Los enigmas de China siguen siendo casi inescrutables para el observador europeo y, por ello, durante la última semana de mayo participé en
una visita del Parlamento Europeo a Pekín y Wuhan en busca de alguna certeza que me ayudara, además, a revisar mi primera impresión del país, adquirida en la primavera de 2012, cuando asistí a un seminario en Shanghái en la escuela de negocios Europa-China (CEIBS), cursando el segundo año de mi máster en dirección y gestión de empresas en el IESE.
Pues bien, considero ahora necesario trasladar a mis
"representados" mis impresiones de esta visita institucional.
Esta primera nota, a la que seguirá una segunda parte, se divide en dos apartados. En primer lugar,
una rápida interpretación del fuerte crecimiento económico de China desde los ochenta hasta la presente década. Después, se analizan los problemas que enfrenta la economía china,
la cual ha visto reducir su tasa de crecimiento a la mitad respecto a los ritmos de expansión en décadas previas. En este apartado, se aborda el problema de la "involución", identificado por las propias autoridades chinas, y
se presentan los grandes pilares del decimoquinto Plan Quinquenal que aspira a corregirlo.
En una entrega posterior, se aportará una rápida panorámica política del país y se entrará en
la elaboración de una posible respuesta por parte de la Unión Europea. Pero ahora, empecemos por el principio.
El eurodiputado y coordinador del S&D en el comité de Asuntos Económicos del Parlamento Europeo, Jonás Fernández, durante su visita a China. Foto: Parlamento Europeo
¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
China, en términos políticos, económicos y sociales, ha construido y consolidado en las últimas décadas un papel destacado en la esfera global,
recuperando una posición internacional que ocupó a lo largo de toda la historia hasta el inicio de la Edad Moderna. En aquel entonces, Europa se lanzó al mar a conquistar el globo y
China se cerró sobre sí misma, dificultando las aventuras marítimas, prohibiendo la construcción de barcos y limitando el comercio exterior bajo la dinastía Ming. Ese aislamiento, unido al desarrollo económico y político de Europa tras los grandes descubrimientos, la Ilustración, las revoluciones liberales en ambos lados del Atlántico y la revolución industrial,
conduciría a China al siglo de humillación perpetrado por las primeras potencias industriales y marítimas occidentales y sus "guerras del Opio", en el que la ya decadente dinastía Qing habría de sucumbir ante esa presión exterior y sus propias contradicciones.
Tras el colapso de esa dinastía secular en 1912, China se introdujo en
décadas de guerras civiles y fragmentación interna, y tuvo que lidiar con una ocupación continental, especialmente en este caso a manos del Japón imperial y de Rusia, marasmo
del que habría de salir con la victoria del Partido Comunista y la proclamación de la República Popular de China en 1949 para entrar en otro periodo de fuerte inestabilidad al mando de Mao Zedong.
"China, en términos políticos, económicos y sociales, ha construido y consolidado en las últimas décadas un papel destacado en la esfera global"
Mao Zedong dirigió una fuerte industrialización en sus primeros años al frente del país con apoyo soviético, aunque luego reintrodujo a China en
el caos permanente. Desde la Campaña de las Cien Flores (1956-1957) hasta la Revolución Cultural (1966-1976), pasando por el Gran Salto Adelante (1958-1962), Mao acabaría de destrozar el país de arriba abajo.
Resulta difícil encontrar en la historia otro líder político tan longevo en el ejercicio del poder y tan absolutamente trastornado a la hora de ejercer ese liderazgo.
Así las cosas, a finales de la década de los setenta, China apenas era
un erial marcado por la hambruna y la represión. En aquel marasmo,
solo Zhou Enlai, el primer ministro que logró salvar su posición durante la Revolución Cultural, mantuvo un mínimo orden y una visión del papel de China en el mundo. Pese a ello, el país tocaba fondo después de un periodo de más de un siglo de decadencia, dominación, fragmentación, caos, ensoñaciones y subdesarrollo.
