No es nada nuevo afirmar que la idea del mercado único europeo es, desde 1987, la piedra angular que sustenta el proyecto de integración europeo y de su modelo social y que su creación constituye uno de los mayores logros políticos y económicos del continente. Su promesa, desde el inicio, era sencilla, ambiciosa y muy atractiva: crear un espacio sin barreras internas donde bienes, servicios, capitales y personas circularan libremente, generando prosperidad, innovación y cohesión. Sin embargo, hoy, más que nunca, conviene recordarlo. Contar con un verdadero mercado único es condición necesaria para que Europa y su modelo democrático —la integración económica en Europa siempre fue un proyecto político— mantengan —algunos dirán recuperen— su posición de liderazgo en un mundo complejo frente a alternativas como la estadounidense o la china, que no acaban de convencer.
El mercado único nació en un contexto europeo e internacional mucho más limitado y menos integrado que el actual. Y lo hizo impulsado por el convencimiento de los líderes europeos de mediados de los años ochenta, encabezados por la Comisión Delors, de que la integración europea debía avanzar con generosidad y visión estratégica, superando los intereses nacionales a corto plazo. Era la respuesta necesaria tras las dos crisis del petróleo de los años setenta que habían dejado huellas muy profundas en los ciudadanos y en sus gobernantes, reavivado el nacionalismo económico y frenado en seco la consecución del entonces mercado común.
"La respuesta necesaria vuelve a ser la misma: impulsar de forma urgente e inaplazable el mercado único, la herramienta más poderosa de la que dispone la Unión para recuperar liderazgo"
Casi cuatro décadas después, el mercado único es mucho más grande, agrupa a veintisiete países y su existencia dota de sentido a la moneda única. Con 450 millones de consumidores de alto poder adquisitivo y elevada cualificación, posee un enorme potencial para transformar esa escala e integración en liderazgo económico, tecnológico y geoestratégico en beneficio de los ciudadanos europeos.
Sin embargo, mientras Estados Unidos y China, nuestros principales competidores, avanzan con modelos económicos más ágiles y son capaces de movilizar recursos a gran escala, invirtiendo, innovando y aumentando su influencia en la esfera internacional, Europa aún debe dar pasos decididos para aprovechar plenamente su potencial. El mundo es más complejo, hay nuevos actores pidiendo paso y nuestro mercado único avanza con excesiva lentitud, lastrado por una creciente complejidad y por mecanismos de decisión que no están pensados para el ritmo y la ambición que exige el entorno actual.
De hecho, en los últimos años, incluso parece que nos movemos en la dirección contraria: el discurso del nacionalismo económico vuelve a crecer, hay un resurgir del sentimiento antieuropeo en varios Estados miembros y reaparecen las tentaciones de introducir barreras al comercio. Todo ello complica profundizar en la integración europea. Como ya ocurrió en los años ochenta, la respuesta necesaria vuelve a ser la misma: impulsar de forma urgente e inaplazable el mercado único, la herramienta más poderosa de la que dispone la Unión para recuperar liderazgo, impulsar la innovación y la inversión y garantizar su prosperidad futura. Ello requiere un diagnóstico adecuado y, sobre todo, voluntad política.
Letta y Draghi ponen deberes: qué falta para completar el mercado único
Hace pocos días, los líderes europeos celebraron un Consejo Europeo informal en el castillo de Alden Biesen (Bélgica), dedicado a "reforzar el mercado interior en un nuevo contexto geoeconómico".
La convocatoria de la reunión incluía todos los temas relevantes para impulsar el mercado interior y anticipaba la participación de Enrico Letta y Mario Draghi, quienes, hace más de un año, redactaron, por encargo del Consejo Europeo y de la Comisión, respectivamente,
sendos informes con recomendaciones específicas, claras y pragmáticas para avanzar en el mercado interior y reforzar la competitividad europea.
Es decir, de los dos elementos necesarios para avanzar con urgencia en el mercado interior —diagnóstico y voluntad política—, el primero parece relativamente asentado. Tanto la motivación de esta reunión de líderes como ambos informes plantean las cuestiones clave, sobre las que, además, parece haber cierto consenso entre los Estados miembros. Mencionaré cuatro particularmente relevantes.
En primer lugar, es imprescindible reducir la fragmentación normativa (de todo tipo) aún existente a todos los niveles, de forma que sea más fácil para las empresas y particulares europeos operar a nivel transfronterizo y establecerse o vender sus bienes y servicios en cualquier parte de la Unión, con menores cargas administrativas y más facilidad para crecer, financiarse e invertir.
