Miércoles, 29 de julio de 2026
ARMAS Y RUBLOS

Rusia está sacrificando su economía para sostener la guerra

La economía rusa vive "atrapada en un modelo que sacrifica el mañana para sostener el presente". Después de tres años de invasión, el analista de defensa Antonio Legaz profundiza en cómo la economía rusa ha resistido las sanciones occidentales. El ajuste, advierte, será duro: "ningún país puede sostener indefinidamente una economía de guerra sin pagar un precio".

Antonio Legaz Antonio Legaz 24 de octubre de 2025
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Vladímir Putin durante el desfile naval de San Petesburgo (2021). | Consejo de la Federación
Vladímir Putin durante el desfile naval de San Petesburgo (2021). | Consejo de la Federación
Cuando comenzó la invasión a gran escala de Ucrania en 2022, muchos expertos y gobiernos occidentales pronosticaron un colapso rápido de la economía rusa. Sin embargo, tres años y medio después, Rusia sigue en pie, aunque a un precio cada vez más alto. ¿Por qué no se ha hundido la economía rusa? ¿Y por qué ahora, en 2025, los signos de agotamiento y crisis se hacen cada vez más visibles?

La respuesta está en una transformación profunda y forzada del modelo económico ruso. Desde 2014, tras la anexión de Crimea, el Kremlin se preparó para un escenario de aislamiento: acumuló reservas de divisas, redujo deuda externa y diseñó una política de "Fortaleza Rusia". Cuando llegaron las sanciones tras la invasión de Ucrania, el país tenía esos colchones y una economía menos dependiente del exterior. Además, los precios internacionales del petróleo y el gas —que subieron en los primeros meses de la guerra— permitieron a Moscú mantener ingresos elevados y financiar el esfuerzo bélico.

"El modelo de economía de la muerte ha creado una nueva clase media de guerra: familias que, a costa de un enorme riesgo vital, han salido de la pobreza gracias al dinero del conflicto"
Pero esta resistencia tenía trampa. El crecimiento ruso de 2023 y 2024 (más del 4% anual) no fue fruto de una economía sana, sino de un auge artificial provocado por el gasto militar masivo. El Estado volcó recursos en el complejo militar-industrial, disparando la producción de armas, municiones y equipamiento, y generando pleno empleo en las regiones más pobres del país. Los salarios subieron, el paro cayó a mínimos históricos y millones de familias recibieron ingresos extraordinarios, ya fuera por enrolarse en el ejército o por las compensaciones a los caídos en combate. Este fenómeno, bautizado como deathonomics (economía de la muerte), ha creado una nueva clase media de guerra: familias que, a costa de un enorme riesgo vital, han salido de la pobreza gracias al dinero del conflicto.


Sin embargo, este modelo tiene graves consecuencias. El crecimiento se concentra en la industria militar, mientras que los sectores civiles (automoción, construcción, agricultura, comercio) sufren estancamiento o retroceso. Las empresas civiles, incapaces de competir por mano de obra y recursos, han tenido que reducir la semana laboral a cuatro días, una medida que busca evitar despidos masivos, pero que implica pérdida de ingresos y precariedad para millones de trabajadores. En ciudades industriales como Togliatti, donde la automovilística AvtoVAZ es el principal empleador, la semana reducida es ya la norma, no la excepción.

El Estado, para sostener este modelo, ha recurrido a subidas de impuestos —por ejemplo, el impuesto al consumo pasa del 20% al 22% en 2025), a la emisión de deuda interna y al uso de los fondos de reserva acumulados en años anteriores. Pero los colchones se agotan: el déficit presupuestario se ha multiplicado, los ingresos por exportaciones energéticas caen —por sanciones y por la bajada de precios del petróleo—, y la inflación se mantiene alta, obligando al Banco de Rusia a mantener tipos de interés muy elevados (17–21%), lo que asfixia aún más a la economía civil.

Así, la economía rusa ha resistido gracias a una movilización total de recursos hacia la guerra, sacrificando el bienestar y el desarrollo civil. Pero este modelo muestra signos claros de agotamiento: el crecimiento se frena, la inflación erosiona los salarios, y el Estado debe elegir entre seguir gastando en defensa o afrontar una recesión profunda.

