Martes, 28 de julio de 2026
DESORDEN GLOBAL

Europa frente al capitán Ahab: liderazgo democrático ante la deriva neoimperial

Javier Hernández, doctorado en Derecho en la Universitat de València y experto en Relaciones Internacionales, explica a la luz del próximo Consejo Europeo que "la fuerza no puede crear derecho". Tras repasar el complejo escenario geopolítico, diagnostica que, si la Unión Europea quiere sostener una voz propia, tendrá que convertir sus principios en capacidades y evitar que la alianza transatlántica derive en "subordinación imperial".

Javier Hernández Díaz Javier Hernández Díaz 18 de junio de 2026
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El presidente del Consejo Europeo, António Costa, junto al presidente de Estados Unidos, Donald Trump. | Unión Europea
El presidente del Consejo Europeo, António Costa, junto al presidente de Estados Unidos, Donald Trump. | Unión Europea
El orden internacional atraviesa una fase de endurecimiento en la que la fuerza vuelve a presentarse como atajo, la legalidad como obstáculo y la seguridad como justificación casi ilimitada. Las guerras se encadenan al tiempo que las instituciones multilaterales pierden capacidad de contención y las grandes potencias actúan desde la ansiedad de un mundo que ya no controlan por completo. Ese es el escenario del Consejo Europeo que se celebra esta semana en Bruselas. Europa, que continúa preguntándose qué lugar ocupa entre los grandes actores globales, también debe decidir qué clase de poder está dispuesta a ejercer en un momento en que la política internacional parece deslizarse hacia una normalización de la brutalidad.

Su agenda —Ucrania, Oriente Medio, defensa, ampliación, competitividad, marco financiero plurianual y seguridad económica— remite a una misma cuestión: si Europa posee los medios, la unidad política y la coherencia normativa necesarios para defender su modelo democrático en un contexto de auge de la coerción.

"Europa, que continúa preguntándose qué lugar ocupa entre los grandes actores globales, también debe decidir qué clase de poder está dispuesta a ejercer"
Esa pregunta recuerda una vieja intuición literaria: la posibilidad de que una comunidad entera acabe navegando bajo la obsesión de quien ha confundido su herida con el destino de todos. En Moby Dick, Herman Melville no se queda en el retrato de un capitán enloquecido por la persecución de una ballena. Muestra cómo una voluntad cerrada sobre sí misma puede imponer su lógica a toda una tripulación. En la obra, el capitán Ahab convierte el peligro y la pérdida en una misión absoluta ante la que todo límite parece secundario.

Europa ante Trump: alianza transatlántica sin subordinación

La imagen ilumina bien el momento actual. Una potencia que interpreta el mundo desde la ansiedad de su propio declive tiende a transformar cada conflicto en un escenario de reafirmación. Cada adversario pasa a ser una amenaza existencial, cada aliado una pieza que debe alinearse y cada institución un obstáculo si no sirve al objetivo inmediato. La segunda Administración de Trump ha llevado esa lógica a una intensidad que obliga a Europa a revisar su posición. Bajo su batuta, Estados Unidos se ha convertido en fuente de imprevisibilidad, presión y desorden.

Su política exterior responde a la voluntad de restaurar una primacía basada en presión militar, coerción económica y desprecio por las mediaciones multilaterales. Frente a Washington, China funciona como el gran espejo del miedo estadounidense al desplazamiento histórico, mientras que Irán aparece como obstáculo a la reordenación de Oriente Medio. En América Latina, Venezuela y Cuba vuelven a situarse en el marco de una doctrina hemisférica nunca abandonada. Y, finalmente, Gaza y Líbano son los territorios donde la alianza con Israel arrastra a Washington hacia una complicidad cada vez más difícil de defender jurídica, política y moralmente.

"Una potencia que interpreta el mundo desde la ansiedad de su propio declive tiende a transformar cada conflicto en un escenario de reafirmación"
Sería un error leer cada uno de estos escenarios por separado. La rivalidad con China reordena la mirada sobre América Latina, mientras la confrontación con Irán condiciona la política hacia Gaza, Líbano, Siria, Irak, el Golfo y el estrecho de Ormuz. A la vez, el apoyo casi incondicional a Israel erosiona la credibilidad occidental al invocar el derecho internacional en Ucrania, y la presión sobre Cuba y Venezuela reactiva memorias de intervención que debilitan cualquier discurso democrático subordinado al viejo reflejo imperial.