La llegada al poder de Deng Xiaoping supuso
una reorientación profunda de la nave china que, en términos económicos, se enmarcó bajo el eufemismo de "socialismo con características chinas", lo que supuso la apuesta por los mercados y el capitalismo, manteniendo la estructura de poder en manos del Partido Comunista
. El problema que habría que abordar no era tanto la transición de una economía planificada a otra de mercado, como ocurrió en la Unión Soviética,
sino la construcción desde sus pilares de un modelo económico ordenado del que China había carecido durante las décadas de gobierno de Mao Zedong. Sin duda, el líder chino estaba más centrado en ensoñaciones y revoluciones permanentes, quizá en búsqueda del "nuevo hombre" chino bajo una teleología orientalista-marxista, que en el desarrollo económico del país.
Deng condujo a China hacia el capitalismo desde casi la nada, proceso quizá algo menos complejo que el del desmantelamiento de la economía soviética en Rusia, ya que esta, aunque ineficiente, arrastraba
una estructura burocrático-administrativa de la que carecía la China que dejó Mao Zedong. Por otra parte, mientras los soviéticos intentaron modernizar la economía (
perestroika) y la política (
glásnost), Deng se concentró solo en dirigir esa apertura de los mercados, sin alterar la naturaleza autocrática del régimen, aunque mejorando su predictibilidad. Quizá ambas cuestiones, las condiciones iniciales diferenciales entre la Unión Soviética y China y el grado de ambición reformista,
ayuden a entender parcialmente la evolución de ambos países a partir de los años ochenta.
"La llegada al poder de Deng Xiaoping supuso una reorientación profunda de la nave china que, en términos económicos, se enmarcó bajo el eufemismo de «socialismo con características chinas»"
En todo caso, concentrándonos en China, la aceptación del capitalismo con un cierto gradualismo, desde los primeros movimientos bajo el mandato de Deng hasta su entrada en la Organización Mundial del Comercio (2001) de la mano de Jiang Zemin, generó
décadas de intenso crecimiento. Este patrón, la evolución desde políticas autárquicas hacia el desarrollo de mercados e integración en la economía global, fue seguido previamente por otros países en su camino hacia cierta prosperidad.
Japón, Corea del Sur o la propia España experimentaron también una fase de explosión del crecimiento de la mano de políticas liberalizadoras (en nuestro caso, el Plan de Estabilización de 1959) marcadas por el desplazamiento de la mano de obra desde el sector primario en los entornos rurales —cuya productividad podría ser incluso negativa— hacia las nuevas industrias, dirigidas y financiadas desde el sector público.
La abundante mano de obra "ociosa" en los entornos rurales se movió, entonces, hacia las ciudades y la industria, disparando un proceso de crecimiento.
Este modelo de crecimiento, como digo, es común a las experiencias de otros países y su mantenimiento en el tiempo depende del punto de origen. Es decir, depende de
cuán lejos estaba el país del uso pleno de los recursos "ociosos" al inicio del proceso liberalizador, y cuántos recursos podía movilizar durante ese proceso. De igual modo, estos proceso
s están sujetos a la emersión de desequilibrios políticos, económicos y sociales que determinan de igual modo su éxito.
Pues bien, China iniciaba ese camino desde casi la nada. Su población, de cerca de 1.000 millones de personas y creciendo hasta muy recientemente, ha permitido que
el drenaje de la población rural hacia actividades industriales con productividades positivas haya durado varias décadas, desde los ochenta hasta probablemente esta primera parte de la década de los veinte del presente siglo.
Los tigres asiáticos o España vivieron periodos más breves de hiperdesarrollo, ya que, entre otras razones, el volumen nominal de recursos ociosos a movilizar era infinitamente menor.
Esta interpretación del éxito económico chino no resta ni un ápice de valor a
la capacidad con que las autoridades del Partido Comunista han conducido este proceso de expansión durante tanto tiempo y en un país enorme. Como decía, estas etapas de desarrollo también generan nuevas fuentes de desequilibrio. Las tensiones internas que fueron aflorando —desde las disputas políticas hasta la gestión de los flujos de población del campo a las ciudades, pasando por la construcción de servicios públicos capaces de evitar fracturas sociales desestabilizadoras o el acompañamiento institucional de los distintos grupos de interés— muestran una extraordinaria capacidad de adaptación. Ahora bien, tras este éxito económico tampoco encontramos la construcción de una revolucionaria teoría de política económica que haya destruido todos los paradigmas académicos previos.
De este modo, bajo esta interpretación del desarrollo chino,
deberíamos preguntarnos cuánto durará y cómo podrá mantener China las tasas de crecimiento que han permitido sacar de la pobreza extrema a cientos de millones de personas y han legitimado un poder autocrático, o si se adentrará en
la "trampa de los países de renta media", en la que se han estancado otros, transformando el consentimiento en desafección.
