En 2009, la Unión por un Movimiento Popular francesa obtuvo el 27,9% en las europeas. Quince años después, sus herederos de Los Republicanos se quedaron en el 7,25% y en la quinta posición. En Italia, Forza Italia pasó de dominar la derecha durante dos décadas a ser socio menor de un partido —Fratelli d'Italia— que hace veinte años era marginal. En España, el Partido Popular sigue siendo primera fuerza en todas las encuestas, pero durante buena parte del último lustro ha gobernado con Vox en el ámbito autonómico sin resolver todavía si quiere ser su socio o su rival.
A lo largo de Europa, la derecha conservadora tradicional no está desapareciendo de forma homogénea. En cada país, atraviesa trayectorias muy distintas, y lo que está en juego en cada uno de ellos comenzó siendo el equilibrio del sistema de partidos, pero a día de hoy afecta a la solidez de la propia democracia.
El detonante: la década que empezó en 2015
El desplazamiento tiene una fecha de arranque clara. El 31 de agosto de 2015, cuando Angela Merkel pronunció su Wir schaffen das —"lo conseguiremos"— y Alemania abrió sus puertas a cerca de un millón de refugiados en un año, Alternativa para Alemania (AfD) era un partido antieuro extraparlamentario que rondaba el 4% del voto. La crisis migratoria le ofreció el filón que la cuestión del euro nunca le había dado: la AfD viró hacia la oposición frontal a la inmigración —espoleada por episodios como las agresiones sexuales de Colonia en la madrugada del 1 de enero de 2016— y despegó. Diez años después, es la principal fuerza de la oposición alemana y ha llegado a liderar las encuestas.
"La presión se transmitió, indirecta pero implacable, a los partidos conservadores de la derecha tradicional"
El patrón —la inmigración como palanca de una derecha más dura— se repitió por todo el continente. Así, el rechazo migratorio se convirtió en el núcleo común de la Agrupación Nacional francesa, el FPÖ austriaco, el Fidesz húngaro y, posteriormente, de Vox en España —una vez agotado el desafío independentista catalán—. La sucesión de crisis fue apilando el combustible: la financiera de 2008 dejó una clase media con miedo a caer; la migratoria de 2015 le puso un rostro al que temer; la pandemia multiplicó la desconfianza institucional, y la crisis energética encareció la vida cuando esa desconfianza ya buscaba culpables. La presión se transmitió, indirecta pero implacable, a los partidos conservadores de la derecha tradicional, obligados a elegir entre endurecer su discurso, pactar con el nuevo competidor o plantarle cara.
2024, la certificación
Las elecciones europeas de junio de 2024 confirmaron el desplazamiento. En el conjunto de la Unión, el voto de la derecha radical ascendió del 21,8% al 27,3%. En Francia, la Agrupación Nacional de Marine Le Pen (RN) ganó con más del 31%, duplicando a la lista de Macron. De hecho, el resultado fue tan rotundo que el presidente disolvió la Asamblea Nacional y abrió una crisis de gobernabilidad de la que Francia aún no se ha recuperado. En Italia, Fratelli d'Italia se consolidó como primera fuerza con casi el 29%. En Alemania, la AfD firmó su mejor resultado europeo (15,9%) y quedó segunda, por delante de los tres socios del Gobierno. Y en septiembre, en Austria, el FPÖ de Herbert Kickl ganó sus primeras legislativas nacionales, por delante del conservador ÖVP.
Cuatro caras de un mismo proceso que en 2024 dio el paso definitivo para convertirse en una cuestión estructural. Pero, igual que ocurrió con la socialdemocracia tras 2008, el desplazamiento no ha sido uniforme. Conviene distinguir cuatro trayectorias. Sustitución, absorción, parasitación
La sustitución consumada ha tenido lugar en Francia e Italia. En el país galo, Los Republicanos han quedado reducidos a fuerza residual —del 27,9% de 2009 al 7,25% de 2024— mientras la Agrupación Nacional se consolidaba como primer partido del país. En la península itálica, Forza Italia ronda hoy el 8%, muy por detrás de un Fratelli d'Italia en el 27%. Y la sustitución no se ha detenido: la Lega de Salvini, el otro pilar del viejo bloque, ha caído a mínimos y ha sido superada por Futuro Nazionale, el partido del general Roberto Vannacci, un competidor aún más nuevo y más a la derecha. El heredero del posfascismo del MSI reina sobre una derecha en la que los viejos socios se descomponen y ya asoma el siguiente relevo.
Hungría y Polonia son dos ejemplos de absorción. Aquí no hubo escisión ni partido nuevo: el propio partido conservador en el Gobierno —Fidesz en Hungría y PiS en Polonia— se radicalizó desde dentro hasta volverse indistinguible de la ultraderecha. En marzo de 2021, el partido de Viktor Orbán abandonó el Partido Popular Europeo minutos antes de que este pudiera expulsarlo. Saltó antes de que lo empujaran. Es un declive sin sustitución visible, porque quien declina y quien lo sustituye acaban siendo el mismo partido con otro nombre.