En Cuba, la política de asfixia no está abriendo una transición democrática. Sí puede, en cambio, consolidar la lógica de plaza sitiada, debilitar a la sociedad civil, agravar la crisis migratoria y convertir a la población en rehén de la presión exterior. En Venezuela, la degradación institucional tampoco convierte cualquier intervención externa en solución legítima. La democracia no se exporta como una operación de captura ni puede sustituirse por el diseño estratégico de una potencia.

Una política europea adulta debe rechazar la falsa alternativa entre el silencio ante la represión interna y el aval al intervencionismo exterior. Debe defender simultáneamente la democracia, los derechos humanos y la soberanía de los pueblos latinoamericanos.

Ese mismo problema reaparece en Irán. Reducir el país a una amenaza abstracta facilita la lógica militar, pero empobrece el análisis. La guerra, o su amenaza permanente, suele endurecer posiciones y permite que toda crítica interna sea absorbida por la narrativa del enemigo exterior.

"Una política europea adulta debe rechazar la falsa alternativa entre el silencio ante la represión interna y el aval al intervencionismo exterior"
Las tensiones en el estrecho de Ormuz ilustran además una contradicción central de la política trumpista. Tras la retórica maximalista, Estados Unidos termina necesitando aquello que su propio discurso desprecia: mediación, garantías, verificación y compromisos. Incluso la mayor potencia militar debe regresar a la política al comprobar que la superioridad material no basta para ordenar una región.

Ormuz es uno de los puntos donde se cruzan energía, inflación, comercio, vulnerabilidad europea y rivalidad geopolítica. Europa debe proteger la libertad de navegación, pero no convertir una eventual misión naval en extensión automática de una guerra ajena. Su actuación debe vincularse al derecho internacional, a un mandato definido y a una estrategia de reducción de la tensión. De lo contrario, la autonomía estratégica quedaría reducida a aportar medios propios a objetivos decididos por otros.

Oriente Medio condensa esa interdependencia de forma todavía más dramática. Gaza es una crisis humanitaria y, al mismo tiempo, una prueba global sobre el valor real del derecho internacional. La seguridad de Israel no puede operar como coartada permanente para suspender los límites básicos de la guerra, convertir a toda una población en sospechosa o degradar la protección civil hasta hacerla irreconocible.

Ningún episodio de violencia autoriza la devastación de Gaza, el castigo colectivo de la población palestina, la destrucción sistemática de infraestructuras civiles o el bloqueo de la ayuda humanitaria. Una paz sin soberanía palestina, sin derechos y sin rendición de cuentas sería apenas una administración de ruinas.

La ocupación, el control territorial y la destrucción de las condiciones básicas de vida pierden su carácter excepcional al prolongarse durante años. Se convierten en sistema. La posición estadounidense agrava esa deriva al blindar políticamente a Israel incluso cuando su actuación desborda la legítima defensa y se adentra en una lógica de impunidad.

Europa no puede limitarse a añadir lenguaje humanitario a una arquitectura de poder que mantiene intacta la asimetría fundamental. La reconstrucción sin autodeterminación no repararía la injusticia: podría institucionalizarla.

Cisjordania obliga a ampliar el foco. La expansión de asentamientos, la violencia de colonos, la confiscación de tierras y la fragmentación territorial erosionan diariamente la viabilidad de un Estado palestino. Defender la solución de los dos Estados sin extraer consecuencias frente a su desmantelamiento equivale a respaldar retóricamente un horizonte mientras se tolera su desaparición.

Europa dispone de instrumentos comerciales, diplomáticos y jurídicos. El dilema ha dejado de ser la capacidad de actuar. Ahora se centra en la voluntad de utilizarlos frente a un Gobierno israelí que ha convertido la impunidad en método y la prolongación del conflicto en estrategia política.

