Durante siglos, Europa ha estado políticamente fragmentada. Paradójicamente, esta fragmentación fue una bendición. A diferencia de otros monarcas absolutos, como
los emperadores chinos, los reyes y reinas europeos tenían menos capacidad para prohibir o monopolizar las tecnologías emergentes. Estaban limitados por la competencia por el poder: los países europeos vivían en guerra constante y sus gobernantes muchas veces adoptaban rápidamente lo que sus vecinos intentaban suprimir.
Como dijo acertadamente
Matt Ridley,
la imprenta es un ejemplo revelador. Aunque fue inventada en China durante la dinastía Ming, donde su uso estaba sujeto a un rígido control estatal y censura, fue Johannes Gutenberg quien revolucionó la impresión. Alrededor de 1440, creó la primera imprenta de tipos móviles de metal en Maguncia (actual Alemania). Sin embargo, —y esto es crucial para nuestro caso—,
debido a conflictos gremiales y a la inestabilidad política en Maguncia, Gutenberg se trasladó a Estrasburgo (actual Francia), donde perfeccionó su prototipo.
Lo mismo ocurre con las ideas intelectuales. Pensadores que chocaban con los gobernantes nacionales o cuyas ideas amenazaban al orden establecido solían emigrar. Hobbes, Locke, Voltaire y Descartes son ejemplos emblemáticos. Sus ideas transformaron Europa, y fueron determinantes en su desarrollo político y económico. La fragmentación política de Europa permitió, más que obstaculizar, impulsar su desarrollo económico, pues evitó la supresión de innovaciones e ideas positivas: desde la imprenta hasta los derechos de propiedad, la libertad de expresión y el método científico.
"Como economistas aceptamos que reducir barreras de mercado es vital para impulsar el desarrollo económico, la competencia y la especialización"
Para los economistas, el argumento de que la fragmentación del mercado puede ser beneficiosa es difícil de aceptar. Hemos sido formados para creer que reducir barreras de mercado es fundamental para el desarrollo económico: fomenta la competencia y la especialización, aumenta la variedad y reduce los precios. En esencia, la integración de mercados equivale a prosperidad económica y mejor calidad de vida.
Abordar la fragmentación del mercado europeo ha sido leitmotiv del proyecto de la UE.
Una de sus tareas más importantes es aprobar normativas que permitan la libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas entre los 27 Estados miembros. Un conjunto común de reglas reduce la fragmentación del mercado. El Mercado Único es, sin duda, uno de los logros económicos y políticos más destacados de la UE.
Ahora bien, ¿y si una regulación de la UE es defectuosa o simplemente innecesaria? ¿Y si algunos países prefirieron no regular la inteligencia artificial o adoptaron enfoques distintos en materia de política industrial? Quizás nunca lo sabremos. Pero las lecciones de la historia son inconfundibles: la aplicación uniforme de una mala regulación —como prohibir la imprenta— puede ser mucho peor que un mercado fragmentado.
Entonces, ¿cómo lo solucionamos? No buscamos mercados fragmentados en la UE —ni más allá—; pero tampoco queremos regulaciones dañinas. ¿Cómo erradicamos las malas ideas sin frenar el flujo de las buenas?
Empecemos a pensar como ingenieros de TI (Tecnologías de la Información)
El software no se desarrolla como los productos tradicionales. Las empresas tecnológicas a menudo comienzan con un prototipo que es, por cualquier medida, malo. Deliberadamente. El objetivo no es venderlo, sino recopilar retroalimentación temprana de los usuarios. Este enfoque ahorra dinero al evitar invertir en funcionalidades que los clientes ni quieren ni valoran. Este proceso iterativo continúa hasta que el software está listo —y a menudo mucho después—, con actualizaciones para corregir errores o incorporar nuevas funciones incluso tras su lanzamiento.
Lo central en este enfoque es la idea de que no todo se puede prever. El "fracaso parcial" se acepta como una característica, no como un error.
