Apenas cien días después de su paso por España,
León XIV ha desplegado en Francia toda la artillería de la diplomacia vaticana. Y no es poca.
Desde los salones del Elíseo y la tribuna de la Unesco hasta el multitudinario baño de masas previsto en Lourdes o Metz,
el Papa ha decidido calcar la exitosa puesta en escena de su visita a nuestro país. Visita institucional en la capital, baño de masas y diálogo con la política y la cultura nacionales.
No es casualidad. Ambos comparten un decorado sociológico casi idéntico: una hegemonía católica en franca decadencia (en Francia, la asistencia a misa ha caído del 68% en 1961 al 26% actual),
gobiernos acorralados por el crecimiento de la derecha identitaria, tensión migratoria y la herida abierta de los abusos sexuales. Sin embargo, sería un error reducir el viaje de este fin de semana a una simple réplica española.
Por un lado,
la estricta laïcité republicana eleva la tensión institucional, visible en la sonada abstención de Emmanuel Macron de todas las misas papales. Por el otro,
la Iglesia gala vive hoy una vitalidad muy distinta a la española, habiendo respondido a su desplome social con un repliegue identitario, reorganizándose hoy como una
minoría combativa de primer orden.
"Francia y España comparten un decorado sociológico: gobiernos acorralados por el crecimiento de la derecha identitaria, tensión migratoria y la herida abierta de los abusos sexuales"
En un escenario de efervescencia,
el Vaticano trazó hace unos días su línea discursiva global. Su objetivo va más allá de lo confesional: defender el humanismo frente a la IA y el mundo digital, proponer una visión alternativa sobre bioética e intentar frenar el crecimiento de la polarización en la política. Son elementos que
ya estaban presentes en Magnifica Humanitas, pero que en esta visita están encontrando su expresión más explícita.
Porque
Francia es, tanto en su grandeur como en su decadencia, el espejo del resto de Europa. Y para anticipar el rumbo del continente, o al menos de la visión que el Vaticano tiene para él, conviene prestar atención a estas cuatro claves estratégicas.
La batalla de la eutanasia
El primer gran punto a observar viene marcado por el calendario legislativo. El pasado 15 de julio,
la Asamblea Nacional francesa aprobó, con 291 votos a favor y 241 en contra, el "derecho a la ayuda para morir". Así daba luz verde a prácticas asimilables a la eutanasia y al suicidio asistido (una vía que, por cierto, acaba de naufragar en el Reino Unido). En este contexto, el lema oficial de la gira, "Para que el mundo tenga vida", el "Alza la Mirada" francés,
adquiere un significado político inmediato.
Como ha remarcado el secretario de Estado vaticano, Pietro Parolin, en las vísperas del viaje,
el mensaje del Papa para Francia es que la vida debe ser "acogida, amada y cuidada, desde la concepción hasta la muerte natural", un recordatorio lanzado directamente contra "leyes que no respetan este valor" en una Europa "asolada por el invierno demográfico".
Esto mismo lo dejó claro León XIV en su reciente paso por Madrid,
ante el Congreso de los Diputados. Pero en Francia, la estrategia vaticana buscará también la fuerza de la imagen. Más allá del discurso doctrinal,
este domingo el Papa visitará Lourdes, el mayor "hospital a cielo abierto" de Europa. La imagen que busca es clara: adentrarse entre ancianos, enfermos incurables y personas con discapacidad severa para plantear un conflicto visual entre dos mundos posibles.
"La imagen que busca es clara: adentrarse entre ancianos, enfermos incurables y personas con discapacidad severa para plantear un conflicto visual entre dos mundos posibles"
Una especie de recordatorio a los legisladores franceses y al mundo entero de que la dignidad permanece intacta en la vulnerabilidad y la dependencia. Pero
León XIV juega en campo contrario. En la patria de la
laïcité,
la Iglesia lleva más de un siglo arrinconada en los márgenes del debate moral público. Su último gran zarpazo social en las calles fue la Manif pour tous, contra el matrimonio homosexual, hace ya más de una década, y no ha tenido un gran impacto desde entonces.
Por eso,
la clave de este fin de semana es medir la fuerza de la maquinaria papal. ¿Logrará rearmar, tanto política como socialmente, a la oposición frente a la eutanasia?
La sede de la Unesco, o Europa y la IA
El Papa ha convertido
la inteligencia artificial en uno de los grandes temas de su pontificado. Así lo plasmó en su primera encíclica,
Magnifica Humanitas, centrada en defender la dignidad de la persona en la era digital. Ahora, en su paso por la Unesco,
el Vaticano busca erigirse como el gran contrapeso global frente al oligopolio tecnológico. Y este es un mensaje que encuentra en Europa unos oídos especialmente receptivos.
Atrapado en la carrera entre China y Estados Unidos,
el Viejo Continente intenta posicionarse como el árbitro ético-regulador de la IA. Y parece ver en León XIV a un aliado poderoso. La historia, además, rima.
En la propia Francia, durante el auge de los totalitarismos del siglo XX,
una intervención papal impulsó a numerosos intelectuales a sentar las bases del personalismo y la democracia cristiana. La condena dictada por Pío XI en 1926 contra la organización de ultraderecha Action Française y la obra de Charles Maurras promovió indirectamente un cuerpo de pensamiento que acabaría siendo clave en la creación de la Unión Europea.
Si en aquel entonces
el humanismo cristiano sirvió de contrapeso frente a los nacionalismos excluyentes, hoy busca resguardar a la persona ante el determinismo tecnológico de los algoritmos.
