Miércoles, 2 de septiembre de 2026
INFRAESTRUCTURAS CRÍTICAS

La guerra de desgaste llega a Rusia

La profesora de Ciencia Política de la Universidad Complutense Ruth Ferrero sostiene que Ucrania está tratando de convertir la retaguardia rusa en una nueva fuente de presión sobre el Kremlin: "La profundidad estratégica rusa ya no garantiza seguridad", asegura. A su juicio, el verdadero interrogante es "cuánto daño económico, logístico y político puede absorber Rusia" y si ese desgaste puede llegar a modificar los cálculos de Moscú.

Ruth Ferrero-Turrión Ruth Ferrero-Turrión 1 de septiembre de 2026
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El presidente ruso, Vladímir Putin, en una reunión en el Kremlin el pasado 26 de agosto. | Mikhail Metzel / Zuma Press / Europa Press
El presidente ruso, Vladímir Putin, en una reunión en el Kremlin el pasado 26 de agosto. | Mikhail Metzel / Zuma Press / Europa Press
Durante buena parte de la guerra de Ucrania ha existido una asimetría difícil de ignorar. Rusia podía golpear prácticamente cualquier punto del territorio ucraniano mientras una parte sustancial de su propia retaguardia permanecía protegida de las consecuencias directas del conflicto. Moscú, San Petersburgo, las grandes instalaciones industriales o las infraestructuras energéticas situadas a cientos o miles de kilómetros del frente formaban parte de una geografía aparentemente distante de la guerra. Ahora, eso está cambiando.

La intensificación de los ataques ucranianos contra territorio ruso durante los últimos meses trasciende la lógica de las represalias. Tampoco se trata simplemente de demostrar que los drones ucranianos pueden recorrer 2.000 kilómetros y alcanzar objetivos en Siberia o los Urales. Lo que Kiev está intentando construir es una estrategia destinada a trasladar parte del coste de la guerra al interior de Rusia. Y la elección de los objetivos permite entender bastante bien esa estrategia.

"Lo que Kiev está intentando construir es una estrategia destinada a trasladar parte del coste de la guerra al interior de Rusia"
Las refinerías se han convertido en uno de sus principales blancos. Durante 2026, Ucrania ha duplicado aproximadamente la frecuencia de los ataques contra estas instalaciones, provocando cierres totales o parciales y reduciendo la producción de gasolina, diésel y combustible para aviación. La campaña ha alcanzado instalaciones tan importantes como Omsk, la mayor refinería rusa, situada a unos 2.700 kilómetros del territorio controlado por Ucrania, así como las de Moscú, Saratov, Yaroslavl, Orsk o TANECO. Algunas han podido recuperar rápidamente parte de su actividad, pero otras han permanecido paralizadas durante semanas o meses.

Ucrania difícilmente puede destruir la industria petrolera rusa, pero tampoco necesita hacerlo. En este sentido, la estrategia consiste en introducir suficiente fricción en el sistema para aumentar progresivamente los costes económicos y logísticos de la guerra. Algunos resultados comienzan a ser visibles.

Las dificultades de abastecimiento de combustible, inicialmente concentradas en Crimea y en las regiones meridionales próximas al frente, se han extendido durante este verano a otras zonas del país, incluida la capital. Han aparecido restricciones en las gasolineras, colas y problemas de distribución. El Gobierno ruso ha tenido que intervenir para proteger el mercado doméstico y ha prolongado hasta enero de 2027 las restricciones a las exportaciones de gasolina, mientras mantiene también limitaciones sobre el diésel. En este último caso, Moscú prepara extender durante septiembre la prohibición que afecta a los productores. A este respecto, que uno de los principales productores mundiales de petróleo tenga que restringir las exportaciones de derivados para garantizar el abastecimiento interno constituye, cuando menos, un indicador de que los ataques están produciendo efectos.

"El Gobierno ruso ha tenido que intervenir para proteger el mercado doméstico y restringir las exportaciones de gasolina y diésel"
No obstante, reducir la estrategia ucraniana al petróleo sería un error. Los ataques alcanzan también almacenes, centros logísticos, fábricas relacionadas con la industria militar, aeródromos, puertos e infraestructuras de transporte. Es decir, Ucrania está intentando atacar no solo los recursos con los que Rusia financia la guerra, sino también las redes que permiten sostenerla. Esto introduce otra dimensión particularmente importante. Rusia tiene un territorio gigantesco y protegerlo resulta extraordinariamente costoso. Por ello, cada sistema de defensa aérea que Moscú tiene que desplazar para proteger una refinería o cualquier otra infraestructura estratégica situada lejos del frente es un recurso que deja de estar disponible en otro lugar. Además, los drones son relativamente baratos y obligan tanto a utilizar sistemas defensivos mucho más costosos como, sobre todo, a dispersarlos.

La guerra de desgaste llega a la retaguardia rusa

La guerra está situada en una lógica clásica de desgaste, aunque adaptada a las tecnologías del siglo XXI. No se trata necesariamente de destruir una infraestructura de manera definitiva. Puede ser suficiente obligar al adversario a repararla, defenderla, dispersar recursos, modificar rutas logísticas y asumir continuamente nuevos costes.

