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Como es bien sabido, el origen de la Unión Europea fue el compromiso de alcanzar la paz en una Europa herida por dos guerras mundiales. Aquel horror, que se llevó por delante la vida de casi sesenta millones de europeos, dio paso a la necesidad de una nueva máxima continental: mejor unidos que enfrentados. Esa fue la apuesta de una Europa fatigada por la batalla continua y los nacionalismos totalitarios. Una Europa decidida a seguir creyendo en su liderazgo internacional y que sabía que, para lograrlo, solo debía asumir una premisa: lo que nos une como europeos es más fuerte que lo que nos separa como franceses, españoles, alemanes o eslovenos.
Sin embargo, la arquitectura de esa paz que hoy damos por sentada no fue en absoluto sencilla. Más allá de la voluntad política, la astucia diplomática y la creatividad jurídica, hacía falta un pegamento lo suficientemente sólido como para superar siglos de enfrentamientos. Ese pegamento ya estaba inventado; solo había que aplicarlo. Y no fue otro que el comercio. Porque el comercio —ni más ni menos— ha sido el verdadero motor que nos ha permitido alcanzar el periodo más prolongado de paz, estabilidad y prosperidad de nuestra historia.
La interacción económica entre países es el seguro más fiable contra posibles conflictos. Cuando los estados comercian, se vuelven interdependientes y se enriquecen cooperando entre sí, los incentivos para enfrentarse —y con ello empobrecerse— son mucho menores. Así lo formuló el economista Thomas Friedman en su célebre teoría de los arcos dorados —en referencia a los icónicos arcos de McDonald's—, demostrando con datos que dos países con presencia de franquicias de esta multinacional tienen menos posibilidades de entrar en guerra entre sí. La tesis de fondo es que las redes comerciales generan flujos de riqueza, estabilidad y apertura hacia el otro. Y con ello, irremediablemente, llega la paz y la estabilidad.
"Las decisiones a golpe de tuit del presidente Trump o la reciente invasión rusa de Ucrania han resquebrajado el orden mundial y puesto en duda las políticas liberales que han definido el avance global"Por otro lado, cierto es que las decisiones a golpe de tuit del presidente Trump o la reciente invasión rusa de Ucrania han resquebrajado el orden mundial y puesto en duda las políticas liberales que han definido el avance global las últimas décadas. Pero no es menos cierto que, en cumplimiento de la teoría de Friedman, aunque la famosa franquicia operaba tanto en Moscú como en Kiev en el momento de la agresión, McDonald's abandonó la Federación Rusa pocos meses después. Más allá de dejar a los rusos sin Big Mac, la salida de esta empresa de territorio ruso representa el mejor ejemplo de la fuga empresarial y la desconexión económica con Occidente que ha sufrido Rusia desde que Putin decidió invadir Ucrania. Y aunque no lo veamos todavía, las consecuencias económicas de esta agresión serán devastadoras para Rusia y su población más pronto que tarde. La paz siempre sale barata y el comercio rentable: Putin ha comprometido el futuro de 144 millones de rusos con esta guerra tan absurda.
Siguiendo esta lógica, el mercado único es, sin duda, uno de los mayores logros de la Unión Europea y uno de los pilares más sólidos en la consolidación de la paz entre europeos. Sin él, los coches que se fabrican en Vigo, Valladolid o Zaragoza tendrían una competencia de mercado mucho más restringida. Nuestros productos agrícolas no se conocerían más allá de los Pirineos. Nuestras multinacionales serían mucho más pequeñas y nuestra industria mucho menos puntera. Sin el mercado único, los ciudadanos europeos no habrían disfrutado de avances tan concretos como la supresión del roaming, los vuelos low cost, la movilidad laboral o la homogeneización de los derechos del consumidor.
"España es uno de los países que más se ha beneficiado de la armonización europea, pues, desde su incorporación a la UE en 1986, ha multiplicado por más de seis su PIB nominal"Como recuerda el Comité Económico y Social Europeo, estos beneficios son tangibles y equivalen a cerca del 8,5 % del PIB de la UE. España es uno de los países que más se ha beneficiado de la armonización europea, pues, desde su incorporación a la UE en 1986, ha multiplicado por más de seis su PIB nominal. Incluso, si retrocedemos todavía más, los beneficios para la economía española de apostar por la apertura comercial resultan aún más evidentes. Desde 1959, año en que el franquismo abandonó su obsesión autárquica, el PIB español se ha multiplicado por más de 60 veces en términos reales. España ha pasado, en seis décadas, de ser una economía agraria a una de las quince mayores del mundo. Ese crecimiento extraordinario, unido al impulso del estado de bienestar que ha traído consigo, es inexplicable sin nuestra incorporación a los mercados europeos e internacionales y a la pujanza de nuestras empresas.
Ahora bien, 75 años después esa arquitectura de paz y prosperidad que parecía inquebrantable muestra fisuras y, con ellas, la urgencia de repensar nuestro modelo. A un contexto global cada vez más complejo con un orden mundial en ruinas, marcado por la inseguridad internacional y las guerras arancelarias, se suma nuestra dependencia de materias primas en las cadenas de suministro globales. La deslocalización nos ha permitido relegar de nuestro mercado laboral tareas tediosas, duras y con menor remuneración asociada, pero nos ha expuesto a la dependencia de terceros países y ha desafiado la ocupación laboral de amplios sectores de la población.
"El peso económico de la Unión ha caído de forma sostenida desde los años noventa, cuando representaba más del 20% del PIB global. Hoy apenas alcanza el 15% y sigue descendiendo"El peso económico de la Unión ha caído de forma sostenida desde los años noventa, cuando representaba más del 20% del PIB global. Hoy apenas alcanza el 15% y sigue descendiendo. Estados Unidos y China nos superan con claridad, y potencias emergentes como India se aproximan. Esta pérdida de relevancia implica una merma directa en nuestra capacidad de influir, negociar y defender nuestros intereses en el tablero global. Y, sobre todo, pone en riesgo el mantenimiento de nuestro estado de bienestar.
Ahora bien, que el contexto geopolítico y la necesidad de recuperar nuestra autonomía no nos aparte de nuestros valores. Aunque la invasión de Ucrania haya evidenciado la fragilidad de las cadenas de suministro globales, y la elección de Trump haya expuesto nuestras vulnerabilidades defensivas, los europeos no podemos olvidar que han sido el comercio internacional, la apertura y la aplicación de políticas liberales los que nos han traído hasta aquí.
No podemos seguir atrapados en el callejón sin salida de la dependencia, pero tampoco podemos volver a caer en la trampa de la autarquía. No se trata de cerrar fronteras ni de abrazar el falso mito de los aranceles, sino de equilibrar el aperturismo con el fortalecimiento de nuestras capacidades propias.
"Sin una integración real de los mercados energéticos, financieros o de telecomunicaciones, y sin competir en los mercados internacionales, la posibilidad de seguir siendo un referente global de paz y prosperidad es imposible"El libre comercio sigue siendo la herramienta más poderosa para edificar la paz a través de la prosperidad compartida. Un mundo con más comercio internacional es un mundo más seguro y más rico. La UE ha sido el mayor experimento pacifista de la historia reciente, no por sus discursos, sino por su andamiaje interdependiente. Hoy, esa arquitectura necesita renovarse: más integración, más inversión estratégica y recuperar la autoestima del espíritu fundacional.

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