Martes, 28 de julio de 2026
LA BRÚJULA EUROPEA DE LÓPEZ PLANA

La estrategia sur que España (y Europa) no pueden ignorar

A España "le cuesta leer su propio mapa estratégico" afirma Marc López Plana. En esta Brújula Europea, el director y editor de 'Agenda Pública' subraya la importancia económica y política del Mediterráneo para el país. Una relación que, a la luz de los datos, resulta más relevante que la que mantiene con América Latina y que, sostiene, debe inspirarse en el proceso de integración de Europa del Este para generar nuevas convergencias con Marruecos, Argelia o Túnez.

Marc López Plana Marc López Plana 1 de diciembre de 2025
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De izquierda a derecha: el secretario general de la Unión por el Mediterráneo, Nasser Kamel, la alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Kaja Kallas y el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares. | David Zorrakino / Europa Press / ContactoPhoto
De izquierda a derecha: el secretario general de la Unión por el Mediterráneo, Nasser Kamel, la alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Kaja Kallas y el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares. | David Zorrakino / Europa Press / ContactoPhoto
Últimamente el debate español sobre integración migratoria ha girado en torno a la premisa de que los latinoamericanos "se integran mejor" que los inmigrantes del norte de África. Sin embargo, detrás de esa afirmación se esconde un diagnóstico que pasa por alto lo esencial: la estructura económica y geopolítica que vincula a España con Marruecos, Argelia y el conjunto del Magreb es más profunda, más densa y más relevante que la que mantiene con buena parte de América Latina. El problema es que a la política española, marcada por la presión de los extremos a los partidos centrales, le cuesta leer su propio mapa estratégico.

"A la política española, marcada por la presión de los extremos a los partidos centrales, le cuesta leer su propio mapa estratégico"
Para entender por qué la narrativa dominante resulta insuficiente, conviene situar el debate en el terreno adecuado: no solo en el de las afinidades culturales, sino en el de la interdependencia económica, la convergencia estructural, la seguridad y la gobernanza regional. Y aquí es donde entra en juego un proyecto europeo potencialmente transformador: el Pacto por el Mediterráneo, impulsado por la comisaria para el Mediterráneo y promovido activamente por el influyente director general
Stefano Sannino, quien también fue secretario general del Servicio Exterior de la Unión Europea con Josep Borrell. 

Este pacto podría sentar las bases de algo que Europa no ha sabido construir en décadas: un espacio económico euromediterráneo, con reglas comunes, movilidad laboral regulada y mecanismos de convergencia comparables a los que transformaron la Europa del Este tras 2004. Y eso tiene consecuencias directas en la manera en que los europeos —y los españoles en particular— entienden la integración migratoria.

Mirar al este para pensar el sur

En 2004, diez países del centro y este de Europa se incorporaron a la Unión Europea en la mayor ampliación de la historia. En aquel momento, muchos analistas dudaban de que economías como la polaca, la eslovaca o las de los países bálticos pudieran cerrar la brecha con Europa occidental. Veinte años más tarde, las cifras hablan solas.

Entre 2004 y 2019, el PIB per cápita en paridad de poder adquisitivo de los países de la ampliación casi se duplicó, pasando de unos 18.300 dólares a más de 34.700. Estudios recientes estiman que su renta per cápita real es hoy más de un 25% superior a lo que habría sido sin adhesión. Polonia, que en los noventa era sinónimo de fuga de cerebros y salarios bajos, ha escalado hasta situarse en torno al 80% de la media europea, frente al 50% que tenía al entrar. Su crecimiento promedio anual desde 2005 supera el 3,7%. En el caso de Eslovaquia y Lituania, el avance, aunque desigual, ha sido aún más rápido.

"Polonia, que en los noventa era sinónimo de fuga de cerebros y salarios bajos, ha escalado hasta situarse en torno al 80% de la media europea"
El motor de esta transformación no fue la homogeneidad cultural ni la supuesta predisposición al esfuerzo: fue el acceso al mercado interior europeo, la armonización regulatoria, los fondos estructurales y la claridad institucional. Dicho sin florituras: la convergencia económica se acelera cuando existe un horizonte creíble, estable y financiado de integración profunda.


Y, además, ¿quién sabe si Polonia, Hungría y los países bálticos no hubieran sido atacados por Putin si no fueran miembros de la Unión Europea? 

El Mediterráneo, la frontera olvidada del crecimiento europeo

Si Europa del Este se convirtió en una historia de éxito gracias a su integración económica, el Mediterráneo podría convertirse en la próxima frontera de crecimiento. Marruecos, Argelia y Túnez mantienen desde hace décadas un grado de interacción con Europa que va más allá de la visión de "vecindad problemática".

Marruecos se ha consolidado como uno de los principales socios comerciales de España fuera de la Unión Europea, superando a importantes economías latinoamericanas, mientras que Europa sigue dependiendo del gas argelino, incluso en medio de una transición energética hacia fuentes renovables. Los puertos mediterráneos —Algeciras, València y Barcelona— conectan directamente ambos flancos del sur de Europa y sostienen redes de suministro que son vitales para el comercio regional. Esta interacción económica se refleja también en la sociedad: la diáspora magrebí en España lleva más de tres décadas establecida, con segundas y terceras generaciones plenamente escolarizadas e integradas en el mercado laboral, formando un tejido social y económico cada vez más consolidado.

"Marruecos se ha consolidado como uno de los principales socios comerciales de España fuera de la Unión Europea, superando a importantes economías latinoamericanas"
Y, sin embargo, la narrativa española —y en parte europea— insiste en solo leer esta relación a través del prisma de la seguridad: fronteras, control migratorio y radicalización. La migración magrebí se percibe como ajena, disruptiva, culturalmente distante. Pero lo que se describe como "problemas de integración" suele ser, en realidad,
pobreza, discriminación en el acceso a vivienda, segregación escolar y precariedad laboral. 

