En tiempos tan acelerados como los actuales, es frecuente caer en la tentación de
mirar siempre al futuro, a lo próximo que viene, y dejar a un lado lo que sucede en el presente. Sin duda, es uno de los sesgos más claros de la actualidad, pero
el próximo año 2027 puede ser tan anómalo en términos políticos que merece la pena analizarlo desde ahora.
2027 puede ser
el año de la derecha radical en Europa, tanto en términos cualitativos como cuantitativos. Francia, España e Italia acudirán a las urnas con muchas posibilidades de que, tras las elecciones,
un partido de derecha radical esté en el Ejecutivo, bien como principal partido —Francia, Italia—, bien como socio minoritario —España—.
En este escenario, existen no pocas posibilidades de que
París, Madrid y Roma voten con apenas unos meses de diferencia. Francia tiene definidas sus elecciones, con la segunda vuelta presidencial marcada en los calendarios para el 2 de mayo. En España, aunque Pedro Sánchez podría dilatar la legislatura hasta el verano,
el calendario político apunta cada vez más a un adelanto electoral para los primeros meses del año, siendo febrero o marzo
fechas más que probables. Por último, en Italia se ha explorado la posibilidad de adelantar las elecciones a abril para que no coincidan con la fecha límite de las negociaciones del presupuesto nacional, aunque existen muchas probabilidades de que se vote después del verano.
"Francia, España e Italia acudirán a las urnas con muchas posibilidades de que, tras las elecciones, un partido de derecha radical esté en el Ejecutivo"
En cualquier caso, hablamos de que, en una horquilla de seis o siete meses,
tres de los cuatro gobiernos de las principales economías europeas podrían girar —o mantener el giro, en el caso italiano— a la derecha. Además, sería la primera vez desde la Transición española que los gobiernos de estos tres países y el alemán se situaran a la derecha. Es decir, las cuatro principales economías de la Unión Europea podrían encontrarse en manos de los democristianos y la derecha radical, con
el matiz de la presencia minoritaria de los socialdemócratas en el Gobierno alemán.
Lo que puede ocurrir en Francia, España e Italia
Como sabemos,
las tornas pueden cambiar en cualquiera de los tres países. En Francia, aunque Marine Le Pen lidera hoy los sondeos, distintas encuestas identifican a Jordan Bardella como un candidato más competitivo. Su delfín parece capaz de aglutinar a sectores más amplios de la población y generar consensos especialmente útiles en una segunda vuelta. Además, si el Tribunal de Casación
confirma la sentencia a tiempo,
Le Pen podría verse obligada a portar un brazalete electrónico durante la campaña electoral. Por todo ello, Francia sigue siendo una plaza abierta: aunque la derecha radical pueda llegar al Elíseo, un candidato moderado como Édouard Philippe, del partido Horizons, de centroderecha, bien podría hacerse con la victoria. Otros como Jean-Luc Mélenchon, un nombre a tener muy en cuenta en la primera vuelta, resultarían mucho menos competitivos contra Le Pen o Bardella, en tanto que son candidatos polarizantes sin una base electoral tan amplia. Una persona ubicada en la izquierda podría llegar a votar a Philippe, pero
un moderado de centroderecha tendría muchos más problemas para votar a Mélenchon.
En el caso de España, hablamos de
una incógnita tanto electoral como de negociación. Con la excepción del CIS, la mayoría de las encuestas dan hoy
una mayoría a la suma de escaños de PP y Vox. Y, a pesar de que existen argumentos para creer que estos dos partidos estarían más cerca de un resultado apretado que de lograr doscientos escaños, es importante pensar un poco más allá. El ciclo autonómico, que ha servido también como un nuevo ensayo de acercamientos entre
derecha tradicional y derecha radical, ha mostrado que
Génova está dispuesta a llegar a acuerdos políticos con Bambú aunque tenga que ceder terreno en el plano discursivo. El ejemplo más claro es el de la llamada "prioridad nacional".
"Por primera vez en la historia reciente, las cuatro principales economías de la Unión Europea podrían encontrarse en manos de los democristianos y la derecha radical"
Pero aquí lo más determinante es pensar en
cómo podrían sentarse en una mesa de negociación Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal. En el PP creen que esto dependerá en gran medida de la aritmética de escaños. Es decir, que si los populares se mueven en torno a los 150 o 160 escaños —un escenario muy complejo de imaginar en la actualidad—, Vox no podrá exigir entrar en el Gobierno. Sin embargo, ya se ha visto que en Andalucía, a pesar de haberse quedado a solo dos escaños de la mayoría absoluta,
Juanma Moreno Bonilla ha necesitado dar una vicepresidencia a los de Abascal y aceptar la "prioridad nacional" que él mismo rechazó en campaña. Por ello, no solo no está garantizado que España gire a la derecha, sino que tampoco será fácil que los dos principales partidos del bloque lleguen a un acuerdo a nivel estatal.
