Los días de asamblea, Nueva York hierve como pocas veces en el año. Atascos que asfixian la Quinta Avenida, sirenas que cortan la ciudad en dos, diplomáticos y delegados que se mueven con prisa entre reuniones que empiezan tarde y recepciones que acaban de madrugada. En lo superficial, los medios narran lo previsible: dentro del hemiciclo, Ucrania y Rusia vuelven a acusarse de violar la Carta; el primer ministro israelí provoca abandonos de sala con su defensa de la operación en Gaza; Trump repite su número de "América primero" con pullas a las instituciones globales; y, en un giro tan histórico como desconcertante, un exyihadista toma el estrado. Son escenas potentes, hechas para el consumo inmediato, pero ocultan lo esencial.
"Lo más interesante sucede fuera de foco: ese corredor invisible que une lo oficial con lo informal funciona como laboratorio de políticas públicas"
Lo más interesante sucede fuera de foco. En los pasillos y en los ascensores convertidos en foros improvisados, en cafés apurados que devienen seminarios exprés, en lofts de SoHo, auditorios universitarios y centros culturales donde se multiplican los encuentros. Lo que solemos llamar la semana de la Asamblea General es, en realidad, una constelación paralela de eventos donde fundaciones, universidades, redes de ciudades y think tanks discuten lo que meses después reaparecerá en forma de pacto o resolución. Ese corredor invisible que une lo oficial con lo informal funciona como laboratorio de políticas públicas.
Entre dos de esas cumbres, compartí taxi con un antiguo ministro europeo de ochenta y dos años, hoy filántropo con larga trayectoria en organismos internacionales. Me habló con una serenidad que desarmaba: "Ahora soy más útil que nunca, más lúcido que nunca, más libre para aportar que en mis años de política activa". La frase me hizo pensar en la institución que justo cumple también ocho décadas. La pregunta que se impone es si, como ese exministro, puede estar entrando en una edad de lucidez, más capaz de aportar y más útil que nunca, o, por el contrario, si está entrando en un estado de senectud.
"La cuestión que casi nadie afronta de frente es si Naciones Unidas, diseñada en 1945 para evitar otra guerra mundial, puede seguir sirviendo para lo que el mundo necesita"
La cuestión que casi nadie afronta de frente es si Naciones Unidas, diseñada en 1945 para evitar otra guerra mundial y hoy cargada con tareas que van desde el clima hasta la inteligencia artificial, pasando por la ayuda humanitaria y los derechos digitales, puede seguir sirviendo para lo que el mundo necesita. La ONU se ha convertido en la arena por defecto para todo aquello que el sistema internacional no logra gestionar, pero su estructura y sus recursos siguen anclados en el siglo pasado.
Una triple trampa
La organización encara una triple trampa. Está crónicamente infrafinanciada, la rivalidad de grandes potencias paraliza el Consejo de Seguridad y los riesgos transnacionales se mueven con una velocidad que sus fundadores jamás imaginaron. Nada de esto significa el fin del multilateralismo, sino su desajuste. Como se repitió en casi todos los foros, China y Rusia tejen órbitas alternativas como los BRICS ampliados y la Organización de Cooperación de Shanghái. Estados Unidos privilegia alianzas funcionales como AUKUS o el Quad. La Unión Europea intenta sostener un multilateralismo normativo con tensiones internas y apoyos asimétricos en el G7 y el G20. El sur global ya no pide permiso, ejerce. La ONU ya no es la única mesa, pero sigue siendo la única universal. Ese es su mayor activo.
"La fórmula realista es la de una ONU puente que convierta rivalidades en regímenes interoperables y traslade capacidad hacia donde hoy están las palancas de acción"
Su tarea no es solo convocar, sino hacer interoperables sistemas que compiten o se ignoran. Convertirse en arquitecto de puentes entre regímenes fragmentados, del clima a la salud global, del espacio exterior a la fiscalidad digital, es quizá su función más necesaria. En este tablero, como discutimos en más de una sesión a puerta cerrada, Estados Unidos quiere una ONU barata y funcional, China aspira a una que refleje su peso sin juzgar su política interna, Europa defiende reglas y derechos, y el sur global marca agenda en fiscalidad, clima, salud y datos. La fórmula realista es la de una ONU puente que convierta rivalidades en regímenes interoperables y traslade capacidad hacia donde hoy están las palancas de acción.