De la respuesta a esta cuestión dependen de manera crucial
los escenarios sobre los que debemos trabajar para los próximos años, habida cuenta de la influencia global del país y, por ende, de las políticas y el acomodo que los europeos debamos buscar con el renovado Imperio del Medio.
"Tras este éxito económico tampoco encontramos la construcción de una revolucionaria teoría de política económica que haya destruido todos los paradigmas académicos previos"
En mi opinión, China ha iniciado ya
un periodo de ralentización económica, tal y como recogen las actuales cifras de crecimiento. A
su vez, se observa también la afloración de burbujas sectoriales y financieras fruto de su política dirigista. De este modo, las tasas de crecimiento continuarán moderándose a la espera de conocer si las autoridades chinas reorientan de nuevo su política económica, que debe, en primer lugar, enjugar las pérdidas acumuladas en apuestas industriales fallidas en términos económicos.
No adelanto, pues, una recesión o una crisis sistémica. Es imposible prever escenarios futuros teniendo en cuenta también la opacidad informativa del país. En todo caso, de momento, no se perciben las señales necesarias para adelantar la superación de los actuales obstáculos al crecimiento en la economía china, y tampoco se otea en el horizonte
un entorno para la emersión de renovadas apuestas con el nivel de ambición que Deng Xiaoping impulsó en los ochenta. Veamos.
En Pekín tuvo lugar la 3.ª reunión interparlamentaria UE-China en Pekín, con interlocutores de la Asamblea Popular Nacional china. Foto: Parlamento Europeo
Un análisis preliminar de los planes económicos del Gobierno
En primer lugar, la demografía siempre se impone. China alcanzó su pico de población en 2021-2022, con más de 1.400 millones de personas, pero ahora enfrenta problemas que nos suenan familiares. En estos momentos,
la tasa de fecundidad se sitúa en torno a un hijo por mujer en edad fértil, lo que anuncia un declinar de la población, que podría situarse en 1.300 millones hacia 205
0, y una reducción dramática hasta 600 u 800 millones a finales del presente siglo. La revisión de la política de hijo único o el esfuerzo actual para incentivar la natalidad se enfrentan a restricciones económicas y culturales que no adelantan corrección alguna a las tendencias actuales. Además,
la tasa de desempleo juvenil ronda el 16%, lo que alerta también sobre el aplazamiento en la constitución de familias y, por ende, de la maternidad.
"De momento, no se perciben las señales necesarias para adelantar la superación de los actuales obstáculos al crecimiento en la economía china"
Así pues, China comienza a sufrir
la escasez de un factor de producción clave, la población, mientras el recurso a la movilidad de los trabajadores del mundo rural al industrial también se agota. Por lo tanto,
el dividendo demográfico que ha conducido a la economía china durante las últimas décadas se desvanece,
y se anuncia ya exactamente el efecto contrario: el invierno demográfico.
En segundo lugar, las políticas económicas
dirigistas, caracterizadas por una política industrial que ha llamado la atención de todos los espectadores, también afrontan serios desafíos. El desarrollo del plan quinquenal presente, que concluye en este ejercicio, ha acumulado
una burbuja inmobiliaria que tarda en absorberse. Los precios de la vivienda recogen ya dos años y medio de caídas, acumulando una reducción de los precios de entre el 20% y el 30%. Este fuerte desplome de los precios inmobiliarios está depreciando el principal activo de ahorro de los hogares chinos, elevando su tasa de ahorro y reduciendo el consumo. De este modo, la inflación de bienes y servicios de consumo, el IPC, cerró 2024 en el 0,2%, según las estadísticas oficiales, mientras que el deflactor del PIB, que incorpora también los precios de los bienes de inversión, ofrece tasas negativas.
Asimismo, la sobreinversión en vivienda deja tras de sí
una deuda inmobiliaria en los balances bancarios pendiente de depurar. El Gobierno central está intentando absorber parte de las pérdidas bancarias, especialmente en las entidades de crédito locales en manos del sector público, transfiriendo los créditos morosos al Estado central para lograr mantener el flujo de crédito
. En todo caso, las estadísticas oficiales no recogen un incremento de los impagos hipotecarios acorde con el desplome de los precios de la vivienda, sembrando serias dudas sobre el éxito de este saneamiento de los balances bancarios y aumentando, en todo caso, la deuda pública en manos del Estado.
