Martes, 28 de julio de 2026
CIUDADES GLOBALES

'Madrilona' y el Estrecho pueden salvar a España del declive geopolítico global

Bajo la tesis de que el 'siglo americano' ha pasado de la diplomacia a la coerción explícita, el arquitecto Fernando Caballero Mendizabal analiza el papel de España en un orden internacional que ya no oculta sus jerarquías. Con el eje 'Madrilona' y el sistema urbano del Estrecho como piedras angulares, el autor propone superar la "miopía de la gresca política" para construir una arquitectura de ciudades globales capaz de blindar nuestra soberanía.

Fernando Caballero Mendizabal Fernando Caballero Mendizabal 27 de enero de 2026
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En un contexto geopolítico de alianzas inestables, el autor apuesta por las ciudades globales para fortalecer la posición española. | Cortesía del autor. Elaborado con Gemini
En un contexto geopolítico de alianzas inestables, el autor apuesta por las ciudades globales para fortalecer la posición española. | Cortesía del autor. Elaborado con Gemini
Poco después del comienzo de la Guerra de Ucrania, el presidente Joe Biden y el canciller Olaf Scholz daban una rueda de prensa en la Casa Blanca. Un periodista preguntó al canciller si el nuevo gaseoducto Nord Stream II llegaría a entrar en funcionamiento. Scholz no tuvo tiempo ni de empezar a contestar cuando, sobre una cuestión que atañe únicamente a los Estados soberanos de Alemania y Rusia, el presidente Biden contestó que "por supuesto que ese gasoducto no se pondrá en funcionamiento". Europa pasó de puntillas sobre esa escena que evidenciaba lo que realmente somos y hasta dónde llegan las decisiones de nuestros ciudadanos. Meses más tarde, una explosión en el Báltico terminó de rubricar las palabras del emperador americano. Pocas veces fue tan explícito un presidente demócrata.

El Gran Juego

Al actual presidente norteamericano le debemos reconocer y agradecer una cosa: la claridad sin barnices. Una claridad que nos molesta. Nos resulta tan antiestética como las formas del propio personaje. Estados Unidos lleva décadas saltándose el orden internacional basado en reglas de igualdad entre Estados y resolución de las disputas ante la ONU, que ellos mismos construyeron. Sin embargo, durante todo ese tiempo, en Washington se preocuparon por mantener las formas y los barnices de legalismo, así como los juegos de máscaras bajo los que se ocultaba su imperio. Hoy no hay máscaras. Al pan se le llama pan y al vino se le llama vino, y a Maduro no le juzgarán en La Haya sino en Brooklyn.

"Empieza a percibirse que esas formas con Venezuela o Groenlandia, tan propias de la Guerra de Cuba, se deben a las prisas americanas, por si entramos en la espiral de la famosa trampa de Tucídides"
A raíz del "Caracazo", aparecen muchos análisis sobre la nueva guerra fría y los movimientos en las zonas de influencia, patios traseros y el control de los recursos que están detrás de esta versión actualizada del Gran Juego entre imperios en el que nos estamos sumergiendo. La geopolítica del siglo XXI rima mucho con la de finales del siglo XIX. Y, aunque en los últimos meses el emperador de nuestra parte del mundo nos ha pillado con el pie cambiado, esa no es una situación que pueda durar para siempre. Sobre todo cuando empieza a percibirse que esas formas con Venezuela o Groenlandia, tan propias de la Guerra de Cuba, se deben a las prisas americanas, por si entramos en la espiral de la famosa trampa de Tucídides.


Por dar solo un ejemplo, tal y como explica Adrián Díaz, industrial español afincado en China, en 2024 se construyeron en Estados Unidos cinco buques de gran tamaño, con un total de 76.000 toneladas brutas. En ese año China construyó doscientos cincuenta (cincuenta veces más) y catorce millones de toneladas brutas. Es decir, el país más poderoso de la Isla del Mundo, no solo aumenta día a día su influencia y control sobre Rusia (el Heartland), sino que ya tiene una capacidad de producción naval (y, por tanto, unas necesidades de recursos como el petróleo) muy superior a la de las Islas periféricas cuyo control del mundo, según Mackinder, debía ser a través del control de los mares.

Decía que la claridad de Trump molesta, sí, pero también nos es útil. El emperador no se anda con rodeos y nos está tratando como lo que todos sabemos que somos pero no queríamos decirlo en voz alta: vasallos, sin más. Sin embargo, el emperador es mayor y está obsesionado con su legado, que el imperio vuelva a brillar. 

