Cuatro años después del inicio de la invasión rusa, la guerra en Ucrania ha entrado en una fase que
desafía las categorías clásicas del análisis de conflictos.
Lejos de una resolución militar o de una negociación orientada a la paz, el escenario actual se caracteriza por una
estabilización precaria en la que confluyen
desgaste, fragmentación de apoyos externos y procesos negociadores que funcionan más como instrumentos de gestión que como vías de solución. El conflicto presenta una estructura que ya no responde a la lógica de la guerra convencional, sino a la de
un sistema de bloqueos mutuamente reforzados: militar, diplomático, energético e industrial. Analizar este momento exige examinar las dinámicas que están determinando —y previsiblemente seguirán determinando— el curso de la guerra. En este momento, interactúan al menos tres dimensiones:
la transformación del papel de EE. UU., la consolidación de la estrategia rusa y las limitaciones de la Unión Europea. Estas variables, sumadas a
la guerra en Irán, no son independientes, pues todas ellas se alimentan y se amplifican mutuamente.
Negociar sin resolver: la función estratégica de las conversaciones de paz
Las negociaciones entre Rusia y Ucrania, reactivadas bajo impulso estadounidense, han adquirido un
carácter ambiguo. Si bien formalmente avanzan —con sucesivas rondas y reducción de puntos de desacuerdo—, en la práctica
no han modificado las posiciones de fondo. El núcleo del conflicto sigue siendo irreconciliable:
Rusia aspira a consolidar el control sobre los territorios ocupados, mientras Ucrania no puede aceptar dichas pérdidas sin comprometer su estabilidad política interna.
"Las negociaciones cumplen una función distinta a la que cabría esperar. Más que un espacio de convergencia, operan como un mecanismo de señalización estratégica"
En este contexto, las negociaciones cumplen una función distinta a la que cabría esperar. Más que un espacio de convergencia, operan como un mecanismo de señalización estratégica. Permiten a Moscú
poner a prueba los límites de las concesiones occidentales y a Washington
proyectar una imagen de liderazgo diplomático, sin asumir plenamente los costes de un acuerdo desfavorable para Kiev. La negociación, en definitiva,
no está orientada a resolver el conflicto, sino a administrarlo.
EE. UU. bajo Trump: pragmatismo, costes y desplazamiento estratégico
La presidencia de Donald Trump ha introducido un
cambio sustancial en la política estadounidense hacia Ucrania. Frente al papel tradicional de garante del orden internacional, EE. UU. adopta ahora una lógica abiertamente transaccional. La prioridad pasa de la
defensa de principios normativos a la
obtención de resultados rápidos y políticamente rentables.
Este giro se refleja en la
naturaleza de las propuestas de paz impulsadas por Washington, que incorporan
concesiones significativas a Rusia y han sido percibidas en Ucrania como una presión indirecta para aceptar un acuerdo desfavorable. En este sentido, EE. UU. ha seguido un patrón de negociación de diplomacia coercitiva que consiste en
negociar con la parte más fuerte, Rusia, y ejercer presión sobre la parte más vulnerable, Ucrania, para que acepte las condiciones, buscando victorias diplomáticas rápidas aunque el coste recaiga sobre un tercero.
El documento original del
plan de paz de veintiocho puntos presentado por Washington a finales de noviembre de 2025 se negoció previamente con Moscú
sin participación directa de Kiev, con el
reconocimiento de facto de Crimea, Lugansk y Donetsk como territorio ruso, incluso por parte de EE. UU., la
congelación de la línea del frente y la prohibición constitucional de adhesión de Ucrania
a la OTAN. El propio Trump se atribuía la presidencia de un Consejo de Paz para supervisar la implementación, en un diseño institucional que reproducía el patrón ya ensayado con el plan para Gaza. Las sucesivas rondas en Ginebra, Abu Dabi y Estambul han reducido el documento a diecinueve puntos sin producir avances sustanciales. Desde la perspectiva del Kremlin, las conversaciones son útiles en tanto permiten sondear los límites de Washington y explorar qué está dispuesto a sacrificar; desde la perspectiva estadounidense, son una ocasión de acercar posiciones sin reconocer públicamente que el plan original favorecía demasiado a Rusia. El resultado es
un proceso negociador que funciona como señalización recíproca más que como negociación sustantiva.
Sin embargo, esta situación se ha visto condicionada por un factor clave: la apertura del frente iraní. La implicación estadounidense en Oriente Medio ha
absorbido recursos militares, atención política y capital estratégico. Como consecuencia,
Ucrania ha dejado de ocupar una posición central en la agenda de Washington. Esta reorientación no solo reduce el apoyo material, sino que introduce una
incertidumbre estructural sobre la continuidad del compromiso estadounidense. El resultado es un desplazamiento estratégico donde Ucrania ha pasado de ser una prioridad a convertirse en un escenario más dentro de una agenda global crecientemente fragmentada.
Rusia: una estrategia de desgaste sostenido
En paralelo, Rusia ha consolidado una
estrategia coherente basada en el desgaste prolongado (
attrition warfare) combinado con lo que los analistas de seguridad denominan coerción mediante castigo (
coercion by punishment). Esto significa que, lejos de buscar una victoria rápida, Moscú apuesta por
erosionar gradualmente la capacidad militar, económica y social de Ucrania. Esta estrategia combina
avances territoriales limitados con ataques sistemáticos a infraestructuras críticas, orientados a debilitar la resiliencia del país.