"El partido de Viktor Orbán abandonó el Partido Popular Europeo minutos antes de que este pudiera expulsarlo. Saltó antes de que lo empujaran"
La parasitación: Estados Unidos. Trump no fundó un partido ni fue absorbido: tomó la etiqueta, la estructura y la marca del Partido Republicano y las vació de su contenido reaganiano para llenarlas de proteccionismo y nativismo. Los cuadros que se resistieron fueron purgados; el resto se convirtió. Si en septiembre de 2022 solo el 38% de los republicanos se identificaba como "MAGA", en 2026 ya lo hace el 62%. El viejo partido sigue ganando elecciones y conserva su nombre, pero es otra cosa: un partido puede ser devorado sin que su cadáver llegue a verse nunca en las urnas.
La cuarta vía: España, o la condicionalidad
España no encaja en ninguno de los tres. El PP no ha sido sustituido —sigue ganando todas las elecciones desde 2023—, ni se ha fundido con Vox, ni ha sido parasitado desde dentro. Conserva intacta su marca, su estructura y su primacía. Lo que le ocurre es más sutil: Vox no lo ha derrotado, no se ha fundido con él, pero el PP tampoco puede gobernar sin Vox. Vive en una dependencia de gobierno cruzada con una competencia directa por el mismo electorado, y no ha resuelto la contradicción. Ese condicionamiento define hoy a toda la derecha española.
Tras las autonómicas de mayo de 2023, el PP formó gobiernos de coalición con Vox en cinco comunidades y pactó investiduras y cientos de ayuntamientos. Esto hizo de Vox algo sin equivalente en Francia o Italia: socio de gobierno en el territorio y competidor directo en el ámbito nacional, a la vez. La contradicción pudo cabalgar hasta hace dos años, en julio de 2024. Tras el acuerdo para repartir a unos cuatrocientos menores migrantes llegados a Canarias y Ceuta, Santiago Abascal rompió los cinco gobiernos autonómicos. En su momento, pudo parecer un error en tanto que Vox abandonaba el poder para hacer oposición.
"Vox no lo ha derrotado, no se ha fundido con él, pero el PP tampoco puede gobernar sin Vox. Vive en una dependencia de gobierno cruzada con una competencia directa"
Visto desde 2026, fue lo contrario: un repliegue táctico. El partido quedó libre de gestionar incendios, la DANA y presupuestos, conservó los ayuntamientos y volvió a las urnas como oposición cómoda. Regresó con más poder: en el ciclo encadenado de Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía ha vuelto a los ejecutivos con vicepresidencias dotadas de presupuesto real y ha impuesto su "prioridad nacional" —que condiciona las prestaciones según el origen— en cuatro comunidades. Feijóo, que prometió gobernar en solitario, ha cedido más que en 2023. La ruptura que a priori eliminaba esa dependencia ha terminado por reforzarla.
No obstante, esta contradicción no nació con Feijóo. Su antecedente es la caída de Pablo Casado, anterior líder del Partido Popular, en febrero de 2022. Casado había mantenido una línea de distancia frente a Vox —su rechazo a la moción de censura de Abascal en 2020 lo situó en el centro del tablero—, pero esa posición lo dejó aislado en un partido cuyos barones ya gobernaban, o necesitaban gobernar, con Vox sobre el terreno. Su defenestración fue el síntoma de que el PP territorial había optado por la coexistencia mucho antes de que la dirección nacional la formalizara.
Lo que sí hace Feijóo es añadir una paradoja. El expresidente de la Xunta construyó su legitimidad en Galicia, una de las pocas comunidades donde Vox nunca obtuvo representación relevante, encadenando mayorías absolutas en un sistema donde la derecha radical no existía. El dirigente que debe gestionar la relación con Vox a escala estatal es, precisamente, el que menos experiencia directa tenía en esa competencia. Mientras sus barones administraban vicepresidencias de Vox, él venía de una comunidad autónoma donde Vox no existía.
"Feijóo, el dirigente que debe gestionar la relación con Vox a escala estatal, es, precisamente, el que menos experiencia directa tenía en esa competencia"
El caso encaja con el "solapamiento electoral": los partidos tradicionales no se endurecen cuando la ultraderecha sube de forma aislada, sino cuando sienten que una parte real de su propio electorado está en riesgo de fuga. El PP lleva años en ese riesgo permanente, sin que su dirección haya articulado una respuesta estable. A diferencia de Francia, donde Los Republicanos han dejado de ser competitivos, o de Italia, donde Forza Italia acabó siendo socio minoritario, el PP sigue siendo primera fuerza. No es sustitución, ni fusión, ni toma hostil: es una condicionalidad estructural sin resolver.
Los cuatro patrones no son fases de un mismo proceso, sino respuestas distintas a una misma presión: la aparición y el crecimiento, a la derecha del conservadurismo tradicional, de un competidor que hace una generación era impensable como socio o como rival. Francia e Italia muestran qué pasa cuando gana la partida por fuera; Hungría, cuando el partido tradicional se ahorra la derrota radicalizándose hasta ocupar él mismo el espacio; Estados Unidos, cuando alguien se apodera de la marca sin cambiarle el nombre. España es el único caso donde la pregunta sigue abierta: ¿qué hace un partido conservador cuando su principal amenaza electoral es, a la vez, su socio de gobierno más extendido? La respuesta se seguirá escribiendo en el próximo ciclo electoral.