Europa ha organizado su equilibrio económico alrededor de
un escenario aparentemente estable. En él,
Alemania produciría, exportaría y sostendría el núcleo industrial del continente, mientras el resto de economías orbitarían a su alrededor con distintos grados de dependencia. Ese modelo, que en mayor o menor medida ha funcionado en el pasado,
está entrando en crisis.
Aunque Alemania lleva años sumida en un proceso de desaceleración económica,
el principal problema no está en Berlín. Lo que genera mayor preocupación es que el corazón manufacturero europeo está perdiendo competitividad frente a China. La vicepresidenta de la Comisión Europea Teresa Ribera
lo formuló recientemente en Agenda Pública al referirse a China como "una potencia industrial que crece a velocidad de vértigo". Y si Alemania no logra adaptarse a ese nuevo entorno industrial global,
las consecuencias afectarán mucho más allá de sus fronteras. Por supuesto, también alcanzarán de lleno a países como
España, que podrían terminar atrapados en una nueva relación de dependencia tecnológica e industrial con Pekín.
"El modelo exportador alemán ya no está compitiendo contra una economía emergente que necesita tecnología europea, sino contra una superpotencia industrial capaz de desplazar a Europa"
Este mes se ha publicado
un informe del Centre for European Reform (CER) titulado
China Shock 2.0: The Cost of Germany's Complacency. En él, Sander Tordoir y Brad Setser
advierten con dureza y seriedad respecto de la magnitud del reto chino para Europa. La tesis central desarrollada por los autores es la de que el modelo exportador alemán ya no está compitiendo contra una economía emergente que necesita tecnología europea, sino contra una superpotencia industrial capaz de desplazar a Europa simultáneamente
de China, de terceros mercados y, progresivamente, del propio mercado europeo.
Alemania ya no entiende su propia crisis
A pesar de las numerosas y distintas advertencias,
el primer problema detectado es el propio diagnóstico alemán.
Ni el pasado Gobierno de Olaf Scholz ni el del actual canciller, Friedrich Merz, han sabido identificar correctamente los problemas económicos e industriales del país.
El debate en Alemania continúa
obsesionado con
los precios de la energía, la burocracia europea y la regulación climática. Sin embargo, el informe desmonta buena parte de esa narrativa y señala que otros países europeos sometidos
exactamente al mismo marco regulatorio —como Países Bajos, Polonia o Dinamarca— han crecido mucho más rápido desde 2019.
"Aproximadamente el 40% del deterioro económico alemán proviene directamente de la pérdida de mercados exteriores"
La diferencia fundamental está en otro lugar: las exportaciones. Según los cálculos del CER, aproximadamente el 40% del deterioro económico alemán proviene directamente de la pérdida de mercados exteriores. Otro 40% se explica por el
shock energético derivado de la ruptura con Rusia. Y, por tanto, solo el 20% restante respondería a factores internos como burocracia o debilidad de la demanda doméstica.
Dentro de toda la amalgama de consecuencias, una de las más preocupantes es la del ámbito laboral. El gigante europeo podría perder más de 400.000 empleos vinculados a su relación exportadora con China. ¿El motivo? Que la complementariedad industrial entre ambos países ha terminado.
Durante el primer
shock chino, tras la entrada de Pekín en la OMC en 2001,
Alemania se benefició enormemente vendiendo maquinaria, vehículos y bienes de equipo a una economía china que todavía necesitaba importar tecnología avanzada. Sin embargo,
el shock chino 2.0 funciona exactamente al revés. Hoy, China ya no necesita gran parte de la ingeniería europea y compite directamente contra ella.
La maquinaria exportadora china
La dinámica actual está profundizando rápidamente en
un desequilibrio peligroso. Mientras las exportaciones chinas crecen a un ritmo muy superior al comercio mundial, sus importaciones manufactureras permanecen prácticamente estancadas desde hace una década.
China absorbe demanda global sin abrir de manera equivalente su mercado interior.
Esa expansión está impulsada por tres grandes factores:
- Subsidios industriales masivos.
- Demanda interna artificialmente deprimida.
