Martes, 28 de julio de 2026
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¿Puede la visita de Trump a China modular el 'shock' 2.0 en Europa?

El contexto de España y el resto de socios europeos "depende en parte del encuentro que los dos líderes septuagenarios van a celebrar esta semana". La periodista económica Belén Carreño desentraña los puntos a los que prestar atención en la relación de los dos gigantes económicos. Desde esta perspectiva, Europa puede verse arrastrada por un acuerdo que afecte a Taiwán, las tierras raras, la inteligencia artificial o la relación con Pekín de forma más amplia.

Belén Carreño Bravo Belén Carreño Bravo 11 de mayo de 2026
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El presidente estadounidense y su homólogo chino coincidieron por última vez el 30 de noviembre de 2025 en Busán (Corea del Sur). | Casa Blanca / Daniel Torok
El presidente estadounidense y su homólogo chino coincidieron por última vez el 30 de noviembre de 2025 en Busán (Corea del Sur). | Casa Blanca / Daniel Torok
Por primera vez en la historia de Estados Unidos, un mismo presidente repetirá visita de Estado oficial a China. Aunque hayan pasado nueve años entre las dos citas, no deja de ser paradójico que sea Donald Trump, la supuesta némesis de Xi Jinping, el mandatario estadounidense que va a pasar a la posteridad por haber sido el único en pisar con honores y de forma duplicada la China continental.

Si la cumbre finalmente tiene lugar —es razonable barajar una cancelación de último minuto—, será un hito histórico que por su dimensión hace palidecer las cuatro visitas a China que ha hecho España, una por año, y que han levantado tantas ampollas sobre la querencia de Madrid hacia Pekín.

"Es precisamente el enorme desequilibrio en las relaciones entre los dos países lo que hace inexcusable la aproximación. España tiene que jugar sus cartas"
China es un rival formidable. Por eso hay que tenerlo todo lo cerca posible. Así lo piensa la diplomacia española, que desde hace ya muchos años ha adoptado una estrategia basada en el "si no puedes vencerlo, únete a él". Una política que genera fricciones públicas por el carácter dictatorial del régimen chino, pero también por la posibilidad de que la diferencia de tamaño deje a España a merced del gigante asiático. Es precisamente el enorme desequilibrio en las relaciones entre los dos países lo que hace inexcusable la aproximación. España tiene que jugar sus cartas, muchas o pocas, para moldear el enorme agujero comercial con Pekín.

Pero el contexto en el que España y otros países europeos llevan años trabajando depende en parte del encuentro que los dos líderes septuagenarios van a celebrar esta semana. Washington ha optado hasta ahora por una política confrontacional con Pekín, con un rechazo explícito a su comercio e incluso a sus inversiones, lo que ha abierto un hueco para reorganizar las relaciones con el continente europeo. Europa lleva meses trabajando en lidiar con lo que los medios anglosajones han bautizado como el shock 2.0. Esto es, el paso de unas exportaciones chinas masivas de bienes sin valor al nuevo flujo con aportación tecnológica que ha puesto en solfa algunos sectores tradicionales occidentales, con especial incidencia en el motor.

Huelga recordar el nulo éxito de la estrategia trumpista respecto a China de los últimos doce meses. En abril, las exportaciones chinas a EE. UU. registraron una subida del 11,3% sobre el mismo mes del año anterior —el que quedó marcado por el Día de la Liberación, en el que se anunciaron los fallidos aranceles—, lo que ha empujado al déficit comercial a agrandarse un 13% a favor de Pekín. Un fracaso épico. Un año después, el rol comercial de China en el mundo es mayor, con sus exportaciones disparadas hacia casi todos los mercados.

Trump, al que hay que reconocer su temeraria resiliencia, apretará la mano de Xi humillado en múltiples frentes: los aranceles han sido declarados ilegales en su propio país, pero ya antes Pekín le había doblegado el brazo con el cierre del grifo de las tierras raras. China no ha mostrado ni un ápice de debilidad ante el corte de suministro de petróleo desde Venezuela y los países del Golfo. E Irán ha dado la vuelta a su debilidad y mantiene la guerra en tablas gracias a la instrumentalización del paso de Ormuz.

"Trump se presenta en Pekín, un movimiento contraintuitivo para un supuesto perdedor y que desata las alarmas de hasta dónde va a llegar en sus negociaciones con Xi"
América no ha logrado encontrarle las cosquillas a China después de un año de incendiar, literalmente, el tablero económico y político. Con semejantes mimbres, Trump se presenta en Pekín, un movimiento contraintuitivo para un supuesto perdedor y que desata las alarmas de hasta dónde va a llegar en sus negociaciones con Xi para pactar algo que pueda parecer remotamente una victoria para el republicano. El gran temor es que la posición de debilidad de Trump y su ansia por apuntarse un tanto le lleven a una cesión respecto a Taiwán.

