Martes, 28 de julio de 2026

Superando el conflicto intergeneracional

El escritor y periodista Julio Llorente lamenta que los 'boomers', por un lado, y los 'millennials' y 'zetas', por otro, están inmersos en un "intercambio de acusaciones" por la precariedad y los problemas de acceso a la vivienda que, al final, "erosiona la solidaridad comunitaria". "¿Puede una sociedad sobrevivir al enfrentamiento entre adultos y jóvenes? ¿Puede sostenerse sin una armonía entre generaciones?", plantea.

Julio Llorente Julio Llorente 28 de octubre de 2025
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Manifestación por una vivienda digna el pasado mes de febrero en Madrid. | Matias Chiofalo / Europa Press / ContactoPhoto
Manifestación por una vivienda digna el pasado mes de febrero en Madrid. | Matias Chiofalo / Europa Press / ContactoPhoto
Los síntomas de un conflicto generacional son ya insoslayables. Los mayores de cincuenta años, beneficiarios del mundo de ayer, acusan a los jóvenes de rehuir el sacrificio y de ignorar la austeridad: la razón de su desventura ―empleo precario, vivienda indigna, ahorro imposible― no respondería al contexto, sino a una disposición interior hacia la pereza y el abandono. Por su parte, millennials y zetas, decepcionados por una promesa incumplida, convencidos de un deterioro nacional e incluso civilizatorio, imputan a sus mayores el crimen de haberles legado un mundo peor, significativamente peor, que el que ellos heredaron. Y no solo en el ámbito material. Si ellos heredaron certezas, han legado incertidumbre. Si recibieron orden, han transmitido caos. Los boomers habrían despilfarrado el don que se les concedió. Lejos de hacerlo fructificar, lo habrían esterilizado, como el siervo de la parábola su talento.

Tras ambas acusaciones ―quizá no unánimes pero sí frecuentes― subyace un error. ¿Acaso no hay jóvenes hacendosos, predispuestos a la austeridad y al sacrificio, condenados sin embargo a malvivir en una ratonera? ¿Acaso cabe culparlos a ellos del encarecimiento de la vivienda? ¿Y de la congelación de los salarios? Tiendo a pensar que la precariedad juvenil no es una elección, sino una condena. Los datos, corrosivamente significativos, me respaldan: si en junio de 1987 una familia destinaba algo menos de tres años (2,99 años) de renta bruta a la adquisición de una vivienda, hoy habrá de destinar 7,3. En la España contemporánea, quizá en el Occidente contemporáneo, impera una paradoja. Viajar a Vietnam nunca ha sido más fácil; comprar una casa nunca más difícil. Mientras los bienes superfluos se abaratan, los esenciales se encarecen. Lo básico deviene en lujo; el lujo degenera en baratija.

"La historia de la humanidad no constituye un avance, sino una lucha, y el nuestro no se recordará, por desgracia, como el primer caso de regresión"
También yerran, por partida doble, los jóvenes que se sublevan contra el boomer y le imputan el conjunto de sus males. Su primer error es más grosero: en sus acometidas contra la generación previa, renuncian al molesto pero indispensable arte de distinguir. No separan al justo del injusto, el trigo de la cizaña. Sus generalizaciones son en sí mismas torticeras: ¿cómo arremeter contra el padre de familia que se deslomó en la obra para garantizarle a su hijo unos estudios universitarios? ¿Cómo criticar a la madre que concilió trabajo y crianza por puro amor?

El segundo error es, en cambio, más sutil. Si buena parte de los jóvenes se sienten ―¡nos sentimos!― víctimas de una excepcionalidad, agraviados por un escándalo histórico, es porque han depositado sus esperanzas en el lugar equivocado. El progreso es un mito, en el mejor de los casos, y una engañifa, en el peor. La historia de la humanidad no constituye un avance, sino una lucha, y el nuestro no se recordará, por desgracia, como el primer caso de regresión. ¿No fueron los años treinta peores que los felices veinte? ¿No era la España previa a la invasión napoleónica más estable que la posterior? Nuestro lamento, aunque justificable por un sinfín motivos, obvia la dimensión dramática de la historia. Todo logro civilizatorio pende de un hilo. Ninguna generación está vacunada contra la decadencia.

¿Abocados a la pugna?

¿Hemos, pues, de resignarnos al conflicto intergeneracional como nos resignamos a las tempestades y al dolor? La rivalidad entre generaciones no es novedosa, ni siquiera infrecuente: la suficiencia de los mayores y la rebeldía de los jóvenes se remontan, supongo, a los albores de la humanidad. Sin embargo, no dejan de aparecérsenos como un desorden, como la privación de un bien debido. La suspicacia intergeneracional erosiona la solidaridad comunitaria. El intercambio de acusaciones impide la unión de voluntades. ¿Puede una sociedad sobrevivir al enfrentamiento entre adultos y jóvenes? ¿Puede sostenerse sin una armonía entre generaciones?

Lo que demandan los jóvenes ―subordinar el lucro al bien común, ordenar los propios actos al futuro― no es moralina; tan solo la condición necesaria para la pervivencia social"
Nuestra esperanza, con todo, se mantiene intacta. Basta el cultivo de un puñado de virtudes para neutralizar el conflicto. Si el gran pecado del boomer fue la insolvencia, su redención radicará en el sacrificio. Quizá el jubilado deba renunciar a una parte de su pensión, quizá el propietario haya de anteponer el precio justo a la ley ciega de la oferta y la demanda. No es preciso que se reconozcan culpables de una afrenta histórica, probablemente ni siquiera lo sean. Apenas deben admitir la precariedad juvenil y contribuir a remediarla. Lo que demandan los jóvenes de ellos ―subordinar el lucro al bien común, ordenar los propios actos al futuro― no es moralina; tan solo la condición necesaria para la pervivencia social.

Por su parte, los jóvenes habremos de desempolvar un viejo hábito. Una de las exigencias de la pietas, virtud latina por antonomasia, era la devoción filial: honrar a los mayores constituía un deber cívico, la condición de todo ciudadano romano para serlo en plenitud. ¿Podemos renegar de nuestros padres, por devastadoras que hayan sido sus faltas, por escandalosas sus negligencias? Todo hombre virtuoso se sabe atado a una deuda impagable. Siempre, incluso en las circunstancias más aciagas, hay más motivos para la gratitud que para el reproche, para la reverencia que para el gruñido. ¿"Ok, búmer"? La impiedad es el distintivo del bárbaro. Como dice Enrique García-Máiquez, no basta una vida para dar bien las gracias.
En colaboración con la Fundación "la Caixa"
Julio Llorente
Julio Llorente
Editor en CEU Ediciones y director de Ediciones Monóculo
Compagina su trabajo de edición con colaboraciones en medios como 'Alfa y Omega', COPE o TRECE. Es autor de 'Titubeos' (La Isla de Siltolá).
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