- Un tipo de cambio persistentemente infravalorado.
El FMI calcula que
los subsidios estatales chinos equivalen al 4,4% de su PIB, alrededor de 800.000 millones de dólares anuales.
Al mismo tiempo, el exceso de ahorro doméstico y la debilidad del consumo interno obligan a exportar la sobrecapacidad industrial hacia el exterior. El resultado es una presión creciente sobre sectores estratégicos europeos, desde la automoción y la maquinaria hasta las energías renovables y las tecnologías limpias.
En este sentido,
el automóvil eléctrico se ha convertido en el símbolo más visible del cambio. Europa asumió durante años que tendría tiempo para adaptarse a la electrificación, pero China ha alcanzado antes de lo previsto una capacidad exportadora gigantesca.
Las estimaciones que proyectaban diez millones de vehículos exportados a finales de la década quedaron obsoletas en 2025.
Mientras tanto,
Estados Unidos ha endurecido radicalmente su política comercial. La Administración Trump ha elevado barreras arancelarias y reducido incentivos para vehículos europeos, cerrando uno de los pocos mercados donde Alemania todavía compensaba parcialmente sus pérdidas en Asia. Por todos estos motivos, Europa y China están entrando en una competición directa por el resto del mercado mundial.
España entra en la ecuación china
En este nuevo escenario, España se encuentra en una posición en la que
tiene mucho que ganar, pero también enfrenta importantes riesgos. La economía española ha aspirado a reforzar su peso industrial dentro de Europa y hoy tiene una ventana para la reindustrialización con dos focos principales: la transición energética
y el vehículo eléctrico.
Frente a esta hoja de ruta,
el mapa europeo de inversiones chinas en tecnologías verdes y sectores energéticos invita a repensar cómo y
hacia dónde deben dirigirse los esfuerzos españoles.
Pase sobre el mapa para hacer zoom. Muestra la distribución europea de inversiones chinas en tecnologías verdes y sectores energéticos, con España como uno de los principales destinos de proyectos ligados a baterías, automóviles eléctricos y transición industrial. | Mapa: Cassini
Como revela la cartografía de Cassini,
España se está convirtiendo rápidamente en uno de los principales destinos europeos para proyectos industriales chinos ligados a baterías, automóviles eléctricos y tecnologías bajas en carbono.
Empresas como CATL, Chery o Envision buscan
utilizar territorio español como
plataforma de producción para el mercado europeo. El atractivo se basa en diferentes razones: 1) costes laborales relativamente competitivos; 2) acceso pleno al mercado único; 3) subvenciones europeas y necesidad política urgente de atraer inversión industrial.
A corto plazo, esta estrategia puede generar empleo y actividad manufacturera. El problema es que, a partir de la experiencia acumulada por Europa,
es urgente preguntarse quién controla realmente el valor añadido de la tecnología.
El mito de la transferencia tecnológica china
La idea de que la inversión extranjera directa china puede actuar como mecanismo de rescate industrial para Europa mediante transferencias tecnológicas
está siendo muy cuestionada por la evidencia empírica. Esa expectativa, de acuerdo con el informe del CER, combina dos excesos: el primero, de optimismo sobre las intenciones estratégicas de las empresas chinas; el segundo, de pesimismo sobre las capacidades industriales europeas.
Aunque muchas capitales europeas esperan que la llegada de fabricantes chinos permita revitalizar sectores debilitados,
los datos muestran una dinámica mucho más asimétrica. La inversión china en Europa sigue siendo relativamente limitada —unos 10.000 millones de euros en 2024— y extremadamente selectiva. Se concentra sobre todo en industrias intensivas en conocimiento y de alto valor añadido.
Por lo tanto,
el objetivo no ha sido crear nuevas cadenas industriales completas en Europa. Más bien, el patrón dominante ha sido adquirir capacidades tecnológicas ya existentes. El informe cita una investigación sobre más de 160.000 empresas en 159 países que identifica un comportamiento particularmente significativo:
alrededor del 41% de las inversiones exteriores chinas entre 2012 y 2021 se dirigieron a Europa y se concentraron precisamente en sectores intensivos en conocimiento.
