Una ola nostálgica recorre los países occidentales de derecha a izquierda. La dirección de la corriente no es casual: pese a que las ideologías de izquierdas también se denominan de progreso, han sucumbido al bálsamo de la certidumbre. El pasado es el lugar de las certezas y el futuro de las angustias.
La semana pasada, Hombres G anunció que harán una nueva gira titulada Los mejores años de nuestra vida. El título es el mismo que el de una película de 1946 que abordó el tema tabú de cómo los soldados se readaptan a la paz tras pasar por la guerra.
Cómo encajar en un contexto que ya no sientes tuyo.
"Ser hombre, heterosexual, madrileño y procedente de una familia acomodada, era el contexto perfecto para que en los ochenta el viento fuera de cola"
En el caso de Hombres G, los mejores años de sus vidas se refieren a los ochenta y principios de los noventa que la generación X, con cohortes muy abultadas en España, ha decidido reconocer como los mejores. Ser hombre, heterosexual, madrileño y procedente de una familia acomodada, desde luego era el contexto perfecto para que en los ochenta el viento fuera de cola.
Los añorantes reconocen como "suyo" aquel pasado de Naranjito, y encaran con fatiga el presente,
condicionados por la masificación del centro de las ciudades y la subida del coste de la vida. Lo que fueron en 1995 no cotiza igual en 2025.
Pero ese pasado, sin ser el franquista, también es un trampantojo.
Tomemos por ejemplo el caso de las ciudades, sin incluir en la ecuación el más que relevante problema de acceso a la vivienda. Los que ya tienen posibilidad de vivir en una casa dentro de la M-30 de Madrid, se hinchan a compartir en redes las decenas de columnas de firmas consideradas progresistas que en los últimos años han escrito odas a los bares tradicionales, a las panaderías de toda la vida y al café de barrio.
La melancolía del serrín en el suelo y la servilleta, cuasitransparente e impermeable, es una de las nostalgias más chocantes. Un café quemado, servido en taza desbordante por un camarero enfadado por no estar de alta en la Seguridad Social sobre una barra de formica ocupada por hombres. Lo que en el imaginario colectivo se ha levantado como el templo de la socialización, eran lugares de misoginia, explotación laboral y gastritis. Porque al Madrid de inicios del milenio le sentó muy bien la gentrificación.
El fenómeno de la gentrificación en España
El proceso gentrificador de los centros de las grandes ciudades españolas no siguió el patrón de las urbes anglosajonas que lo acuñaron. En 1964, la socióloga Ruth Glass bautizó el concepto (del inglés Gentry, alta burguesía) para definir
al movimiento en los barrios que reemplazaba a la clase trabajadora por otra más pudiente. En Madrid y Barcelona, el proceso gentrificador se ha dado
en los llamados cascos históricos, que habían sido abandonados en los idílicos años ochenta por las drogas, la delincuencia y la mala situación de muchos edificios.
Las familias burguesas residentes en Madrid, tomaron como objetivo aspiracional vivir en una urbanización con piscina, a ser posible en alguna de las riberas de la autopista de entrada a Madrid A-6. Pese a la sonora consigna de que la gentrificación ha echado al madrileño de su barrio, la almendra central se había vaciado motu proprio ante el penoso estado del distrito histórico.
"Con los datos de 2024, Madrid ciudad tiene prácticamente el mismo número de habitantes que en 1980, antes de las tendencias de fuga del centro"
En 1976, estaban empadronados en el distrito Centro de Madrid —que incluye Sol, Lavapiés, Malasaña o Chueca— 196.990 personas de 3,3 millones que habitaban la ciudad, cerca de un 6%.
A partir de 1981, la ciudad pierde población con fuerza, un caso insólito en esa década en las capitales europeas, y en paralelo explotan las urbes colindantes. El Centro perdió alrededor de 30.000 vecinos, solo en esos cinco años y la tendencia de fuga de población fue una constante hasta 1996. Madrid pierde en esos años los tres millones de habitantes y no los recupera hasta 2001. Con los datos de 2024, Madrid ciudad tiene prácticamente el mismo número de habitantes que en 1980.
La calidad de los datos abiertos en el Ayuntamiento de Madrid sobre esa década perdida es pésima, y las series históricas vuelven a estar disponibles a partir de 2001, cuando en el distrito Centro de Madrid había censadas 125.000 personas, alrededor del 36% menos que a mediados de los años setenta. Es más o menos ese momento en el que el distrito Centro comienza a vivir ese efecto gentrificador, en el que los estudiantes y la población extranjera van habitando zonas que están asequibles. Luego vienen los profesionales liberales que son los que traen los negocios de diseño y reforman las viviendas que llevan décadas cerradas. En 2024, vivían en el distrito 145.000 habitantes.
Los desorbitados precios de la vivienda de 2007 empujaron también a un beneficioso fenómeno: la rehabilitación de edificios del centro para esas familias que querían volver a vivir dentro de la M-30 o incluso en la almendra central. Hasta entonces, el precio del metro cuadrado no justificaba las costosas inversiones en reforma, que es mucho más onerosa de construir que la obra nueva. Madrid se llenó de andamios y de equipaciones deportivas hasta entonces inexistentes, otra de las razones que habían expulsado a habitantes del centro.
