Martes, 28 de julio de 2026
DEFENSA

Cumbre de la OTAN en Ankara: la prueba de madurez de Europa

¿Puede Europa defenderse con menos Estados Unidos? Tras la cumbre de la OTAN en Ankara, Antonio Legaz, analista de defensa y seguridad, examina si el continente puede transformar más gasto, contratos y apoyo a Ucrania en poder efectivo. Porque "los comunicados se narran en pasado, los contratos prometen en futuro y las guerras se libran en presente".

Antonio Legaz Antonio Legaz 20 de julio de 2026
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El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, junto al presidente estadounidense, Donald Trump, en la cumbre de Ankara. | Beata Zawrzel / Zuma Press / Europa Press
El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, junto al presidente estadounidense, Donald Trump, en la cumbre de Ankara. | Beata Zawrzel / Zuma Press / Europa Press
Al concluir la cumbre de la OTAN en Ankara, Recep Tayyip Erdoğan entregó a cada jefe de Estado un revólver Gümüşay del calibre .357, fabricado por la empresa pública turca MKE, grabado con su nombre y presentado en una caja de madera junto a seis cartuchos y un kit de limpieza. Algunos mandatarios no podían introducir legalmente el regalo en sus países, mientras que otros lo dejaron en sus embajadas, lo entregaron a la policía o anunciaron que acabaría en un museo. La cumbre dedicada a devolver las armas al centro de la política europea terminó, así, con un arma que casi nadie sabía cómo llevarse a casa.

"En una alianza, cuanto más delicado es el desacuerdo, más corto suele ser el vocabulario común"
El gesto simplificaba el mensaje que Turquía quería transmitir a la Alianza: aquí no solo se firman comunicados, aquí se fabrica poder. El comunicado final fue menos vistoso. Seis párrafos y 485 palabras bastaron para reafirmar el artículo 5, señalar a Rusia, apoyar a Ucrania, advertir a Irán y celebrar el aumento de la inversión. La brevedad fue presentada como eficacia, aunque marcaba el límite del consenso. En una alianza, cuanto más delicado es el desacuerdo, más corto suele ser el vocabulario común. Pese a todo, la cumbre de Ankara añadió seis palabras al diccionario atlántico.

La primera es carga. Cargar procede del latín vulgar carricāre, derivado de carrus, carro. Antes de convertirse en abstracción presupuestaria, la carga fue aquello que se colocaba sobre un carro, una bestia o unos hombros. El español conserva una polisemia exacta para la cumbre: cargar es imponer un peso, introducir munición, anotar una deuda y lanzarse contra el adversario.

En etapas anteriores, la OTAN habló de burden sharing, reparto de la carga. La expresión mostraba a Estados Unidos sosteniendo la estructura mientras pedía a los europeos que arrimaran el hombro. Ankara consagró otra fórmula, burden shifting, desplazamiento de la carga. Cuando un peso se comparte, continúa sobre los mismos hombros, mientras que si se desplaza, cambia de portador. Washington no reclama únicamente que Europa pague más: empieza a retirar una parte de los medios con los que garantizaba su seguridad. Ha comunicado recortes en las capacidades asignadas al continente —la mitad de los bombarderos estratégicos, un tercio de los cazas, menos drones y reabastecimiento aéreo y ningún submarino desplegado en Europa—, mientras el siguiente ciclo de planeamiento aliado no culminará hasta 2030. La carga se mueve más deprisa que la espalda europea capaz de recibirla.

"Washington no reclama únicamente que Europa pague más: empieza a retirar una parte de los medios con los que garantizaba su seguridad"
Por eso el 5% del PIB fijado para 2035 importa menos como cifra que como verbo. Gastar no equivale a cargar con algo. Para Trump, la carga es una factura atrasada. En cambio, para Polonia o los bálticos, el precio de seguir existiendo, y para las sociedades occidentales, la renuncia a otros bienes públicos. Al mismo tiempo, para Turquía equivale a una gran oportunidad industrial. Los aliados europeos y Canadá aumentaron en 139.000 millones de dólares su inversión militar en un año. El carro se mueve, pero ahora falta saber si transporta capacidades o presupuestos.