Los expertos, como explica la española Alicia García-Herrero en este artículo, están convencidos de que Xi pondrá la cuestión sobre la mesa. China quiere que, como mínimo, EE. UU. deje de suministrar armas a Taipéi. Por lo pronto, Trump ha movido parte de su flota en el mar de la China Meridional a la boca del estrecho de Ormuz, además de haber vaciado su arsenal de misiles contra Irán. El New York Times publicaba este fin de semana que los servicios de inteligencia chinos creen que EE. UU. no tendría ahora mismo la capacidad de defender a Taiwán de una supuesta invasión.

Se da la paradoja de que 2027 es el año en el que los servicios de inteligencia y los militares estadounidenses marcaron —hace ya más de un lustro— como el más probable para la invasión de Taiwán por parte de China. Al inicio de este mandato de Trump se descartó esa fecha como plausible, pero da la sensación de que la Administración estadounidense está trabajando, consciente o inconscientemente, para que se cumpla.

Se llegue o no a una concesión extrema sobre la isla, que, recordemos, es de importancia sistémica por la concentración de producción y suministro de chips al resto del mundo —próxima al 90%—, los augurios de los expertos son que el presidente tendrá que mostrar algo en sus manos tras la visita. Y los europeos contienen la respiración por si en esa negociación transaccional la frágil relación con Europa sale escaldada.

"Las posibilidades de que los dos mandatarios cierren algún tipo de acuerdo que perjudique a la UE son altas. El escenario en el que Trump se vuelva a casa de vacío también es probable"
En un contexto en el que las capitales europeas, especialmente Madrid, están tratando de embridar el shock 2.0 de China, un escoramiento hacia EE. UU. podría hacer descabalgar la estrategia. La triangulación diplomática con dos polos de liderazgo tan extremos, y uno tan imprevisible, es de una altísima volatilidad. Las posibilidades de que los dos mandatarios cierren algún tipo de acuerdo que perjudique a la UE son altas. El escenario en el que Trump se vuelva a casa de vacío también es probable.

Así las cosas, las relaciones internacionales y geoeconómicas entran esta semana en una fase crítica, el enésimo momento histórico del último año. Suceda lo que suceda, el episodio valida la visión pragmática española. Hay que formar parte del cambio y, desde luego, tener las antenas y los proxies para estar lo más informado y cercano posible al flujo de los acontecimientos en regiones geográficamente tan alejadas.

España tiene una posición singular porque tiene mucho menos que perder que el resto de sus socios europeos. Como señala Miguel Otero, investigador principal del Real Instituto Elcano, en este recomendable artículo, Francia y Alemania son los mercados más amenazados por la nueva política industrial china que cerca sus fortalezas habituales. Madrid tiene mucho más margen de ganancia a la hora de atraer inversiones chinas, siempre y cuando continúe regulando los acuerdos, afinando la transferencia tecnológica y la creación de empleo local.

El éxito español de las renovables depende intrínsecamente del poderío industrial chino en el sector. No solo por la conocida cadena de valor de la fotovoltaica, o incluso de la eólica: también porque España necesita multiplicar ¡¡¡por ochenta!!! su capacidad de almacenamiento en baterías de la red eléctrica para conjurar la posibilidad de nuevos apagones y acercarse a la soberanía energética. A día de hoy, esa capacidad solo se la puede suministrar China, y proyectos como el anunciado en Navarra para construir baterías en suelo español son existenciales.

Afortunadamente para los españoles, la política de dominio energético de EE. UU. está muy centrada en las energías fósiles y no parece que vaya a jugar un papel importante en las negociaciones a la hora de drenar este tipo de recursos a Europa. Pero la historia está por escribir esta semana en la plaza de Tiananmén. Si se llega a algún tipo de acuerdo, ya sea sobre limitaciones a la inteligencia artificial, venta de armas o de petróleo, su eco impactará en la economía europea.
Belén Carreño Bravo
Belén Carreño Bravo
Periodista económica
Es autora de la 'newsletter' semanal 'Inteligencia Económica' en 'El País', analista en televisión, conferenciante y docente. Durante casi siete años fue corresponsal sénior de la agencia Reuters en España. Antes formó parte del equipo fundador de 'elDiario.es', donde ejerció como redactora jefa de Economía.
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