Con todo,
su éxito no está garantizado. Este fin de semana permitirá constatar si la alianza discursiva entre las potencias europeas y el Vaticano se consolida. O si, por el contrario,
resulta ser poco más que una fórmula elegante para encubrir un nuevo fracaso continental en la carrera tecnológica mundial.
El discurso en Metz, la inmigración y la identidad europea
Metz bien podría ser
la ciudad fronteriza por antonomasia. ¿Es alemana? ¿Es francesa? ¿Qué es Francia y qué Alemania? Históricamente, la región de Alsacia y Lorena es el recordatorio vivo de a qué niveles de devastación puede llegar la fragmentación europea. Allí, bajo el amparo simbólico de Robert Schuman, padre fundador de la UE,
se espera que el Papa haga una fuerte reivindicación de la unidad continental, prolongando la misma sintonía multilateral que exhibirá en la Unesco.
Pero, ¿y si León XIV busca ir un paso más allá? ¿Y si su objetivo fuera recuperar un debate que Juan Pablo II y Benedicto XVI situaron en el centro del tablero, y que había quedado difuminado durante la geopolítica de las periferias de Francisco? A pocos meses de las elecciones presidenciales francesas,
la reivindicación de las raíces cristianas de Europa es un tema polémico. El reto discursivo es de alto riesgo. ¿Puede el Papa apelar a la herencia religiosa del continente sin vulnerar la secularidad institucional moderna y sin dar alas al nacionalismo?
El pontífice pisará aquí terreno minado. El debate identitario en Francia arde entre las tensiones migratorias y los límites de la laicidad integradora.
El encaje complejo de la comunidad musulmana y el crecimiento sostenido de la derecha radical obligarán a León XIV a medir cada una de sus palabras, como si fuera un funambulista.
"El debate identitario en Francia arde entre las tensiones migratorias y los límites de la laicidad integradora"
Por un lado,
la diplomacia vaticana abandera la hospitalidad universal y la integración del migrante. Por el otro,
buena parte de la propia base católica francesa ha abrazado discursos soberanistas, alentados por el fantasma de un "gran reemplazo" demográfico y cultural.
Es el mismo clima de ansiedad civilizatoria que ha sido hábilmente trabajado por autores como Michel Houellebecq desde la literatura. Y son
los mismos dilemas (y las mismas ampollas, como evidenció en su día Carlos Alsina) que el pontífice levantó en Madrid. O las que en su día despertó Ratzinger ante el Bundestag alemán. Como punto final de su viaje, ya el lunes, el escenario de Metz escenificará un debate que los europeos aún no podemos dar por zanjado.
Porque si algo nos recuerda la incomodidad que causa reflexionar sobre identidad, es esto:
que todavía no tenemos una respuesta definitiva sobre qué es exactamente Europa. Ni sobre quién cabe en ella. Ni sobre cuál debe ser el rol de la Iglesia, si es que acaso debe tener uno, en su reconstrucción.
La herida abierta de los abusos
Como ya hizo en Montserrat,
el Papa mantendrá en Lourdes un encuentro privado con víctimas de abusos sexuales. Una reunión que busca ser sanadora, pero que
algunos críticos denuncian como un intento de tapar la realidad. Lo cual, en al menos un caso concreto, no deja de ser verdad.
En las semanas previas a la visita,
el propio Santuario de Lourdes se ha dado prisa en ocultar los mosaicos que decoraban la fachada de su basílica… con una lona temporal. Es conocido que su autor, el jesuita Marko Rupnik,
abusó de al menos una veintena de mujeres a lo largo de su trayectoria. Muchas de ellas, religiosas a las que acompañaba espiritualmente. El caso lleva años expuesto, como siguen estándolo sus obras en Manresa, en la Almudena y, tan pronto como se marche el Papa, nuevamente en Lourdes.
La lona sobre los mosaicos de Rupnik es la metáfora perfecta de una Iglesia que todavía no sabe cómo gestionar su propio monstruo. Y si hay algo que impide al Vaticano erigirse en ese contrapeso moral que pretende ser, es
la devastadora herida institucional que han dejado sus abusos, retratados en Francia en el Informe Sauvé.
"La lona sobre los mosaicos de Rupnik es la metáfora perfecta de una Iglesia que todavía no sabe cómo gestionar su propio monstruo"
Publicado en 2021,
este documento independiente paralizó en su momento a la sociedad francesa. Denunció, no sin sus críticos, que
cerca de 330.000 menores sufrieron abusos por parte de clérigos o laicos vinculados a la Iglesia durante los últimos setenta años. Desde entonces, la narrativa de la ejemplaridad católica ha quedado calcinada en muchos entornos.
De ahí surge
la última gran incógnita del viaje, la misma que quedó sin resolver tras la visita a España y la reunión con víctimas en Montserrat. ¿Pueden los encuentros a puerta cerrada, o los gestos de León XIV, restaurar la autoridad moral de la Iglesia? ¿O, como las lonas que cubren este fin de semana los mosaicos de Lourdes, solo pueden ser un pequeño arreglo temporal?
En cualquier caso,
no hay duda de que la visita apostólica a Francia será histórica. El país galo ha funcionado siempre como un adelanto del resto del continente. Y hoy,
sus retos son los nuestros: un régimen político cuestionado, retos migratorios, demográficos y tecnológicos, o el clima bélico internacional.
Las líneas maestras que León XIV trace estos días sentarán las bases de la estrategia vaticana para Europa en los próximos años.
¿Tenderá el Vaticano a promover un discurso global, por encima de la fe? ¿O buscará refugiarse en las "minorías creativas" y contraculturales para promover una enmienda social a la totalidad? ¿Son acaso incompatibles ambos caminos?
Sin duda,
son preguntas aún abiertas. Pero hacen de esta visita
un evento global a seguir muy de cerca.