Europa afronta la situación más crítica en su momento de mayor debilidad. Tal vez desde su creación en 1957. Europa sigue atrapada en su laberinto y seguimos sin encontrar respuestas comunes a nuestros retos comunes. No es exagerado afirmar que estamos ante una crisis existencial que puede incluso poner en riesgo el propio proyecto político si no se cambia de rumbo.
Casi setenta años después del inicio de un proyecto político, tan original como exitoso, Europa navega a la deriva. Nuestro Estado de Bienestar se debilita y se fragmenta. Nuestras democracias se deterioran y se erosionan desde dentro de la mano de nuevas formaciones populistas. Constatamos nuestros problemas de liderazgo, de gobernanza, de coherencia en política exterior y de decepción y desconfianza de un sur global que se aleja de nosotros y que encuentra acomodo en iniciativas, como la de los BRICS+, que se reafirman como contrapeso al orden global moldeado por Occidente después de la Segunda Guerra Mundial.
"La Unión Europea está obligada a recuperar el rumbo de su propio destino"
La Unión Europea está obligada a recuperar el rumbo de su propio destino. Y si no lo hacemos, otros lo harán por nosotros. Hace décadas que debió haberlo hecho, y ahora con mayor urgencia, tras el regreso a la presidencia de los Estados Unidos de un Donald Trump cuyas decisiones sin duda van a tener notables repercusiones en el plano político y en el geopolítico. De una parte, en el terreno comercial, de seguridad y defensa. Y de otra parte, por la capacidad de irradiación y de reforzamiento que puede tener el movimiento MAGA (el principal movimiento nacionalpopulista en Occidente) sobre los partidos populistas europeos, así como sobre el futuro de la agenda europea.
Desde el tratado de Maastricht de 1992 la Unión Europea quedó sólidamente anclada a una hoja de ruta neoliberal que ha erosionado seriamente el Estado de Bienestar, nuestro elemento central de legitimación política, y esto desencadenó procesos que afectan a amplios sectores más sobreexpuestos a las consecuencias negativas de la globalización económica. Ha provocado desindustrialización de muchas regiones, el empobrecimiento de millones de agricultores y la pérdida de rentas, y de esperanza, del nuevo proletariado de servicios; el nuevo precariado que describió Guy Standing.
Las élites abandonaron la resignación reformadora del siglo XX en cuanto cayó el muro de Berlín y la globalización neoliberal pudo superar y eludir la capacidad de los parlamentos nacionales para controlar y regular. El poder cambió de lado de la mesa. Gran parte de estas transformaciones tenían que ver con los grandes desacoplamientos provocados por la globalización y con la radical transformación global en las formas de organización del trabajo, con todo lo que ello implicaba. Lo cierto es que hace décadas que la Cuestión Social, con mayúsculas, regresó a nuestras sociedades occidentales y merece toda la atención, porque en afirmación de Tony Judt, "como sabían muy bien los grandes reformadores del siglo XIX, la Cuestión Social, si no se aborda, no desaparece. Por el contrario, va en busca de respuestas más radicales".
"La desigualdad es muy corrosiva y tóxica para la democracia, porque alimenta la desconfianza, la desafección política y las tentaciones de repliegue"
Sabemos que la desigualdad es muy corrosiva y tóxica para la democracia, porque alimenta la desconfianza, la desafección política y las tentaciones de repliegue. Y el repliegue remite a la construcción de muros, reales o metafóricos. A que prosperen falsas narrativas nostálgicas de retorno al Estado, de proteccionismo económico y de erosión del proyecto político común.
No es solo la economía lo que explica el momento actual. La inmigración —percibida como problema—, la brecha cultural entre comunidades, el temor a la destrucción de la comunidad y la identidad nacional, la sensación de ser mayorías amenazadas en su propio país, el choque de solidaridades y el temor a la privación relativa, la percepción de riesgo de desintegración del nosotros, el fracaso de los modelos de gestión de la multiculturalidad… y tantas otras cuestiones que no solo explican el malestar, sino que pueden erosionar como nunca antes el propio proyecto político europeo.
Las nuevas geografías del malestar y el nuevo mapa electoral europeo se inscriben en este contexto. Es la rebelión de los lugares y de las personas que no importan; de aquellos que la globalización ha dejado en los márgenes; de los que habitan en las periferias reales o metafóricas de nuestras sociedades. Las fracturas sociales se han transformado en fragmentación y riesgo de desintegración política. Y en este contexto incierto, las propuestas populistas encuentran amplios apoyos entre los que se sienten perdedores de la globalización.
"El adelgazamiento de la parte central de las sociedades se ha traducido en el adelgazamiento de los partidos tradicionales de centroderecha y centroizquierda"
El adelgazamiento de la parte central de las sociedades se ha traducido en el adelgazamiento de los partidos tradicionales de centroderecha y centroizquierda. Y hay millones de ciudadanos crecientemente alejados de sus representantes políticos tradicionales porque tienen la sensación de que el sistema democrático no les representa de forma adecuada. Los tiempos han cambiado. Ha cambiado la capacidad del Estado soberano para formular políticas y ha cambiado la sociedad. La lealtad del electorado europeo se ha modificado a la par que se ha modificado la estructura social y los partidos tradicionales ya no cuentan con bases naturales.
