Martes, 28 de julio de 2026
LA BRÚJULA EUROPEA DE LÓPEZ PLANA

¿Qué le pasa a Alemania?

El motor económico de Europa gripa y su sistema político cruje bajo el peso de la parálisis y el auge imparable de la AfD. ¿Está el modelo alemán en fase de demolición estructural? Desde el pulso industrial con España por los fondos verdes hasta el agotamiento de la gran coalición de Merz, Marc López, editor y director de 'Agenda Pública', analiza en su columna semanal las claves de una crisis institucional que amenaza, también, con fracturar el mercado único.

Marc López Plana Marc López Plana 18 de mayo de 2026
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El canciller alemán, Friedrich Merz, el pasado 16 de abril. | Bernd Elmenthaler / Zuma Press / Europa Press
El canciller alemán, Friedrich Merz, el pasado 16 de abril. | Bernd Elmenthaler / Zuma Press / Europa Press
Alemania ha sido por muchos años el ancla de estabilidad de Europa. La economía crecía, el consenso político funcionaba y los grandes partidos —la CDU/CSU (la Unión) y el SPD— garantizaban una alternancia previsible dentro de un marco compartido. Incluso cuando Europa atravesaba crisis, Berlín transmitía una sensación de orden institucional y racionalidad democrática.

Hoy, esa Alemania parece haberse roto. La AfD ya lidera algunas encuestas nacionales y, en determinados escenarios, suma más apoyo que la socialdemocracia y los democristianos. En algunos estados del este, como Sajonia-Anhalt, roza el 40% y amenaza con convertirse en la primera fuerza con capacidad real de bloquear el sistema político. Mientras tanto, a nivel federal, los partidos tradicionales gobiernan juntos en una gran coalición que muchos alemanes perciben ya no como una solución de estabilidad, sino como un síntoma de agotamiento. ¿Está entrando Alemania en una crisis estructural de representación política y de confianza en el futuro?

El lento derrumbe del SPD

La decadencia del SPD no empezó con el excanciller Olaf Scholz. Tampoco con la guerra de Ucrania, la inflación o la crisis energética. El declive comenzó realmente después de la etapa de Gerhard Schröder.

Cuando Schröder llegó a la Cancillería en 1998, el SPD superó el 40% de los votos. Incluso tras siete años de gobierno, en 2005, todavía mantenía el 35%. A partir de ahí empezó una caída casi constante. La victoria de Scholz en 2021 —con apenas el 25%— fue una anomalía que tal vez pudo confundirse con un renacimiento.

El diagnóstico para los socialdemócratas alemanes también se sostiene desde una óptica europea. Francia, Austria o incluso los países escandinavos muestran síntomas parecidos: pérdida de identidad ideológica, fragmentación electoral y dificultad para construir un relato económico y cultural coherente en un mundo marcado por la globalización, la inmigración y el miedo al declive. España, donde en circunstancias muy complicadas Pedro Sánchez mantiene un apoyo de alrededor del 28% de intención de voto, es una excepción.

"Es un caso habitual en gobiernos de coalición, pero el mantenimiento de la gran coalición alemana hace que el SPD asuma un gran coste"
Sin embargo, la dinámica en Alemania añade un problema adicional: la gran coalición. En la actualidad, así como en diversas etapas anteriores, el SPD ha gobernado como socio minoritario en coalición con la Unión. Y lo cierto es que, en términos políticos, esto ha tenido un coste importante para los socialdemócratas. Por ejemplo, políticas públicas de corte progresista pero ampliamente aceptadas —como el salario mínimo— terminaron siendo atribuidas políticamente a Angela Merkel. Es un caso habitual en gobiernos de coalición, pero el mantenimiento de la gran coalición alemana hace que el SPD asuma un gran coste.

El problema Merz

El actual canciller llegó al poder prometiendo un giro conservador y un nuevo liderazgo alemán en Europa. Pero, hasta la fecha, ninguna de las dos cosas ha ocurrido. Merz es hoy profundamente impopular, incluso entre parte del electorado conservador. Las encuestas muestran que nunca antes un gobierno había sido tan impopular tras solo un año en el cargo.

