Martes, 28 de julio de 2026
ESPAÑA EN 2026

El tablero estratégico de una potencia en redefinición

La pregunta solía ser "¿Qué nos pide Occidente?". Hoy, con Occidente fracturado y Donald Trump como protagonista, para el analista de defensa Antonio Legaz esa pregunta ha caducado. El experto en seguridad ahonda en la encrucijada de España en 2026: un país que ejecuta tácticamente bien lo que otros deciden —desde Bruselas hasta Washington—, pero que ha renunciado a definir su propio interés nacional. ¿Somos una "potencia bisagra" real o un actor disperso incapaz de decir "no" a sus múltiples amos?, se cuestiona.

Antonio Legaz Antonio Legaz 2 de febrero de 2026
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El presidente Pedro Sánchez con distintos líderes mundiales: Ursula von der Leyen, Donald Trump y Xi Jinping. | Pool Moncloa / Fernando Calvo
El presidente Pedro Sánchez con distintos líderes mundiales: Ursula von der Leyen, Donald Trump y Xi Jinping. | Pool Moncloa / Fernando Calvo
Después de la dictadura, fuimos europeos para no ser españoles. Después de 1986, fuimos atlánticos para ser europeos. En 2026, somos europeos, atlánticos, mediterráneos e iberoamericanos a la vez, y no sabemos cuál es nuestro eje principal. Ese desconocimiento nos persigue en cada negociación que afrontamos este año.

"Surge una pregunta que la clase política española no ha respondido durante bastante tiempo: ¿cuál es realmente el interés nacional español y quién lo define?"
Así comienza el verdadero enigma de 2026 para España: no es únicamente qué debe hacer el país en un tablero geopolítico fragmentado, sino quién decide qué hace y por qué. Mientras la Unión Europea se ve sacudida por presiones presupuestarias, la OTAN reclama compromisos defensivos más ambiciosos, Washington presiona con aranceles, Marruecos gestiona una relación compleja que mezcla cooperación con fricción territorial e Iberoamérica espera que Madrid cumpla con liderazgo simbólico, surge una pregunta que la clase política española no ha respondido durante bastante tiempo: ¿cuál es realmente el interés nacional español y quién lo define?

El examen atlántico que España no puede suspender

Enero de 2026 marca la primera evaluación de un compromiso que parecía irreversible hace apenas dos años: el cumplimiento del 2% del PIB en gasto de defensa. A finales de enero, técnicos de la OTAN han examinado si España ha mantenido la promesa. Para alcanzar esta cifra en 2025, el Gobierno movilizó 10.471 millones de euros adicionales, saltando del 1,4% al 2% del PIB. Un esfuerzo fiscal monumental que incluyó treintaiún Programas Especiales de Modernización: satélites, telecomunicaciones cifradas, ciberseguridad, inteligencia artificial, computación cuántica. 

Pero aquí comienza el dilema. La OTAN no estará satisfecha con 2025. En la cumbre de La Haya, en junio, los aliados pactaron un objetivo del 5% para 2035 (3,5% militar y 1,5% seguridad), una cifra que Madrid considera desproporcionada y que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, rechazó públicamente. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, concedió margen: España puede diseñar su propia trayectoria, siempre que cumpla con los objetivos de capacidades en tiempo y forma, independientemente del porcentaje. Parece flexible. No lo es.

"La industria de defensa española se ha convertido en un engranaje de la cadena de valor atlántica. Eso tiene beneficios económicos reales, pero, ¿tiene un costo en términos de autonomía estratégica?"
Lo que ocurre en realidad es que España ha dejado que sus aliados definan la medida de su seguridad. No solo el nivel de gasto, también las prioridades militares, los equipamientos o los teatros de operación. La industria de defensa española se ha convertido en un engranaje de la cadena de valor atlántica. Eso tiene beneficios económicos reales, pero, ¿tiene un costo en términos de autonomía estratégica?


