

El 15 de marzo de 2026, Josep Borrell conversó con Agenda Pública. Ya sin el cargo, liberado de las cautelas diplomáticas que acompañan a cualquier alto funcionario europeo, el ex alto representante de la UE para Asuntos Exteriores se expresó con claridad. Uno de los argumentos que empleó fue el de que la Unión Europea no fue pensada para la guerra. Ese diagnóstico, desarrollado con la precisión de quien ha gobernado la política exterior europea durante cinco años, merece ser tomado en toda su seriedad. Si Borrell tiene razón (y tiene razón), el mayor logro político del siglo XX puede llegar a ser el mayor fracaso del siglo XXI.
La Unión Europea nació de una voluntad de paz, y eso, que es su mayor gloria, es también su mayor limitación estratégica. Los padres fundadores del proyecto europeo no construyeron instituciones para proyectar poder hacia el exterior; las construyeron para imposibilitar la guerra en el interior. Su obsesión no era Moscú ni Washington: eran París y Berlín. El carbón y el acero como materia prima de la reconciliación. La interdependencia económica como vacuna contra el nacionalismo bélico. En ese objetivo concreto, el proyecto ha sido un éxito extraordinario. Pero confundir ese éxito con capacidad estratégica ha sido el error más caro que Europa ha cometido en su historia reciente.
Ese error fue posible, en gran medida, porque Europa nunca tuvo que responsabilizarse de su propia defensa. La OTAN, construida en paralelo al proyecto europeo, actuó durante décadas como una red de seguridad que eximía al continente de hacerse preguntas que no quería afrontar. Washington ponía los soldados, los satélites y la disuasión nuclear. Europa ponía el mercado, las normas y la retórica sobre los valores universales. Fue un reparto de roles cómodo, funcional y, durante mucho tiempo, sensato. Tan cómodo, de hecho, que nadie quiso leer con atención lo que el artículo 5 del Tratado de Washington realmente dice: no una obligación de entrar en guerra, sino un compromiso de ayudar con los medios que cada uno estime adecuados. Una cláusula que lo permite todo y no obliga a nada.
"Una fuerza de reacción rápida de 5.000 efectivos en un continente de 450 millones de habitantes es, más que capacidad militar, un símbolo"Sin embargo, la ausencia de responsabilidad defensiva tuvo consecuencias institucionales profundas. La Unión nunca desarrolló una arquitectura militar integrada porque nunca la necesitó. Hoy no existe un mando operativo europeo unificado con capacidad de despliegue autónomo. No existe una agencia de inteligencia común con acceso real a las fuentes nacionales: cada Estado miembro guarda celosamente sus servicios, sus redes, sus activos, desconfiando de compartirlos en una mesa donde se sientan otros veintiséis socios con intereses divergentes. La Brújula Estratégica, adoptada en 2022, es un documento de intenciones políticamente importante y operativamente insuficiente. Una fuerza de reacción rápida de 5.000 efectivos en un continente de 450 millones de habitantes es, más que capacidad militar, un símbolo.
Debajo de todo ello, hay una capa de dependencias estructurales que hace que la autonomía estratégica sea, hoy, más aspiración que realidad. Europa no controla su infraestructura digital: los datos críticos del continente viven en nubes administradas desde Silicon Valley. No controla sus ojos en el cielo: la inteligencia satelital que guía operaciones militares en el teatro europeo depende de constelaciones americanas. No controla su sistema de pagos: las redes financieras que sostienen la economía cotidiana de los ciudadanos europeos están en manos de empresas estadounidenses que ya han demostrado su disposición a utilizarlas como instrumento de presión política. Y en energía, Europa ha cambiado una dependencia por otra: del gas ruso al gas americano, sin haber construido en el camino ninguna soberanía real. Un continente así de expuesto no puede permitirse la confrontación con su protector, aunque ese protector haya decidido dejar de serlo.
No obstante, sería un error quedarse en el diagnóstico. Porque Europa no parte de cero. Parte, en realidad, de una base que ninguna otra región del mundo ha logrado construir y que, bien entendida, es el fundamento más sólido posible para una transformación estratégica real.
El mercado único más grande del mundo va más allá de ser una plataforma comercial, porque es una base industrial sobre la que se puede construir una defensa común. La inversión coordinada en sectores críticos (semiconductores, inteligencia artificial, computación cuántica, ciberseguridad) ya está en marcha, aunque de forma fragmentada y tímida. El Fondo Europeo de Defensa, la directiva sobre industria de defensa, los primeros pasos hacia una compra conjunta de armamento. Son instrumentos incompletos, pero son instrumentos. La arquitectura existe en embrión; lo que falta es la voluntad de escalarla.
"La votación por mayoría cualificada en política exterior, bloqueada durante décadas por el tabú de la soberanía nacional, está siendo reconsiderada con una seriedad que hace cinco años habría parecido impensable"En inteligencia, la cooperación existe y es más profunda de lo que los tratados sugieren. Los servicios de los Estados miembros llevan décadas intercambiando información de forma bilateral y multilateral, dentro y fuera de marcos formales. Construir una agencia europea de inteligencia exterior no sería crear algo de la nada, sería formalizar y potenciar redes que ya funcionan en la sombra. En la toma de decisiones, la unanimidad no es un dogma constitucional inamovible; es una norma que puede reformarse mediante los procedimientos que los propios tratados contemplan. La votación por mayoría cualificada en política exterior, bloqueada durante décadas por el tabú de la soberanía nacional, está siendo reconsiderada con una seriedad que hace cinco años habría parecido impensable. La guerra en Ucrania ha hecho más por la integración europea en materia de defensa que veinte años de cumbres y libros blancos.
"La UE ha preferido creer que un continente puede existir como potencia normativa en un mundo de potencias militares y que la influencia blanda es suficiente cuando la influencia dura está en otras manos"Con todo, hay algo más allá de la cuestión estratégica. El verdadero problema de Europa no es que no esté hecha para la guerra. El verdadero problema es que tampoco ha querido estarlo. Ha preferido creer que un continente puede existir como potencia normativa en un mundo de potencias militares, que los valores pueden sustituir a los medios, que la influencia blanda es suficiente cuando la influencia dura está en otras manos. Esa creencia fue, en un momento particular, una apuesta razonable. Hoy es un lujo que la historia ya no nos concede.
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