Martes, 28 de julio de 2026
INSTITUCIONES EUROPEAS

Atrapados en la complacencia: la factura que Europa no quiere pagar

Bruselas funciona "como un reloj" que resuelve los problemas que van surgiendo. Sin embargo, el experto en defensa Antonio Legaz recuerda que "los relojes no deciden la hora, solo la anuncian". Su tesis es que Europa debe "abandonar la ilusión de que la virtud normativa compensa siempre la insuficiencia material" y pasar a un nuevo plano: una "forma republicana de poder".

Antonio Legaz Antonio Legaz 4 de julio de 2026
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Banderas de la Unión Europea junto a la ucraniana y las de algunos Estados Miembros. | Parlamento Europeo
Banderas de la Unión Europea junto a la ucraniana y las de algunos Estados Miembros. | Parlamento Europeo
En 1949, sobre la noria del Prater vienés, Orson Welles puso en boca de Harry Lime una reflexión muy buena sobre las civilizaciones. Mirando a los transeúntes como puntos minúsculos desde la altura, Lime afirmaba: "En Italia, durante treinta años de dominación de los Borgia, hubo guerras, terror, asesinatos y matanzas, pero produjeron a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza tuvieron amor fraternal, quinientos años de democracia y paz, ¿y cuál fue el resultado? El reloj de cuco". La frase acertaba en que la civilización también puede convertirse en un mecanismo. O dicho de otra manera, puede dejar de ser una promesa y volverse una costumbre.

Setenta y siete años después, aquella noria sigue girando. Si Harry Lime subiera hoy y mirase no ya hacia la Viena dividida de posguerra, sino hacia Bruselas, quizá vería otra vez puntos ordenados: funcionarios que cruzan pasillos de cristal, ministros que aterrizan a tiempo, eurodiputados que votan expedientes, juristas que corrigen borradores, comunicados que condenan, reglamentos que matizan, etc. Europa ha aprendido, tras siglos de fanatismo, guerras civiles y millones de muertos, a funcionar como un reloj. Es fiable, preciso, civilizado. El problema es que los relojes no deciden la hora, solo la anuncian.

"Donald Trump había convertido el calendario en amenaza: si Europa no ratificaba antes del 4 de julio, podrían volver los castigos comerciales"
La semana del 15 al 20 de junio de 2026 ofreció un pequeño tratado práctico sobre esta condición europea. El martes 16, el Parlamento Europeo aprobó por 440 votos la legislación que implementa el acuerdo arancelario con Estados Unidos alcanzado en agosto de 2025. La Unión eliminaba aranceles sobre productos industriales estadounidenses y concedía acceso preferente a determinados productos agrícolas y pesqueros, mientras Washington mantenía un gravamen del 15% sobre la mayoría de las exportaciones europeas. Donald Trump había convertido el calendario en amenaza: si Europa no ratificaba antes del 4 de julio, podrían volver los castigos comerciales, especialmente sobre el automóvil. Europa cumplió, con más puntualidad que entusiasmo y, una vez más, la maquinaria funcionó como debía.


Dos días después, los líderes europeos debatieron cómo responder al creciente desequilibrio comercial con China. El déficit de la UE con Pekín supera ya los 360.000 millones de euros anuales, una cifra que, traducida a lenguaje político, significa más de mil millones al día de dependencia, desindustrialización potencial y vulnerabilidad estratégica. La respuesta fue, de nuevo, irreprochable en términos institucionales: pedir a la Comisión que reforzara instrumentos, explorara medidas, profundizara el diálogo y preparase nuevas herramientas de diversificación. El lunes siguiente se anunció que el comisario europeo de Comercio, Maroš Šefčovič, recibiría al ministro chino en Bruselas. Todo estaba en marcha, pero la pregunta no era si Europa tenía agenda, sino si tenía voluntad.

La misma semana, el Parlamento Europeo aprobó una resolución condenando las incursiones de drones rusos en el espacio aéreo y las infraestructuras de Estonia, Finlandia, Letonia, Lituania y Rumanía. Los eurodiputados hablaron de una amenaza deliberada y sistemática contra la seguridad, la resiliencia y la soberanía europeas. También pidieron fortalecer el flanco oriental de la OTAN y de la UE desde el Ártico hasta el mar Negro. Mientras tanto, Ucrania y Moldavia acababan de avanzar en sus procesos de adhesión con la apertura del bloque fundamental de negociaciones. La puerta europea se abría hacia el este, pero el cielo del este seguía siendo poroso.

Tres decisiones, tres veces en que el pajarito del reloj de cuco debió salir, pero se quedó en casa. En una semana se podría haber avanzado en tres pilares fundamentales (comercio con Estados Unidos, competencia con China y seguridad frente a Rusia). La Unión no se quedó callada, no desapareció, no incumplió su procedimiento. Actuó según su naturaleza y ahí está el problema: nadie puede decir que Europa no funciona. El problema es que funciona demasiado bien para un mundo que ha dejado de funcionar según reglas europeas.

La estabilidad del proyecto europeo es uno de los mayores logros políticos de la historia moderna. Después de dos guerras mundiales y de la Guerra Fría, Europa consiguió algo que ningún imperio anterior había logrado: convertir un continente de rivalidades hereditarias en una comunidad de derecho, comercio, bienestar y democracia liberal. La Unión nunca puede ser considerada un fracaso porque discuta durante meses un presupuesto, sino que debe ser vista como un milagro precisamente porque los antiguos enemigos discuten presupuestos en lugar de fronteras. Nadie debería preferir los Borgia al Comité de Representantes Permanentes.