"El elemento diferencial en esta fase del conflicto no es solo la acción militar directa, sino su articulación con el entorno internacional"
El elemento diferencial en esta fase del conflicto no es solo la acción militar directa, sino su articulación con el entorno internacional. Rusia ha sabido capitalizar el
agotamiento progresivo del apoyo occidental y la
dispersión de prioridades estratégicas de sus adversarios. En este sentido, el debilitamiento del suministro de armamento a Ucrania constituye un factor clave.
El mecanismo PURL (Prioritised Ukraine Requirement List), concebido en verano de 2025, tenía como objetivo
sostener el flujo de armamento mediante financiación europea y suministro estadounidense, lo que refleja tanto la
dependencia estructural de Kiev como las limitaciones del modelo. Y si a esto sumamos la creciente escasez de recursos —agravada por la guerra en Irán—, ha puesto en cuestión su viabilidad. Así, la estrategia rusa se beneficia no solo de sus propias capacidades, sino de las
debilidades del sistema de apoyo a Ucrania.
La Unión Europea: entre el compromiso político y la fragmentación operativa
Por su parte, la Unión Europea continúa enfrentando una
tensión entre su discurso político y su capacidad de acción. Aunque mantiene un compromiso firme con Ucrania,
las divisiones internas limitan su eficacia como actor geopolítico. Uno de los ejemplos más relevantes es el conflicto desplegado en torno al oleoducto Druzhba. Las disputas entre Ucrania, Hungría y Eslovaquia han derivado en
bloqueos políticos que afectan decisiones clave, como la aprobación de sanciones o la movilización de ayuda financiera. En este sentido, Hungría ha vetado
el préstamo de 90.000 millones de euros destinado a Ucrania para 2026 y 2027, así como la aprobación del vigésimo paquete de sanciones contra Rusia. Orbán ha sintetizado la posición con una formulación que no deja lugar a la ambigüedad: "Si el presidente Zelenski quiere su dinero de Bruselas, debe reabrirse el Druzhba. Sin petróleo, no hay dinero". Este episodio, que muestra una importante contradicción de fondo, surge mientras la UE busca reducir su dependencia energética de Rusia y algunos Estados miembros siguen condicionados por necesidades inmediatas que influyen en su comportamiento político.
Además, el uso del veto como herramienta de política interna pone de manifiesto una
debilidad institucional añadida. La
exigencia de unanimidad en determinadas decisiones permite que
intereses nacionales particulares bloqueen la acción colectiva, erosionando la coherencia de la política exterior europea. Son ya varios los casos de discrepancias abiertas, que dejan ver las costuras de la UE ante la ausencia de una
autonomía estratégica efectiva, lo que limita sus capacidades para ofrecer una respuesta coordinada a un entorno internacional cada vez más inestable.
La guerra en Irán y el camino hacia la congelación del conflicto
El último factor ineludible a considerar es la guerra en Irán, que introduce un
elemento de disrupción más allá del ámbito regional. Su impacto sobre el conflicto en Ucrania es múltiple. En primer lugar, ha
desplazado la atención internacional, reduciendo la centralidad de Ucrania
en la agenda global. En segundo lugar, ha
tensionado los recursos militares occidentales, afectando directamente al suministro de armamento. Y, en tercer lugar, ha incrementado la
incertidumbre estratégica, dificultando la planificación a largo plazo. Para Ucrania, este contexto supone un deterioro de sus expectativas. La competencia por recursos y atención limita su capacidad de sostener el esfuerzo bélico y reduce el margen de maniobra diplomático.
"La interacción de estos factores apunta hacia un escenario de congelación del conflicto. Sin embargo, no se trataría de una «pausa» equilibrada, sino de una estabilización en condiciones favorables para Rusia"
La interacción de estos factores apunta hacia un escenario de congelación del conflicto. Sin embargo, no se trataría de una "pausa" equilibrada, sino de una estabilización en condiciones favorables para Rusia. Las posiciones de partida siguen siendo incompatibles —Rusia busca consolidar el control sobre los territorios ocupados y transformar la situación militar en una realidad política estable, mientras Ucrania no puede aceptar esa pérdida territorial sin asumir un coste interno difícilmente sostenible—, y lo más probable es que se imponga esa congelación del conflicto. Ucrania enfrenta un
desgaste progresivo que afecta tanto a su
capacidad militar como a su
posición negociadora. El riesgo no es una derrota abrupta, sino una
pérdida gradual de capacidad de resistencia, tanto en el plano material como en el político y social. Así, esta congelación no sería el resultado de un acuerdo negociado entre partes en posición de igualdad. Más bien, debe hablarse de ella como producto de un agotamiento diferencial, en el que Ucrania saldría en peor posición relativa que al inicio de las negociaciones. Kiev ha advertido con precisión que cualquier señal de relajación de las sanciones puede ser interpretada por Moscú como una oportunidad para prolongar el conflicto y consolidar sus avances.
Para la Unión Europea, este escenario plantea un
desafío estratégico de primer orden. Sin una
mayor autonomía en los ámbitos militar, energético y diplomático, su capacidad de influencia seguirá siendo limitada.
En última instancia, lo que está en juego no es únicamente el desenlace de la guerra en Ucrania: también está sobre la mesa la configuración del orden de seguridad europeo. Una
congelación asimétrica o una paz impuesta no resolverían el conflicto y consolidarían un
precedente de inestabilidad con implicaciones duraderas.