Lunes, 17 de agosto de 2026

España: la desigualdad que no se mueve

El sociólogo Daniel Rodríguez de Blas, que ha formado parte del equipo técnico del reciente IX Informe FOESSA, lamenta que, aunque España "muestra indicadores económicos sólidos", "bajo esa superficie late una fractura social profunda". "No basta con reducir brechas: hay que cambiar la lógica que las genera", advierte.

Daniel Rodríguez de Blas Daniel Rodríguez de Blas 21 de noviembre de 2025
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Varios alumnos a la llegada al primer día de colegio en la Comunidad de Madrid. | Fernando Sánchez / Europa Press / ContactoPhoto
Varios alumnos a la llegada al primer día de colegio en la Comunidad de Madrid. | Fernando Sánchez / Europa Press / ContactoPhoto
A las ocho de la mañana, en la puerta de un colegio de barrio, coinciden padres y madres que llevan a sus hijos en coche y otros que los dejan corriendo porque deben tomar el autobús. Algunos llegarán después a una oficina luminosa o trabajarán desde casa; otros, a una cadena de montaje, a un restaurante o a una casa ajena que limpiar. Todos viven en la misma ciudad, pero no en el mismo país. La desigualdad en España ya no se mide solo en euros o metros cuadrados, también en minutos de vida y en margen de esperanza: en el tiempo que unos ganan y otros pierden, en la tranquilidad de unos y la incertidumbre de otros.

El IX Informe FOESSA lo resume con claridad: España crece, pero no se iguala. El país muestra indicadores económicos sólidos, pero bajo esa superficie late una fractura social profunda. Somos una sociedad que avanza en PIB y tecnología, pero donde el ascensor social se ha detenido en mitad del viaje. Cada crisis amplía la brecha y cada recuperación no logra rescatar a todos los que cayeron. La desigualdad se incrusta, resiste y se transmite. Ya no se corrige con el crecimiento, ni siquiera con el empleo.

Durante décadas creímos que el trabajo era la llave de la integración. Hoy sabemos que no siempre lo es. Uno de cada diez trabajadores en España vive en exclusión social. El empleo ha dejado de ser refugio y se ha convertido en territorio incierto: contratos temporales, salarios que no alcanzan, jornadas partidas que desgastan la salud y los proyectos vitales. Trabajamos más para vivir peor. La precariedad, normalizada, se ha hecho paisaje para 11,5 millones de personas activas que la padecen.



La vivienda es el epicentro de esta nueva desigualdad. Nunca hubo tantas casas y, sin embargo, tantos hogares sin un techo adecuado. Hoy, uno de cada cuatro hogares sufre algún problema residencial: hacinamiento, alquileres que absorben buena parte del salario, inseguridad en la tenencia o viviendas en mal estado. A la vez, más de 3,8 millones de viviendas permanecen vacías —solo en Madrid se contabilizan unas 97.000 y en Barcelona alrededor de 75.000— mientras el mercado se orienta cada vez más hacia el uso turístico o especulativo.

"El hogar se ha convertido en una frontera de exclusión y en el espejo más nítido de la desigualdad española"
En España, de media, un 10% de las viviendas se destinan al alquiler turístico, pero en algunas ciudades la proporción se dispara: Málaga (37%), Alicante (29%), Islas Baleares (27%), Girona (26%) o Cádiz (21%). No es un problema de escasez, sino de acceso y de prioridades colectivas. La desigualdad residencial es el resultado de décadas de políticas que han primado la vivienda como un bien de inversión y no como un bien social destinado a garantizar un derecho básico. Y esa orientación ha dejado una huella profunda: el hogar se ha convertido en una frontera de exclusión y en el espejo más nítido de la desigualdad española.