"Este fuerte desplome de los precios inmobiliarios está depreciando el principal activo de ahorro de los hogares chinos"
Este entorno de inflaciones nulas o negativas alerta sobre
la débil situación del conjunto de la demanda interna, víctima de las políticas industriales
dirigistas, cuyas apuestas de inversión no han tenido el reconocimiento de la demanda, un problema que puede intensificarse en los próximos años y que se exporta al resto del mundo a través de la cuenta corriente de la balanza de pagos.
Esta realidad se aprecia en sectores concretos, como el de las energías renovables. China tiene
una capacidad instalada para la producción de paneles solares que duplica la demanda mundial. No hay demanda firme, pues, para absorber toda la inversión incentivada en estos últimos años por el Gobierno. Como consecuencia, los precios se están hundiendo, el sector registra pérdidas milmillonarias y las plantillas en algunas empresas se han reducido ya en más de un tercio. Y, por supuesto, tras de sí, créditos impagados ofrecidos por empresas financieras públicas chinas, cuya mora no aflora en los balances bancarios, posponiendo la resolución de un problema grave para la estabilidad bancaria del país.
Habrá quien pueda afirmar que ese exceso de capacidad conducirá a beneficios futuros, a pesar de las pérdidas actuales, justificando tales apreciaciones en las teorías sobre la protección a las industrias nacientes. Ahora bien,
si tu capacidad instalada duplica la demanda mundial, resulta imposible explotar los costes medios decrecientes en un futuro temprano que te permita enjugar las pérdidas actuales. Tal es así que los analistas privados consideran que este sector debe ajustar su capacidad instalada entre un 20% y un 30% del tamaño actual para recuperar la rentabilidad empresarial de sus compañías.
En todo caso, a corto plazo observamos que las exportaciones se disparan, buscando una demanda exterior que no tienen en el propio país, pero a unos precios muy por debajo de los costes, lo que solo aumenta las pérdidas. China controla, pues, el mercado global de paneles solares, pero
ese liderazgo se ha construido a fuerza de destruir valor. Mientras, los consumidores de terceras jurisdicciones se benefician de la política industrial china con la transferencia de las subvenciones a sus bolsillos, pero
esas mismas exportaciones generan fuerzas destructivas sobre el tejido industrial del resto del mundo con efectos económicos y políticos muy negativos.
De este modo, la política industrial china, aun incorporando elementos de competencia para la distribución micro de los apoyos públicos (crédito, impuestos, regulación, etc.) entre empresas y regiones, parte de
unas decisiones políticas macro en la asignación de recursos que han comenzado a mostrar ya sus inconsistencias.
Cuando una economía está lejos de su "frontera de posibilidades de producción", decisiones erróneas en la asignación de recursos tienen un efecto negativo mucho menor sobre el crecimiento. Siempre es mejor hacer algo que nada. Ahora bien, cuando los países entran ya en la liga de las rentas medias y trabajan a plena capacidad,
distraer recursos de las inversiones más eficientes a otras que lo son menos tiene un peaje enorme en términos de crecimiento y bienestar.
Así pues, no es oro todo lo que reluce en la implementación de la política industrial china, tal y como a veces se percibe en el debate público en Europa a este respecto. Apuestas gubernamentales en baterías, automóviles eléctricos, acero, cemento, turbinas eólicas, infraestructuras de trenes de alta velocidad, etc., registran problemas similares:
reducida rentabilidad o directamente rentabilidad negativa, con un exceso de capacidad de imposible asimilación por el mercado en un horizonte razonable, generando deflación, créditos impagados, inestabilidad bancaria y desestabilizando los patrones de comercio internacional.
Cabría apuntar que todas las economías tienen excesos de capacidad en aquellos bienes o servicios que exportan. Tienen razón las autoridades chinas cuando rechazan hablar del exceso de capacidad de su economía. España, por ejemplo, tiene exceso de capacidad en la industria turística. No hay problema alguno si esas exportaciones contribuyen a la rentabilidad de las inversiones realizadas. Ahora bien, si tus exportaciones son el fruto de unas inversiones que no puedes rentabilizar en casa, pero que tampoco rentabilizas fuera fijando precios por debajo del coste,
el problema no es de exceso de capacidad, es de destrucción de valor. Este problema, muy presente en las conversaciones con las autoridades chinas, lo han venido a denominar "involución".