Este interesante estudio sobre la gentrificación de barrios en Madrid y Barcelona a partir de 2011 muestra cómo, en Madrid, las clases más pudientes se movieron a barrios que corresponden a la definición de previamente elitizados.
Es decir, donde la renta ya era más alta que la media, y se ha dado el fenómeno de que son otras rentas aún más altas las que les desplazan.
Esta es otra particularidad de Madrid. Los barrios que más han cambiado su geografía urbana son barrios en los que en buena medida ya vivían rentas privilegiadas, o céntricos pero desprestigiados.
"La gentrificación tiene una connotación muy negativa porque se cambia el valor de las viviendas con el incremento de los precios", explica Lucila Urda Peña, profesora de Urbanismo en la Universidad Rey Juan Carlos. "Pero la regeneración urbana está asociada a una mejora de las condiciones de vida".
Causas y consecuencias de tener un espacio gentrificado
Por supuesto que hay casuísticas particulares, y muchas. Estamos hablando de que los grandes distritos de Madrid tienen mucha más población que la mayoría de capitales de provincias en España. Pero en el agregado, esa narrativa de clase media o media baja desplazada del centro de Madrid no está apoyada por las cifras. La gentrificación sirvió para recuperar el centro; modernizar la ciudad y dotarla de unos servicios mucho más alineados con los de las otras capitales europeas. Madrid está infinitamente más bonito, es más vivible y es más acogedor que en los años noventa.
Por eso ahora todo el mundo quiere vivir en el centro de Madrid, que sigue teniendo uno de los mayores parques de viviendas vacías de la ciudad (porque las construcciones de hace un siglo tampoco son tan idílicas).
"Madrid está infinitamente más bonito, es más vivible y es más acogedor que en los años noventa en parte gracias al proceso de gentrificación"
Milena Almagro, profesora asociada de economía en la Universidad de Chicago, ha estudiado el impacto de la gentrificación en la ciudad de Ámsterdam. "Al crecer el turismo, aumentan el número de bares y restaurantes que beneficia en general a la población local. El motivo es que
los turistas gastan mucho dinero en ese tipo de servicios y esto genera incentivos a abrir nuevos establecimientos de este tipo", explica sobre algunas de las conclusiones de su trabajo.
El estudio muestra cómo la gentrificación favorece inicialmente a determinados grupos que están alineados con el tipo de nuevo comercio que se genera. La presencia del turismo y los servicios turísticos, que se refuerzan mutuamente, pueden servir como un impuesto progresivo, muestra su investigación. En el modelo utilizado, las familias de más edad y con más renta muestran una pérdida de bienestar promedio equivalente a un impuesto sobre la renta del 5%. Los alquileres suben y la transformación comercial del vecindario les perjudica. Por otro lado, las familias más jóvenes y las personas solteras muestran ganancias de bienestar del 1 al 3% de sus ingresos.
Con la recuperación económica, a partir de 2015, la llamada población flotante, que es fluida como casi cualquier otra tendencia de este milenio, supo apreciar los atractivos del centro de la ciudad antes que los locales. Madrid era casi la única capital europea en la que un Erasmus podía pagar un alquiler en el centro. La popularidad de Madrid, una auténtica desconocida para los turistas, comenzó a subir y el fenómeno de la turistificación, llegó como un tsunami a partir de la pandemia.
Lo cierto es que de un lustro a esta parte la sensación es desbordante. La cantidad de población migrante que se ha añadido a la Comunidad, que no a la ciudad, junto con los turistas y los estudiantes, ha provocado que una parte nativa de la población se sienta perdedora del fenómeno. Y que quieran volver al Madrid "de antes". De ahí que todo sea ahora "castizo", "chulo" o "fetén".
La pérdida de comercio local, que cambia no solo por el perfil de los nuevos habitantes, sino sobre todo por la competencia en línea, acentúa la percepción de que el barrio ya no es lo que fue y que el vecino está siendo colonizado. Programas como el de París, uno de los ejemplos de gestión de una gran urbe,
que apoyan la apertura de negocios de servicios útiles, han dado una vuelta más allá a la concepción de lo que es un servicio público y trabajan en fijar población en el barrio. Pero, ojo, es mejorar la comodidad de unas clases que ya son suficientemente acomodadas.
"Si no se pone freno al malestar de los urbanitas, caracterizados por votar de forma progresista, caerá un muro de contención frente a los populismos"
Mejorar la vida de los habitantes del centro de las ciudades es un desafío para la socialdemocracia. Casi cualquier euro que se invierta en esas políticas, tendrá un punto regresivo. Pero si no se pone freno al malestar de los urbanitas, que se caracterizan precisamente por votar de forma progresista, caerá también uno de los principales muros de contención de los populismos.
Por sugerir un hilo del que tirar, en el estudio sobre Ámsterdam, los investigadores propusieron como solución gravar los alquileres a corto plazo, como una medida que beneficia a todos los residentes del barrio —tanto a las familias mayores como a las más jóvenes, así como a las personas solas—, ya que los costes de la vivienda no aumentan tan rápidamente cuando hay menos alquileres a corto plazo en el mercado. Y sí frena la espiral perniciosa que lleva a modificar por encima del óptimo la zona. Sin embargo, el estudio muestra que gravar los servicios turísticos perjudica a las familias jóvenes y a las personas solas.