La respuesta que dará Ankara (Turquía) en julio será decisiva. Allí, en la segunda cumbre de evaluación, España descubrirá si el margen de Rutte era real o solo retórico. Si resulta lo primero, España puede respirar. Si lo segundo, la presión sobre el 5% será inexorable. Si llega 2026 con la Administración Trump en plena acción, exigiendo más a los aliados, el margen puede volatilizarse

¿Puede España diseñar los fondos y ser receptora de ellos?

Mientras Madrid gestiona la presión atlántica, Bruselas ofrece una complejidad distinta. El Marco Financiero Plurianual (MFP) 2028-2034 será negociado intensamente en 2026. España ha presentado una apuesta ambiciosa: duplicar el presupuesto comunitario al 2% del PIB anual (frente al 1% actual), crear mecanismos de deuda conjunta y extender la refinanciación de fondos Next Generation por diez años. 

Sin embargo, la Comisión Europea ha respondido con una propuesta que reduce sustancialmente los retornos para España. Los países del norte (Alemania y Países Bajos) se resisten a aumentos presupuestarios. Mientras tanto, la ampliación de la UE hacia los Balcanes Occidentales, que España defiende como "inversión geoestratégica en paz y seguridad", implicaría una redistribución adicional de poder hacia el este europeo, erosionando el peso relativo de los países mediterráneos

"La identidad española de receptor de fondos de convergencia choca frontalmente con la aspiración de ser diseñador de presupuestos comunitarios"
He aquí el patrón: España, como potencia beneficiaria del sistema europeo de cohesión desde los años ochenta, se enfrenta ahora a un sistema que, para seguir siendo viable, debe compartir beneficios con nuevos miembros y responder a nuevas amenazas. Pero la identidad española de receptor de fondos de convergencia choca frontalmente con la aspiración de ser diseñador de presupuestos comunitarios. No puede ser ambas simultáneamente. Sin embargo, España intenta serlo y ese intento revela la incoherencia de su posicionamiento: quiere el prestigio de ser un actor influyente europeo, pero sin renunciar a los privilegios adquiridos como receptor neto de fondos.

La renovación de compromisos con el sur global

Mientras negocia presupuestos europeos y cumple exámenes atlánticos, España albergará la XXX Cumbre Iberoamericana (4-5 de noviembre). Es un evento de enorme carga simbólica: Madrid acogerá casi treinta reuniones ministeriales preparatorias, propondrá iniciativas sobre fondos de desastres, homologación universitaria, apertura hacia India y el Caribe anglófono.

Con todo, hay una gran cuestión a la que hacer frente: ¿qué objetivo estratégico tiene realmente España en Iberoamérica? ¿Liderazgo lingüístico? ¿Influencia comercial? ¿Poder blando? La respuesta varía según el ministerio. Exteriores habla de "unidad cultural". Comercio persigue acuerdos de inversión. Defensa negocia bases. Cultura promociona el idioma. Ninguno de estos ejes es coherente con los otros. España proyecta presencia, pero no proyecta visión estratégica.

"España está en todas partes. Europa. Atlántico. Mediterráneo. Iberoamérica. Indopacífico. La multiplicidad de presencias es caracterizada como «fortaleza», una «potencia bisagra» que conecta múltiples esferas"
Simultáneamente, 2026 es el Año Dual España-India en cultura, turismo e inteligencia artificial. La iniciativa es inteligente: India es potencia emergente con la que la UE acaba de firmar un acuerdo histórico en comercio, además de un actor clave en el Índico. Aquí, nuevamente, emerge el patrón: España está en todas partes. Europa. Atlántico. Mediterráneo. Iberoamérica. Indopacífico. La multiplicidad de presencias es caracterizada como "fortaleza", una "potencia bisagra" que conecta múltiples esferas, pero operativamente es dispersión. ¿Cuál es el interés estratégico español que vincula todas estas iniciativas? La respuesta es silencio. 