"No es oro todo lo que reluce en la implementación de la política industrial china, tal y como a veces se percibe en el debate público en Europa"
Sin embargo, a pesar del diagnóstico correcto de la "enfermedad",
las autoridades chinas equivocan sus causas, al menos en las reuniones mantenidas durante nuestra misión oficial.
Según nuestros interlocutores chinos, la "involución" es fruto de una competencia predatoria entre las empresas que operan en tales mercados, una disputa por cuotas de mercado fuera de cualquier racionalidad económica que lleva a fijar precios por debajo de los costes. De este modo, las causas se encontrarían en el nivel extraordinariamente alto de competencia en el mercado.
Ahora bien,
el exceso de oferta en sectores promovidos específicamente por las propias autoridades con políticas industriales verticales y dirigistas es exactamente el fruto de tales políticas. Culpar a un exceso de competencia de la caída de los precios recuerda a las campañas contra los "especuladores" cuando un gobierno fija un precio máximo sobre un bien importado que conduce de manera natural a la escasez y al mercado negro.
Por tanto, las autoridades chinas aciertan cuando insisten en diferenciar una realidad de exceso de capacidad ordinaria respecto a sus problemas de "involución". Por el contrario,
se equivocan al identificar las causas de la enfermedad y, por ende,
no alteran su hoja de ruta respecto a su política industrial en el plan quinquenal vigente, donde simplemente reorientan los sectores sobre los que aplicar parecidas políticas de apoyo.
Por otra parte, en términos macroeconómicos, el Ejecutivo chino aspira a
fortalecer la demanda interna, esencialmente vía consumo, para superar los problemas deflacionarios presentes y rentabilizar la inversión instalada. De este modo, el Gobierno desea reducir su superávit por cuenta corriente, disminuyendo las tensiones sobre el comercio internacional que adelantan medidas proteccionistas de terceras jurisdicciones.
Para ello, se plantea ampliar la cobertura de los beneficios sociales, desde las ayudas a la natalidad hasta el fortalecimiento de los sistemas de pensiones públicos, que debieran reducir la propensión al ahorro, acentuada por la actual crisis inmobiliaria.
"Las autoridades chinas aciertan cuando insisten en diferenciar una realidad de exceso de capacidad ordinaria respecto a sus problemas de «involución»"
Ahora bien, la reducción del superávit por cuenta corriente, que las autoridades afirman perseguir, debe contener también
su déficit en la cuenta de capital y financiera, es decir, deben facilitar el flujo de capitales entre los hogares y las empresas de China y el resto del mundo, avanzando en una liberalización del sector financiero y de las inversiones extranjeras.
Es decir, el saldo absoluto de la cuenta corriente es exactamente igual al saldo de la cuenta de capital y financiera. Esta identidad contable no es una teoría económica o una valoración particular. La relación de una economía con el exterior, tanto en la economía real como en el ámbito de la economía financiera, debe casar, debe ofrecer un mismo saldo neto (pero con signo contrario). De este modo,
una reducción del superávit comercial debe ir aparejada a una caída del déficit de las relaciones financieras con el resto del mundo. Es decir, deben facilitar la llegada neta de capitales al país. Actuar en un lado de esa identidad contable, la cuenta corriente, sin acompañamiento con medidas complementarias por el otro, la cuenta de capital y financiera, solo afecta a los volúmenes de exportación e importación, pero no a su saldo neto.
Para cumplir con el objetivo de reducción del superávit de su cuenta corriente, las autoridades chinas deben avanzar en
la liberalización de los flujos financieros y facilitar la llegada de inversión extranjera directa. Y para esas políticas no he escuchado propuesta alguna por parte de las autoridades chinas. Probablemente, la reducción de los controles a la inversión extranjera en el marco de la política de control empresarial por parte del Partido Comunista Chino resulta antitética.
Así pues,
sin una política de acompañamiento por el lado de los flujos de capitales resultará imposible reducir su superávit por cuenta corriente, de modo que cualquier política de incremento del consumo que pueda aumentar las importaciones también hará que aumenten las exportaciones para situar el saldo neto en idéntico valor absoluto que la cuenta de capital y financiera,
manteniendo el mismo desequilibrio actual.
