Martes, 28 de julio de 2026
SEGURIDAD

El futuro de la Europa de la Defensa y el ecosistema 'deep tech'

Como "no existe dominio militar sin superioridad tecnológica", Irene Blázquez, directora del Center for the Governance of Change en IE University, plantea un esquema claro para que Europa no se quede atrás. Sus reflexiones, surgidas tras el debate en el microespacio 'Defensa, seguridad e industria: una oportunidad estratégica para Europa, España y Catalunya', ilustran lo necesario que es para el continente acelerar, escalar y retener su innovación en 'deep tech'.

Irene Blázquez Navarro Irene Blázquez Navarro 30 de marzo de 2026
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Irene Blázquez modera el microespacio de 'Agenda Pública' 'Defensa, seguridad, industria: una oportunidad para Europa, España y Catalunya'. | Agenda Pública / Tsun Ho
Irene Blázquez modera el microespacio de 'Agenda Pública' 'Defensa, seguridad, industria: una oportunidad para Europa, España y Catalunya'. | Agenda Pública / Tsun Ho
Defensa y seguridad. Este es el binomio crítico del debate público europeo. Se explica su centralidad por la exacerbada rivalidad global que está imponiendo un cambio de ciclo, la desaparición progresiva del orden liberal internacional conformado tras la Segunda Guerra Mundial junto al surgimiento de un tablero cada vez más multipolar, aun cuando militarmente este poder sigue muy desigualmente concentrado en una triada de potencias, EE. UU., China y Rusia, las dos primeras líderes de la carrera tecnológica.

Múltiples señales apuntaban a ese cambio. El orden liberal internacional basado en reglas se venía deteriorando tras la crisis de la COVID-19, un acelerador del deterioro del multilateralismo; del declive y el retroceso de la democracia, como atestigua el reciente informe de Freedom House; de la "desglobalización" y discontinuidad de las cadenas globales de suministro; de la desinformación, polarización social y políticas identitarias, y del disparo de la inversión en capacidades militares. 

Los conflictos escalan y las necesidades son mayores

A ese nuevo tablero retorna una geopolítica imperada por la lógica de la fuerza. La escalada bélica es planetaria. Europa experimenta la guerra por la agresión rusa a Ucrania iniciada en febrero de 2022. También por las consecuencias de otros conflictos cercanos o distantes. Además, el mantenimiento de la relación transatlántica fuerza nuevas exigencias. En la cumbre de La Haya de la OTAN en 2025, los aliados se comprometieron por encima de lo acordado ya en Gales a invertir anualmente con vistas a 2035 el 5% del PIB en necesidades militares de defensa, así como en gastos relacionados con la defensa y la seguridad —infraestructuras críticas, redes, resiliencia civil, base industrial de defensa—, urgidos los aliados europeos por la Administración estadounidense a asumir la responsabilidad de su defensa convencional, reclamo, cabe subrayar, de larga data por parte de las administraciones de EE. UU. anteriores, dada la asimetría europea en el sostenimiento de este vínculo militar. 

"Ucrania es buen ejemplo y ha reabierto el debate de qué tipo de capacidades militares requieren las fuerzas armadas del futuro"
El gasto militar —también por parte de Europa— se viene incrementando desde hace años. De los veintiocho miembros europeos de la OTAN, veinte destinaron más del 2% de su PIB al gasto de defensa en 2024. El aumento sin precedentes del gasto militar mundial que reporta el
Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) en 2025 (el mayor incremento desde el final de la Guerra Fría en 2024 —el 9,4% en términos reales respecto a 2023—) refleja la creciente confrontación entre potencias con visiones divergentes de la seguridad. Esta competencia armamentística se decide en términos de supremacía tecnológica. No existe dominio militar sin superioridad tecnológica. "Estados spin-off" de la guerra; con ella aprenden cómo el avance tecnológico decide determinantemente la naturaleza del enfrentamiento. Ucrania es buen ejemplo y ha reabierto el debate de qué tipo de capacidades militares requieren las fuerzas armadas del futuro. La tecnología continuará cambiando el carácter de la guerra conflicto, que además toma formas diferentes a las puramente militares con el acrecentamiento exponencial de las amenazas híbridas, ya endémicas.