La segunda palabra es entrega. Entregar procede de integrāre, restituir algo a su estado entero, y este de integer: entero, íntegro, no tocado. Entrega e integridad son, por tanto, ramas de una misma familia que la historia del idioma ha llevado en direcciones distintas. En el origen, entregar no consistía tanto en desprenderse de algo como en reintegrarlo, en devolverle su entereza antes de ponerlo en manos de otro. Esa doble dirección (recomponer y ceder) encajaba bien con la ambición y el riesgo de Ankara. Mark Rutte llamó a la reunión una delivery summit y resumió su resultado con dos palabras: "NATO delivers". Entregar puede significar dar, cumplir y sacrificarse, pero también ceder o rendirse. Una alianza puede entregar armas a sus miembros o entregarse a la ilusión de que anunciar un contrato equivale a disponer de él. Si la cumbre merecía su nombre, debía reintegrar a las fuerzas europeas la consistencia material perdida durante décadas de paz. Si fracasaba, Europa podía acabar entregando su capacidad de decisión a cambio de equipos que otros fabrican, actualizan y controlan.

La cumbre respondió con cifras: más de 50.000 millones de dólares en adquisiciones, 40.000 millones para sistemas no tripulados y 27.000 millones de euros para depósitos, distribución y oleoductos de combustible. Se avanzó en nuevos sistemas de vigilancia, aviones cisterna y transporte estratégico. La OTAN habló de inteligencia artificial y drones, pero también de queroseno, hangares y tuberías. Fue una corrección material a una época que había olvidado todo lo que debe funcionar para que una plataforma llegue, dispare y regrese.

"Los comunicados se narran en pasado, los contratos prometen en futuro y las guerras se libran en presente"
El problema de la entrega es el tiempo verbal. Los comunicados se narran en pasado, los contratos prometen en futuro y las guerras se libran en presente. Un avión encargado en Ankara puede no estar disponible hasta finales de la década. Una fábrica necesita trabajadores, componentes, energía, permisos y pedidos previsibles. Europa gasta mucho más que Rusia, pero fragmenta ese dinero entre mercados nacionales, series cortas y requisitos incompatibles. El presupuesto aparece de inmediato, la fuerza llega después. Entre ambos se abre el espacio donde el músculo anunciado puede atrofiarse antes incluso de existir.

La tercera palabra es pilar. Un pilar no se define por su altura, sino por la carga que soporta. El pilar europeo de la OTAN ha sido más metáfora que estructura, apareciendo en discursos, pero se vuelve borroso cuando se pregunta quién lo dirige, qué capacidades aporta y quién decide en una crisis. Ankara confirmó que tampoco será sinónimo de ejército de la Unión Europea. Su núcleo político se organiza alrededor del E5 (Alemania, Francia, Italia, Polonia y Reino Unido); su geometría militar necesita a Noruega y Turquía; y sus cimientos continúan dependiendo de Estados Unidos en disuasión nuclear, inteligencia, espacio y transporte estratégico.

"Estados Unidos lleva años pidiendo un aliado europeo más fuerte; quizá descubra que todo pilar que sostiene un edificio termina también condicionando su forma"
Cada capital dibuja una columna distinta. Washington quiere que sostenga Europa mientras libera recursos hacia Asia. Francia ve el armazón de una soberanía propia. Polonia lo acepta siempre que refuerce la presencia estadounidense. Turquía exige que Europa no levante una arquitectura industrial dejándola fuera. El resultado será una construcción híbrida, más amplia que la Unión, menos completa que la OTAN y obligada a soportar cada vez más peso. Estados Unidos lleva años pidiendo un aliado europeo más fuerte; quizá descubra que todo pilar que sostiene un edificio termina también condicionando su forma. Quizá ahora descubra que aliados fuertes tienen la costumbre de desarrollar opiniones propias.

La cuarta palabra es autonomía. En griego, autós y nómos designaban la capacidad de vivir bajo la ley propia. La autonomía nació como una cuestión política: quién dicta la norma y quién debe obedecerla. El diccionario conserva, sin embargo, otra acepción más actual: "la distancia que un vehículo puede recorrer sin repostar". Tal vez sea la mejor definición de la autonomía estratégica europea. La cuestión no consiste en saber si Europa puede caminar completamente sola, sino cuánta distancia puede recorrer sin el combustible, los satélites, la inteligencia, el mando y la protección nuclear estadounidenses.

Esa autonomía se decide cada vez menos en el acero y más en el código. Francia impulsa Arcadia como alternativa al Maven Smart System de Palantir. Maven, procedente del yidis y del hebreo, significa "el que comprende". Arcadia remite a una región montañosa del Peloponeso formada por comunidades cuya unidad política terminó articulándose en una liga para preservar su independencia frente al poder espartano. Arcadia alude a una pluralidad que aprende a organizarse sin necesitar al individualista experto (Maven). Tampoco Europa debe convertirse en una organización de expertos atomizados, sino caminar hacia Arcadia, un ecosistema de Estados interdependientes.

