Antes de la invasión rusa de 2022,
Ucrania ya era un Estado con profundas debilidades institucionales. Aunque celebraba elecciones competitivas y mantenía una cierta alternancia en el poder, su sistema político seguía condicionado por la influencia de los oligarcas, elevados niveles de corrupción y un
Estado de derecho, al menos, incompleto. Desde el inicio de la guerra, ese escenario se ha alterado radicalmente. La necesidad de garantizar la supervivencia del Estado desplazó muchas de las dinámicas habituales de la política democrática y
concentró un enorme poder en la presidencia de Volodímir Zelenski. Durante más de cuatro años, esa concentración se ha justificado por las exigencias del conflicto. Sin embargo, la crisis política abierta este verano demuestra que
ninguna guerra puede suspender indefinidamente la política ni las demandas de rendición de cuentas.
La remodelación del Gobierno y de la cúpula militar en marcha
no constituye un simple reajuste administrativo. Es un reflejo del inicio de una nueva etapa en la evolución política de Ucrania. La destitución del ministro de Defensa, Mykhailo Fedorov, una de las figuras más populares del Ejecutivo por su apuesta por la innovación tecnológica, la digitalización de las Fuerzas Armadas y el impulso a la industria nacional de drones, ha provocado una oleada de críticas tanto dentro del país como entre algunos de sus principales socios occidentales. La falta de una explicación política convincente alimenta progresivamente la percepción de que
las decisiones estratégicas se toman cada vez más desde un círculo muy reducido alrededor de la Oficina Presidencial.
Las manifestaciones en Kiev y otras ciudades
están siendo especialmente significativas. No cuestionan la necesidad de continuar la resistencia frente a la invasión rusa ni expresan un rechazo al esfuerzo bélico. Lo que están poniendo sobre la mesa es otra cuestión mucho más delicada, que es
el temor a que la concentración de poder, inicialmente legitimada por la guerra, esté debilitando los mecanismos democráticos de control y equilibrio institucional.
"La destitución del ministro de Defensa ha provocado una oleada de críticas tanto dentro del país como entre algunos de sus principales socios occidentales"
No es la primera vez que Zelenski se enfrenta a una reacción de estas características. Hace apenas un año ya tuvo que rectificar la reforma que reducía la autonomía de la Oficina Nacional Anticorrupción y de la Fiscalía Especializada Anticorrupción tras las fuertes protestas de la sociedad civil y las advertencias lanzadas desde Bruselas. Aquella marcha atrás puso de manifiesto dos elementos fundamentales. Por un lado, que
Ucrania conserva una sociedad civil extraordinariamente activa, heredera de las movilizaciones del Maidán y con capacidad para condicionar las decisiones del Gobierno. Por otro lado, que
el proceso de adhesión a la Unión Europea continúa siendo uno de los principales mecanismos externos de supervisión democrática del sistema político ucraniano.
Sin embargo,
la crisis actual es más profunda porque afecta directamente al corazón del poder político y militar. La sustitución del comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y la reorganización de la cadena de mando buscan transmitir una imagen de renovación en un momento en que la guerra atraviesa una
fase de desgaste prolongado. Pero
los cambios personales difícilmente pueden ocultar un problema mucho más estructural.
Durante estos años se ha consolidado
un proceso de presidencialización del sistema político. La ley marcial, la centralización de la toma de decisiones, la práctica subordinación del Parlamento a la Oficina Presidencial y el creciente protagonismo de un reducido grupo de asesores han configurado un modelo de gobierno en el que
la capacidad de control institucional se ha ido debilitando progresivamente. La guerra explica buena parte de esta evolución, pero no basta para justificarla indefinidamente. La paradoja resulta evidente. Cuanto más se prolonga el conflicto, más necesita el Gobierno preservar la unidad nacional. Pero precisamente esa prolongación hace emerger debates que ya no pueden resolverse únicamente apelando al patriotismo.