Proponemos trasladar esta mentalidad iterativa de los ingenieros de TI al marco de la Mejor Regulación de la UE. La Unión ya aplica una metodología para evaluar los costos y beneficios de una regulación y modelar su impacto económico probable. Este enfoque es indudablemente útil, ayudando a los responsables a identificar y reflexionar sobre los posibles efectos económicos de una regulación.
"Europa debe ir más allá: no es suficiente con que la regulación de la UE sea buena, sino que debe ser la mejor posible en todo momento"
Sin embargo, esos efectos siguen siendo estimaciones modeladas, y siempre existirán incertidumbres conocidas y desconocidas. La política avanza si los beneficios estimados superan los costos. Pero la UE debería aspirar a más. Las nuevas regulaciones de la UE no solo deberían ser buenas, sino las mejores. Para lograrlo, la UE debería revivir el espíritu de selección natural en la política: permitir que las mejores ideas prosperen. Esto exige que las nuevas regulaciones se testeen, y que ese testeo ocurra temprano en el proceso, como ocurre en el desarrollo de TI.
Propuesta: un "sandbox regulatorio" para reguladores
Un sandbox regulatorio es
un entorno controlado en el que empresas pueden probar productos, servicios o modelos de negocio innovadores bajo condiciones regulatorias flexibles y con supervisión normativa. Ya lo han implementado la UE, Estados miembros y países no pertenecientes a la UE. Sin embargo, en este caso, serían los funcionarios de la UE —no las empresas— quienes probarían sus nuevas ideas reguladoras.
Los responsables de la UE podrían seleccionar un grupo pequeño (pero representativo) de empresas y pagarles por probar una versión temprana de la regulación. En el sandbox, los funcionarios experimentarían ideas y regulaciones como desarrolladores de software: recopilarían retroalimentación, iterarían y perfeccionarían la regulación antes de implementarla por completo.
Por supuesto, este planteamiento no está exento de riesgos. Las empresas podrían exagerar los costos y minimizar los beneficios. Además, la selección de empresas debería ser lo más aleatoria posible para evitar problemas de autoselección.
Para mitigar estas cuestiones —también presentes en cualquier llamada a evidencias previa a la regulación—, el proceso de prueba debe ser abierto y transparente, integrando los resultados en la consulta de partes interesadas ya existente en el proceso regulatorio. En los Estados miembros, regiones y autoridades locales, el enfoque iterativo también puede aplicarse a probar cambios en la prestación de servicios públicos.
"En aquel entonces la fragmentación política filtraba las malas ideas e impulsaba las buenas, como haría hoy día este 'sandbox'"
Este enfoque busca replicar lo que logró una Europa fragmentada en la Edad Media: dejar que las mejores ideas prosperaran y descartar silenciosamente las que fracasaban. Al igual que entonces la fragmentación política sirvió como válvula de escape de las malas ideas y trampolín de las buenas, un sandbox regulatorio para reguladores puede ayudar a la UE a combinar su ambición de Mercado Único con una cultura de prueba y error regulatorio.
Dicho de otro modo: evitamos los errores de la dinastía Ming china y construimos un modelo regulatorio adecuado para la era de la innovación.
Reconozco que probar regulaciones no es simple y, de nuevo, no está exento de riesgos. Pero para quienes consideren impracticable este enfoque iterativo, la lección es más amplia: se trata de humildad regulatoria, especialmente ante tecnologías que evolucionan a gran velocidad. Incluso el análisis más riguroso ex-ante puede desatender variables fuera del control de los responsables o desconocidas que luego resulten críticas.
La lección histórica es clara: cuando hay duda, los responsables deben abstenerse de regular y limitar nuevas tecnologías hasta comprender mejor sus efectos y necesidades. La regulación no debe ser la respuesta por defecto de Europa frente a cada nuevo desafío, sino el último recurso.