"La expansión de asentamientos, la violencia de colonos, la confiscación de tierras y la fragmentación territorial erosionan diariamente la viabilidad de un Estado palestino"
La tragedia se extiende a Líbano. Israel invoca la amenaza de Hezbolá. Hezbolá apela a la ocupación y a la resistencia. Irán utiliza a sus aliados como profundidad estratégica. Estados Unidos preserva su alianza preferente. El Estado libanés se debilita y los civiles quedan atrapados en una frontera convertida en zona de sacrificio. Cada actor encuentra en el exceso del otro la justificación para ampliar el propio.

La seguridad sin horizonte político se convierte en una cinta de Moebius: cada operación prepara las razones de la siguiente. La política israelí, sostenida por su superioridad militar y por la cobertura estadounidense, parece haber confundido seguridad con dominación del entorno. Esa confusión no protege a largo plazo. Encierra a todos, incluida la sociedad israelí, en una guerra sin salida política.

Ucrania, Gaza y el problema del doble rasero occidental

Ahí aparece una de las grandes contradicciones occidentales. Europa defiende con razón a Ucrania frente a la agresión rusa porque ninguna potencia puede alterar fronteras por la fuerza ni imponer a otro pueblo su destino político. Pero esa defensa pierde potencia normativa si Occidente mira de otro modo ante la devastación de Gaza o la ocupación de los territorios palestinos.

El derecho internacional no puede convertirse en una lengua selectiva, pronunciada con solemnidad frente a Moscú y con cautela administrativa frente a Tel Aviv o Washington. Ucrania y Gaza funcionan como pruebas simultáneas de una misma idea: la fuerza no puede crear derecho.

Si Europa acepta una paz en Ucrania basada en congelar el despojo territorial y recompensar tácitamente la agresión rusa, debilitará el principio que afirma defender. También lo debilitará si condena a Moscú mientras evita extraer consecuencias de la destrucción de Gaza. La incoherencia sistemática destruye cualquier autoridad.

Toda negociación legítima sobre Ucrania tendrá que contar con Kiev, preservar su soberanía y ofrecer garantías de seguridad creíbles. Una paz que premie la ocupación no cerraría la guerra: institucionalizaría la violencia como precedente. Sostener a Ucrania exige además pensar en su reconstrucción, integración económica y futura adhesión europea.

"Si Europa acepta una paz en Ucrania basada en congelar el despojo territorial y recompensar tácitamente la agresión rusa, debilitará el principio que afirma defender"
La ampliación hacia Ucrania, Moldavia y los Balcanes Occidentales es una cuestión de seguridad y credibilidad. Pero ampliar exige reformar. Una Unión con más miembros deberá revisar su presupuesto, sus procedimientos de decisión y su capacidad de garantizar estándares democráticos. La ampliación debe ser una estrategia de paz, convergencia y poder compartido, lejos de una promesa indefinidamente aplazada.

China aparece como el desafío que atraviesa todos los demás. Para Washington es la gran obsesión estratégica: tecnología, comercio, minerales críticos, inteligencia artificial, rutas marítimas y capacidad industrial. Europa no puede permitirse ingenuidad. El modelo político chino, sus subsidios y su creciente influencia plantean desafíos reales. Aceptar sin matices la lógica estadounidense de bloques implicaría, sin embargo, otra renuncia a la autonomía europea.

Los desequilibrios derivados del exceso de capacidad industrial china justifican medidas antidumping y controles sobre inversiones sensibles. Sin embargo, la defensa comercial debe integrarse en una estrategia más amplia: identificar vulnerabilidades, diversificar suministros y anticipar represalias. Sustituir una dependencia de Pekín por otra respecto de Washington equivaldría a cambiar de tutela.

"Europa no puede permitirse ingenuidad. El modelo político chino, sus subsidios y su creciente influencia plantean desafíos reales"
Ahí reside el peligro de toda obsesión estratégica: amenazas reales acaban convertidas en principio único de interpretación. Europa necesita una política hacia China que combine firmeza, prudencia y criterio propio. Reducir dependencias y exigir reciprocidad no obliga a romper toda cooperación en ámbitos como el clima, la salud global o la gobernanza tecnológica.

