La invasión de Ucrania ha dejado al descubierto un mapa emocional y político que desmiente la idea de una Europa unida en materia de seguridad. La percepción del riesgo, el apoyo al refuerzo militar y la confianza en la defensa colectiva no dependen solo de la intensidad del conflicto, sino de la historia, la geografía y la memoria colectiva de cada país. Mientras en Varsovia, Vilna o Helsinki la amenaza rusa forma parte de la cultura política contemporánea, en Barcelona, Sevilla o Valencia sigue dominando la sensación de que la guerra —y especialmente la modificación violenta de fronteras— es un fenómeno lejano.
Los datos más recientes del ECFR, YouGov, el Baròmetre d’Opinió Política (CEO) y Cluster17 confirman esa grieta: un este europeo en alerta permanente y un oeste instalado en una cultura estratégica débil, más centrado en prioridades internas que en el deterioro del orden internacional. España, y dentro de ella Catalunya, encajan con claridad en este último grupo.
La memoria histórica del este: la amenaza como herencia
La raíz de esta fractura no es ideológica, sino histórica. Polonia, Lituania, Estonia o Finlandia han convivido con Rusia como amenaza estructural durante siglos. Polonia fue particionada en tres ocasiones, invadida por nazis y soviéticos y convertida en un tablero de batalla geopolítico durante buena parte del siglo XX. Las repúblicas bálticas permanecieron integradas en la URSS hasta los años noventa, y Finlandia libró una guerra de supervivencia contra Moscú en 1939. Allí, la posibilidad de un ataque ruso, lejos de tratarse de una especulación, forma parte de la cultura sentimental del país.
"El 73% de los polacos creían que Rusia invadiría Ucrania. Por otro lado, más de la mitad de los lituanos y los daneses identifican hoy a Moscú como la principal amenaza"
Esa memoria explica que, en 2022, el 73% de los polacos creyera que Rusia invadiría Ucrania; que más de la mitad de los lituanos o daneses identifiquen hoy a Moscú como la principal amenaza; y que el apoyo a reforzar la OTAN supere sistemáticamente el 80% en estas regiones, según datos del ECFR. Para estos países, la disuasión no es una opción política: es una condición de supervivencia.
España y Catalunya: europeísmo sin cultura estratégica
España se sitúa en las antípodas de esta sensibilidad. Su posición geográfica —en el extremo suroeste del continente— y su historia reciente la han mantenido alejada de cualquier conflicto internacional en su territorio. La última guerra fue una guerra civil, no una invasión extranjera. La relación con el ejército está condicionada por la sombra del franquismo, y la política exterior española ha tendido a la diplomacia, el europeísmo y la moderación militar. La defensa nunca ha sido un eje central de la conversación pública. Cataluña reproduce ese patrón: según el CEO 3/2025, solo el 50% considera "muy o bastante necesario" reforzar las capacidades militares europeas, y la ciudadanía se divide casi por igual sobre si España debería entrar en guerra para defender a un socio europeo atacado. En el imaginario catalán y español, la seguridad aparece como un asunto técnico, distante y delegado a Bruselas o la OTAN.
Un giro que empieza a verse: el gasto militar deja de ser tabú
Sin embargo, algo empieza a moverse. Según Cluster17, el 59% de los españoles apoya hoy aumentar el gasto militar, una cifra impensable hace apenas una década. Pero ese cambio no es homogéneo.
La brecha generacional es profunda:
solo el 46% de los jóvenes respalda invertir más en defensa, frente al 75% de los mayores de 75 años. La diferencia refleja trayectorias vitales distintas. Por un lado, están quienes crecieron en la Europa del Erasmus, la libre circulación y la estabilidad, que son quienes perciben la seguridad como una cuestión lejana.
Por el otro lado, están aquellos que vivieron la Guerra Fría o el terrorismo y que consideran la defensa como una garantía básica.
También existe una fractura de ingresos:
el apoyo llega al 83% entre quienes ganan más de 5.000 euros mensuales, pero cae al 53% entre quienes ingresan menos de 1.000. Para los más acomodados, la defensa es un pilar de estabilidad; para los más vulnerables, un gasto que compite con
prioridades inmediatas como la sanidad, la vivienda o la educación.
Fracturas ideológicas: Europa dentro de España
Las fracturas ideológicas son aún más pronunciadas. El 80% de los votantes de Vox y el 79% de los del PP respaldan aumentar el gasto militar; solo el 14% de los votantes de Podemos y el 22% de Sumar lo apoyan. El PSOE ocupa una posición intermedia, con un 54% a favor. Catalunya reproduce esta misma lógica: los votantes de ERC se dividen, los de Junts muestran posiciones fluctuantes y los de Comuns y CUP rechazan con contundencia cualquier agenda de refuerzo militar europeo. La división muestra, en clave española, la grieta que atraviesa a toda Europa entre quienes apuestan por una visión pragmática —que asume que la seguridad requiere capacidades militares reales— y quienes mantienen una posición pacifista o diplomática, temerosos de que el refuerzo defensivo alimente una escalada indeseada. El mapa ideológico español es, en esencia, un espejo del europeo.
"La división muestra, en clave española, la grieta que atraviesa a toda Europa entre quienes apuestan por una visión pragmática y quienes mantienen una posición pacifista o diplomática"
Los datos del CEO añaden matices relevantes a esta fractura. La disposición a defender militarmente a un Estado miembro si es atacado —aunque ello implique que España entre en guerra— se sitúa en el 51% en Cataluña y varía de forma clara según la afinidad política. Aliança Catalana encabeza el apoyo con un 65%, seguida de Vox (60%), Junts (57%) y PP (56%), todos claramente alineados con la idea de cumplir los compromisos de defensa mutua de la UE. En posiciones intermedias aparecen el PSC (53%) y ERC (52%). En el extremo opuesto, solo el 42% de los votantes de Comuns y apenas el 36% de los de la CUP respaldan esta postura, consolidando un espacio político que prioriza la no intervención incluso cuando se trata de defender a un socio europeo atacado.
El desafío español: más visión que dinero
Por todo ello parece que el problema español no es presupuestario sino cultural. La política de defensa ha sido reactiva, fragmentada y poco articulada, más pendiente del cumplimiento de compromisos externos que de una reflexión sobre las prioridades nacionales o el papel que España aspira a desempeñar en el sistema internacional. El país necesita pasar de la respuesta a la anticipación, y de la comodidad diplomática a una participación real en la seguridad europea.
Europa entra en una nueva fase donde la estabilidad será más cara, más incierta y más dependiente de capacidades militares, tecnológicas y energéticas. El este se rearma por necesidad; el oeste, por obligación geopolítica. España deberá decidir si sigue contemplando el conflicto desde la distancia o si asume un papel acorde a su peso demográfico, económico y político dentro de la Unión Europea. La pregunta ya no es si España teme lo mismo que Polonia, sino si puede permitirse, en un mundo más inestable, seguir temiendo tan poco.