Una crisis de financiación
A partir de aquí, tal y como varios responsables insistían en varias de las cumbres paralelas, el primer problema es financiero. En 2025, las contribuciones al presupuesto regular cayeron al nivel más bajo en siete años. La Secretaría advierte de una crisis de liquidez que retrasa salarios, obliga a cancelar sesiones de órganos de tratados de derechos humanos y recorta misiones de observación electoral. Lo que parece un simple ajuste administrativo es, en realidad, un asunto existencial. Sin recursos predecibles, la organización no puede cumplir ni sus tareas ordinarias, mucho menos asumir responsabilidades nuevas.
"Un sistema al borde de la insolvencia no proyecta autoridad, sino que se vuelve dependiente de la generosidad"
El déficit es político tanto como fiscal. Estados Unidos, históricamente el mayor contribuyente, ha permitido que se acumulen atrasos. China, segundo contribuyente, difiere pagos hacia el final del ejercicio para expresar descontento con partes de la agenda. Muchas potencias intermedias posponen transferencias confiando en que el sistema no se atreverá a señalarlas. Así, el multilateralismo vive al día. Y la precariedad no solo erosiona capacidad, también corroe legitimidad. Un sistema al borde de la insolvencia no proyecta autoridad, se vuelve dependiente de la generosidad ad hoc y
vulnerable a la sospecha de que existe por gracia de sus miembros más poderosos.
La respuesta no pasa por la épica, sino por la solvencia. La ayuda humanitaria, por ejemplo, no puede sostenerse en déficits crónicos y heroicidades en el terreno. Los propios directivos lo admiten. La solución es anticipar y consolidar: macrocentros regionales de gestión, plataformas de servicios compartidos para logística y compras, mercados humanitarios digitales con proveedores verificados y trazabilidad, transferencias monetarias directas cuando los mercados locales funcionan. Se trata de multiplicar el valor de cada euro y reforzar la dignidad de quien recibe ayuda.
La agenda financiera también se mueve en el plano sistémico. Como subrayaron varias delegaciones, por primera vez se negocia en la ONU una convención fiscal intergubernamental que dispute, en un foro universal, la erosión de bases imponibles, la fiscalidad digital y las regalías extractivas, en línea con lo que la OCDE ha avanzado dentro de sus capacidades. Junto a ello, el Estímulo ODS, que aspira a movilizar 500.000 millones de dólares anuales, y la Agenda de Bridgetown para recapitalizar bancos multilaterales apuntan a un cambio de arquitectura: reenganchar a la ONU con el sistema financiero global. Propuestas concretas incluyen un secretariado robusto para la convención fiscal, un fondo de asistencia técnica con contribuciones innovadoras, la recanalización de derechos especiales de giro y cláusulas de desastre automáticas en la deuda soberana. El día que una agencia tributaria de Accra o La Paz gane un caso amparada en reglas universales negociadas en Nueva York, sabremos que la partida ha cambiado.
"La ONU necesita un estabilizador automático para su presupuesto, un fondo de capital de trabajo real, contribuciones evaluadas con penalizaciones efectivas para morosos"
Nada de lo anterior sustituye, sin embargo, la columna vertebral. La ONU necesita un estabilizador automático para su presupuesto, un fondo de capital de trabajo real, contribuciones evaluadas con penalizaciones efectivas para morosos contumaces y financiación garantizada para órganos de tratados y misiones electorales. Sin seguridad financiera, toda reforma queda a merced de la coyuntura.
Un Consejo de Seguridad que ya no asegura el mantenimiento de la paz
En conversaciones informales esta semana quedó claro que, si la financiación es la crisis silenciosa, el Consejo es la visible. El órgano encargado de mantener la paz y la seguridad se ha convertido en sinónimo de parálisis. Rusia veta cualquier intento de censurar su invasión de Ucrania. Estados Unidos veta resoluciones sobre Gaza. China bloquea la acción en Birmania. El resultado no es solo bloqueo, es desilusión.
La reforma de 2022 conocida como Iniciativa de Liechtenstein elevó la rendición de cuentas al obligar a la Asamblea General a reunirse tras cada veto. Aumentó el coste político de la obstrucción. Pero el debate no es decisión. La Asamblea recomienda, no impone.
"La demanda de cambio estructural es mayor: el G4 pide asientos permanentes para reflejar realidades económicas y demográficas"
La demanda de cambio estructural es mayor. El G4 (Alemania, Japón, India y Brasil) pide asientos permanentes para reflejar realidades económicas y demográficas. La Unión Africana exige al menos dos permanentes con veto, apoyada en el Consenso de Ezulwini. América Latina y el Caribe proponen escalones de representación más estables. El grupo Uniting for Consensus sugiere otra vía: escaños de larga duración y reelegibles que aumenten representatividad sin crear nuevos intocables. Nadie espera una gran reforma de la Carta a corto plazo, pero hay rendijas por las que entra el cambio.