La alternativa pasa por escapar tanto de la fascinación mercantil de ayer como de la confrontación automática de mañana. Una Europa adulta debe competir sin dejarse arrastrar a una guerra fría organizada desde la ansiedad de una potencia que teme perder su lugar.

Autonomía estratégica, defensa europea y poder democrático

Por eso este Consejo Europeo contiene una cuestión de fondo: si Europa está dispuesta a convertirse en actor político adulto o si seguirá oscilando entre la comodidad del vínculo transatlántico y la impotencia de sus propias divisiones.

Europa no necesita romper con Estados Unidos. Necesita dejar de confundir alianza con subordinación, especialmente en una etapa en la que su aliado principal exige cada vez más adhesión y menos deliberación.

La segunda Administración de Trump obliga a Europa a preguntarse si puede seguir delegando su seguridad en un poder que con frecuencia desprecia las reglas que afirma defender. La respuesta no puede reducirse a elevar porcentajes de gasto ni a comprar apresuradamente material estadounidense. La autonomía estratégica exige capacidades industriales, planificación común, defensa aérea, ciberseguridad, inteligencia y protección de infraestructuras críticas.

"Una Europa adulta debe competir sin dejarse arrastrar a una guerra fría organizada desde la ansiedad de una potencia que teme perder su lugar"
Más defensa europea debe traducirse en más cooperación y capacidad de decisión propia. Una militarización desligada de la estrategia no bastaría. El marco financiero plurianual será una prueba de voluntad histórica. Europa no puede aspirar a una voz autónoma sin financiarla. Necesita recursos para sostener a Ucrania, invertir en defensa común, reforzar su industria, garantizar tecnologías críticas y financiar la ampliación.

La competitividad tampoco puede quedar capturada por una agenda estrecha de desregulación. Si Europa responde a Estados Unidos y China sacrificando derechos laborales, estándares ambientales o cohesión social, habrá perdido antes de empezar. Su proyecto debe demostrar que productividad, innovación y soberanía industrial pueden convivir con servicios públicos, derechos sociales y transición ecológica.

En un mundo que convierte la dependencia en arma, la política industrial es política democrática. También lo es la transición energética. Cada crisis en Ormuz recuerda que la descarbonización actúa como obligación climática y como política de seguridad. Reducir la dependencia de los combustibles fósiles significa reducir la vulnerabilidad ante guerras, bloqueos y decisiones adoptadas fuera de Europa.

La Unión debería extraer de este diagnóstico una doctrina práctica: alianza sin obediencia, autonomía sin equidistancia, fuerza sin impunidad, seguridad sin deshumanización y multilateralismo sin ingenuidad.

Europa debe cooperar con Estados Unidos cuando existan intereses y valores compartidos, pero estar preparada para disentir cuando Washington asfixie a Cuba, imponga tutelas en Venezuela, empuje el Golfo hacia la guerra, blanquee los excesos israelíes o convierta la rivalidad con China en principio organizador del mundo.

Esa voz no debe formularse desde una supuesta superioridad moral. Europa ha aceptado dependencias, reaccionado tarde ante crisis humanitarias y aplicado el derecho internacional con intensidades variables. Su madurez se medirá por su capacidad de actuar con mayor coherencia. La credibilidad no exige pureza, sino voluntad de reducir los propios dobles raseros.

"Europa debe cooperar con Estados Unidos cuando existan intereses y valores compartidos, pero estar preparada para disentir"
Una Europa adulta debe saber hablar a varios interlocutores a la vez. A Rusia, para decirle que la agresión no será normalizada. A Ucrania, que su futuro no será moneda de cambio. A Israel, que su seguridad no justifica devastación, ocupación ni impunidad. A Palestina, que sus derechos no serán aplazados hasta volverse irreconocibles. A Irán, que la estabilidad regional no puede construirse desde la amenaza permanente. A Cuba y Venezuela, que su futuro no debe decidirse desde una tutela exterior. A Estados Unidos, que la amistad no equivale a vasallaje. A China, que la interdependencia no puede convertirse en coerción.