Alemania necesita reformas estructurales urgentes: pensiones, competitividad industrial, defensa, energía, burocracia, mercado laboral. Sin embargo, los dos grandes partidos discrepan sobre casi todo.

Los conservadores quieren una agenda más centrada en competitividad y desregulación. El SPD insiste en proteger el Estado del bienestar y reforzar la redistribución. Estas diferencias dan como resultado un gobierno paralizado por la desconfianza mutua.

Hay además un elemento poco comentado fuera de Alemania: ni Merz ni Lars Klingbeil tenían verdadera experiencia ejecutiva antes de llegar al Gobierno. Eso explica parte de la frustración social. Alemania atraviesa simultáneamente una crisis económica, una crisis migratoria, una crisis de seguridad y una crisis de confianza política.

Y el Ejecutivo parece incapaz de construir una narrativa convincente sobre el futuro. La semana pasada se convocó una reunión del Koalitionsausschuss entre la CDU/CSU y el SPD tras varias semanas de tensiones internas en el Gobierno de Friedrich Merz y Lars Klingbeil.

El fin del modelo alemán

Durante años, el éxito alemán descansó sobre tres pilares extraordinariamente cómodos: energía barata (rusa), acceso privilegiado al mercado chino y protección militar estadounidense. Sin embargo, los tres han desaparecido al mismo tiempo. La guerra de Ucrania destruyó la dependencia energética de Rusia. La desaceleración china golpeó directamente a la industria exportadora alemana, especialmente al automóvil. Y Donald Trump —junto al nuevo consenso estratégico estadounidense— ha dejado claro que Europa deberá gastar mucho más en su propia defensa.

Alemania debe rehacer su modelo económico entero en tiempo récord. Y ese es el contexto de debates que empiezan a preocupar enormemente en Bruselas y en Madrid. La vicepresidenta ejecutiva de la Comisión Europea, Teresa Ribera, advertía recientemente en una entrevista en Agenda Pública de que la necesaria "reducción de dependencias" de Alemania no puede hacerse "a costa de la ruptura" del mercado único europeo.

La preocupación española es evidente. En Berlín crece la presión para flexibilizar ayudas de Estado, acelerar la desregulación y permitir políticas industriales nacionales mucho más agresivas. Alemania teme perder competitividad frente a Estados Unidos y China y quiere actuar rápido. Pero en el sur de Europa existe miedo a que esa estrategia fracture el mercado interior y consolide una Europa industrial a dos velocidades.

España observa este debate desde una posición compleja. Por un lado, quiere aprovechar el nuevo mapa industrial europeo para atraer inversión vinculada a renovables, baterías e hidrógeno verde. Madrid cree que la transición energética puede rediseñar el equilibrio económico continental.

"La dimensión más estratégica de esta crisis quizá no esté solo en las encuestas, sino en la futura batalla europea por el modelo energético e industrial"
Por otro lado, teme que la respuesta alemana termine dominada por una lógica nacional que debilite la cohesión europea. La dimensión más estratégica de esta crisis quizá no esté solo en las encuestas, sino en la futura batalla europea por el modelo energético e industrial. En el pasado, Alemania diseñó buena parte de las reglas económicas de la UE, pero la transición verde amenaza con alterar ese equilibrio. España se está convirtiendo en uno de los grandes hubs energéticos e industriales del sur de Europa.

Eso explica las diferentes visiones de Madrid y Berlín sobre ayudas de Estado, desregulación y política industrial. El temor español es que Alemania, debilitada económicamente y presionada políticamente por la AfD, termine priorizando una estrategia nacional de reindustrialización que fracture el mercado único. Ya está pasando con la defensa.