El reclutamiento, la movilización, la rotación de las tropas, la gestión de las bajas, la corrupción en la contratación militar o la reconstrucción económica son cuestiones profundamente políticas que afectan directamente a la legitimidad del Ejecutivo.
"La remodelación del Gobierno y de la cúpula militar en marcha es un reflejo del inicio de una nueva etapa en la evolución política de Ucrania"
A ello se añade
un contexto internacional mucho más complejo que el existente durante los primeros años de la guerra. El apoyo occidental ya no presenta la misma solidez. La
segunda Administración Trump ha introducido nuevos elementos de incertidumbre en la relación transatlántica, mientras que algunos gobiernos europeos muestran crecientes dificultades para mantener el mismo nivel de compromiso financiero y militar. Zelenski necesita
proyectar estabilidad y fiabilidad hacia el exterior al mismo tiempo que intenta responder a un creciente malestar interno, aunque no siempre lo hace de acuerdo con criterios democráticos. No siempre ambos objetivos resultan compatibles.
Existe además un elemento que merece especial atención desde la perspectiva europea. En el pasado, se ha tendido a presentar Ucrania como una democracia plenamente consolidada que únicamente debía resistir la agresión rusa para integrarse en las instituciones occidentales. Esa imagen simplifica, cuando no tergiversa, excesivamente una realidad mucho más compleja. Ya antes de la guerra,
Ucrania era una democracia electoral con importantes déficits de calidad institucional, una fuerte influencia oligárquica y graves problemas de corrupción. La invasión no eliminó esas debilidades; simplemente las ocultó bajo las necesidades de la guerra. Las actuales protestas muestran que la ciudadanía ucraniana está dispuesta a exigir transparencia y límites al poder incluso en circunstancias extraordinarias.
Ese dinamismo constituye uno de los principales activos políticos del país de cara a su futuro proceso de integración europea, pero, sin duda, esto no es suficiente.
Sin embargo, tampoco es pertinente idealizar la situación.
La personalización del liderazgo entraña riesgos crecientes. Durante los primeros meses de la invasión, la identificación entre Zelenski y la resistencia nacional fue un elemento fundamental para mantener la cohesión social. Pero a medida que la guerra se ha convertido en un conflicto de larga duración, esa identificación, lejos de jugar a su favor, podría hacerlo en su contra, algo que, a buen seguro, el presidente intenta evitar por dos vías:
la primera, anulando a potenciales adversarios políticos; la segunda, concentrando más poder.
"Las actuales protestas muestran que la ciudadanía ucraniana está dispuesta a exigir transparencia y límites al poder incluso en circunstancias extraordinarias"
Así las cosas,
uno de los primeros retos, si no el primero, que tiene a día de hoy Ucrania no es solo sostener el esfuerzo militar. La cuestión que comienza a plantearse ya no es únicamente cómo sostenerlo, sino qué tipo de Estado emergerá cuando la guerra termine. La reconstrucción de infraestructuras será una tarea gigantesca, pero probablemente resulte aún más difícil
reconstruir unas instituciones capaces de construir los mecanismos democráticos que inevitablemente han quedado erosionados durante estos años de excepción.
La crisis política de este verano de 2026
no anuncia necesariamente el final del liderazgo de Zelenski. Sigue siendo una de las figuras políticas más populares del país y la oposición continúa muy fragmentada. Pero sí marca
el final de una etapa en la que la legitimidad derivada exclusivamente de la resistencia frente a la agresión rusa parecía suficiente para gobernar sin apenas contestación.
Si Ucrania aspira realmente a convertirse en miembro de la Unión Europea,
el éxito no dependerá únicamente de su capacidad para defender su territorio ni de las capacidades militares adquiridas. También debería depender, y esto depende del lado europeo, de su capacidad para demostrar que
la excepcionalidad de la guerra no se convierte en una forma permanente de ejercer el poder. Si Ucrania no avanza por
el camino de la regeneración democrática, el resultado de la guerra podrá ser irrelevante no solo para Ucrania, sino para la naturaleza misma de lo que la UE dice defender.