La primera pregunta es si ese brillo es "que el siglo americano continúa" como ha dicho Trump, o si más bien se trata del canto del cisne. El momento de mayor brillo de las estrellas es justo antes de desaparecer y los fundamentos del imperio americano están corroídos y, como decía, de ahí las prisas, los nervios, la violencia… y las formas. A medio y largo plazo, estas formas se le pueden volver en su contra, cuando los demás nos coloquemos. Es difícil pensar que, en su estado, Estados Unidos pueda gestionar y financiar una guerra fría y comercial con China y al mismo tiempo otra con Europa. A no ser que pueda colocar gobiernos títeres en nuestro continente para incentivar una carrera de regalos y concesiones para ver qué vasallo está dispuesto a estar más cerca del emperador. 

La segunda pregunta es esta: más allá de las reacciones de pasmo de Europa y Canadá, de las medias tintas a la hora de reivindicar un orden mundial que ya no existe, de firmar el nuevo vasallaje como hizo en 2025 Úrsula von der Leyen o de seguir financiando una guerra europea en un país que nuestro emperador parece haber concedido al Lebensraum del Kremlin, ¿estamos dispuestos a reaccionar antes de que lleguen los títeres? 

Estados Unidos nos ha pillado con el pie cambiado, pero es que, incluso si llegasen a gobernar en Europa los partidos que Washington patrocina, los gobiernos europeos empezarán a mover sus piezas, dado que el fuck the EU (que le jodan a la UE) es un lema muy anterior a la presencia de Trump en el Departamento de Estado. 

"¿Y en España? Aceptando que somos vasallos, tiene que quedarnos claro que no es lo mismo serlo de primer o segundo nivel como nos ocurre hoy"
Desde la derecha radical hasta el establishment europeo empieza a estar claro que hay que moverse. Jordan Bardella manifestó que lo ocurrido en Venezuela constata la necesidad de Francia de contar con autonomía estratégica para ser soberana. Merz habla de crear una única bolsa continental con sede en Alemania (¿y por qué no en Milán o Barcelona?) para canalizar el capital privado de los ahorradores del Viejo Continente hacia las empresas europeas y no al S&P 500.


¿Y en España? Aceptando que somos vasallos, tiene que quedarnos claro que no es lo mismo serlo de primer o segundo nivel como nos ocurre hoy. No solamente estamos en un continente que se vuelve periférico en el nuevo orden mundial y económico, sino que estamos en la periferia de ese continente y vivir en la periferia implica que son otros los que deciden por nosotros según sus propios intereses.

Una defensa de la ciudad global

En España tenemos algunas herramientas para replantear nuestro lugar, con la calma, con tiempo, e ir escalando posiciones dentro del imperio, pero también fuera de él.

Una de esas herramientas es la ciudad global. Faros que irradian originalidad y poder blando al mundo. Puertas de entrada (y de salida) de los flujos de capital, materia gris, fenómenos culturales de todo tipo. Lugares donde la aglomeración hace que el sistema genere las economías de escala suficientes para poder desarrollar y financiar el bienestar, las infraestructuras y los servicios que nuestras sociedades demandan y donde, cuando vienen mal dadas, podemos retener el talento que de otra forma se marcharía a otras ciudades globales. Pero, como expliqué recientemente en este artículo en El Confidencial, estas urbes también generan problemas de convivencia y tensiones económicas y sociales que afectan normalmente a las capas más vulnerables y que pueden llegar a desestabilizar todo el sistema político. Por tanto, la cuestión a la que debemos responder es si, en un mundo de depredadores, decidimos apostar por los problemas que provocan las ciudades globales o por los que se derivan de no tener esas ciudades. 

Yo pienso que a partir de las dos ciudades globales que tiene España se pueden construir muchas cosas. Con voluntad y estrategia es posible aislar y tratar los problemas, así como generar y canalizar la riqueza desde los centros a las periferias porque hay recursos para ello. Pienso que nuestra gran estrategia nacional debería ser planificar cómo crecen y se complementan los sistemas de Madrid y Barcelona: Madrilona. Que en lugar de la miopía de la gresca continua y estéril de la política pequeña, nos viene bien que sean distintas en lo económico y en lo político, porque eso genera redundancias y fortalezas a nuestro sistema. Solo desde ahí se puede recoser el país con una red escalonada de ciudades grandes y pequeñas que complemente nuestra planta autonómica.

