Todavía con la resaca de los comicios regionales en Sajonia y Turingia, otro Estado federado oriental ha acudido a las urnas: Brandemburgo. De nuevo, Alternativa por Alemania (AfD) resulta el claro vencedor, aunque el SPD haya aguantado el envite. Se termina de configurar un puzle donde la derecha radical afianza su predominio en la antigua Alemania Oriental.
El resultado de Brandemburgo, aún con particularidades regionales muy concretas, contribuye a una escenario que está precipitando el futuro del país antes del año electoral 2025.
En efecto, el SPD se impuso en las elecciones gracias a la popularidad del ministro-presidente, Dietmar Woidke, con una agenda muy centrada en lo económico y en presentarse como el muro de contención frente a la AfD.
Los socialdemócratas han gobernado ininterrumpidamente la región desde la reunificación y el regreso de la democracia —aunque, por ejemplo, en esta última legislatura lo ha hecho junto con la CDU y Los Verdes—, por lo que el empate técnico que arrojaban las encuestas —y el resultado ha sido ajustado— vaticinaban un duro golpe para un partido que atraviesa horas bajas a nivel nacional, con el liderazgo de Olaf Scholz ya en entredicho. Con todo, la victoria en Brandemburgo y la explícita desaparición del canciller de la campaña confirma el problema. Como en Turingia, la calculadora de coaliciones aparece endiablada; también con la BSW de Sahra Wagenknecht, que ha conseguido un buen resultado.
Los excelentes resultados de la extrema derecha ofrecen importantes claves en términos de sociología electoral que podría replicarse en el resto del país: la consolidación de la AfD entre los jóvenes como primera o segunda opción preferida, o el aumento de sus votantes convencidos; ya no se vota a una fuerza extremista por decepción con los demás, sino por creer sus ideas son las correctas. Ciertamente Brandemburgo tiene características propias y Woidke lo ha querido recalcar hasta en la propia entrevista poselectoral. Pero la inmigración y la criminalidad son las ventanas por la que ha entrado la AfD.
"La fuerza radical ya no oculta su propaganda racista y nacionalista, sino que la han convertido en leitmotiv indisimulado de campaña"
La fuerza radical ya no oculta su propaganda racista y nacionalista, sino que la han convertido en leitmotiv indisimulado de campaña, persuadiendo a muchos votantes de que la inmigración descontrolada es la principal amenaza para la seguridad y el bienestar de Alemania. Su retórica, pretendidamente escandalosa y que años atrás habría sido condenada como inaceptable, ha encontrado eco en una sociedad cada vez más fragmentada, en la que el miedo y la inseguridad se han convertido en elementos clave del debate político. Su difusión con memes y noticias fabricadas, un éxito en redes sociales. La AfD ha sabido construir un relato de "caos migratorio". Y otros lo han comprado. La AfD soslaya problemas estructurales que afectan al país, como la cabalgante desigualdad económica o los depauperados servicios públicos, para encontrar una respuesta sencilla y obvia.
Enfrente se ha encontrado a los balbuceantes partidos tradicionales alemanes.
La CDU, que ha pasado del "Lo conseguiremos" de Angela Merkel a adoptar un discurso duro frente a la inmigración, con la mirada puesta en la cancillería y queriendo captar votantes radicales —este domingo en Brandemburgo ha supuesto un varapalo—. El SPD que, también en parte como la CDU, ha obviado por completo los problemas que podría arrastrar el enorme flujo migratorio —como cualquier otra cuestión social, y esto es importante subrayarlo, con costes de oportunidad e impactos imprevistos—.
Lucha por encontrar una respuesta que equilibre el respeto a los derechos humanos con la creciente presión popular por mayor control de fronteras… Pero tan tardía, tan contradictoria, tan errática, que ha terminado enviando un mensaje de inoperancia y, al final, parece haber comprado las ideas de la AfD.
"La colación liderada por el SPD ha decidido reimplantar controles en todas sus fronteras terrestres. Una decisión efectista y electoralista, que parece querer encontrar fuera de sus fronteras los fracasos internos de administración de la seguridad y las migraciones"
La colación liderada por el SPD ha decidido reimplantar controles en todas sus fronteras terrestres. Igualmente, otras medidas dirigidas a endurecer las políticas de asilo y externalizar su gestión. Una decisión efectista y electoralista, que parece querer encontrar fuera de sus fronteras los fracasos internos de administración de la seguridad y las migraciones. Pura reacción frente a la AfD. Parecen haber obviado las potenciales consecuencias económicas en un país que es el corazón comercial europeo; y, por supuesto, parecen haber menospreciado por completo el daño que inflige a la misma idea de Schengen. Uno de los pilares del proyecto europeo, la libre circulación entre países, sufre un duro varapalo cuando es Alemania quien lo torpedea por cortoplacismo y miedo. Se queda sin argumentos para criticar a otros líderes, como el húngaro Víctor Orbán, cuando decidieron adoptar políticas similares, torpedeando el proyecto europeo.
Todas estas medidas, irreflexivas y contradictorias, van a provocar el efecto contrario a su objetivo: lejos de contener a la AfD, legitiman aún más su discurso al aceptar implícitamente que Alemania enfrenta una crisis de seguridad que requiere soluciones drásticas. El avance de la AfD plantea serias cuestiones sobre el futuro de la política en Alemania, en un contexto marcado por esta “crisis de seguridad”, la polarización social y la debilidad de los partidos tradicionales. Adelanta, además, una discusión política que va a ir a más en este año que resta hasta las nuevas elecciones generales.
"Los partidos tradicionales deberán encontrar nuevas formas de responder al descontento ciudadano, y van a jugar con el populismo y la xenofobia —esos tabús—, mientras que la AfD seguirá avanzando en su estrategia de erosionar la confianza en las instituciones democráticas"
Todos los partidos van a cambiar su marco de análisis. La CDU lo hizo, el SPD se mueve; Los Verdes, se encuentran cayendo en picado. En este escenario, estas elecciones son más que un simple test regional: son un reflejo de las profundas tensiones que atraviesan la política alemana y de las transformaciones que, de hecho, ya se están produciendo.
Los partidos tradicionales deberán encontrar nuevas formas de responder al descontento ciudadano, y van a jugar con el populismo y la xenofobia —esos tabús—, mientras que la AfD seguirá avanzando en su estrategia de erosionar la confianza en las instituciones democráticas. La retórica y las decisiones a salto de encuesta parecen darles la razón.