"Nadie puede decir que Europa no funciona. El problema es que funciona demasiado bien para un mundo que ha dejado de funcionar según reglas europeas"
Pero la paz prolongada tiene efectos secundarios: produce sociedades satisfechas, gobiernos cautelosos y una extraña forma de anestesia estratégica. La Europa de posguerra se construyó para neutralizar la tragedia, impedir que la soberanía volviera a ser una licencia para la violencia, que la historia volviera a escribirse con tanques, que la política volviera a definirse como la decisión sobre el enemigo. Ese diseño funcionó dentro. Fuera, sin embargo, la historia no transpuso ninguna directiva a su acervo.

¿Puede Europa convertir la voluntad en poder?

El informe Draghi fue importante porque rompió, por un instante, esa burbuja de la complacencia. Su diagnóstico no era un informe técnico más sobre competitividad, sino una advertencia existencial: Europa se está quedando atrás en productividad, tecnología, inversión, energía y capacidad industrial. La brecha con Estados Unidos y China no es solo económica, es política. Quien controla tecnologías críticas, capital paciente, energía asequible, defensa suficiente y cadenas de suministro resilientes controla el destino del resto.

La reacción al marco financiero plurianual (MFP) 2028-2034 muestra el fondo del problema. El MFP debería ser el instrumento que tradujera las grandes palabras (autonomía estratégica, competitividad, defensa, transición digital, seguridad económica) en dinero, prioridades y renuncias. Pero cada vez que Europa tiene que convertir una crisis común en una factura común, reaparecen las viejas geografías morales del continente: norte contra sur, contribuyentes netos contra receptores, cohesión contra condicionalidad, agricultura contra innovación, defensa contra bienestar. Tolstói inicia Ana Karenina diagnosticando este problema: "Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera".

"Cada vez que Europa tiene que convertir una crisis común en una factura común, reaparecen las viejas geografías morales del continente"
No es una cuestión menor. Al final, la política empieza donde termina la unanimidad. Mientras los objetivos son abstractos, todos los gobiernos europeos quieren más soberanía, más industria, más defensa, más innovación, más cohesión y más transición verde. Cuando esos objetivos compiten entre sí, la soberanía europea se convierte en una sala llena de relojes marcando horas nacionales distintas. Alemania teme por su industria exportadora, Francia por la primacía política, España por la cohesión, Polonia por la amenaza rusa, los frugales por la deuda, los bálticos por el cielo, Italia por el margen fiscal. Cada preocupación es legítima, pero todas juntas producen parálisis.


La gran pregunta europea ya no está en la cuestión de la federalización. La pregunta real es si una civilización construida para limitar el poder puede aprender a ejercerlo sin traicionarse. Porque Europa no necesita hacerse imperial en el sentido vulgar. No necesita Borgias, ni Césares, ni Richelieus. Necesita una forma republicana de poder. La capacidad de proteger bienes comunes, asumir costes, castigar abusos, invertir a escala, defender fronteras, aceptar riesgos y decidir a tiempo.

Eso implica abandonar la ilusión de que la virtud normativa compensa siempre la insuficiencia material. La regulación europea ha sido una fuente inmensa de influencia. El llamado efecto Bruselas permitió durante años que la UE exportara estándares al mundo. Pero el estándar necesita detrás un mercado dinámico, empresas capaces de escalar, infraestructuras críticas, músculo financiero y seguridad militar. Una norma sin capacidad acaba siendo una recomendación.

La noria del Prater sirve precisamente porque obliga a elegir la altura moral desde la que se mira. Harry Lime veía puntos, no personas. Europa nació para lo contrario, para que ningún dirigente pudiera volver a mirar a los ciudadanos como puntos sacrificables en una geometría imperial. El humanismo es su grandeza y no debe perderla. Pero desde fuera, otros actores sí miran a Europa como un conjunto de puntos: mercados, puertos, cables, datos, fábricas, votaciones, minorías de bloqueo, dependencias energéticas y elecciones vulnerables.

"Europa nació para que ningún dirigente pudiera volver a mirar a los ciudadanos como puntos sacrificables en una geometría imperial. El humanismo es su grandeza y no debe perderla"
Ser los inventores del reloj de cuco no debe ser una condena: puede ser también una conquista de la confianza del continente y de sus parlamentos, y alterar así su memoria colectiva de ataques cainitas. Lo olvidable no es funcionar bien, sino creer que funcionar basta. La paz europea no tiene por qué justificarse por haber traído bienestar en lugar de héroes y mártires, pero, si quiere sobrevivir en un mundo de ultimátums, subsidios masivos, guerras híbridas y chantajes comerciales, tendrá que añadir una voluntad al mecanismo. No para volver a la historia sangrienta a la que quiso sobreponerse, sino para impedir que otros la escriban por ella.


La cuestión no es que Europa tenga que escoger entre los Borgia y el reloj de cuco. Esa solución es digna del cinismo de Harry Lime. La pregunta es si una democracia pacificada puede producir poder sin producir brutalidad. O dicho de otra manera, si puede seguir siendo civilización sin hacerse adorno. Sigue girando la noria. Bruselas, vista desde arriba, parece que está ordenada. Desde abajo, sin embargo, empieza a oírse algo más que el tictac.
Antonio Legaz
Antonio Legaz
Analista de defensa e inteligencia en una empresa del sector de la defensa
Participación