"El mercado interior debe permitir la aparición de compañías de tamaño suficiente —«campeones europeos»— en aquellos sectores, particularmente el digital, en que esto sea necesario para competir internacionalmente"
Asimismo, es necesario acelerar la creación de la "Unión de Ahorro e Inversión" (SIU, por sus siglas en inglés), para canalizar, de forma más eficiente, el elevado ahorro existente en Europa hacia inversiones productivas en nuestro territorio. Impulsar la SIU es impulsar el mercado interior financiero y aumentar la movilidad del capital, reduciendo la todavía elevada fragmentación regulatoria y operativa en este ámbito que impide que Europa tenga mercados de capitales tan profundos y líquidos como Estados Unidos, y favoreciendo que aparezcan fuentes de financiación alternativas. Todo ello es clave para que la iniciativa y la innovación se traduzcan en resultados tangibles, en el nacimiento y crecimiento de nuevas empresas.
En tercer lugar, el mercado interior debe permitir la aparición de compañías de tamaño suficiente —"campeones europeos"— en aquellos sectores, particularmente el digital, en que esto sea necesario para competir internacionalmente. Ello requiere, además de avanzar en los dos puntos mencionados anteriormente, una revisión de la normativa de fusiones transfronterizas para permitir operaciones estratégicas bajo controles adecuados.
Y, por último, es imprescindible completar el mercado interior de la energía, superando las carencias regulatorias y de interconexiones físicas entre Estados miembros que impiden un aprovechamiento óptimo de los recursos de generación eléctrica y de gas de la Unión. La corrección de estas carencias llevaría, a su vez, a precios más competitivos de un input esencial. Tomemos como ejemplo la península ibérica: la insuficiencia de interconexiones eléctricas con Francia hace que el exceso de recurso renovable con el que esta cuenta en muchos momentos del año no pueda dirigirse a satisfacer la demanda del resto de la Unión Europea y se desperdicie, mientras que nuestros socios deben acudir a fuentes alternativas más costosas y contaminantes en muchos casos.
A la inversa, la insuficiencia de interconexiones obliga a la península ibérica a tener que instalar generación de respaldo de renovables (más cara y contaminante) en grandes cantidades, en lugar de poder contar con electricidad proveniente de la Unión para satisfacer su demanda en momentos de menor recurso renovable.
"A pesar del cierto acuerdo diagnóstico, cada Estado miembro da prioridad a defender sus intereses más inmediatos en términos regulatorios y empresariales"
Sin embargo, frente al relativo acuerdo en el diagnóstico, la falta de consenso suficiente sigue frenando la acción. Así lo demuestra el hecho de que, en los tres últimos años, se hayan celebrado tres Consejos Europeos sobre el mercado interior, más uno informal (el de hace unos días) y otro (formal) el próximo mes de marzo, y se hayan publicado los dos informes Letta y Draghi, complementarios y valientes, sin que, hasta ahora, se hayan tomado las decisiones necesarias.
Los principales obstáculos son, a mi juicio, cinco: el primero que, a pesar del cierto acuerdo diagnóstico, cada Estado miembro da prioridad a defender sus intereses más inmediatos en términos regulatorios y empresariales, sin aplicar una visión a medio plazo; no ayuda (y este es el segundo obstáculo) el resurgir del nacionalismo y el sentimiento antieuropeo que se observa en muchos Estados miembros; tampoco lo hace (tercer obstáculo) que la Unión no se encuentre en un momento de crecimiento económico, lo que reduce el margen para tomar decisiones difíciles; el cuarto obstáculo es la mayor diversidad y número de países (27 frente a 12) en la Unión que a mediados de los ochenta y, por último, el quinto, es que los mecanismos de decisión de que disponemos son complejos, requieren mayorías cualificadas y varias idas y venidas entre instituciones y están pensados para una Unión más pequeña, lo que hace que no tengan la agilidad y el alcance necesarios.
Aun así, debemos avanzar con las herramientas disponibles. Y dado que un cambio de Tratado no parece posible en este momento y requeriría de un tiempo y de un consenso del que no disponemos, se impone buscar soluciones pragmáticas dentro del marco jurídico vigente. En este sentido, iniciativas como el Régimen 28 propuesto por Letta deberían acelerarse al máximo e instrumentarse como normas de aplicación directa (no como directivas) para ser verdaderamente efectivas. Además, la Unión debe hacer un uso mucho más intenso del mecanismo de cooperación reforzada previsto en el Tratado para avanzar allí donde haya un grupo suficiente de Estados miembros dispuesto a hacerlo.
Europa se encuentra en una encrucijada. Necesita un nuevo "momento Delors", aunque los obstáculos parecen mayores hoy que en los años ochenta. Por otro lado, el entorno internacional también es más exigente. Pero la historia demuestra que la Unión ha sabido responder en los momentos decisivos. Confiemos en que esta vez también sea así. La próxima ocasión llegará con el Consejo Europeo de marzo. Y hay mucho en juego.