El Mediterráneo es un mar que nos une, no que nos separa. Esa era la visión de Pasqual Maragall, alcalde de Barcelona en 1995, cuando la ciudad acogió encuentros a todos los niveles para establecer una agenda mediterránea de la Unión Europea.
La cita de Agenda Pública nos permitió no solo mirar atrás, sino, especialmente, subrayar
la necesidad de reclamar una cooperación euromediterránea mayor y mejor que la que hemos tenido hasta ahora. La Declaración de Barcelona, aprobada hace ahora treinta años, sigue siendo válida punto por punto, como recordó el secretario general de la Casa Mediterráneo, Andrés Perelló. El balance, sin embargo, es más bien descorazonador.
"La Declaración de Barcelona, aprobada hace ahora treinta años, sigue siendo válida punto por punto, como recordó el secretario general de la Casa Mediterráneo"
No solo la cooperación económica, cultural o política no ha despegado, sino que hoy Europa ya no es la principal influencia exterior en la región; los países árabes han vivido un retroceso en términos democráticos y de seguridad, y la esperada convergencia económica parece más lejana que nunca. Los hitos previstos fruto de alianzas institucionales y cívicas entre las dos orillas —en los planos económico, social o cultural— se cuentan más por fracasos que por éxitos.
El secretario general de la Unión por el Mediterráneo, Nasser Kamel, y el director general de la Comisión Europea para Oriente Medio, el Norte de África y el Golfo, Stefano Sannino, repasaron algunos de los principales obstáculos y dificultades de estas tres décadas. Entre ellos destaca la aproximación bilateral a los países del sur, estado a estado, en lugar de dar voz a los intereses regionales de forma global. También, admitámoslo, cierta arrogancia europea, que ha impedido una relación entre iguales y la ha mantenido en términos de donante-receptor. La gobernanza será, por tanto, una de las claves del éxito —o del fracaso— de esta nueva etapa. Así lo subrayó Roger Albinyana, director gerente del IEMed, al defender que debemos aprender del pasado para encarar el futuro.
Otro gran obstáculo ha sido, sin duda, el de la seguridad, que ha desplazado las prioridades iniciales de la cooperación euromediterránea. El conflicto entre Israel y Palestina —siempre presente y cada vez con una resolución más lejana— sigue lastrando la paz en la región. Pero han sido, sobre todo, el terrorismo primero y la inmigración después los asuntos que han copado la atención europea, haciendo fracasar buena parte de las mejores intenciones iniciales.
Tampoco pude evitar mencionar el caso de Turquía. Su adhesión a la UE llegó a plantearse, al menos, como hipótesis de trabajo. Su impacto habría sido enorme —"sería el país con más eurodiputados en el Parlamento Europeo", recordaba Sannino—. Puede que la Turquía de hoy fuera distinta si se hubiera iniciado un proceso de adhesión o una fórmula de colaboración a la carta con la UE. No tenemos certezas. Sin embargo, sí sabemos que, para países como España, el ingreso en la Unión —del que ahora se conmemora el cuarenta aniversario— significó afianzar y blindar una democracia joven, sin la cual era impensable imaginarse como miembro del club europeo.
De izquierda a derecha: Marc López Plana, Nasser Kamel, Dolors Camats y Stefano Sannino durante el evento de 'European Bridges'. Foto: Agenda Pública / Tsun Ho
¿Una agenda europea mediterránea en el contexto de amenaza desde el este?
¿Es posible una agenda europea mediterránea en el contexto de amenaza desde el este? Esta fue la pregunta que lanzó Marc López Plana, editor y director de Agenda Pública. Fue directo: la ampliación hacia el este ha dificultado que el Mediterráneo tenga un lugar destacado en la agenda europea. Y más aún en un momento en el que Rusia supone una amenaza real no solo para el territorio y las fronteras orientales, sino para Europa como modelo económico, social y político.
Ana Mar Fernández Pasarín, catedrática de Ciencia Política y de la Administración de la Universitat Autònoma de Barcelona, compartió esta preocupación y reclamó argumentos sólidos para convencer a los vecinos del norte de la necesidad de prestar atención al sur. La mejor respuesta a una pregunta tan pertinente es repasar las necesidades de entonces —todavía sin resolver— y sumar los nuevos retos compartidos.
El cambio climático, por ejemplo, tiene una dimensión global, pero el Mediterráneo es una de las zonas del planeta donde se manifiesta con mayor intensidad, lo que obliga a diseñar estrategias comunes.
"La población europea es cada vez más diversa y con raíces culturales distintas, pero con proyectos de vida plenamente europeos"
La demografía es hoy otra razón fundamental para entendernos: los europeos del mañana están naciendo hoy en Casablanca o en Orán, pero las "vías seguras" para llegar no existen y la emigración sigue implicando riesgos mortales a diario. Al mismo tiempo, la población europea es cada vez más diversa y con raíces culturales distintas, pero con proyectos de vida plenamente europeos.
Otra razón es la dependencia energética de la UE. El Mediterráneo es una alternativa fiable, presente y futura, si se apuesta de manera decidida y conjunta por las energías renovables. Así lo remarcó Nasser Kamel, apelando a una apuesta real por parte de ambos lados del mar.
Y, por supuesto,
garantizar la seguridad y la paz en toda la región —vivas en Gaza o en Marsella— es una condición imprescindible.
¿Y ahora qué?
La Comisión Europea ha presentado una nueva estrategia para reforzar las relaciones con los socios del Mediterráneo meridional. El nuevo Pacto por el Mediterráneo se centrará en tres pilares: personas y movilidad; economía verde y digital; y seguridad y gestión de la migración. Nace con la voluntad de construir un Espacio Mediterráneo Común y conectado.
La Comisión, en palabras de Stefano Sannino, quiere una gobernanza más igualitaria, basada en la cocreación de objetivos y acciones, con el fin de lograr esta vez avances reales.
"Tal vez el eje Barcelona-Alicante tenga claro que su frontera es el Mediterráneo, pero a veces da la impresión de que Madrid es fronteriza con Miami"
Ciertamente, el contexto actual es muy distinto al de 1995: Europa ha perdido influencia en la región, el mundo ya no opera en un marco unilateral, y la UE necesita nuevos y sólidos aliados. Además, la vecindad mediterránea compite con ofertas de colaboración externas que muestran mucha más disposición a mirar hacia otro lado en materia de derechos humanos y valores.
España juega un papel esencial para que esta vez la cooperación euromediterránea funcione. Tal vez el eje Barcelona-Alicante tenga claro que su frontera es el Mediterráneo, pero a veces da la impresión de que Madrid es fronteriza con Miami. Una manera quizá extravagante, pero muy gráfica, de describir las prioridades geopolíticas de nuestro país.