"Se equivocan los federalistas que quieren construir en negativo, cortocircuitando Madrid como ciudad global y piensan que la solución está en embridar las capacidades de la capital"
También pienso que se equivocan los federalistas que quieren construir en negativo, cortocircuitando Madrid como ciudad global y piensan que la solución está en embridar las capacidades de la capital y al mismo tiempo dotar a otros lugares de mayor autonomía (sobre todo fiscal) para defenderse de ese gran centro. Dar a unos pocos lo que se niega a otros. Eso solo creará más resentimiento y fricciones internas a las actuales. Nos empobreceremos todos y a cara de perro. Y de la bronca y de nuestras debilidades acentuadas se aprovecharán otros países y grandes corporaciones.


Por mera competencia en un continente sin fronteras pero con muchos agujeros fiscales, a los holandeses, irlandeses y otros europeos, también les interesa que en España haya menos ciudades globales. Y España es un país al que la geografía le ha condenado a ser relevante en la geopolítica por el estrecho de Gibraltar y Canarias (un control en profundidad del estrecho y del tráfico mercante que circunnavega África).

Apostar contra nuestras ciudades globales es un error miope porque no contempla el factor geopolítico que, sin embargo, está más presente que nunca. Una España empobrecida es un país con muchas más tensiones y, por tanto, con muchos más signos de interrogación que si nosotros no somos capaces de resolver, serán otros los que las resuelvan en sus propios términos. Nos volveremos un país proxy donde ya ha habido terribles conflictos proxy. Porque en el siglo XXI, Caracas nunca fue una ciudad con proyección verdaderamente global.

Más allá de Madrilona

Por eso son preferibles los problemas asociados a tener ciudades globales que los asociados a no tenerlas. Y cuando hablamos de ciudades globales, no me refiero solo a metrópolis gigantes con rascacielos y centros financieros. Una ciudad global es un sistema urbano que articula flujos de capital, información, talento y poder regulatorio más allá de sus fronteras, no solo por su tamaño sino por su capacidad de producir estabilidad en un entorno interconectado y competitivo.

"Si somos inteligentes, Madrid y Barcelona pueden ayudar a financiar y configurar una región metropolitana transfronteriza donde cada ciudad puede aportar una función distinta"
En muchos casos, estas ciudades no están solas: funcionan como regiones metropolitanas extendidas, redes de ciudades y nodos que, juntos, gestionan la complejidad global. Por cierto, un ejemplo fascinante es el sistema urbano del Estrecho de Gibraltar, que es donde potencialmente puede estar nuestra tercera ciudad global más allá de Madrid y Barcelona. Una ciudad con un objetivo fundamental: recuperar un orden pacífico basado en reglas equitativas. 


Si somos inteligentes, Madrid y Barcelona pueden ayudar a financiar y configurar una región metropolitana transfronteriza —Málaga, Algeciras, Gibraltar, Ceuta y Tánger— donde cada ciudad puede aportar una función distinta: servicios avanzados y capital humano en Málaga; logística y escala en Algeciras; conectividad financiera en Gibraltar; bisagra estratégica (como centro de monitoreo y control regulatorio) en Ceuta; y gran capacidad portuaria e industrial en Tánger Med. Ninguna sería una ciudad global por sí sola. Pero juntas producen algo más importante que una centralidad: producen estabilidad geopolítica compartida. Crean unas interdependencias tan profundas que romper el sistema resulta más costoso que mantenerlo.

Juntas conforman una arquitectura de interdependencias que no solo impulsa la actividad económica, sino que produce estabilidad geopolítica en uno de los puntos más sensibles del mundo y refuerza el modelo internacional que Europa defiende ya casi en solitario. Y quizá ahí está la lección clave para comprender la importancia de las ciudades globales del siglo XXI: que el poder no radica en controlar territorios, sino en diseñar sistemas que hacen de la estabilidad su principal activo compartido.
Fernando Caballero Mendizabal
Fernando Caballero Mendizabal
Arquitecto y urbanista
Es autor del libro 'Madrid DF, por qué Madrid debe consolidarse como la gran ciudad del sur de Europa' (Arpa). Ha sido profesor en la Universidad Técnica de Darmstadt (Alemania) y escribe sobre ciudades y arquitectura en 'El Confidencial'. También ha colaborado en otros medios como 'elDiario.es', Cadena Ser, 'Jot Down' y 'Atalayar'.
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