"Las empresas europeas adquiridas experimentan una caída aproximada del 25% en su rentabilidad sobre activos y un estancamiento de su actividad patentadora"
A este respecto,
podemos enfocarnos en los efectos posteriores a las adquisiciones. Las empresas europeas adquiridas experimentan una caída aproximada del 25% en su rentabilidad sobre activos y un estancamiento de su actividad patentadora.
Mientras tanto, las matrices chinas multiplican sus patentes concedidas: se triplican en términos generales y llegan a cuadruplicarse en el caso de empresas estatales. Para los autores,
esto no responde simplemente a decisiones de mercado. Sugiere que muchas empresas chinas aceptan retornos financieros más bajos porque el verdadero objetivo estratégico consiste en acelerar la absorción de tecnología, capacidades de ingeniería y conocimiento industrial hacia su territorio. En otras palabras, la lógica dominante no es la difusión tecnológica desde China hacia Europa, sino exactamente lo contrario.
El informe advierte además de que
esta experiencia debería moderar las expectativas europeas sobre las futuras inversiones
greenfield chinas en baterías o automóviles eléctricos. Asimismo, la evidencia histórica apunta a que las empresas chinas tenderán a proteger sus tecnologías clave incluso cuando produzcan dentro de Europa.
Los Veintisiete tampoco emplean todas
sus herramientas. China construyó precisamente su propia industria automovilística utilizando mecanismos que hoy Europa apenas contempla:
aranceles elevados, joint ventures obligatorias, restricciones a la propiedad extranjera y fuertes exigencias de localización industrial. Pekín utilizó el acceso a su mercado como herramienta para obligar a las multinacionales occidentales a transferir tecnología y capacidad productiva. Europa, en cambio, sigue manteniendo uno de los mercados más abiertos del mundo sin instrumentos equivalentes de negociación industrial.
La ingenuidad europea
En consecuencia, la problemática para el continente europeo es que
continúa afrontando este desafío con herramientas insuficientes. Bruselas ha multiplicado investigaciones comerciales y aranceles sectoriales, especialmente contra vehículos eléctricos chinos; es cierto. Sin embargo, las medidas siguen siendo lentas, fragmentadas y limitadas frente a una distorsión sistémica de toda la economía china.
Además,
la propia Alemania continúa frenando parcialmente una política industrial europea más agresiva por temor a represalias comerciales y por la esperanza de preservar el acceso al mercado chino.
Paradójicamente, son Francia y algunos sectores de la Comisión Europea quienes han empezado a defender con mayor claridad la necesidad de políticas Buy European —comprar europeo—, requisitos de contenido local y mecanismos de protección estratégica.
"El país puede atraer inversión y fábricas, pero si no desarrolla capacidad tecnológica propia, podría quedar reducido a una función periférica"
El riesgo para España es particularmente evidente.
El país puede atraer inversión y fábricas, pero si no desarrolla capacidad tecnológica propia y una política industrial coordinada a nivel europeo, podría quedar reducido a una función periférica dentro de cadenas de valor controladas desde Asia.
La desindustrialización y la irrelevancia
La gran ilusión europea fue pensar que podía combinar
apertura comercial absoluta, dependencia energética externa y autonomía estratégica simultáneamente. Ese equilibrio ha terminado. La crisis alemana demuestra que incluso la principal potencia industrial europea puede perder rápidamente posiciones frente a un competidor respaldado por escala continental, subsidios masivos y planificación estratégica.
España todavía tiene margen para aprovechar parte de la reconfiguración industrial en marcha. No obstante,
existe una diferencia fundamental entre reindustrializarse y convertirse en una plataforma de ensamblaje dependiente de tecnología extranjera.
La complacencia alemana frente al
shock chino 2.0 ya no es únicamente un problema alemán.
Está redefiniendo el equilibrio industrial de toda Europa mientras España, en esta ocasión, no se encuentra en la periferia europea. El país está entrando directamente en el centro del tablero geoeconómico europeo, con todos los riesgos y oportunidades que ello entraña.