A ello se le añade una dimensión política. Desde el comienzo de la invasión, el Kremlin ha intentado mantener una cierta separación entre la guerra y la vida cotidiana de buena parte de la población rusa. La movilización parcial de 2022 rompió momentáneamente esa barrera, pero el contrato implícito continuó funcionando: la guerra podía seguir adelante mientras sus consecuencias permanecieran relativamente alejadas de los principales centros urbanos. Pero los drones están erosionando también esa distancia.

Los cierres de aeropuertos, las interrupciones del transporte, las restricciones de combustible y la llegada recurrente de drones a la región de Moscú hacen que el conflicto sea cada vez más concreto para una parte de la sociedad rusa. Ucrania pretende llevar la guerra a casa de quienes hasta ahora podían contemplarla desde lejos.

"Desde el comienzo de la invasión, el Kremlin ha intentado mantener una cierta separación entre la guerra y la vida cotidiana de buena parte de la población rusa"
Aquí, sin embargo, los resultados son mucho más difíciles de medir. Nada permite afirmar que los ataques estén generando una contestación significativa contra Vladímir Putin. Incluso podrían producir el efecto contrario y reforzar el relato del Kremlin según el cual Rusia no está librando una guerra de elección contra Ucrania, sino defendiéndose de una agresión exterior. Y esto conduce a la principal limitación de la estrategia ucraniana. Infligir costes no equivale necesariamente a modificar el comportamiento político del adversario.

Hasta ahora, Rusia ha demostrado una considerable capacidad de adaptación. Durante el transcurso de la guerra, ha desplazado la producción entre refinerías, reorganizado cadenas logísticas, aumentado la protección de determinadas instalaciones y asumido importantes costes económicos sin que ello haya alterado de manera decisiva su estrategia militar. En esta línea, tampoco existen indicios de que Putin esté dispuesto a modificar sustancialmente sus condiciones para una negociación como consecuencia de estos ataques.

Precisamente por eso es muy importante su reacción. El pasado 22 de agosto, el presidente ruso acusó a Ucrania de haber abierto una "caja de Pandora" mediante los ataques contra objetivos económicos y advirtió de que Rusia respondería golpeando los sectores más sensibles de la economía ucraniana. Más allá de la retórica, la declaración revela que Moscú percibe que la campaña ucraniana ha entrado en un terreno que puede producir costes estratégicos.

"No existen indicios de que Putin esté dispuesto a modificar sustancialmente sus condiciones para una negociación como consecuencia de estos ataques"
Esto significa que Ucrania no está utilizando los ataques en profundidad únicamente para mejorar su posición militar, sino que también está intentando construir capacidad negociadora. En una guerra en la que Rusia controla una parte del territorio ucraniano y mantiene importantes ventajas materiales, Kiev necesita disponer de instrumentos que permitan imponer costes más allá de la línea del frente. La posibilidad de amenazar de manera sostenida infraestructuras energéticas, industriales y logísticas rusas constituye uno de esos instrumentos. No sustituye al territorio, pero proporciona una forma de presión que Ucrania puede activar, intensificar o eventualmente limitar en una negociación.

Aquí la cuestión no está en si Ucrania es capaz de derrotar a Rusia a base de atacar sus refinerías, porque está claro que no puede. Pero sí hay que preguntarse cuánto daño económico, logístico y político puede absorber Rusia antes de que continuar la guerra resulte progresivamente más costoso. Por ahora, la respuesta sigue siendo incierta.

Los ucranianos están consiguiendo resultados tácticos evidentes y algunos efectos operacionales importantes. Han demostrado que la profundidad estratégica rusa ya no garantiza seguridad, han obligado a Moscú a redistribuir recursos defensivos y están generando perturbaciones reales en el mercado energético. Pero Ucrania todavía está lejos de transformar esos éxitos en un cambio estratégico del Kremlin. Estamos, por tanto, ante una carrera de resistencia. De un lado, la capacidad ucraniana para aumentar sistemáticamente los costes de la guerra. Del otro, la capacidad rusa para absorberlos, adaptarse y continuar combatiendo.

"Ucrania todavía está lejos de transformar esos éxitos en un cambio estratégico del Kremlin. Estamos, por tanto, ante una carrera de resistencia"
Dando un paso más, resulta preocupante que esta dinámica pueda estar abriendo una nueva fase del conflicto. Si Moscú cumple su amenaza de responder sistemáticamente contra los sectores económicos más sensibles de Ucrania, la guerra de desgaste dejará de librarse fundamentalmente sobre el terreno militar. La infraestructura energética, las redes logísticas, las exportaciones, las industrias y, en último término, la capacidad de funcionamiento cotidiano de ambos Estados pasarán a formar parte cada vez más explícita del campo de batalla.

De este modo y tras cuatro años y medio de guerra, ya no se trata de quién puede avanzar unos kilómetros más, sino de quién puede soportar durante más tiempo el coste de continuarla.
Ruth Ferrero-Turrión
Ruth Ferrero-Turrión
Profesora Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid (UCM)
Investigadora del Instituto Complutense de Estudios Internacionales (Icei).
Participación