Viernes, 31 de julio de 2026
MOMENTO ESPAÑA

Por qué las encuestas muestran una estabilidad electoral

El analista político Eduardo Bayón explica por qué los casos judiciales desmovilizan a parte del electorado socialista sin trasladarlo a la derecha. El PSOE rebota cuando el pacto PP-Vox reactiva los bloques, mientras Feijóo no amplía su base y Vox crece, sobre todo, a costa del PP. "La corrupción hunde la moral del votante progresista, pero no lo entrega al adversario", sintetiza.

Eduardo Bayón Eduardo Bayón 16 de julio de 2026
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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo. | Eduardo Parra / Europa Press
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo. | Eduardo Parra / Europa Press
Ninguna legislatura había acumulado tantos golpes judiciales sobre un mismo Gobierno en ejercicio en tan poco tiempo. Sin embargo, el electorado no se ha movido de campo: la tormenta perfecta que iba a hundir a Sánchez ha encontrado al PSOE rebotando en términos electorales. Un semestre en el que la corrupción desmoviliza, pero también, cuando la derecha aprieta, reagrupa al electorado progresista.

El inventario del desastre. En enero, José Luis Ábalos entra en prisión. En junio, el Tribunal Supremo lo condena a más de veinticuatro años por el caso mascarillas. Por el camino, la imputación de Zapatero, los registros de la UCO, el caso Leire Díez, la imputación de la directora general de la Guardia Civil, la condena al hermano del presidente. Cualquier manual de comunicación política predeciría, ante semejante acumulación, un desplome socialista sostenido y una derecha engordando con los despojos.

"El electorado no se ha movido de campo: la tormenta perfecta que iba a hundir a Sánchez ha encontrado al PSOE rebotando en términos electorales"
No ha ocurrido. El bloque de la derecha, es decir, PP más Vox, lleva medio año instalado en una banda estrecha, entre el 48% y el 52%, sin que la cascada de sumarios altere ese techo. El PSOE, que debería estar en retroceso, se va de vacaciones rebotando. Lo interesante no es "quién gana" —eso apenas cambia—, sino por qué el voto se comporta con esta terquedad para el espectador medio.

El rebote

Comparemos los datos brutos de los dos últimos barómetros del CIS, los de junio y julio; el trabajo de campo de este último comenzó poco más de una semana después de la condena a Ábalos. La lógica diría que julio debía ser peor para el PSOE, pero es al revés. En julio, con los casos de Zapatero y Leire Díez recién estallados, el PSOE subió 2,4 puntos en intención directa de voto (del 23% al 25,4%). ¿Qué invirtió la tendencia? No una buena noticia para Sánchez, sino un movimiento del adversario: el acuerdo PP-Vox para la investidura de Moreno Bonilla en Andalucía y la ofensiva sobre el voto exterior, con Vox planteando suspender el voto por correo de los expatriados. El eje de bloques se reactivó en su forma más nítida, y el electorado progresista, disperso en junio, se reagrupó.

"Lo interesante no es «quién gana» —eso apenas cambia—, sino por qué el voto se comporta con esta terquedad para el espectador medio"
La actualidad judicial ha venido desmovilizando a algunos votantes socialistas, pero no los ha convertido en votantes de la derecha. En cuanto la derecha le recuerda, pactando con Vox, contra qué se vota, ese votante se reactiva. La valoración de Sánchez apenas se mueve (de 4,21 a 4,25 sobre 10): no hay erosión y mantiene buenos datos tanto de valoración como de preferencia como presidente del Gobierno, apartado en el que casi duplica a Alberto Núñez Feijóo como primera opción según el último CIS (26,7% frente a 13,9%).

El techo del PP

Si la izquierda no se pasa a la derecha —salvo un porcentaje menor— ni siquiera bajo la peor presión judicial, la consecuencia es reveladora para el PP: no hay caladero en el que aproximarse a la mayoría absoluta por sí mismo. Con el rival perseguido por los tribunales, el PP no crece. Incluso retrocede. En GESOP firma un 29,4%, el segundo peor dato de la legislatura, con la ventaja sobre el PSOE estrechándose de 3,5 a 2,9 puntos. La media dibuja un partido estancado entre el 29% y el 33% que no ha convertido en voto propio ni uno de los grandes escándalos del adversario.

"La actualidad judicial ha venido desmovilizando a algunos votantes socialistas, pero no los ha convertido en votantes de la derecha"
Una de las explicaciones está en el liderazgo. La valoración de Feijóo cae de 3,79 a 3,64, según el CIS; quienes no le tienen "ninguna confianza" suben del 42,2% al 45,5%. En preferencia para presidir el Gobierno, se desploma al 13,9%, por debajo de Sánchez. El PP se sostiene por fidelidad —conserva dos de cada tres votantes—, pero no ensancha su base. Tiene suelo, no techo al alza.

El resultado es una paradoja: el PP puede gobernar, pero no por méritos propios. Lo hará, si lo hace, por acumulación de bloque con Vox y por desmovilización del adversario. Una mayoría prestada.