Por último, en Italia la situación es algo similar a la española. Meloni ejerce un liderazgo mucho más decidido que el de Feijóo, pero
la romana deberá llegar a un acuerdo con un nuevo líder de la derecha radical si quiere revalidar su mandato.
Roberto Vannacci, un general italiano, ha devorado una parte sustancial del electorado de la Liga de Matteo Salvini, y su partido, Futuro Nazionale, se ha colocado en una posición que puede convertirlo en indispensable para conformar una nueva mayoría de derechas. Además, a la izquierda,
Elly Schlein, líder del Partito Democratico, ha hecho avances considerables en la reunificación de este espacio, e incluso
hay encuestas que sitúan a la alianza de izquierdas por delante del bloque de derechas.
Con todo, el campo de batalla será muy distinto
si Meloni consigue sacar adelante su propuesta electoral, que incluye
una prima de escaños destinada a garantizar la mayoría parlamentaria a la coalición más votada si supera el 42% de los votos. De los tres países,
Italia puede ser el que más incertidumbres presenta en estos momentos.
"No solo no está garantizado que España gire a la derecha, sino que tampoco será fácil que los dos principales partidos del bloque lleguen a un acuerdo a nivel estatal"
Aunque hablemos de elecciones todavía abiertas,
este escenario no surge de la nada. Aquí la pregunta no es tanto "qué puede pasar", sino "qué ha pasado para que esto pueda ocurrir". A distintos ritmos y con dinámicas diferentes, l
a derecha radical ha ido emergiendo en varios países de la Unión Europea hasta ocupar importantes gobiernos, pero nunca se le había presentado una situación como la de 2027. Si consigue entrar o mantenerse en los ejecutivos de las principales economías europeas, no será por una coincidencia.
El rol de los partidos tradicionales en el crecimiento de la derecha radical
Lo cierto es que
no existe una receta fácil de implementar que detenga el crecimiento electoral de estos partidos. Una de las pocas vías que ha llegado a desgastarlos es su paso por el Gobierno. Sin embargo,
como explica el catedrático de Ciencia Política Elias Dinas, esto tiene un coste implícito:
la normalización y la institucionalización de la derecha radical. Gobernar puede exponer sus contradicciones, pero también convertirla definitivamente en una opción legítima para sectores cada vez más amplios de la población.
El papel es especialmente difícil para los partidos tradicionales.
Una parte importante de la responsabilidad por la proliferación electoral de la derecha radical recae sobre ellos. Izquierda y derecha comparten una incapacidad para responder a determinadas demandas de la ciudadanía. De hecho, podría decirse que en muchos casos falla incluso el paso previo:
la escucha y la comprensión del momento político.
"Gobernar puede exponer las contradicciones de la derecha radical, pero también convertirla definitivamente en una opción legítima para sectores más amplios"
Hace unos días, la politóloga y periodista Estefanía Molina
comentaba en un microespacio de Agenda Pública que
el progresismo debía entrar en el debate de la brecha generacional porque no podía —o no debía— permitirse dejarle todo ese espacio a Vox. Creo que ese diagnóstico debe extenderse y comprenderse de una forma más amplia. La "prioridad nacional" es
una medida con una esencia racista, pero una parte amplia de la ciudadanía
la respalda porque considera que es una respuesta —la única respuesta— a un asunto al que otros partidos no quieren o no saben responder. Si existe una preocupación que no encuentra una respuesta por parte del
establishment, quien consigue nombrarla parte con ventaja, aunque
la solución que ofrezca sea contraproducente, como es el caso.
Pongo especial énfasis en los partidos tradicionales porque
creo que el error es doble. No solo no están sabiendo entender y canalizar las demandas de la ciudadanía, sino que en muchos casos marginan a quienes salen del discurso clásico del partido y se ponen frente a los problemas. El ejemplo más claro es el de
Zohran Mamdani. El alcalde de Nueva York se enfrentó a todo el aparato del Partido Demócrata y demostró que
Andrew Cuomo y otros candidatos preferidos por la élite partidista solo ofrecían propuestas caducas y alejadas de las demandas actuales. Ganó, y su victoria ha abierto espacio a otros demócratas alejados de la corriente mayoritaria del partido.
En Madrid estamos viendo un ejemplo similar con
Enma López.
Su candidatura aporta respuestas más claras y cercanas a las demandas actuales que la de Reyes Maroto, la opción que representa la continuidad del aparato y que está apoyada por Moncloa. Al igual que en el caso de Mamdani,
aparecen resistencias dentro del propio partido a quienes intentan alterar el discurso establecido. Seguro que podemos pensar en otros ejemplos, también a la izquierda del PSOE y, por supuesto,
más allá de España.
Si 2027 no es el año de replanteamiento de los partidos tradicionales, será el año de la derecha radical. Y es probable que aun así lo sea, pero
es mejor empezar tarde que nunca.