En 2016 se sucedieron dos fenómenos políticos totalmente imprevistos y traumáticos, el Brexit y la victoria de Trump. Lejos de ser episodios menores o anecdóticos, ambos hechos hicieron emerger a la superficie de la política algo inquietante, que hasta entonces solo se intuía: que lo que hasta entonces habíamos entendido por sentido común había cambiado de signo.
La razón acababa de cederle el paso a la emoción en la toma de decisiones colectivas. Se acabaron de un plumazo más de sesenta años de concordia política nacida de las ruinas que dejó la Segunda Guerra Mundial, cuando liberales, conservadores y socialdemócratas —incluso eurocomunistas— se pusieron de acuerdo para asegurar paz, democracia y prosperidad económica colectivas a un continente devastado.
"Desde 2016, la razón dejó de ser la fuerza motriz, la ciencia fue y sigue siendo puesta en entredicho y el beneficio de unos (nosotros) en detrimento de los otros (ellos) pasó a ser el objetivo casi exclusivo de la política"
No solo eso: también hizo aguas el viejo dictum que Hobbes dejó escrito, en aquel lejano siglo XVII, en ese texto fundador de la modernidad que es el
Leviatán: "la razón es el impulso, el incremento de saber el camino, el beneficio de la humanidad, la meta". Ya no.
Desde entonces, la razón dejó de ser la fuerza motriz, la ciencia fue y sigue siendo puesta en entredicho y el beneficio de unos (nosotros) en detrimento de los otros (ellos) pasó a ser el objetivo casi exclusivo de la política. Aquel 2016 marcó no solo un cambio de rumbo, sino quizás de época. Todavía estamos viviendo su epílogo.
Pero para entender correctamente el auge de la extrema derecha hay que trascender las fronteras nacionales y abrirse a una perspectiva internacional. Es cierto que ya antes de 2016 existieron fuerzas de extrema derecha que iban ganando terreno electoral en sus respectivos países, pero sobre todo desde aquel año empezaron a coordinarse a nivel transnacional. Trump se convirtió en un icono, un guía, un modelo a seguir.
Cuando ganó las presidenciales americanas, Vox estaba atravesando en España una profunda crisis que a punto estuvo de hacerle desaparecer. Pero en octubre de 2017 los independentistas catalanes intentaron pergeñar un referéndum vinculante. En diciembre de 2018, Vox irrumpió con 12 escaños en el Parlamento Andaluz. Y en 2019 ya era la tercera fuerza parlamentaria del país. Igual que sucedió con el Brexit y con Trump antes de sus respectivos éxitos, nadie había dado un duro por Vox desde que se fundó en 2013 hasta que consiguió su primer éxito en 2018.
"Vox ha sido, con diferencia, el que más y mejor ha adoptado y adaptado el trumpismo, en todas sus variopintas facetas, al ecosistema político español"
La relación entre Vox y Trump empezó pronto: Abascal fue el único dirigente político español que celebró su victoria en noviembre de 2016. No solo eso, sino que el partido español ha sido, con diferencia, el que más y mejor ha adoptado y adaptado el trumpismo, en todas sus variopintas facetas, al ecosistema político español: desde los mensajes (America first o "Españoles, primero") hasta las propuestas (como la de construir un muro en Ceuta y Melilla y que lo pague Marruecos), pasando por la elección de los mismos enemigos acérrimos (la izquierda, por supuesto, pero también los medios de comunicación o la OMS). El mimetismo de los de Abascal con los
spin doctors del primer trumpismo ha sido de tal calibre que produciría sonrojo si los réditos electorales que consiguen imitándolo no produjeran, en cambio, asombro.
En el origen de la relación cada vez más estrecha entre Vox y Trump estuvo Rafael Bardají, antiguo asesor de José María Aznar, quien, según publicó el propio Abascal, se reunió con el equipo de Trump horas antes de su toma de posesión en enero de 2017.
Bardají consolidó el idilio con el neoconservadurismo americano un año más tarde a través de Steve Bannon, durante su gira europea para exportar al viejo continente la buena nueva del alt right americano. Su objetivo a corto plazo era implementar el trumpismo como proyecto político en Europa para lograr un tercio de los votos en el Parlamento Europeo en las elecciones que se iban a celebrar en 2019, donde los diferentes grupos extremistas europeos partían del 16% de apoyos: lograron el 22%, a diez puntos porcentuales del objetivo.
