Lunes, 21 de septiembre de 2026
AGENDA PÚBLICA UE

Inteligencia artificial: un tsunami de incógnitas sin resolver

La inteligencia artificial avanza a un ritmo que multiplica sus aplicaciones y también las dudas sobre sus efectos. El eurodiputado del Partido Popular Europeo Adrián Vázquez incorpora el debate abierto este septiembre por Dario Amodei a las preocupaciones por el empleo, la concentración de poder, la seguridad global y el deterioro de la atención.

Adrián Vázquez Lázara Adrián Vázquez Lázara 21 de septiembre de 2026
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Claude, de Anthropic y ChatGPT, de OpenAI. | Andre M. Chang / Zuma Press / Europa Press
Claude, de Anthropic y ChatGPT, de OpenAI. | Andre M. Chang / Zuma Press / Europa Press
Es imposible surfear un tsunami. Puedes haber entrenado mucho, contar con la mejor tabla del mercado y haber estudiado la curva de la ola todo lo necesario, pero la realidad es que, una vez que te subes, las consecuencias son impredecibles. Ese es el momento exacto en el que la humanidad se encuentra con respecto a la inteligencia artificial: empezando a surfear una ola cuya cresta parece infinita.

La velocidad a la que esta tecnología avanza es inaudita. Según Epoch AI, el cómputo de entrenamiento de modelos de IA se duplica cada cinco meses. Ese ritmo de aprendizaje equivale a que un modelo que comenzó a entrenar hace cinco años y ocho meses ha multiplicado hoy su potencia y capacidad 12.400 veces. Si ese ritmo se aplicase a la velocidad que puede alcanzar un coche, equivaldría a que en menos de seis años pudiésemos haber desarrollado bólidos capaces de circular a 1,5 millones de km/h.

Sin embargo, no por mucho correr se llega antes y mejor a destino. El impacto que la IA y sus aplicaciones están teniendo en nuestro mundo es de una dimensión descomunal. Ya no hablamos de si esta nueva tecnología va a revolucionarlo todo, pues resulta una obviedad que lo está haciendo, sino de si la transformación será total y si tendremos capacidad de adaptar nuestra economía, nuestro modelo laboral, nuestro modelo educativo, nuestras instituciones democráticas y, en última instancia, nuestras sociedades. Y, sobre todo, si seremos capaces de hacerlo antes de que el tren descarrile.

"Ya no hablamos de si esta nueva tecnología va a revolucionarlo todo, pues resulta una obviedad que lo está haciendo, sino de si la transformación será total"
En cualquier caso, es importante no caer en tendencias agoreras y profecías apocalípticas. Las ventajas de la inteligencia artificial son evidentes. La IA mejora nuestra capacidad de traducción y entendimiento, automatiza tareas repetitivas, optimiza la predicción de la demanda de energías renovables, detecta plagas, sequías o potenciales incendios forestales, mejorando la resiliencia de los cultivos, disminuye el desperdicio de las cadenas de suministro de las empresas, democratiza como nunca el acceso a la información, acelera la investigación física, astronómica, química o biológica, convierte la medicina de diagnóstico en una ciencia más precisa y veloz —casi infalible— y reduce de años a meses el descubrimiento de moléculas útiles para elaborar nuevos medicamentos.

Si nos focalizamos solo en lo bueno, la IA nos muestra un mundo más seguro, con trabajos menos tediosos, con mejor sanidad y mayor eficiencia energética e industrial. Sin embargo, toda moneda tiene su reverso. La humanidad vuelve a asomarse, esta vez con más fuerza, al precipicio de los tres retos que las anteriores revoluciones industriales también pusieron frente a nosotros: crisis del empleo (que siempre augura fuertes transformaciones sociales), crisis del modelo político y riesgo último de autodestrucción. Además, esta nueva tecnología ha acelerado una crisis que hasta ahora los humanos no habíamos experimentado: una crisis profunda de nuestra capacidad de atención. Nuestra capacidad cognitiva, seña de identidad de la humanidad frente al resto de especies, se resiente y se dispersa ante la competición de otras inteligencias. Quizá no sea momento de ponerse ludita, pero la fuerza de la ola obliga a calibrar adecuadamente todas estas amenazas.