El desafío exige escapar de dos trampas. La primera es el moralismo impotente: confiar en que Europa puede influir solo mediante declaraciones, sin recursos, industria, diplomacia común ni capacidad de presión. La segunda es el realismo cínico: asumir que un mundo más duro obliga a abandonar los principios para ser tomada en serio.

Ambas conducen a la irrelevancia. Una no puede actuar. La otra, al actuar como los demás, deja de ofrecer algo distinto.

La tarea consiste en construir poder democrático. Poder para sostener a Ucrania sin depender de la fatiga de Washington. Para exigir derechos y horizonte político en Palestina. Para contener la escalada en Líbano e Irán. Para apoyar la democracia en América Latina sin avalar intervencionismos. Para competir con China sin quedar atrapada en una guerra fría ajena. Para defenderse sin perder el alma social del proyecto europeo.

En un mundo donde las grandes potencias naturalizan la fuerza, Europa puede actuar como contrapeso si convierte sus principios en capacidades y sus capacidades en política legítima. Dicha legitimidad nacerá de una propuesta más exigente que la nostalgia del viejo orden liberal, siempre parcial y desigual: derecho internacional con menos doble rasero, seguridad colectiva con control democrático y autonomía estratégica sin subordinación imperial.

El Consejo Europeo de esta semana puede ser recordado como una cumbre más, envuelta en el lenguaje previsible de sus conclusiones. O, por contra, puede marcar una toma de conciencia. Aunque no vaya a resolverlo todo, los momentos decisivos rara vez ofrecen respuestas completas: simplemente cambian el modo de mirar.

Europa necesita dejar de verse como acompañante menor de una potencia atlántica que ya no siempre garantiza estabilidad. Dejar de pensar su presupuesto como contabilidad y entenderlo como soberanía. Dejar de tratar la ampliación como promesa aplazada y asumirla como política de paz. Dejar de invocar valores sin preguntarse por los medios que los hacen posibles.

"Aunque no vaya a resolverlo todo, los momentos decisivos rara vez ofrecen respuestas completas: simplemente cambian el modo de mirar"
Melville sabía que no todas las travesías se pierden de golpe. Algunas se deterioran poco a poco, a medida que quienes van a bordo se acostumbran a una dirección que ya no conduce a puerto seguro. El mundo actual está lleno de señales: guerras que se encadenan, instituciones debilitadas, alianzas convertidas en dependencias y potencias que actúan desde el miedo.

Pero la novela no se agota en Ahab. Queda Ismael, no como héroe triunfal ni como promesa ingenua, sino como testigo capaz de contar lo ocurrido y extraer de la catástrofe una forma de conciencia. Su supervivencia no borra el desastre. Impide que el desastre sea la última palabra.

Hay en esa figura una esperanza sobria: la de quien sabe que el mar seguirá siendo peligroso, pero también que ninguna comunidad está obligada a entregar su rumbo a quienes confunden la firmeza con la persecución.

Europa debería reconocerse en esa conciencia más que en la grandilocuencia del mando. Si consigue transformar esa mirada en decisiones —unidad, presupuesto, coherencia exterior, autonomía estratégica y defensa del derecho internacional—, quizá pueda abrir una ruta distinta.

Frente a la ilusión de un océano pacificado por decreto o una inocencia imposible, queda una navegación más lúcida y humana. Una Europa capaz de mirar la tormenta sin obedecer a sus peores capitanes. Capaz de recordar que incluso después del desastre puede quedar una voz que narre, advierta y permita volver a empezar.

Porque si los europeos asumimos al fin que nuestro destino no pasa por seguir la obsesión de otros, sino por sostener una promesa democrática propia, todavía podemos hacer del mar abierto algo distinto al lugar del naufragio: el espacio de una travesía compartida, la esperanza que sobrevive a Moby Dick.
Javier Hernández Díaz
Javier Hernández Díaz
Subdirector adjunto de Relaciones Internacionales en el Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible
Graduado en Derecho y máster en Derecho Constitucional, actualmente está cursando un doctorado en Derecho en la Universitat de València. Además, forma parte del Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado, donde ejerce de subdirector adjunto de Relaciones Internacionales en el Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible.
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