Adicionalmente, el envejecimiento de la población, junto a las tensiones deflacionistas actuales, las elevadas tasas de desempleo juvenil y la debilidad de las políticas sociales, obligarían a
un impulso público del consumo y unas reformas institucionales de un calado de compleja implementación. En mis reuniones con las autoridades chinas, a mi pregunta sobre la necesidad de desplegar una seguridad social digna de tal nombre para reducir las tasas de ahorro, mis interlocutores afirmaron que tampoco querían crear una "sociedad de irresponsables".
Esta respuesta, que haría las delicias de nuestros neoliberales locales, me recordó la definición de "comunistas calvinistas" con la que un funcionario europeo denominó
las influencias culturales de la aproximación a las políticas sociales de las autoridades chinas. No resulta, pues, el mejor punto de partida, desde un marco estrictamente intelectual, para adelantar políticas activas que refuercen la redistribución de la renta, medidas que, por otra parte, no aparecen en ninguna lista de objetivos del Partido Comunista Chino.
Sin un plan para liberalizar los flujos de capitales y la llegada de inversión, y una política débil para acelerar el consumo,
no apostaría por corrección alguna en las variables macro del país, ni por un cambio de modelo de crecimiento, desde las exportaciones a la demanda interna, que China necesita para reorientar su modelo económico y el comercio internacional para minimizar los efectos negativos de la "involución" industrial china.
"A mi pregunta sobre la necesidad de desplegar una seguridad social digna de tal nombre, mis interlocutores afirmaron que tampoco querían crear una «sociedad de irresponsables»"
Además, el impulso de la demanda del sector público debería reconducir parte de los esfuerzos presupuestarios
desde la inversión actual sustentada en su política industrial hacia el despliegue de nuevas políticas sociales. Sin embargo, no se aprecia en el plan quinquenal ninguna revisión presupuestaria profunda, que priorice el gasto frente a la inversión al nivel de los retos que enfrenta el país.
Así, en el ámbito de la propia política industrial anunciada en dicho plan, se adelanta una revisión de las apuestas sectoriales del Gobierno, pero ningún cambio en la implementación de tales políticas.
Sin duda,
la competencia regional y empresarial en la implementación de una política dirigista en el terreno industrial aminora las ineficiencias inherentes a la implementación de tales políticas cuando se eligen también los territorios y las empresas a respaldar desde el sector público. Estas ineficiencias, en cualquier caso,
tienen unos costes menores cuando una economía está lejos de la frontera de posibilidades de producción, pero pueden ser letales si se trabaja ya con pleno uso de los factores de producción.
Con todo
, los costes ya presentes en la economía china de
una apuesta inmobiliaria sin respaldo de la demanda, o apuestas en paneles renovables y otros sectores donde la capacidad instalada excede extraordinariamente no ya la demanda china, sino la mundial, adelantan problemas crecientes para la sostenibilidad de las actuales tasas de crecimiento.
Ciertamente, algunas de esas nuevas apuestas tendrán éxito y quizá lleven a China a liderar sectores concretos en los mercados globales, pero la sobreinversión que llevarán aparejada, ante los actuales problemas de "involución" —que no suponen simplemente excesos de capacidad, sino destrucción de valor con ventas por debajo de los costes—,
sin curva de aprendizaje posible en un horizonte temporal sostenible, no adelanta visiones optimistas para la economía china.
En resumidas cuentas,
sin cambios institucionales que activen una cobertura pública de servicios esenciales (educación, sanidad, pensiones) que permitan reducir una propensión al ahorro llamada a seguir creciendo de la mano del envejecimiento de la población,
y una reorientación de la demanda pública desde la inversión al gasto, es decir, desde la política industrial a las políticas sociales,
el paso de una economía centrada en la inversión y las exportaciones a otra asentada sobre el consumo no será posible. Y tampoco será posible sin medidas sobre los mercados financieros que acompañen ese balanceo de la cuenta corriente que
debe llevar aparejado un balanceo de la cuenta de capital y financiera.
Por lo tanto,
los problemas de "involución" —cuyas causas no están bien identificadas por las autoridades chinas—, que impiden elevar las tasas de crecimiento y bienestar de la economía china, no tendrán solución, así como los efectos desestabilizadores sobre el comercio global derivados exactamente de esa "involución".