Como se debatió en varias sesiones técnicas, se habla de audiencias sistemáticas sobre el impacto humanitario de los vetos, de informes previos de OCHA o UNICEF antes de votar, de excepciones rápidas en regímenes de sanciones para operaciones estrictamente humanitarias. Se exploran operaciones de paz más modulares, con componentes cívicos, policiales o cibernéticos capaces de desplegarse en semanas. Avanza, además, el marco abierto en 2023 para financiar caso por caso operaciones africanas con fondos de la ONU. La restricción del veto ante atrocidades masivas, a través de códigos voluntarios promovidos por Francia, México y el grupo ACT, puede institucionalizarse con scorecards públicos anuales que eleven el precio de la obstrucción
. Ninguna de estas piezas exige reescribir los tratados fundacionales. Todas alteran incentivos.
"El modelo de grandes despliegues poco armados, pensado para los altos el fuego de la Guerra Fría, encaja mal con las guerras urbanas de la actualidad"
La realidad del terreno reclama esa adaptación. El declive de las operaciones de paz ilustra el malestar general. La misión en Mali se marchó antes de tiempo presionada por el Gobierno, dejando un vacío frágil. En Sudán, los cascos azules no han logrado proteger a los civiles en medio de una violencia desatada. El modelo de grandes despliegues poco armados, pensado para los altos el fuego de la Guerra Fría, encaja mal con guerras urbanas, asimétricas y, a menudo, libradas por gobiernos reacios a cualquier supervisión. La ONU ha intentado afinar con Acción para el Mantenimiento de la Paz Plus, pero sin consentimiento político ni músculo financiero las misiones se estiran hasta romperse. La salida es un rediseño hacia misiones modulares y ligeras: equipos pequeños y especializados, desde observadores de derechos humanos y unidades de protección rápida hasta expertos en ciberseguridad e información, interoperabilidad regional y mandatos precisos. Despliegues condicionados al consentimiento del Estado anfitrión y a una evaluación realista de riesgos.
La Nueva Agenda para la Paz del Secretario General añade una pieza crucial: invertir antes de que la crisis estalle. Sistemas de alerta temprana que combinen datos hidrológicos, precios de alimentos y patrones de desplazamiento ya han demostrado eficacia. Toca escalar, duplicar fondos de respuesta rápida con tramos paramétricos que liberen recursos cuando los indicadores se disparen, incorporar desde el inicio la capacidad de analizar campañas de desinformación, integrar universidades locales y ciudades en la detección temprana. Prevenir es tan urgente como responder.
Una ampliación por etapas del Consejo ayudaría a recomponer legitimidad. Seis u ocho asientos no permanentes adicionales, con dos africanos asegurados, acompañados de una cláusula de revisión obligatoria en quince años que reabra el debate sobre permanentes y veto. Es menos épico que una gran reforma, pero más probable y, sobre todo, medible.
Innovación y conocimiento para gobernar nuevos dominios
Paradójicamente, la ONU ha mostrado más agilidad en terrenos que nadie previó en 1945. El Pacto para el Futuro lanzó un Compromiso Digital Global con cooperación en gobernanza de internet, flujos de datos e inteligencia artificial. En uno de los foros en los que tuve ocasión de participar, la propuesta se aterrizaba en piezas operativas: una oficina pequeña en la Secretaría que coordine, un registro de sistemas de alto impacto, un intercambio global de estándares y un fondo de formación para que los países de rentas más bajas no queden rezagados. Un centro internacional de notificación de incidentes, una suerte de CERT global, daría al ecosistema un canal confiable para gestionar riesgos. Los data trusts soberanos permitirían a países negociar colectivamente el acceso a datos estratégicos. El consenso práctico es claro: hace falta una arquitectura ligera. Pocas piezas, muy útiles. No otro mastodonte burocrático, si no una infraestructura mínima de confianza que proteja a ciudadanos y empresas sin ahogar la innovación.
