreno en cuestiones de seguridad e integración.
Deberían tomar nota las demás cancillerías, también el Gobierno español respecto a su estrategia política sobre migraciones.
En el fondo, estos resultados electorales en Sajonia-Anhalt plantean una pregunta que va más allá de lo regional:
¿qué ocurre cuando una democracia como la alemana, que se ha definido por su capacidad para contener a la derecha radical, empieza a ver cómo esa extrema derecha se convierte en primera fuerza en parte del territorio? La respuesta no puede limitarse a repetir el cordón sanitario. Tampoco basta con abandonarlo en nombre de una supuesta normalización democrática. El dilema alemán es mucho más complejo: cómo preservar una democracia plural cuando una parte creciente del electorado se moviliza contra las premisas culturales e institucionales de esa misma democracia.
"El dilema alemán es mucho más complejo: cómo preservar una democracia plural cuando una parte creciente del electorado se moviliza contra las premisas culturales e institucionales de esa misma democracia"
Sajonia-Anhalt puede parecer periférica desde fuera de Alemania, pero no lo es.
Este domingo anticipa la política alemana de los próximos años y abre los interrogantes sobre si la AfD convertirá su fuerza electoral en poder ejecutivo, y sobre la resistencia del resto de partidos. Puede condicionar las elecciones siguientes en Mecklemburgo-Pomerania Occidental y Berlín, y, seguro, las estrategias y promesas electorales del resto del país. Y
puede enviar una señal a Europa sobre qué Alemania esperar; una Alemania llamada a sostener más peso económico, militar y político.