Sin embargo, más allá de la similitud de mensajes, estrategias y marcos mentales, para entender correctamente la relación entre Vox y el trumpismo hay que seguir el rastro del dinero, los vínculos económicos que subyacen debajo de una superficie ideológica. Los reiterados viajes de dirigentes de Vox a los Estados Unidos, que empezaron hace casi ocho años encabezados por Hermann Tertsch e Iván Espinosa, permitieron a la ultraderecha española relacionarse con funcionarios de la administración Trump y con
think tanks extremistas como la fundación Heritage.
"Los reiterados viajes de dirigentes de Vox a los Estados Unidos sirvieron para canalizar donaciones privadas al partido de Abascal por parte de exiliados cubanos y venezolanos en Florida"
Además de tejer una importante red de apoyos republicanos en Miami, Florida, Texas y Nueva York;
aquellos viajes sirvieron para canalizar donaciones privadas al partido de Abascal por parte de exiliados cubanos y venezolanos en Florida, donde la hispano-cubana Rocío Monasterio ejercía de nexo de unión tanto por sus raíces como por su influencia en el aparato del partido.
Ahora que la ha defenestrado, Abascal seguramente la echará de menos cuando realice el balance de cuentas y certifique, un año más, que las donaciones y legados se reducen progresivamente: desde el más de millón y medio de euros declarados por el propio partido en 2019, la cifra ha descendido hasta los 117.723 € en 2023, según sus propias memorias económicas.
Pero el beneficio que extraen la extrema derecha española y americana es mutuo: Abascal también contribuye a la causa trumpista movilizando el voto hispano a través de los canales del conglomerado mediático dirigido por la familia Ariza así como por la Fundación Disenso. Más de 36 millones de latinos podrán votar en noviembre, casi el 15% del electorado, porcentaje suficientemente elevado para hacer perder o ganar la Presidencia. Si bien los votantes latinos han favorecido a los candidatos demócratas en las elecciones presidenciales durante muchas décadas, el margen de apoyo ha variado: en 2020, el 61% de los votantes latinos votó por Biden, mientras que el 36% votó por Trump, pero esta diferencia se ha acortado con Kamala Harris (54%) y, en estados clave como Arizona y Nevada, Trump encuentra más apoyo entre los hombres latinos jóvenes menores de 50 años, según dos encuestas recientemente publicadas por la Universidad de Suffolk y por el USA Today.
"El principal delegado de Trump en Europa, y también de Putin, es sin duda Viktor Orbán"
En definitiva, Trump, con esa desacomplejada incorrección expresiva que eleva a los altares de la alta política los exabruptos proferidos habitualmente en las barras de los bares por los parroquianos más exaltados, es el nuevo modelo de gobernante para las extremas derechas del mundo. Como en su momento, Mussolini fue el espejo en el que se miraron los fascismos satelitales que replicaron el modelo del italiano, incluso para un Miguel Primo de Rivera que instauró la primera dictadura española.
Trump es, junto a Putin, el nuevo Príncipe, aunque no haya encontrado todavía el Maquiavelo que le escriba. Tanto uno como otro tienen sus particulares acólitos entregados, embajadores plenipotenciarios y nuncios apostólicos que marcan el recto camino a seguir.
El principal delegado de Trump en Europa, y también de Putin, es sin duda Viktor Orbán. No en balde es el dirigente europeo de extrema derecha más longevo —desde 2010 ininterrumpidamente— y ha consolidado un nuevo paradigma de democracia iliberal en su país. Además de ser el principal agente desestabilizador dentro de la Unión Europea, cosa que entusiasma al autócrata ruso y al sátrapa americano, con quienes se reunió nada más acceder Hungría a la presidencia de la Unión Europea, más simbólica que operativa, mandando un claro mensaje internacional de cuáles eran sus principios y quiénes sus príncipes rectores.
Pero entre Orbán, Marine Le Pen y Salvini —Meloni, de momento, juega sus propias cartas—, Abascal intenta descollar entre la feligresía europea de líderes que miran al americano con arrobo, fervor y esperanza. Tras casi más de siete años de estrecha relación, Abascal se considera uno de ellos. Y parece que los de Trump también le consideran uno de los suyos: este año, por primera vez, ha intervenido en la Conferencia de Acción Política Conservadora, el cónclave de los republicanos.
Son, como en la película de Scorsese, Goodfellas: buenos muchachos que quieren volver a hacer grandes a sus respectivos países. Y para eso solo hace falta limpiar la patria de unamericans y antiespañoles. Y de inmigrantes, por supuesto.