La Unión Europea, una configuración multidimensional del poder, que surgía como un nuevo ordenamiento jurídico, un ordenamiento constitucional, un ejemplo de Derecho transnacional, de Derecho más allá del Estado, a pesar de haber respondido a este reto de la complejidad bélica del entorno de seguridad, nunca ha incluido el monopolio del uso de la fuerza militar como elemento constitutivo del proyecto de integración. Se enfrenta en este nuevo contexto global más transaccional y de cambio profundo al dilema de cómo, sin capacidad militar propia, reafirmar los valores en que se funda y mantener su papel como un actor internacional competitivo y con poder normativo.

Se han tomado decisiones relevantes, como evidencia el Plan ReArm Europe/Readiness, que prevé una movilización de 800.000 millones de euros por medio de distintas vías como los préstamos de la Unión, la cláusula de escape nacional o la participación del Banco Europeo de Inversiones. Pero, aun cuando la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC), que abarca una Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD), no es simplemente un foro para la concertación de las competencias de los Estados miembros en la materia, estos siguen siendo soberanos.

Parece que el dilema solo se puede resolver en un avance hacia una Europa de la Defensa, activa en el ámbito militar y civil con implicación público-privada y fuerte base tecnológica en consonancia con la profundización del mercado único y el nuevo plan de competitividad europea One Europe, One Market, que promovieran los informes Letta y Draghi.

"La independencia militar europea colisiona con una realidad marcada por mercados fragmentados e industrias rivales"
El cuestionamiento que se abre es si esta profundización ha de ser un componente de la soberanía estratégico-tecnológica de la Unión, que desencadene su dependencia de EE. UU., o ha de constituir un refuerzo del pilar europeo en la OTAN.
Voces autorizadas entienden que solo cabe este rearme de la Europa de la Defensa dentro del marco transatlántico. La independencia militar europea colisiona con una realidad marcada por mercados fragmentados e industrias rivales y exige a los Estados miembros asumir decisiones de soberanía respecto de la PESC y la PCSD.

Europa se ha visto obligada a encarar la rivalidad geopolítica en el ámbito de la defensa y esto solo se puede hacer en clave tecnológica. A futuro, armado un alineamiento político, creadas estructuras de gobernanza, y definidos Proyectos Europeos de Defensa de Interés Común que permitan el desarrollo de nuevos ámbitos tecnológicos, Europa podrá afrontar, en mejores condiciones, una situación de guerra prolongada y rivalidad sistémica. 

Es tiempo, en todo caso, de transitar de la decisión política y la conceptualización a la dotación de capacidades. Existe una oportunidad para la Industria de la Defensa Europea y nacional, una industria cuyo perímetro se ha ampliado más allá de los canónicos actores gubernamentales o empresariales, algo a lo que contribuye que, en el espacio de las tecnologías duales, esta dualidad es cada vez más síncrona y nativa. 

En este sentido, el sector deep tech se ha convertido en un vector estratégico para el futuro de Europa. En estas tecnologías se juega su ventaja competitiva: definirán las industrias del mañana y reconfigurarán las cadenas de valor globales. El European Deep Tech Report 2026 confirma un giro estructural en las dinámicas de inversión del ecosistema europeo. La defensa y la seguridad han duplicado su peso en apenas tres años, pasando del 20% en 2022 al 43% en 2025. Europa se enfrenta a un reto: crear empresas de alto potencial que escalen globalmente y cuyo valor permanezca en el continente. Es imprescindible que Europa acelere, escale y retenga la innovación deep tech ligada a su defensa.
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