Que el PP celebre, hoy, la reunión de su comité ejecutivo nacional en Melilla no es solo un acto simbólico. Se erige como una declaración política que conecta directamente con el complejo vínculo con Marruecos. Ayer Santiago Abascal, en La Vanguardia, afirmaba que el "rechazo a la inmigración islámica unificará a España", introduciendo un componente identitario que tensiona aún más la relación hispano‑marroquí.
Las relaciones entre España y Marruecos se ven además condicionadas por un fenómeno profundo: la politización de la política exterior española. España ha pasado de mantener una política exterior de consenso a convertirla en un terreno más de confrontación partidista. Lo que antes se concebía como un espacio de continuidad institucional —basado en la defensa de intereses estratégicos comunes— se ha transformado en un campo de disputa ideológica. Desde la guerra de Irak hasta el reconocimiento del Estado palestino o la posición frente a Marruecos y Argelia, las decisiones exteriores han dejado de ser un asunto de Estado para convertirse en banderas de identidad partidaria. Esta "política exterior muy interior" ha introducido una volatilidad inédita: cada cambio de gobierno implica giros diplomáticos, debilitando la credibilidad de España ante sus socios europeos y magrebíes. En el contexto del norte de África, esa falta de continuidad no solo limita la capacidad de liderazgo español, sino que abre espacio a actores externos.
"La delicada retirada francesa del Sahel hace que España pueda ocupar el espacio que ha dejado París en esta región"
España podría asumir un rol central en la nueva política europea hacia el norte de África, pero la falta de consenso interno limita ese camino. La delicada retirada francesa del Sahel hace que España pueda ocupar el lugar que ha dejado París. Durante casi una década, Francia intentó ser el gendarme del Sahel. Las operaciones Serval y Barkhane pretendían estabilizar Mali, Burkina Faso y Níger frente al avance yihadista. Hoy, los franceses se repliegan. En su lugar quedan regímenes militares con simpatías hacia Rusia, redes de mercenarios y una presencia china en expansión. El vacío francés se ha convertido en un problema europeo.
En Bruselas existe un diagnóstico compartido: si la UE no define una estrategia común hacia el Sahel y el Magreb, su seguridad y su peso global se resentirán. Los tres grandes desafíos del sur —migración, energía y seguridad— exigen continuidad y visión. En ese tablero, España podría ocupar el espacio que deja Francia. Tiene relaciones históricas con Marruecos y Argelia, una red diplomática consolidada y empresas con presencia creciente en África.
Pero para asumir ese papel hace falta lo que España no tiene: una política exterior de Estado. Y esa carencia pesa más que cualquier ventaja geográfica.
El dosier marroquí y la fractura interna
Pero la relación con Marruecos es compleja. El PSOE favorece un enfoque pragmático basado en cooperación migratoria, energética y de seguridad. El PP oscila entre gestos de soberanía y ambigüedad diplomática. Vox introduce un discurso identitario que radicaliza la retórica sobre inmigración y fronteras.
"Marruecos no es solo un vecino, sino un actor regional con ambiciones globales que ha colocado a España en una posición estratégica delicada"
En este contexto, el concepto de dosier marroquí, desarrollado por Alberto Bueno en Agenda Pública, resulta clave. Según Bueno, Marruecos no es solo un vecino, sino un actor regional con ambiciones globales que ha colocado a España en una posición estratégica delicada.
La gestión de este dosier requiere coherencia y continuidad política: sin ellas, España puede perder influencia tanto ante Rabat como ante Bruselas, transformando lo que debería ser un elemento de liderazgo europeo en una fuente de vulnerabilidad.