Pero hay algo aún más estructural: Europa no ha articulado todavía un marco económico mediterráneo que reduzca la incertidumbre y genere convergencia, como sí hizo con la Europa del Este.

El Pacto por el Mediterráneo: un esbozo de arquitectura económica

Bruselas impulsa un Pacto por el Mediterráneo que establezca una relación más profunda, más organizada y menos reactiva entre la UE y sus vecinos magrebíes. Inspirado en modelos como el Espacio Económico Europeo, este pacto iría más allá de los acuerdos comerciales actuales.

El diseño preliminar de este marco se apoya en tres pilares: 1) El acceso progresivo al mercado interior: un esquema de convergencia regulatoria en bienes, servicios, estándares industriales, agricultura, energía y digitalización. 2) Una movilidad laboral regulada: Europa necesita trabajadores. Sus tasas de envejecimiento lo confirman. En lugar de gestionar la movilidad con instrumentos ad hoc o por vía irregular, el pacto propone mecanismos bilaterales de movilidad circular, formación profesional conjunta y reconocimiento mutuo de cualificaciones. 3) Los fondos de convergencia mediterránea. Si Europa aprendió algo del este, es que sin inversión estructural no hay convergencia. Esto implica infraestructuras logísticas, interconexiones energéticas, digitalización, educación y fortalecimiento institucional. No sería una réplica exacta de los fondos de cohesión, pero sí un instrumento propio, adaptado a la región.

La geopolítica de la convergencia

¿Por qué plantear ahora este debate? Porque Europa entra en una década decisiva. La ampliación hacia Ucrania, Moldavia y los Balcanes occidentales reactivará la política de vecindad, y el Mediterráneo corre el riesgo de quedar relegado a una segunda fila geopolítica. Para España, eso sería un error histórico.

"La integración no depende solo de afinidades culturales; depende de instituciones compartidas, de horizontes previsibles y de oportunidades reales de ascenso social"
El Magreb es nuestra 
vecindad natural, nuestra primera frontera energética, nuestra primera frontera social y nuestro primer corredor comercial extracomunitario. Pero, sobre todo, es el espacio donde se juega el futuro de la integración migratoria en Europa. La experiencia demuestra que la movilidad se gestiona mejor —y se percibe mejor— cuando existe un marco económico común. La integración no depende solo de afinidades culturales; depende de instituciones compartidas, de horizontes previsibles y de oportunidades reales de ascenso social.

Si el Magreb participara en un espacio económico europeo, aunque fuera de naturaleza asociada, veríamos dinámicas similares a las del este: los beneficios de un proceso de convergencia económica incluirían reducciones significativas de la pobreza y del paro juvenil, un incremento sostenido del comercio bilateral, un crecimiento de la inversión extranjera directa, la regularización de la movilidad laboral y, con el tiempo, la normalización plena de las diásporas, integrándolas de manera estructural tanto en las economías de origen como en las de destino. Los debates sobre integración se desplazarían de lo identitario a lo estructural.

¿Y España? Ante una oportunidad pero sin ingenuidad

España debería desempeñar un papel central en esta agenda. Es momento de abandonar la inercia y aprovechar la oportunidad pero sin ingenuidad. Hoy lamentamos la dependencia energética que Alemania desarrolló con el gas ruso; España y la Comisión Europea no pueden permitirse caer en errores equivalentes. En este contexto, conviene identificar con precisión algunos ámbitos estratégicos que requieren una atención prioritaria.

El primero es la reislamización de parte de la juventud musulmana en Francia, un fenómeno que no debe leerse únicamente en clave francesa: puede anticipar dinámicas que ya se están produciendo o podrían reproducirse en otros países europeos. El segundo es la creciente atracción que ejerce China sobre regímenes del norte de África, que ven en su modelo político-económico algo especialmente seductor: crecimiento rápido, avance social para amplias capas de la población y, al mismo tiempo, liderazgos fuertes y autócratas. A ello se suma un factor geoeconómico decisivo: el papel del puerto Tanger Med, que está reconfigurando la geopolítica del Estrecho de Gibraltar y alterando las cadenas logísticas regionales.

"El verdadero debate no es si «los musulmanes se integran peor que los colombianos», sino comprender que ningún colectivo se integra bien en un entorno de precariedad"
España es, en este tablero, el país que más se la juega: en lo económico, en lo diplomático y en lo social. Por eso el verdadero debate no es si "los musulmanes se integran peor que los colombianos", sino comprender que ningún colectivo se integra bien en un entorno de precariedad, segregación y falta de horizonte compartido. La integración real —la que reduce desigualdades y genera cohesión— exige estructuras estables, políticas sostenidas y un proyecto económico inclusivo.


El Pacto por el Mediterráneo ofrece, por primera vez en mucho tiempo, la posibilidad de dejar de ver la frontera sur como un problema y empezar a entenderla como un activo geoeconómico. Europa necesita crecer; su demografía lo dificulta y su productividad se estanca. Mirar al sur ya no es un gesto altruista, sino una necesidad estratégica.

¿Qué ocurriría si Marruecos, Argelia o Túnez se integraran en un espacio económico mediterráneo asociado a la UE? Lo más probable sería un escenario de mayor inversión, crecimiento, movilidad ordenada, estabilidad institucional y una narrativa de integración que dejara de obsesionarse con las diferencias culturales para centrarse en las oportunidades compartidas.

España, por geografía, historia e interés propio, es el país que más puede ganar con ese cambio de paradigma. Y, quizá también, el que más tiene que perder si no lo lidera.
Marc López Plana
Marc López Plana
Editor y director de 'Agenda Pública'
Participación