Tampoco la educación ni la juventud escapan a esta lógica. En la España digital, la Secundaria ya no protege; el cortafuegos contra la pobreza se ha desplazado al Bachillerato y la Formación Profesional. Quienes no llegan a ese nivel tienen casi tres veces más riesgo de exclusión severa. Los jóvenes acceden a empleos peor pagados que sus padres, retrasan su emancipación y viven con una sensación de paréntesis perpetuo. La pobreza infantil alcanza al 29% de los menores: una cifra que revela que estamos hipotecando nuestro futuro. La desigualdad se hereda y, con ella, la frustración.

Un sistema que ya no escucha ni protege

Esa frustración no es solo material; también es anímica y política. Vivimos en una sociedad del desasosiego, donde la bonanza aparente convive con la sensación de que el sistema ya no escucha ni protege. Amplios sectores de la ciudadanía sienten que su esfuerzo no se traduce en oportunidades y que las instituciones miran hacia otro lado. La desafección no surge del desinterés, sino de la decepción. Nos preocupa la polarización política, pero su raíz está en la desigualdad cotidiana: en las distancias que separan realidades que apenas se tocan.

Sin embargo, el informe también muestra que no todo está perdido. Existen capacidades de resistencia y voluntad de cambio. Las personas en exclusión no son pasivas: el 77% participa en programas de empleo, formación o inclusión social. Es un esfuerzo silencioso que desmiente estereotipos y demuestra que la exclusión no es una elección individual, sino un fallo del sistema.

"No hemos perdido del todo la fe en lo común: solo necesitamos volver a creer que la cooperación puede más que el sálvese quien pueda"
España no es un país indiferente. A pesar del cansancio, seguimos siendo una sociedad que se conmueve y reacciona. En cada barrio, en cada red vecinal o parroquia, late una conciencia social que resiste, aunque más silenciosa que antes. No hemos perdido del todo la fe en lo común: solo necesitamos volver a creer que la cooperación puede más que el sálvese quien pueda. 

Pero no podemos aspirar a otro lugar haciendo lo mismo de siempre. La transformación que necesitamos pasa por mirar la desigualdad no como una cifra, sino como una historia colectiva. No basta con reducir brechas: hay que cambiar la lógica que las genera. Si el crecimiento no incluye, no es progreso. Si el trabajo no protege, no es digno. Si la vivienda no acoge, no es hogar.

No hay nada más injusto que nacer con el destino escrito por el código postal o por la mochila de tus padres. En España, la desigualdad no solo se hereda en la renta, sino también en la geografía y en las oportunidades: en las escuelas que segregan, en los barrios que encogen los horizontes, en los apellidos que abren o cierran puertas. Esa transmisión silenciosa de la pobreza contradice la idea misma de justicia social: que el punto de partida no determine la meta. Como sociedad, no hay deber más urgente ni más digno que garantizar que cada niño y cada joven puedan construir su propio futuro sin cargar con la condena de su origen.

Quizá el cambio empiece allí mismo, en la puerta de ese colegio donde cada mañana se cruzan vidas tan distintas. En ese espacio pequeño donde la desigualdad se hace visible y donde, al mismo tiempo, se gesta la posibilidad de otro país. Si logramos que esos niños crezcan sin que su futuro dependa del barrio en el que nacieron, habremos hecho algo más que reducir estadísticas: habremos empezado a reparar el contrato social. Que ningún niño tenga que correr más que otro para llegar al mismo lugar: tal vez de eso se trate, al final, la justicia.
En colaboración con la Fundación "la Caixa"
Daniel Rodríguez de Blas
Daniel Rodríguez de Blas
Sociólogo en la Fundación FOESSA
Licenciado en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid, se especializó en Antropología Social y posteriormente cursó estudios de posgrado de migraciones y cooperación internacional. Su experiencia profesional comenzó asociada a la intervención social con niños en situación de exclusión social y con menores migrantes. Después se centró en la cooperación internacional, con trabajo en el terreno en República Dominicana y Centroamérica y como técnico y coordinador desde Cáritas Española para América Latina. Ahora forma parte del Equipo de Estudios de Cáritas Española y de la Fundación FOESSA. Entre otras tareas, ha sido integrante del equipo técnico del VIII Informe FOESSA y del IX Informe FOESSA.
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