En primer lugar, es obligatorio poner el foco en el empleo. El trabajo no es solo la principal fuente de ingresos de las personas; es también uno de los principales pilares de su identidad y el mayor factor explicativo de la movilidad social y territorial. Las dos primeras revoluciones industriales emplearon a millones de europeos, moviéndolos del campo a las ciudades y generando una nueva clase social —los obreros— que condicionó la política de finales del siglo XIX y todo el siglo XX.

Hoy, la tendencia es la contraria. La revolución digital de principios de siglo automatizó multitud de procesos industriales y contribuyó a la deslocalización. Muchas regiones europeas llevan años intentando adaptarse.

"Esta nueva tecnología ha acelerado una crisis que hasta ahora los humanos no habíamos experimentado: una crisis profunda de nuestra capacidad de atención"
La aparición de la IA no solo ha acelerado toda esa destrucción de empleo, sino que la ha extendido a capas de la sociedad que se creían intocables. Abogados, médicos, consultores e ingenieros observan con preocupación la sustitución de sus tareas. Sus jefes siguen aportando un valor añadido difícilmente sustituible: desde organizar, negociar y arriesgar hasta hacer contactos; pero la automatización de la producción o revisión de informes y de la ejecución de procesos repetitivos está dejando a mucha gente atrás.

El primer despido es la no contratación. Según SurePoint, la contratación de abogados de primer año en las doscientas firmas más grandes de EE. UU. lleva prácticamente estancada cuatro años, mientras que en ese mismo periodo de tiempo sus cuentas reflejan ingresos récord. Esta situación plantea tres grandes problemas: ¿qué hacemos con la gente que no encuentra trabajo?, ¿cómo formamos trabajadores séniors que no han sido júniors? y ¿cómo combatimos la desigualdad que genera un mundo donde la contratación estará más ligada que nunca a los contactos y no a los títulos? Parece pronto para aportar ninguna respuesta.

En segundo lugar, la IA plantea un importante reto para nuestras instituciones clásicas y su expresión democrática. No solo nos referimos a la ingente acumulación de datos y poder en manos de los dueños de sus proveedores, en muchas ocasiones mayor que el de muchos estados. Más bien, es una cuestión de la novedad que supone que la eficiencia de la inteligencia artificial dispute su espacio a la inteligencia emocional y a las decisiones atravesadas por el sesgo humano.

"La aparición de la IA ha acelerado toda esa destrucción de empleo y la ha extendido a capas de la sociedad que se creían intocables"
¿Es más justa una resolución judicial adoptada por un agente digital sin sesgos personales? ¿A quién imputamos un crimen de guerra cometido por un arma autónoma? ¿Cómo de condicionada está una decisión ministerial o empresarial que escala por la corporación sin pasar filtros humanos y está centrada exclusivamente en criterios probabilísticos? Otra vez no están claras las respuestas, sobre todo cuando la tentación de avance geopolítico de actores sin ataduras democráticas condiciona la capacidad de respuesta de los demás.

En tercer lugar, este mes el director ejecutivo de Anthropic, Dario Amodei, enmudeció el mundo proclamando que debíamos "relajar el desarrollo de la IA" dado el riesgo que su potencia esconde para la supervivencia global. Lo curioso fue lo rápido que sus competidores le dieron la razón, algo poco común entre los máximos responsables de OpenAI o xAI.

¿Tienen razones aquellos que mejor conocen la IA para creer que el apocalipsis está cerca? Lo cierto es que existen motivos suficientes para sospechar de ellos, pues su interés por frenar el desarrollo de nuevos actores y consolidar su oligopolio bien podría estar detrás de este tipo de estrategias.