Y existe además otra inquietud: que el ascenso de la derecha radical en ambos países altere el consenso verde europeo. Si la AfD llega algún día al Gobierno federal, Alemania podría ralentizar parte de la agenda climática y energética europea. Y en España, Vox ya condiciona gobiernos autonómicos del PP hacia una agenda más hostil a la regulación climática, al despliegue territorial de infraestructuras verdes o a ciertas prioridades del Pacto Verde Europeo.

En juego está quién gobierna Alemania, pero sobre todo qué modelo económico dominará Europa durante las próximas décadas. Para los alemanes, resulta paradójico el hecho de que necesiten más Europa para sobrevivir estratégicamente, pero la presión política interna empuje cada vez más hacia soluciones nacionales.

La AfD y la política del miedo

En ese vacío político crece la AfD. La derecha radical alemana hace tiempo que afianzó las bases de su institucionalización. Hoy capitaliza simultáneamente el miedo económico, la ansiedad migratoria y el agotamiento del centro político.

Y lo hace en un contexto especialmente delicado: Alemania mantiene un cordón sanitario mucho más rígido que el existente en otros países europeos. A diferencia de España, donde el PP gobierna con Vox en varias comunidades autónomas, la cooperación entre la CDU y la AfD sigue siendo prácticamente tabú. Dentro del establishment político alemán existe una convicción muy extendida: si la democracia cristiana pactara con la AfD, probablemente se rompería. Es un cortafuegos poderoso, pero que no viene sin costes.

A nivel regional todavía existe cierta pluralidad de coaliciones: gobiernos de izquierdas en Hamburgo o Bremen, alianzas conservadoras en Baviera, pactos entre CDU y Verdes en algunos grandes estados federados.

Sin embargo, a nivel federal el sistema parece bloqueado. Los partidos democráticos se ven obligados a gobernar juntos mientras la oposición queda ocupada por la AfD y, parcialmente, por Die Linke. Eso erosiona uno de los principios básicos de cualquier democracia funcional: la posibilidad de una alternancia clara.

"Existe la posibilidad matemática de que la AfD consiga una mayoría parlamentaria con poco más del 40% de los votos"
El riesgo es que la AfD termine convirtiéndose en el único vehículo eficaz de castigo electoral. Y eso podría generar escenarios explosivos en el este alemán. En Sajonia-Anhalt o Mecklemburgo-Pomerania Occidental ya se estudian situaciones en las que todos los partidos democráticos tendrían que unirse para impedir gobiernos ultras. Incluso existe la posibilidad matemática de que la AfD consiga una mayoría parlamentaria con poco más del 40% de los votos si varios partidos pequeños no superan el umbral del 5%. ¿Por qué? Porque cuanto más se unen los partidos tradicionales para frenar a la derecha radical, más alimentan la percepción de que todos forman parte del mismo bloque.

¿Una democracia sin futuro?

Más allá de las encuestas, el estado emocional del país da mucho de qué hablar. La política alemana se ha vuelto defensiva. Defender la democracia. Defender Europa. Defender Ucrania. Defender el modelo industrial. Defender el Estado del bienestar. No obstante, casi nadie ofrece una visión sugestiva del futuro.

Al mismo tiempo, esa ausencia conecta con una crisis mucho más amplia en Europa. La transición ecológica, la inteligencia artificial o la autonomía estratégica europea podrían convertirse en relatos movilizadores. Sin embargo, la mayoría de los gobiernos europeos comunican esos cambios como sacrificios inevitables, en vez de como proyectos colectivos capaces de mejorar la vida de los ciudadanos.

Alemania encarna hoy mejor que ningún otro país ese agotamiento psicológico. Y ahí aparece otra diferencia importante con España. Mientras el sistema político alemán transmite rigidez y bloqueo, la política española —con todos sus problemas— sigue siendo mucho más competitiva y abierta a la confrontación de proyectos.

Y quizá por eso la AfD sigue creciendo. Cuanto menor es la confrontación de proyectos entre los grandes partidos, mayor es el espacio que ocupan los extremos.
Marc López Plana
Marc López Plana
Editor y director de 'Agenda Pública'
Participación