La escena que se desarrollará este jueves en Bruselas no es una más de la agenda institucional europea. Será un punto de inflexión. Por primera vez en la historia de la Unión, un Consejo Europeo se plantea explícitamente cómo frenar el avance de la extrema derecha. Los líderes saben que no se trata solo de preservar mayorías parlamentarias ni de contener discursos polarizadores: está en juego la propia capacidad de la UE para seguir existiendo como proyecto político común.
"Los temas elegidos para este Consejo son los campos de batalla donde la extrema derecha ha logrado conectar con el malestar cotidiano"
Los temas elegidos para esta cumbre —vivienda, regulación de redes sociales, migración y defensa— no son casuales. Son los campos de batalla donde la extrema derecha ha logrado conectar con el malestar cotidiano de amplias capas de la población, allí donde las fuerzas tradicionales han ofrecido respuestas lentas, técnicas, a menudo percibidas como desconectadas de la realidad. Son asuntos que duelen: un alquiler inasumible, la sensación de que el espacio digital ha sido colonizado por voces extremistas, la percepción de un Estado que no controla las fronteras y una guerra en Ucrania que no se acaba nunca y que vuelve a situar la seguridad y la defensa en el centro de la política.
La vivienda se ha convertido en
uno de los grandes detonantes del malestar social en Europa. Lo que hace apenas unos años era un asunto local o nacional, hoy está en la agenda de todos los jefes de Estado y Gobierno europeos. No por convicción, sino porque
ya no pueden ignorar que este problema alimenta el crecimiento de los movimientos ultras.
En países como Países Bajos o Portugal, la extrema derecha ha hecho de la escasez de vivienda su caballo de batalla. Geert Wilders ganó las elecciones neerlandesas de 2023 y quizás lo vuelva a hacer el 29 de octubre, prometiendo frenar la inmigración para "liberar viviendas". Chega en Portugal
ha capitalizado el descontento de quienes no pueden pagar un alquiler digno. Y no son casos aislados. En
Francia, Alemania, Austria o Italia,
los partidos populistas explotan una sensación transversal: que la vivienda se ha convertido en un lujo inalcanzable para las clases medias y populares.
El ejemplo de Lisboa ilustra bien el fenómeno. Allí, el salario mínimo interprofesional ronda los 870 euros al mes, mientras que alquilar
un piso de una habitación cuesta entre 1.000 y 1.700 euros. Es decir: para una parte de la población, vivir en la capital es directamente imposible. En términos de renta disponible, Lisboa es hoy una de las ciudades menos asequibles del continente. Y no es una excepción: en París, Ámsterdam o Berlín
la presión sobre los precios ha crecido sin freno en la última década.
"Los precios de la vivienda en la UE se han incrementado más de un 48% en promedio desde 2010: hablar de libertad de elección en este mercado es una quimera"
Según Eurostat, los precios de la vivienda en la UE se han incrementado más de un 48% en promedio desde 2010, mientras que los salarios mínimos —donde existen— han aumentado mucho menos. En 2025,
el alquiler medio de un apartamento de una habitación en las capitales europeas
supera el 50% del salario neto medio en doce países miembros. En Lisboa o Atenas, esa cifra rebasa el 100%. En estas condiciones,
hablar de "libertad de elección" en el mercado de vivienda es una quimera.
La Comisión Europea, tras años de negarse a intervenir en un terreno que consideraba estrictamente nacional y sujeto a las inapelables leyes del mercado, se ha visto obligada a reaccionar. Ha nombrado un comisario de Vivienda y ha prometido presentar en diciembre un plan europeo para frenar los alquileres de corta duración y ampliar la vivienda asequible. Llega tarde. Durante demasiado tiempo, las instituciones han asumido que el mercado resolvería lo que es, en realidad,
una necesidad básica.
Migración: percepciones más fuertes que los números
En paralelo, la extrema derecha ha convertido la migración en su principal anzuelo electoral. Y lo ha hecho, paradójicamente, en un momento en que las llegadas irregulares a la UE no están aumentando de forma explosiva. Según Frontex, en 2024 se registraron 239.000 cruces fronterizos irregulares en la UE, lo que representa una caída del 38% respecto a 2023. Pero la percepción social va en sentido contrario.
"Según datos del Eurobarómetro, la preocupación por la inmigración se ha duplicado desde el año 2014, especialmente en Alemania, Bélgica o Austria"
Las encuestas del Eurobarómetro muestran un cambio claro: en 2014, solo un 16% de los europeos citaba la inmigración como una de sus principales preocupaciones; en 2025, esa cifra se ha duplicado. En países como Alemania, Países Bajos, Bélgica o Austria, la inmigración figura consistentemente entre los tres problemas más mencionados por la ciudadanía, aunque los datos objetivos no justifiquen tamaña preocupación. Es un fenómeno clásico de la política populista
: no es necesario que un problema crezca realmente, basta con amplificarlo mediáticamente.
Las redes sociales han funcionado como una cámara de resonancia. Plataformas como X y TikTok se han convertido en
canales privilegiados para difundir narrativas de extrema derecha que asocian la falta de vivienda,
la inseguridad o el desempleo con la presencia de inmigrantes. La extrema derecha no necesita grandes estructuras narrativas ni argumentales para propagar su mensaje:
le basta con saber utilizar las herramientas digitales mejor que sus adversarios.
Un proyecto político en disputa
La UE nació para proteger a los europeos de los demonios del pasado: el nacionalismo excluyente, la xenofobia, el autoritarismo, la guerra. Hoy se enfrenta a una versión mutada de esas amenazas, más sofisticada y socialmente más arraigada. La extrema derecha no avanza solo porque agita miedos irracionales, sino reales: lo hace porque hay un terreno fértil de inseguridad material que las fuerzas democráticas han ignorado demasiado tiempo.
Por eso, este Consejo Europeo es algo más que una cumbre. Es un espejo. Refleja hasta qué punto la política tradicional está dispuesta a hacer frente a los problemas reales en lugar de dejar que otros los exploten electoralmente. Si Europa no garantiza la posibilidad de una vivienda digna, si no combate la desigualdad, si no responde con políticas concretas a las percepciones de abandono que siente mucha gente, no habrá cortafuegos retórico ni cordón sanitario que valga contra el auge de la extrema derecha.
La batalla por Europa no se ganará en los discursos sobre "valores", sino en las facturas del alquiler, en los salarios, en la capacidad de los jóvenes para atisbar un futuro posible. Si la extrema derecha ha logrado apropiarse de esos temas, es porque los demás se los han dejado en bandeja. Recuperarlos es, ya, una cuestión de supervivencia democrática.