Los perdedores votan patriotismo, decía Antón Costas hace ya una década. En especial en estos tiempos de incertidumbre radical en los que confluyen tres dinámicas que no presagian nada bueno: enriquecimiento excesivo de unos pocos, empobrecimiento de las clases populares y consolidación de élites globales, separadas del resto, que controlan todo el poder. Es muy urgente ocuparse de las causas del malestar que se ha instalado en lo más profundo de nuestras sociedades, porque no va a desaparecer.
En el plano de la Europa geopolítica, el huracán que se han desatado en EE. UU., además de su potencial desestabilizador global, se desplaza hacia el Atlántico amenazando con afectar a una Europa que además se enfrenta a dos test de resistencia decisivos, precisamente en sus dos motores principales: elecciones federales en Alemania en 2025 y
elecciones presidenciales en Francia en 2027, o tal vez mucho antes.
En definitiva, bastante Europa, pero poca Unión Europea. Bastantes, aunque insuficientes medios, pero pocos fines. Una Europa política ensimismada, debilitada, burocrática, socialmente fracturada y políticamente basculada hacia la derecha y la extrema derecha. Que se debate entre ampliación, profundización, reconstitución o incluso la posibilidad de desandar parte del camino. Que ha de decidir si quiere ser mucho más que un mercado único y abordar nuestras debilidades estructurales, como subrayan los informes de Enrico Letta y
Mario Draghi. Y
una Europa geopolítica, insegura, subalterna, dependiente, vulnerable, irrelevante, ausente de grandes conflictos y dividida. Ya conocen la afirmación: en geopolítica, si no estás sentado en la mesa es porque formas parte del menú.
"Otras guerras, pienso en Gaza, nos avergüenzan a muchos ante el silencio cómplice de una Europa malacostumbrada a aplicar un doble rasero intolerable"
Estos son nuestros grandes retos en la Europa de un presente enturbiado por grandes amenazas, además de aquellas que suponen un riesgo existencial: el cambio climático y la inteligencia artificial. Una de estas amenazas está muy próxima: una gran guerra en territorio europeo. Otras guerras, pienso en Gaza, nos avergüenzan a muchos ante el silencio cómplice de una Europa malacostumbrada a aplicar un doble rasero intolerable. Y en nuestra frontera Sur, el naufragio moral, del que advierten desde hace años Javier de Lucas y Sami Naïr, tal vez ya sea irremediable.
¿Cuál es hoy el proyecto político europeo? Difícil de responder. La Unión Europea sigue atrapada en su laberinto, muchas veces parece que actúa contra sí misma y el riesgo de quedar bloqueada por sus contradicciones existe. ¿Por qué no reconstruir puentes en vez de levantar muros? ¿Por qué no aspirar a convertirse en un "tercer espacio" democrático y geopolítico entre EE. UU. y China?
La UE tiene capacidades e instrumentos suficientes como para afianzar un proyecto común, hoy más necesario que nunca. Sin dobles raseros. Con una brújula moral recuperada que nos permita marcar nuestro propio rumbo en estos tiempos de impunidad. Evitando sobre todo dos tentaciones nacionalistas: la del regreso a cada Estado nación amurallado y el proteccionismo. Asumiendo que debe adaptarse al nuevo tiempo poseuropeo, a la nueva distribución del poder y al nuevo orden global que se va prefigurando.
"Europa sigue siendo una referencia y una aspiración para millones de ciudadanos no comunitarios"
Europa sigue siendo una referencia y una aspiración para millones de ciudadanos no comunitarios. Por dos razones que a veces no tenemos en cuenta. Lo recordaba recientemente Amin Maalouf al referirse al declive de Occidente: "[…] Sí, el declive es real y adquiere a veces la apariencia de una auténtica quiebra política y moral; pero todos cuantos combaten a Occidente y cuestionan su supremacía, por razones buenas o malas, se hallan en una quiebra aún más grave que la suya". Y Sloterdijck lo ha resumido de forma, si cabe, más expresiva: "[…] hasta la decadencia europea es aún lo más atractivo que hay en el mundo como forma de vida".
Necesitamos una legitimación de urgencia fortaleciendo el Estado de Bienestar como base de un contrato social renovado, empezando por ocuparse de las desigualdades y el deterioro de rentas. Mi hipótesis es que sin Europa social no hay Europa política, y sin Europa política es imposible consolidar una Europa geopolítica con autonomía y voz propia.
Pero la composición del nuevo Parlamento Europeo, de un nuevo Consejo que ha desplazado su poder hacia la frontera Este y de una devaluada Comisión que inicia su mandato con el menor apoyo de su historia y que incorpora a comisarios euroescépticos, no invita al optimismo.
Se mantendrá la hoja de ruta neoliberal y el pilar social no estará entre sus grandes prioridades.
¿Puede desaparecer la Unión Europea como proyecto político? Ese escenario es hoy más probable que hace una década. Lo que suceda en Europa en los próximos dos años tal vez condicione el futuro de los europeos durante décadas. Nuevo momento fundacional o dulce declive y riesgo de desintegración política. Ese es, a mi juicio, nuestro gran dilema ahora. Las nostálgicas apelaciones a la vuelta al Estado nación no nos harán más fuertes, sino más pequeños y vulnerables. Sin un proyecto común, estaremos más expuestos a la intemperie en estos tiempos hostiles. Especialmente las amplias mayorías sociales, atrapadas en sus presentes precarios, que constatan que las cosas no están bien. Aunque la macroeconomía diga otra cosa. Y quien mejor lo ha entendido hasta ahora es el nacionalpopulismo.