"Ser autónomo no significa fabricar cada tornillo: significa distinguir entre la dependencia que conecta y la que obedece"
La autonomía comienza donde existe la posibilidad técnica de decir no. Un sistema puede ser interoperable y producir subordinación si sus actualizaciones, datos o funciones críticas dependen de un proveedor extranjero. Europa seguirá comprando armamento estadounidense durante años; la contradicción es que necesita esa dependencia para reducir otras más urgentes. Ser autónomo no significa fabricar cada tornillo: significa distinguir entre la dependencia que conecta y la que obedece.

La quinta palabra es disuasión. Disuadir y persuadir proceden del mismo suadēre latino: aconsejar. La disuasión es la hermana áspera de la persuasión: ambas intentan modificar la voluntad ajena; una invita a avanzar y la otra aconseja desistir. Antes de ser nuclear, la disuasión fue retórica. Su objetivo no es destruir al adversario, sino cambiar la frase que se dice antes de actuar: "no lo conseguirás" o "el precio será mayor que la ganancia".

"La tecnología decisiva envejece en meses; lo decisivo es aprender antes que el enemigo"
La experiencia de Ucrania ha desplazado esa gramática desde la superioridad hacia la negación. Europa no necesita reproducir tanque por tanque el orden de batalla ruso, necesita prometer a Moscú una guerra que no pueda convertirse en victoria política. Drones baratos, sensores extendidos, guerra electrónica y municiones de precisión han encarecido la conquista y abaratado la resistencia. En Ucrania, proyectiles guiados que alcanzaban cerca del 70% de sus blancos cayeron hasta alrededor del 6% tras la adaptación electrónica. La tecnología decisiva envejece en meses; lo decisivo es aprender antes que el enemigo.

Por eso Ucrania aparece en Ankara como algo más que un país protegido. La declaración afirma que "contribuye a la seguridad transatlántica", y los aliados comprometieron 70.000 millones de euros para 2026 y al menos una cifra equivalente para 2027. Kiev recibe sistemas occidentales, pero devuelve doctrina, datos e innovación. El alumno enseña a sus protectores a sobrevivir en el campo de batalla que ellos llevaban décadas simulando.

La sexta y última palabra es madurez. Maturus significaba maduro, pero también oportuno: aquello que llega a su punto a tiempo. Un fruto que madura después de la helada puede haber completado su desarrollo y seguir siendo inútil. También en finanzas, la madurez es el momento en que una obligación vence. Europa ha acumulado una deuda estratégica y el contexto internacional empieza a fijar su vencimiento.

"Europa ha acumulado una deuda estratégica y el contexto internacional empieza a fijar su vencimiento"
La madurez no consiste en proclamar que Europa puede prescindir de Estados Unidos, sino en dejar de organizar su seguridad como si la disponibilidad estadounidense fuese un recurso natural. Durante décadas, Europa trasladó a Washington la parte coercitiva del orden que le permitía imaginarse poshistórica. No había salido de la historia: había externalizado su violencia legítima. La cumbre de Ankara modifica ese contrato. Europa debe convertirse en corresponsable sin confundir autonomía con soledad ni alianza con tutela, y hacerlo antes de que coincidan el repliegue estadounidense, la lentitud industrial europea y la voluntad rusa de probar el intervalo.

Erdoğan colocó seis cartuchos junto al revólver. La cumbre dejó también seis palabras sobre la mesa: carga, entrega, pilar, autonomía, disuasión y madurez. Todas nombran algo que Europa debe financiar, construir o aprender. Sin embargo, en Ankara apenas se pronunció la palabra de la que dependen las otras seis: confianza.

"El error comenzó cuando confundió haber desactivado sus propias rivalidades con haber desactivado la historia"
Las alianzas existen en arsenales, bases y tratados, pero sobreviven en la imaginación del adversario. Necesitan que alguien crea que la carga será asumida, la entrega llegará, el pilar resistirá y la amenaza será cumplida. Los revólveres de Erdoğan acabarán por ser descargados, inutilizados y ordenados en vitrinas. Europa dedicó buena parte de su historia reciente a conseguir precisamente eso, que las armas pasaran del centro de la política a los museos. Fue una conquista civilizatoria, no una ingenuidad. El error comenzó cuando confundió haber desactivado sus propias rivalidades con haber desactivado la historia. La cumbre deja una pregunta dentro de aquella caja de madera, no solo si Europa está dispuesta a volver a disparar, sino si reunirá suficiente poder para que nadie llegue a obligarla a hacerlo.
Antonio Legaz
Antonio Legaz
Analista de defensa e inteligencia en una empresa del sector de la defensa
Participación