"La ONU alberga un capital silencioso, su capacidad de producir y transmitir conocimiento"
Más allá de los titulares, la ONU alberga un capital silencioso, su capacidad de producir y transmitir conocimiento. La Universidad de las Naciones Unidas hace de puente entre ciencia y política en resiliencia climática, gobernanza de datos y riesgos sistémicos. UNITAR capacita a miles de funcionarios cada año en negociación, gobernanza digital y diplomacia climática. El Consejo Asesor Científico del Secretario General empieza a consolidarse como instrumento en bioética, neurociencia e inteligencia artificial. Se discute acompañar las grandes resoluciones de evaluaciones de impacto a diez o veinte años, revisadas por pares. No es un freno a la política, es una luz larga para orientar decisiones. Es diplomacia científica en acción. En paralelo, el programa UN 2.0 y su Quinteto del Cambio, datos, digital, innovación, prospectiva y ciencias del comportamiento, intenta modernizar la Secretaría. Se ha creado un Futures Lab y gana tracción la figura de un Enviado para las Generaciones Futuras. No son consignas. Son herramientas que ningún otro foro posee.
Lo que exige una reforma real: descentralizar sin fracturar, abrir sin desorganizar
Mover el centro de gravedad no es un capricho. El traslado de parte del liderazgo del UNFPA a Nairobi es símbolo de época, acerca la decisión a donde arden los problemas, atrae talento diverso y rompe la inercia de pensar el multilateralismo solo en Nueva York o Ginebra. Se exploran movimientos similares en UNICEF y ONU Mujeres, así como en servicios globales de tecnología y finanzas. Pero descentralizar no es abrir oficinas, es transferir autoridad presupuestaria real con garantías de continuidad, protección laboral e integridad institucional.
Ordenar la casa también implica retirar lo obsoleto. Ocho décadas han apilado resoluciones y mandatos que consumen recursos sin añadir valor. El paquete UN80, coordinado por la Secretaría, busca revisar mandatos, reducir sobreproducción documental y dar margen para reorientar recursos. Nada avanzará sin el Quinto Comité ni el Comité de Programa y Coordinación. Un mal recorte golpearía pilares como los derechos humanos. La salida pasa por cláusulas de caducidad para nuevas resoluciones, revisiones ex ante de duplicidades y tableros públicos que muestren qué se ha pedido, quién debe cumplirlo, cuánto cuesta y qué impacto tiene.
En este terreno, la transparencia es reforma.
"Cada vez es más evidente que la legitimidad ya no puede descansar solo en los Estados, es necesario contar con la sociedad civil"
Y cada vez es más evidente que la legitimidad ya no puede descansar solo en los Estados. Una reforma del proceso de acreditación de la sociedad civil ante ECOSOC, con plazos y criterios transparentes, enviaría una señal inmediata de apertura. Hacen falta audiencias públicas en procesos clave, laboratorios ciudadanos digitales para testear políticas y mecanismos para que redes de universidades y ciudades participen en debates técnicos. Las ciudades necesitan estatus consultivo formal, porque son quienes implementan clima y migraciones. Local2030 debería consolidarse como pista permanente durante la semana de la Asamblea General.
Un aniversario convertido en punto de inflexión
La Carta de las Naciones Unidas, redactada hace ochenta años, arranca con un mandato que hoy suena a promesa y acusación: preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra. Es fácil ceder al cinismo cuando uno piensa en los vetos cruzados, en el desgaste de las operaciones de paz, en el teatro de los discursos. Pero la irrelevancia no es destino. La institución puede reformarse si sus miembros se lo proponen.
La elección es nítida. Permitir que la ONU se fosilice como reliquia, sustituida por clubes y potencias, o reconstruirla como sistema nervioso central de un mundo fracturado. Estabilizar la financiación, reequilibrar la representación, contener los vetos, reinventar las operaciones de paz, gobernar ciencia y tecnología, y mitigar los nuevos retos en clima y salud con mirada larga. Y algo más, aprendido en un taxi de Midtown. A cierta edad no importa la foto, importa para qué sirves. Aquel exministro decía, entre sonrisas, que ahora era más útil y más libre que nunca. La ONU puede demostrar lo mismo, que la edad no es irrelevancia, sino experiencia acumulada al servicio de lo que viene. El mundo sigue necesitando un foro común. La pregunta que definirá la novena década de Naciones Unidas es si quiere, y puede, seguir siéndolo.
Alexis Roig
CEO de SciTech DiploHub e investigador en la Universidad de las Naciones Unidas.
CEO de SciTech DiploHub, la red global que conecta a gobiernos, científicos y organismos internacionales. Con más de quince años de experiencia asesorando a líderes gubernamentales y organismos multilaterales en Europa, Asia y las Américas en diplomacia científica, tecnológica y de ciudades, es investigador de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU) y del CIDOB, y profesor en la Universidad Pompeu Fabra (UPF), la University of Shanghai for Science and Technology (USST) y del IBEI.