Martes, 28 de julio de 2026
CUMBRE EN ANKARA

La OTAN mira al abismo en Turquía

El experto en defensa y seguridad Antonio Legaz analiza la próxima cumbre de la OTAN en Ankara más allá de una cita diplomática. Con la "retirada gradual del paraguas estratégico estadounidense", el nacimiento de un pilar europeo de defensa y Turquía como anfitrión, la Alianza llega a un "punto muerto geoestratégico". La pregunta que plantea es si la OTAN seguirá siendo una alianza colectiva o un "servicio de suscripción".

Antonio Legaz Antonio Legaz 21 de mayo de 2026
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El presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, en la pasada cumbre de la OTAN en La Haya. | Beata Zawrzel / Zuma Press / Europa Press
El presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, en la pasada cumbre de la OTAN en La Haya. | Beata Zawrzel / Zuma Press / Europa Press
El 7 de julio de 2026, los líderes de los 32 países de la Alianza Atlántica se reunirán en el Complejo Presidencial de Beştepe, en Ankara. No será una cumbre de rutina. Mark Rutte, secretario general de la OTAN, lo advirtió tras el simposio nuclear de Estambul en abril: "Será necesario tomar decisiones cruciales, entre ellas, cómo deberá adaptarse aún más la postura nuclear de la OTAN al deterioro del entorno de seguridad", dijo entonces. El presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, anfitrión del encuentro, añadió que la guerra de Irán ha llevado a la región a un "punto muerto geoestratégico", una declaración que, viniendo del líder del único país de la OTAN con fronteras directas con ese conflicto, convierte a Ankara en el escenario más cargado de tensión geopolítica que ha acogido la Alianza en décadas.

La OTAN llega a su cumbre de verano con tres procesos simultáneos de transformación abiertos: la retirada gradual del paraguas estratégico estadounidense, la emergencia de un embrionario pilar europeo de defensa y la redefinición de su propio propósito institucional en un mundo multipolar. Ninguno de los tres tiene resolución en Ankara, pero lo que se decida en Ankara podrá dibujar el mapa de poder de la defensa occidental para los próximos diez años.

"Este abandono representa una tendencia con quince años de profundidad que Trump ha acelerado y verbalizado"
El primero de esos procesos es el más visible y el menos comprendido. La discusión sobre el gasto del 5% del PIB (que dominó el ciclo de noticias desde La Haya 2025) es, en realidad, un instrumento de presión transaccional de la Administración Trump, no una métrica estratégica coherente. Los propios analistas del Hudson Institute, uno de los think tanks más próximos al Pentágono, reconocieron en abril de 2026 que la Alianza necesita resultados concretos en Ankara para ser creíble, dejando en un segundo plano los porcentajes macroeconómicos. La 2026 National Defense Strategy estadounidense es transparente sobre las prioridades de Washington: Golden Dome, Ártico e Indo-Pacífico. Europa, en ese mapa estratégico, es un teatro secundario que debe financiar su propia seguridad.

Este abandono representa una tendencia con quince años de profundidad que Trump ha acelerado y verbalizado. El encuentro de Rutte con Trump en la Casa Blanca el 8 de abril, en el que se discutió explícitamente la posibilidad de salida estadounidense de la OTAN, fue la señal más clara de que Rutte viajó a Washington no a reforzar la Alianza, sino a calcular cuánto puede ceder antes de que el edificio se resquebraje. Tres días después, en Madrid, Pedro Sánchez respondió con: "No vamos a hacer cosas que sean dañinas para el mundo y contrarias a nuestros valores e intereses por miedo a las represalias de nadie". En esta afirmación se halla la articulación de una posición que varios aliados del sur y del centro de Europa comparten en privado sin haberla formalizado.

Bajo ese ruido diplomático opera el mecanismo técnico más importante: el NATO Defence Planning Process (NDPP), que es el verdadero campo de batalla de Ankara. Este proceso técnico asigna objetivos de capacidad militar a cada aliado de forma bilateral, sin lógica de paquete colectivo europeo. El resultado es favorable a EE. UU.: el 63% de las compras de defensa extraeuropeas de los aliados van al mercado norteamericano. Mientras los gobiernos negocian porcentajes del PIB en público, en los despachos del Consejo Atlántico varios aliados europeos circulan non-papers proponiendo vincular el NDPP con los instrumentos de la Unión Europea (el Fondo Europeo de Defensa, los proyectos PESCO o el recién creado EDIP). Si esa vinculación prospera, la arquitectura de adquisición de defensa europea cambia de forma irreversible. Si no prospera, Europa seguirá comprando por separado y fragmentando su poder de mercado ante Washington. Es la decisión más importante que no se está discutiendo públicamente, precisamente porque reformar el NDPP implica reconocer que las burocracias de la OTAN y la UE han funcionado durante veinte años con procesos de planificación incompatibles que ninguna de las dos instituciones quiere reformar.

España ante el nuevo pilar europeo de defensa

España llega a Ankara en una posición que oscila entre la visibilidad y la animadversión al mismo tiempo. El acuerdo bilateral negociado por Sánchez en La Haya 2025 (comprometerse solo al 2,1% del PIB mientras la OTAN fija el objetivo colectivo en el 5%) fue presentado como una derrota en varios medios internacionales.