Marruecos, una relación ambigua

La XIII Reunión de Alto Nivel con Marruecos en diciembre de 2025 derivó en catorce acuerdos: digitalización, prevención de desastres, agricultura, lucha contra extremismos, etc. Marruecos es el primer socio comercial de España en África, con intercambios de 22.600 millones de euros en 2024. La comunidad marroquí representa 335.000 cotizantes a la Seguridad Social española. 

Ninguna de estas cifras, sin embargo, toca la verdadera cuestión: ¿cómo mantiene España una relación de cooperación funcional con un país que reclama territorio español, que instrumentaliza flujos migratorios cuando las negociaciones son tensas y cuya clase política advierte explícitamente que "después de consolidar su ocupación del Sáhara, el siguiente objetivo será Canarias"? 

"España, como potencia regional en el Mediterráneo, ha aceptado que no puede resolver sus conflictos estructurales de forma autónoma. Necesita de Marruecos para la estabilidad migratoria o la seguridad energética"
España responde con la solución clásica: acuerdos sectoriales. Comercio sin política. Cooperación sin resolución de conflictos de fondo. Es la estrategia de la gestión de riesgos sin resolución de problemas. Y funciona, en el corto plazo. Pero expone una verdad incómoda: España, como potencia regional en el Mediterráneo, ha aceptado que no puede resolver sus conflictos estructurales de forma autónoma. Necesita de Marruecos para la estabilidad migratoria, la seguridad energética, el control del Estrecho, y Marruecos lo sabe.


Los preparativos del Mundial 2030 (España aportará once sedes, con inversiones masivas como los 271 millones para remodelar La Rosaleda, en Málaga), presentados como ejemplo de "cooperación constructiva", son en realidad el piso más visible de una relación donde Madrid ha renunciado a la capacidad de establecer límites

El cisma transatlántico

Trump regresa a la Casa Blanca con una agenda que fragmenta aún más el frente occidental. Los aranceles estadounidenses restarán 0,1-0,2 décimas al PIB español en 2025, y hasta 0,4 décimas en 2026. Es un impacto limitado (las exportaciones a EE. UU. representan 1,2% del PIB español), pero concentrado en sectores vulnerables: agroalimentario y farmacéutico en Madrid, Extremadura y Catalunya. 

Más importante que el daño económico es la señal política: EE. UU. presiona a aliados que históricamente han sido leales. Sánchez viajará a EE. UU. al menos tres veces en 2026: Ankara (julio, cumbre OTAN), Nueva York (septiembre, Asamblea General de la ONU) y una visita bilateral en diciembre. En cada encuentro, la conversación girará sobre lo mismo: gasto en defensa, posición hacia Rusia, cooperación en tecnología.

"Si Trump se convierte en el árbitro de lo que es «hacer suficiente» en materia defensiva, España pierde su capacidad de autodefinición"
Pero la tensión subyacente es existencial para España. Trump presiona para que alcance el 5% del PIB, una exigencia que Madrid considera desproporcionada. Sin embargo, si Trump se convierte en el árbitro de lo que es "hacer suficiente" en materia defensiva, España pierde su capacidad de autodefinición. No será Madrid quien determine cuánto es suficiente para su seguridad, sino Washington.

Las preguntas que buscan respuesta en 2026

Este es el verdadero dilema de España en 2026, y no es el que aparece en los titulares de prensa. No se trata únicamente de alcanzar el 2%, de negociar presupuestos europeos, de organizar cumbres iberoamericanas o de gestionar Marruecos. Se trata de algo más fundamental: ¿quién le pide a España que haga qué?

En la Transición, la pregunta era: "¿Qué nos pide Occidente?" España respondió con integración europea y, eventualmente, con la OTAN. En 1986, cuando se sometió a referéndum la permanencia en la OTAN, la pregunta era: "¿Qué nos pide la Alianza Atlántica?" España respondió con presencia, aunque con cierta ambigüedad calculada. En 2003, con la guerra de Irak, la pregunta tácita era: "¿Qué nos pide Estados Unidos?" España respondió, aunque la respuesta dividió profundamente a la sociedad.