Vox, el partido que ya tampoco capitaliza

Vox ha crecido en el medio plazo: de rondar el 17% en enero a picos del 20% en primavera, para acabar retornando al 18%, aproximadamente. Ahora bien, ese crecimiento se nutre del flanco del PP, no de un trasvase directo desde el PSOE o el bloque de la izquierda. En la ventana reciente, como se ha adelantado, se frena: el CIS le resta medio punto entre junio y julio, por ejemplo. El frenazo coincide, según GESOP, con la recuperación del PSOE entre los jóvenes y los hombres, precisamente donde la ultraderecha ha avanzado.

"El PP puede gobernar, pero no por méritos propios. Lo hará, si lo hace, por acumulación de bloque con Vox y por desmovilización del adversario"
La foto agregada es la de dos partidos de derecha repartiéndose un espacio ya movilizado: el voto que el PP pierde va a Vox, pero no sale del bloque. Es una movilización intrabloque que confirma que la derecha compite por redistribuir lo que tiene, un electorado muy movilizado, mientras muestra síntomas evidentes de incapacidad para ampliarlo.

La izquierda: se desangra por dentro, se reagrupa por fuera

El estado de la izquierda explica por qué el rebote de julio es posible. Su problema no es perder votos hacia el adversario, sino cómo circula el voto dentro de su propio espacio y cuánta gente manifiesta que acudiría a unas hipotéticas elecciones.

Sumar se desangra: retiene entre el 30% y el 40% de sus votantes, dependiendo de la empresa demoscópica, y cede más de un 22% a Podemos y casi un 13% al PSOE, en el último barómetro de 40dB. Esa última cifra es clave: parte del voto que huye de la izquierda alternativa no se pierde en la abstención ni cruza a la derecha, regresa a la casa madre. La irrupción de siglas menores —de Adelante Andalucía a Se Acabó la Fiesta— completa un cuadro de fragmentación que no beneficia al bloque PP-Vox.

"La derecha compite por redistribuir lo que tiene, un electorado muy movilizado, mientras muestra síntomas evidentes de incapacidad para ampliarlo"
Ese reagrupamiento defensivo es lo que capta el barómetro del CIS en julio. Registra, en el mismo intervalo, que el "voto siempre al mismo partido" cae del 20,4% al 17,7% y el "según lo que más convenga" sube del 48,5% al 55,1%: un electorado más líquido. Se suelta con el desánimo y la corrupción; se rearma con el pacto PP-Vox. Su intensidad no la controla su partido: se la administra el adversario.

La sociedad no se ha derechizado

La mayoría absoluta que proyectan hoy las encuestas no refleja un giro ideológico. El dato lo prueba: la autoubicación en la escala izquierda-derecha se mantiene en 4,72 en junio y 4,70 en julio, sin moverse pese a todo lo ocurrido. Casi la mitad de la muestra se coloca en posiciones de izquierda; menos de un tercio, en la derecha.

"España sigue siendo, en identidad ideológica, un país de centroizquierda. Que produzca mayorías de derecha es más un problema de traducción que de preferencias"
España sigue siendo, en identidad ideológica, un país de centroizquierda. Que produzca mayorías de derecha es más un problema de traducción que de preferencias: la derecha convierte casi toda su simpatía en voto efectivo; la izquierda pierde una fracción por el camino. El sistema electoralía en voto efectivo; la izquierda pierde una fracción por el camino. El sistema electoral amplifica esa brecha hasta volverla decisiva en las provincias medianas y pequeñas.

Lo que la estabilidad demoscópica evidencia

Para la derecha, el diagnóstico es incómodo pese a la ventaja: tiene la mayoría, pero no el impulso. Es una mayoría de bloque y hartazgo, no de conquista. Para el PSOE, el diagnóstico es agridulce, pero menos catastrófico de lo contado: su techo lo fija la desmovilización, pero su suelo aguanta. El problema es que la palanca del reagrupamiento no la acciona tanto él, sino la derecha cuando se abraza a Vox —y esta a Donald Trump—. Para la izquierda alternativa, el análisis es el más severo: el espacio se ha convertido en donante de votos en su propio bloque, sin capacidad de articular una alternativa.

A un año de las elecciones, el tablero está casi donde arrancó el curso. La corrupción hunde la moral del votante progresista, pero no lo entrega al adversario: lo dispersa cuando arrecia y lo reagrupa cuando la derecha aprieta o percibe que los suyos son perseguidos injustamente. La mayoría de la derecha sigue ahí, intacta, pero descansa sobre un electorado progresista que no se ha ido y solo se ha sentado en el sofá esperando un mejor momento.
Eduardo Bayón
Eduardo Bayón
Analista político y consultor en comunicación pública
Autor del libro 'Lucha de tribus' (La Esfera de los Libros, 2024), en el que analiza las dinámicas identitarias y emocionales del debate político contemporáneo. Colabora habitualmente en medios de comunicación y es docente en programas de posgrado en comunicación política y asuntos públicos.
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