La investigación académica en relaciones internacionales coincide en que la coherencia política interna es una condición esencial para la credibilidad exterior de un país. Cuando existe un consenso básico entre los principales partidos, los compromisos internacionales son más estables y las posiciones diplomáticas más previsibles. En cambio, la falta de acuerdo interno transmite a los socios y aliados la imagen de un país volátil, cuya política exterior puede cambiar con cada ciclo electoral. Estudios recientes muestran que los gobiernos con fuerte polarización interna pierden capacidad de negociación y son percibidos como menos fiables. En las democracias, el debate político intenso es inevitable, pero cuando la política exterior se convierte en un campo más de confrontación partidista, se erosionan la continuidad y la confianza, y el país ve reducida su influencia en el exterior. En el caso español, esta dinámica se hace visible en la relación con Marruecos y Argelia: sin acuerdos políticos básicos sobre cómo gestionar el norte de África, España proyecta una imagen de inestabilidad que debilita su papel como socio estratégico de la Unión Europea. Y esa fragilidad no es solo diplomática. En un contexto donde las fronteras, la seguridad energética y la cooperación militar forman parte del mismo tablero, la vulnerabilidad política interna se convierte también en vulnerabilidad en defensa, porque limita la capacidad del Estado para responder con unidad ante presiones externas o crisis en su vecindad sur.
Mientras España debate internamente, Marruecos proyecta su influencia como potencia regional atlántica, y Argelia refuerza sus vínculos con países europeos alternativos y con Rusia. Madrid puede actuar como puente, pero también como eslabón débil.
La cooperación reforzada europea: una oportunidad que puede aprovechar España
España, en el marco de la llamada cooperación reforzada de la UE que permite que grupos reducidos de países avancen juntos en política exterior y seguridad sin esperar la unanimidad de los 27, podría liderar un núcleo con Italia, Portugal, Grecia y Francia, articulando políticas comunes hacia el norte de África. Pero esta fórmula solo funciona si los países involucrados son coherentes y predecibles, algo que la falta de consenso interno español pone en duda.
El futuro del dosier marroquí se mueve entre distintos escenarios, cada uno con implicaciones muy diferentes para España y su papel en Europa. En un primer escenario, de continuidad socialista, España mantiene una política de cooperación con Marruecos, al mismo tiempo que ejerce contención frente a Argelia y actúa como mediadora en Bruselas. Este enfoque busca estabilidad y previsibilidad, pero depende de la permanencia de un gobierno socialista.
"Existe la opción de un consenso de Estado entre PP y PSOE, en la que se lograría una política exterior unificada capaz de gestionar eficazmente el dosier marroquí y que permitiría a España liderar la agenda europea en el norte de África"
Un segundo escenario corresponde a un posible gobierno del PP en coalición con Vox, que adoptaría una retórica más dura y presionaría a Rabat. Este enfoque podría aumentar la tensión bilateral y aislar a España dentro de la UE, complicando su capacidad de liderazgo en el sur europeo.
Finalmente, existe la opción de un consenso de Estado entre PP y PSOE, en la que se lograría una política exterior unificada capaz de gestionar eficazmente el dosier marroquí. Este escenario, que permitiría a España liderar la agenda europea en el norte de África, es políticamente el más favorable, pero también el menos probable dadas las actuales divisiones internas.
Lo que está en juego y lo que PP y PSOE deberían hacer
El dosier marroquí es clave para nuestro país. Migración, seguridad, energía y proyección estratégica dependen de cómo España gestione su relación con Marruecos.
"La coordinación entre PP y PSOE podría ser la clave para que el sur deje de ser una frontera y se convierta en un eje de acción europea"
La paradoja es que, mientras en Madrid se enfrentan, en Bruselas PP y PSOE comparten un espacio de poder determinante. Sus eurodiputados son mayoritarios en los dos grandes bloques que definen la agenda comunitaria: el Partido Popular Europeo (PPE) y la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas (S&D). Si ambos partidos españoles trasladaran a Bruselas una visión común sobre el Magreb y el Sahel, podrían influir en la definición de una auténtica política europea hacia el sur. Esa capacidad de influencia —que España posee como ningún otro país mediterráneo— se diluye cuando la rivalidad doméstica impide articular una estrategia compartida. En un momento en que Europa busca reforzar su autonomía estratégica y definir una voz propia frente a África, la coordinación entre PP y PSOE podría ser la clave para que el sur deje de ser una frontera y se convierta en un eje de acción europea.
Si España logra articular una visión compartida —una política hacia el sur que combine cooperación, defensa y desarrollo—, podrá transformar esa frontera en el punto de partida de una Europa más fuerte y realista.
Por ahora, Europa mira hacia el sur y encuentra en España una potencia con ambición, pero sin acuerdo sobre cómo ejercerla. El dosier marroquí espera, y cada gesto cuenta.