Hoy, en 2026, la pregunta se ha fragmentado. Ya no es "¿Qué nos pide Occidente?" porque Occidente ya no existe como proyecto coherente. Ahora es: "¿Qué nos pide cada uno de nuestros aliados por separado?".

Washington pide más gasto defensivo. Bruselas demanda disciplina fiscal y aceptación de nuevos miembros. La OTAN pide capacidades específicas. El Mediterráneo pide que no cedamos ante Marruecos y que mantengamos estabilidad. Iberoamérica requiere que seamos referentes culturales. India reclama ser socios en tecnología. Ucrania, implícitamente, demanda que contribuyamos con recursos a su defensa.

Cuando estas demandas convergen, España puede hacer malabares. Pero cuando divergen (como sucede cada vez más), el país se ve obligado a jerarquizar. ¿cuál es mi prioridad real?

Es aquí donde España expone una de sus mayores debilidades. Porque la respuesta no viene de Madrid. Viene de la capacidad relativa de cada aliado para presionar. Washington presiona porque tiene poder militar y comercial. Bruselas presiona porque controla el presupuesto. La OTAN presiona porque es la casa dentro de la cual vive la seguridad europea.

"El resultado es que España no elige sus prioridades; las hereda de otros. Cuando esas prioridades entran en conflicto, España no tiene un marco propio para resolverlo"
El resultado es que España no elige sus prioridades; las hereda de otros. Cuando esas prioridades entran en conflicto, España no tiene un marco propio para resolverlo. En su lugar, improvisa: un poco de OTAN aquí, un poco de Europa allá, un poco de mediación en Iberoamérica, un poco de pragmatismo con Marruecos. 
La multiplicidad que alguna vez fue presentada como una ventaja ("España como bisagra entre Europa, el Atlántico, el Mediterráneo e Iberoamérica") se revela ahora como lo que siempre fue: una forma elegante de decir que España no tiene una estrategia única, sino múltiples tácticas reactivas.

¿Es esto necesariamente negativo? No. Una potencia media en un mundo fragmentado tiene pocas opciones para la autonomía estratégica absoluta. Pero lo que distingue a una potencia media que gestiona bien su posición de una que no lo hace es la claridad sobre sus límites y sus intereses reales.

Y ahí es donde España falla. Porque mantiene la ilusión de que puede ser todo para todos: europeo y atlántico, mediterráneo e iberoamericano, potencia y mediador, defensor del consenso y constructor de nuevas alianzas.

En 2026, cuando se cierren las negociaciones de presupuestos europeos; cuando se revise el gasto defensivo en Ankara; cuando se celebre la Cumbre Iberoamericana en Madrid, y cuando Trump vuelva a presionar sobre aranceles y defensa, España descubrirá nuevamente que no puede satisfacer simultáneamente todas sus aspiraciones. Entonces tendrá que elegir.

La pregunta que no se ha respondido desde la Transición seguirá sin respuesta: ¿a quién elige servir España cuando sus aliados le piden cosas distintas y cómo sabe cuál es su propio interés en esa jerarquía de lealtades?

Mientras no responda esa pregunta con claridad (no con palabras, sino con presupuestos y decisiones operativas) España seguirá siendo lo que ha sido durante cincuenta años: una potencia sin visión estratégica propia, eficiente en la gestión táctica de sus múltiples compromisos, pero incapaz de proyectar una voluntad estratégica coherente.

La ironía final es que 2026 es el año en que España tiene todas las oportunidades para responder esa pregunta: negocia en Bruselas, se examina en la OTAN y recibe a Iberoamérica en Madrid. España tiene la palabra. Pero sigue sin saber qué decir.
Antonio Legaz
Antonio Legaz
Analista de defensa e inteligencia en una empresa del sector de la defensa
Participación