Martes, 28 de julio de 2026
GEOPOLÍTICA

Si quieres paz, prepárate para la paz

En un contexto donde "nadie trata la paz como lo que es: un proyecto que requiere arquitectura, consenso y planificación" Antonio Legaz, experto en defensa e inteligencia, alerta sobre la desconexión entre la preparación para el conflicto y la ausencia de un plan para el día después. En estos momentos, escribe, "vivimos tan obsesionados con la guerra que no podemos imaginar la paz".

Antonio Legaz Antonio Legaz 12 de diciembre de 2025
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La sala del Consejo de Seguridad de la ONU, vacía. | Naciones Unidas
La sala del Consejo de Seguridad de la ONU, vacía. | Naciones Unidas
Decía Erasmo de Róterdam que la paz más desventajosa es mejor que la guerra más justa, una reflexión que poco a poco hemos olvidado en la prisa por ganar batallas en lugar de construir futuros. Pero hay algo mucho más inquietante en esa frase, algo que nos golpea hoy: no es que hayamos olvidado que la paz es preferible, es que hemos dejado de saber imaginarla. El futuro ha perdido peso en el debate público y ha sido sustituido por una atención casi exclusiva en la lógica de la urgencia.

"Es como si creyéramos que la paz llegará sola una vez que hayan desaparecido las razones para seguir la guerra"
La realidad es que vivimos en un presente donde los gobiernos se concentran en gestionar amenazas inmediatas y construir capacidades defensivas. Pero mientras invierten energía en seguridad, casi no invierten en el trabajo paralelo: imaginar y diseñar cómo debería funcionar la paz. Los analistas estudian escenarios de conflicto. Los políticos negocian posiciones de fuerza. Las instituciones se preparan para crisis. Nadie trata la paz como lo que es: un proyecto que requiere arquitectura, consenso y planificación deliberada. Es como si creyéramos que la paz llegará sola una vez que hayan desaparecido las razones para la guerra.


La paz no se hereda. Se construye.

El colapso de los acuerdos de paz

El mundo enfrenta una crisis de conflictos sin precedentes. Había 59 conflictos armados en 2023, la cifra más alta desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Son números que pesan. Detrás de cada uno hay millones de personas desplazadas, economías colapsadas e infraestructuras destruidas. Aunque el verdadero problema no es solo cuántos conflictos hay, es que casi ninguno termina. Desde los años setenta algo fundamental cambió. Los conflictos que terminaban con una victoria clara bajaron del 49% al 9%. Los que terminaban en acuerdos de paz bajaron del 23% al 4%. Eso significa que de cada cien conflictos, menos de cuatro alcanzan una conclusión real. Los demás se congelan. Se quedan suspendidos, esperando una oportunidad que nunca llega.
 
¿Por qué sucede esto? Porque los conflictos ya no funcionan como lo hacían en el siglo XX. Antes, había ganadores y perdedores. Alguien se rendía. Ambos se sentaban a la mesa. Se firmaba un tratado. El mundo intentaba volver a la normalidad. Eso se acabó. Ahora la guerra no busca la victoria total. Busca el control. El equilibrio. La disuasión constante.

"Un armisticio donde cada parte cede lo mínimo, mantiene su capacidad ofensiva y espera una oportunidad de volver no es reconciliación, es congelamiento"
La nueva paz no espera que el vencido resurja. Espera que nadie sea lo suficientemente fuerte para ganar nuevamente, que todos estén lo suficientemente heridos para detenerse. No es una paz que construye algo nuevo: es una paz que evita que se repita lo viejo. Cuando Donald Trump propone resolver el conflicto de Gaza o cuando se negocia una tregua en Ucrania sin abordar las causas de la invasión, lo que en realidad se está negociando es una pausa. Un armisticio donde cada parte cede lo mínimo, mantiene su capacidad ofensiva y espera una oportunidad de volver. No es reconciliación. Es congelamiento. 


Mientras el número de guerras se estanca, su naturaleza cambia. Hace quince años, 59 países estaban involucrados en conflictos externos. Hoy son 98, de ellos, 78 están combatiendo fuera de sus fronteras. Los conflictos que antes eran locales ahora tienen cuatro o cinco actores internacionales tirando de cada lado. Esto hace que la paz sea más compleja. No puedes resolver un conflicto cuando una decena de potencias externas tiene intereses en el resultado. La internacionalización convierte los conflictos en torres de babel. 

En Gaza se negocia bajo presión estadounidense. En Ucrania, cada tregua propuesta es más una estrategia de reposicionamiento que una solución real. Nadie aborda qué pasará después del cese al fuego, cómo convivirán poblaciones traumatizadas, cómo se reconstruirá cuando las raíces del conflicto siguen intactas. Es como si la paz fuera solo el paréntesis entre dos actos de la misma obra.