"La posición de Sánchez es políticamente coherente para el electorado doméstico, pero corre el riesgo de dejar a España fuera de la sala donde se diseña la arquitectura de defensa europea real"
La lectura correcta es la inversa: España obtuvo por escrito una excepción, lo que varios aliados (Italia, Bélgica, Portugal) no consiguieron articular y que desde entonces estudian como modelo para replicar. Pero esa victoria táctica tiene un coste estratégico: la posición de Sánchez es políticamente coherente para el electorado doméstico, pero corre el riesgo de dejar a España fuera de la sala donde se diseña la arquitectura de defensa europea real. Porque esa arquitectura no se está diseñando en las cumbres públicas, sino en la Coalición de Voluntarios para Ucrania (donde España acaba de anunciar su adhesión) y en los grupos de trabajo técnicos del Eurocorps y el NDPP, donde el llamado "Eurogrupo de cinco" (Francia, Alemania, Reino Unido, Italia y Polonia) está consolidando un directorio de facto. Si España no proyecta presencia operativa real en esos mecanismos antes de julio, Ankara confirmará su estatus de socio periférico en el pilar europeo emergente. La Armada española tiene dragaminas operativos que la OTAN necesita para la posible misión en el Estrecho de Ormuz; el Cuartel General de Rota controla los accesos atlánticos al Mediterráneo; el Ejército del Aire participa en la arquitectura de defensa aérea aliada en los Bálticos. Son activos reales. La pregunta es si la diplomacia de defensa española es capaz de monetizarlos como palanca de influencia o si seguirá usándolos como argumento defensivo para justificar que no se gasta más.

Sin embargo, el actor mejor posicionado para salir reforzado en Ankara no es ninguna potencia occidental, sino Turquía. Erdoğan no es un anfitrión pasivo: tiene el segundo ejército más grande de la Alianza, controla el Bósforo y los Dardanelos, comparte frontera con Irán en conflicto activo y está impulsando activamente la participación de Catar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin en la cumbre como socios de la Iniciativa de Cooperación de Estambul. El encuentro del 22 de abril entre Rutte y Erdoğan no fue una reunión de coordinación logística, fue la negociación de la agenda real. Turquía quiere que Ankara produzca tres cosas: la integración de socios del Golfo en la órbita de la Alianza, el relanzamiento de su relación industrial con la OTAN y el reconocimiento explícito del flanco sur como prioridad estratégica de rango equivalente al flanco oriental. Los tres objetivos son legítimos y los tres beneficiarían estructuralmente a España, que es la otra gran potencia del flanco sur, si Madrid tuviera la astucia de coordinarse con Ankara en los márgenes de la cumbre. Una alianza, en definitiva, que no nace en Ankara, sino que llega a Ankara con veinte años de historia común a sus espaldas: cofundadores de la Alianza de Civilizaciones, socios comerciales en expansión acelerada y dos potencias del flanco sur que comparten el mismo interés en que el Mediterráneo y el Golfo dejen de ser la periferia de la agenda atlántica para convertirse en su centro.

"La OTAN no nació como un contrato de seguridad privada. Nació en abril de 1949 sobre la premisa de que la seguridad colectiva era indivisible"
Hay una pregunta que Ankara no resolverá, pero que comenzará a formular: ¿puede una alianza militar democrática funcionar cuando su miembro más poderoso la trata como un servicio de suscripción? La OTAN no nació como un contrato de seguridad privada. Nació en abril de 1949 sobre la premisa de que la seguridad colectiva era indivisible, que un ataque contra uno era un ataque contra todos, independientemente de cuánto hubiera contribuido ese "uno" al presupuesto común. Convertir ese principio en una cláusula de pago por uso erosiona la credibilidad disuasoria de la Alianza frente a sus retadores, que observan cada grieta transatlántica con gran interés. Pero sobre todo daña el principio fundacional que hace de la OTAN algo cualitativamente diferente a una coalición circunstancial de intereses. Rutte dijo en agosto de 2025, al anunciar la sede de Ankara, que el objetivo es hacer de la OTAN una alianza "más fuerte, más justa y más letal". Las tres palabras son reveladoras: "más fuerte" apunta a capacidades, "más letal" apunta a disuasión, pero "más justa" apunta al problema real, al problema que ninguna de las otras dos puede resolver.

La justicia que la OTAN necesita en Ankara no es distributiva (no se trata de repartir mejor las cargas del gasto), sino constitutiva: se trata de decidir qué tipo de alianza quiere ser. Una en la que el vínculo colectivo tiene valor intrínseco, independientemente de lo que cada miembro ponga sobre la mesa. O una en la que ese vínculo se renegocia cada vez que el más poderoso necesita una victoria política doméstica. Esa distinción no aparece en ningún comunicado, no se vota en el Consejo Atlántico y no la resuelve ningún porcentaje del PIB. Pero es la única pregunta que importa en Ankara. Porque al final, las alianzas no mueren de un golpe. Mueren de la misma forma en que Hemingway describía la quiebra: gradualmente, y luego de repente. Cada porcentaje del PIB negociado a la baja, cada reunión a puerta cerrada donde el socio dominante impone las condiciones, cada comunicado que esquiva la pregunta difícil es un paso más en ese proceso gradual. Ankara no es el precipicio, pero sí puede ser el momento en que la Alianza decide si quiere seguir caminando hacia él o si todavía recuerda por qué empezó a caminar en sentido contrario.
Antonio Legaz
Antonio Legaz
Analista de defensa e inteligencia en una empresa del sector de la defensa
Participación