"Antes las armas nucleares podían destruir el mundo, pero su activación exigía la acción de uno o varios humanos cuya destrucción también estaba garantizada"
Aun así, el nivel de autonomía de esta tecnología da miedo. Antes las armas nucleares podían destruir el mundo, pero su activación exigía la acción de uno o varios humanos cuya destrucción también estaba garantizada. En palabras del Papa León XIV, la IA no conoce la experiencia humana porque ni ha sufrido ni ha amado. Y quien no siente, en caso de acceder a los códigos nucleares, no es capaz de valorar nada más que criterios estadísticos para decidir si activarlos. En esa tesitura, quizá la mejor respuesta estadística que encuentre el agente de IA para garantizar la paz mundial sea destruir el mundo. Quién sabe.

Finalmente, la IA plantea un reto nuevo que no plantearon ni la máquina de vapor, ni el éxodo rural, ni el ferrocarril, ni siquiera la bomba atómica: una profunda crisis de la atención. Es cierto que este descenso generalizado de la concentración no es del todo atribuible a la IA. El verdadero problema está en las pantallas.

La generalización del smartphone para informarnos, comunicarnos, proyectarnos en sociedad, orientarnos, pagar, controlar nuestras finanzas u organizar nuestro tiempo concentra toda nuestra atención en un mismo sitio. Las redes sociales y sus algoritmos de recomendación personalizada son una fiesta constante. ¿Quién va a atender a su profesor si sus mayores intereses circulan sin descanso en la palma de su mano? ¿Para qué esperar a un amigo en un banco observando a mi alrededor si tengo cien notificaciones? ¿Y cómo voy a escuchar a ese amigo cuando llegue si esas notificaciones no dejan de saltar?

La IA acelera ese colapso de la atención generando un mayor volumen de contenidos, y más personalizados. Su habilidad para aportar soluciones y recompensas en segundos quiebra el proceso educativo y delega el pensamiento. ¿Para qué desarrollar comprensión lectora o de cálculo si ya lo hace una máquina? ¿Para qué aprender a redactar o crear? ¿O para qué resolver rompecabezas complejos si es más fácil escribir un prompt?

Esa pereza cognitiva se acrecienta entre quienes no han conocido otra cosa: los estudiantes nativos o casi nativos de la IA no saben lo que es resumir, buscar fuentes o tardar en encontrar soluciones. Los resultados del último informe PISA son descorazonadores. Urgen medidas que devuelvan el protagonismo a los educadores y pongan la cognición a trabajar y fortalecerse antes de salir al mundo real, donde el éxito al innovar se ha desplazado hacia quienes son capaces de pensar más allá de la mera obtención de una respuesta al problema.

"Urgen medidas que devuelvan el protagonismo a los educadores y pongan la cognición a trabajar y fortalecerse antes de salir al mundo real"
En definitiva, muchas son las preguntas y pocas las respuestas. Sin embargo, lo que parece claro es que el verdadero desafío de la humanidad no debería centrarse exclusivamente en tratar de adivinar hasta dónde llegará la capacidad de esta tecnología. El verdadero reto es orientar ese desarrollo hacia una sociedad mejor. Con una IA al servicio de la humanidad y pensada como una herramienta para hacernos la vida más fácil.

La inteligencia artificial, por definición, no puede ser emocional, pero, por definición, también sus creadores, desarrolladores y usuarios no pueden huir de las emociones. Tengámoslo claro, tomemos conciencia y hagamos, como hemos hecho siempre, que la experiencia de vivir doblegue una vez más a la tecnología en favor de una sociedad mejor para todos. Y, si no lo logramos, ojalá seamos capaces de cortar la corriente antes de que el tsunami nos lleve por delante.
Adrián Vázquez Lázara
Adrián Vázquez Lázara
Eurodiputado del PP
Es vicepresidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales del Parlamento Europeo. También es miembro de la Delegación de Relaciones con Estados Unidos y expresidente de la Comisión de Asuntos Jurídicos. Graduado en Relaciones Internacionales por la Lindenwood University y profesor asociado en ESADE.
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