A esto se suma otro fenómeno: la fragmentación geopolítica está en su nivel más alto desde la Guerra Fría. El número de países con influencia global casi se ha triplicado, pasando de 13 a 34. La ONU existe desde 1945. Se creó con una promesa clara: evitar que volviera a ocurrir lo que pasó en la Segunda Guerra Mundial. Las instituciones internacionales no han fallado completamente. Han operado en un contexto geopolítico que cambió fundamentalmente. En 1945, el mundo tenía dos superpotencias emergentes y una estructura clara. Hoy tiene 34 actores influyentes, economías rivales y alianzas rotas. Las instituciones diseñadas para un mundo bipolar encuentran dificultades en un mundo multipolar. No porque sean intrínsecamente débiles, sino porque el contexto cambió. Los países que antes respetaban las decisiones de Naciones Unidas ahora tienen suficiente poder para ignorarlas. Eso significa que cuando venga la paz, no habrá seis potencias negociando. Habrá treinta y cuatro visiones distintas de cómo debería verse el mundo. Treinta y cuatro agendas. Treinta y cuatro formas de entender la seguridad.

Lo irónico es que ahora cometemos el error opuesto. Vivimos tan obsesionados con la guerra que no podemos imaginar la paz. Hemos invertido tanto en prepararnos para la batalla que no sabemos qué hacer cuando el enemigo baje las armas y cuando eso ocurra (y ocurrirá) nos volverá a sorprender. No porque la paz sea impredecible sino porque preferimos pensar que siempre será mañana.

Cuando acabe esta tendencia belicista, volverá la paz. No porque alguien la diseñe brillantemente sino porque la fatiga es inevitable. Los recursos se agotan. Las sociedades se quiebran. Entonces alguien levantará la mano y dirá que necesitamos parar. Pero aquí viene lo que importa: no estaremos preparados. Exactamente igual que no estuvimos preparados para la guerra.

Hace una década vivíamos en paz relativa. Los mercados subían. Las personas tenían planes. En 2015, nadie imaginaba este presente. Los gobiernos no se prepararon para la guerra. Los ciudadanos menos. Construimos nuestras vidas en una realidad que desapareció sin aviso. La incapacidad de ver venir lo que no queremos ver es un defecto humano persistente. Rechazamos la posibilidad incómoda hasta que se convierte en realidad ineludible.

"Cuando venga la paz, pasará algo parecido, porque vendrá a un mundo que no sabemos cómo navegar tras haber estado enfocados en ganar conflictos"
Cuando venga la paz, pasará algo parecido. Vendrá a un mundo que no sabemos cómo navegar porque mientras hemos estado enfocados en ganar conflictos, el tablero cambió. Las estructuras que tardaron setenta años en construirse operan en un contexto que ya no es suyo y los que tendrán que construirla serán los mismos que la rompieron. No porque exista un grupo especialmente elegido para construir la paz; el diseño del futuro suele quedar, en realidad, en manos de quienes ya ocupan las posiciones de poder cuando el conflicto se detiene.


Construir la paz será más difícil que construir guerra, no porque la paz sea imposible, pues exige algo que la guerra no: que todos renuncien a algo. Que los vencedores no venguen todo. Que los vencidos acepten su situación. Que treinta y cuatro actores globales lleguen a un acuerdo sobre cómo compartir el planeta. Es una ecuación compleja. Pero no es imposible. Solo requiere que empecemos a imaginarlo ahora.

El acto de imaginar como resistencia

Imaginar la paz después del conflicto no es un adorno intelectual, es una tarea de planificación política básica. Es, posiblemente, el trabajo más concreto que podemos hacer ahora: definir reglas, instituciones y prioridades para el día después, antes de que llegue. Pensar ese después es la única forma de reducir la probabilidad de que se parezca demasiado a lo que ya hemos vivido.

Imaginar requiere que nos enfrentemos a preguntas incómodas. ¿Cómo construimos legitimidad en instituciones internacionales cuando el mundo ha triplicado sus actores influyentes? ¿Cómo se construye una conversación de paz cuando los principales actores no comparten ni el diagnóstico ni la idea de justicia? ¿Cómo abordamos campos de conflicto que ni siquiera existían hace una década? ¿Quién será responsable de las atrocidades? ¿Quién reconstruye qué?

"Imaginar la paz significa reconocer que el mundo que viene será irreconocible para quienes lo construyeron y eso es tan aterrador como liberador"
Pero más que eso: imaginar la paz significa reconocer que el mundo que viene será irreconocible para quienes lo construyeron y eso es tan aterrador como liberador. Aterrador porque no sabemos si nuestra civilización aguantará el viaje. Liberador porque significa que el futuro no está escrito en piedra. Las élites que guiaron las guerras no necesariamente guiarán la paz. Las instituciones que fallaron pueden ser reemplazadas. Los perdedores pueden tener voz.


Decía Erasmo que la paz más desventajosa es mejor que la guerra más justa. Lo que no dijo es que también es más compleja, más difícil, más exigente. Una guerra solo requiere que ganemos. Una paz requiere que imaginemos juntos.

Y ese, precisamente, es el trabajo que aún no hemos empezado.
Antonio Legaz
Antonio Legaz
Analista de defensa e inteligencia en una empresa del sector de la defensa
Participación