El coste social y los límites de la economía de guerra

La apuesta del Kremlin por priorizar el gasto militar tiene consecuencias sociales y económicas de gran calado. Por un lado, ha permitido evitar un colapso inmediato y mantener la estabilidad política y social en el corto plazo. Por otro, ha generado desequilibrios que amenazan con explotar en cualquier momento.

"Casi cuatro de cada diez rublos del presupuesto federal ruso se destinan a defensa, seguridad y policía, generando dependencias directas o indirectas del dinero de la guerra"
El primer gran problema es la dependencia absoluta del sector militar. Hoy, casi cuatro de cada diez rublos del presupuesto federal se destinan a defensa, seguridad y policía. Esto significa que millones de rusos dependen directa o indirectamente del dinero de la guerra: soldados, empleados de fábricas de armamento, familias que reciben compensaciones por bajas, proveedores de servicios a la industria militar, etc. Si el Estado recorta el gasto en defensa, el efecto dominó sería devastador: paro, caída de ingresos, cierre de empresas y riesgo de protestas sociales.


Del mismo modo, mantener este nivel de gasto es cada vez más difícil. El boom de los dos últimos años se apaga: la economía entró en recesión técnica a principios de 2025, el déficit presupuestario se dispara y los fondos de reserva se agotan a ritmo acelerado. El gobierno ha optado por subir impuestos y recortar el gasto civil, pero esto solo agrava el malestar social y la pérdida de poder adquisitivo. La inflación, impulsada por el gasto militar y la escasez de mano de obra, golpea especialmente a los más pobres, que ven cómo los precios suben mucho más rápido que los salarios.

Además, la economía rusa sufre una "fuga de cerebros" y de mano de obra: más de un millón de personas han abandonado el país desde 2022, y la movilización militar ha vaciado de trabajadores a sectores clave como la construcción, el transporte o la agricultura. Las empresas civiles no pueden competir con los salarios y las condiciones que ofrece el Estado a los movilizados o a los empleados del complejo militar-industrial. Esto explica, en parte, la reducción de la semana laboral en muchas industrias: simplemente no hay suficiente demanda ni trabajadores para mantener la actividad a tiempo completo.

El futuro inmediato es incierto. Si la guerra continúa y el Estado sigue priorizando el gasto militar, la economía civil seguirá deteriorándose, con riesgo de una crisis social a medio plazo. Si, por el contrario, el Kremlin se ve obligado a recortar el gasto en defensa (por falta de recursos o presión internacional), el impacto sería inmediato y profundo: recesión, paro y descontento social. Varios analistas apuntan ya a la idea de la trampa 22: Rusia no puede dejar de gastar en defensa sin provocar una crisis, pero tampoco puede sostener indefinidamente este nivel de gasto sin agotar sus recursos.

En paralelo, la economía rusa ha perdido atractivo para la inversión extranjera y la innovación. Las nacionalizaciones, la redistribución de la riqueza hacia los leales al Kremlin y la falta de competencia han erosionado el clima de negocios. Ni las empresas occidentales ni las chinas muestran interés en invertir a largo plazo en Rusia, salvo para suministrar bienes de consumo o insumos críticos para la guerra.

Por tanto, Rusia avanza por una cuerda floja cada vez más tensa, atrapada en un modelo que sacrifica el mañana para sostener el presente. Como resume la economista Elina Ribakova, "Rusia está en una trampa de la que no sabe cómo salir: si sigue gastando en defensa, ahoga su economía civil. Si recorta el gasto militar, arriesga la estabilidad social y política. El desenlace, tarde o temprano, será doloroso". La historia enseña que ningún país puede sostener indefinidamente una economía de guerra, sin pagar un precio. La pregunta que queda en el aire es cuánto más podrá el Kremlin aguantar antes de que la factura, social y económica, se vuelva impagable.
Antonio Legaz
Antonio Legaz
Analista de defensa e inteligencia en una empresa del sector de la defensa
Participación