El pasado domingo, 2 de noviembre, Donald Trump negó ante las cámaras que fuera a haber guerra con Venezuela. Dos días después, el portaaviones USS Gerald R. Ford iniciaba su despliegue hacia el Caribe con cinco mil marineros y 75 aeronaves de combate. En este caso, la contradicción forma parte de una estrategia clara. Entre lo que Washington dice y lo que hace, se ha abierto un abismo donde cabe toda una doctrina de intervención sin nombre, diseñada para cambiar un régimen sin pagar el coste político de admitirlo.
La pregunta no es si Estados Unidos actuará contra Venezuela, porque ya lo está haciendo. Desde septiembre, el Pentágono ha ejecutado quince ataques contra embarcaciones en el Caribe, dejando al menos 64 muertos. Bombarderos B-1 Lancer han violado el espacio aéreo venezolano. Aproximadamente 10.000 efectivos militares estadounidenses se concentran en la región, la mayor movilización desde Panamá en el año 1989. Todo bajo la justificación de la lucha antinarcóticos, pero, como señaló un exembajador estadounidense en Venezuela, la fuerza desplegada es "demasiado grande y potente como para ser solo antidrogas".
Todo para la guerra, pero sin la guerra
El truco jurídico es elegante. Al designar al llamado Cartel de los Soles —supuestamente liderado por Maduro y sus generales— como organización narcoterrorista, Washington equipara al presidente venezolano con líderes yihadistas. Esto permite eludir las prohibiciones sobre asesinatos de mandatarios extranjeros y sortear la necesidad de autorización del Congreso. Maduro deja de ser un jefe de Estado para convertirse en el objetivo de una operación antiterrorista. La guerra se disfraza de policía internacional.
"Trump no oculta su fascinación por los recursos que abundan en Venezuela, país que posee las mayores reservas de petróleo del planeta"
No obstante, las verdaderas motivaciones trascienden el narcotráfico. Venezuela posee las mayores reservas de petróleo del planeta, además de oro, coltán y otros minerales estratégicos. Trump, que en mayo presionó a ejecutivos petroleros para que financiaran su campaña y en marzo amenazó con aranceles del 25% a quienes compraran crudo venezolano, no oculta su fascinación por estos recursos. La retórica antinarcóticos es el envoltorio, pero el contenido es más antiguo: petróleo, minerales y geometría geopolítica.
Los incentivos geopolíticos para la intervención
Porque detrás de Maduro están China, Rusia e Irán. Pekín es el principal acreedor de Caracas con 59.000 millones de dólares en préstamos y recibe el 90% de sus exportaciones petroleras. Además, son empresas chinas las que controlan las concesiones mineras más importantes del país. Al mismo tiempo, Moscú firmó un tratado de asociación estratégica con Venezuela el 28 de octubre y ya ha desplegado misiles antiaéreos Igla en el país. A esto se le suma el hecho de que en Venezuela existen fábricas de municiones rusas y drones iraníes. Para Washington, derrocar a Maduro no es solo cambiar un gobierno, es cerrar lo que considera la puerta de entrada de sus adversarios en América Latina.
El plan militar es sofisticado porque ha aprendido de los fracasos. Los wargames realizados desde 2017 concluyeron que
una invasión al estilo Irak fracasaría por falta de apoyo regional y la coordinación de Maduro con sus aliados. La estrategia actual combina tres vectores: ataques aéreos quirúrgicos contra instalaciones militares,
operaciones de fuerzas especiales para capturar o eliminar a Maduro y la toma de aeródromos y campos petroleros. Trump, reacio a bajas estadounidenses, prioriza drones y armas de largo alcance. Paralelamente,
la CIA ha recibido autorización presidencial para operaciones encubiertas que incluyen sabotaje y desestabilización.
"La verdadera apuesta de Washington no es la fuerza bruta, sino aprovechar las fracturas internas de un chavismo fragmentado en tres facciones"
Pero la verdadera apuesta de Washington no es la fuerza bruta, sino aprovechar las fracturas internas del chavismo. Y estas son profundas. El régimen está dividido en tres facciones: los moderados de Delcy y Jorge Rodríguez, que buscan negociar una transición; los radicales de Diosdado Cabello, que rechazan cualquier acuerdo, y los militares de Vladimir Padrino López, cuya lealtad depende del acceso a negocios ilícitos. El bloqueo de las rutas del narcotráfico ha erosionado esta fuente de ingresos, debilitando el pegamento que mantiene unida la cúpula militar.
Una estrategia de desgaste
Las señales de descomposición se multiplican. En marzo, Francisco Convit, empresario acusado de lavar 10.000 millones de dólares para el régimen, escapó del Helicoide con ayuda de oficiales de inteligencia de alto rango. Fue la primera traición importante, pero no la única. Rumores persistentes señalan negociaciones secretas de generales con Washington. A lo que se añade que un propagandista favorable a Maduro huyó a Colombia en octubre. El régimen ha implementado purgas constantes y exige autorización previa hasta para vuelos domésticos. El pánico ha sustituido a la cohesión.
Esta guerra psicológica es deliberada. Los vuelos de bombarderos cerca de la costa, el despliegue ostentoso de fuerza o las filtraciones sobre las coordenadas del búnker presidencial han ocurrido con el fin de desmoralizar y fomentar deserciones. Washington busca lo que llama internamente el momento Alepo: un desmoronamiento inexorable del régimen por la presión externa y las traiciones internas, donde el golpe final lo den los propios venezolanos.
La historia latinoamericana está plagada de intervenciones que prometían soluciones rápidas y generaron décadas de caos. Quizá por esta razón Trump opera con una lógica distinta: maximizar presión, minimizar riesgos, y, sobre todo, mantener la negación plausible. No habrá invasión formal porque no hace falta reconocerla. Habrá ataques antiterroristas, operaciones antinarcóticos, apoyo a fuerzas democráticas. El cambio de régimen se producirá sin que Washington tenga que admitir que lo buscaba.
"Trump puede decir honestamente que no planea una guerra, pues está haciendo todo salvo lo que el derecho internacional reconoce formalmente como conflicto bélico"
Lo fascinante de este momento es su ambigüedad calculada. Trump puede decir honestamente que no planea una guerra, porque en su definición lo que está haciendo no lo es. Es presión máxima, acción encubierta, bombardeos quirúrgicos y desestabilización sistemática. Todo menos lo que el derecho internacional reconoce formalmente como conflicto bélico. Hemos entrado en una era donde las intervenciones se ejecutan sin nombrarse, donde los cambios de régimen ocurren bajo etiquetas de lucha antidrogas, donde la violencia estatal se dispersa en tantas acciones discretas que resulta imposible señalar el momento exacto en que comenzó la guerra.
Maduro lo sabe. Por eso agradeció la llamada papal al diálogo a principios de noviembre, una súplica disfrazada de diplomacia. Por eso Rusia envía misiles antiaéreos y China mantiene sus líneas de crédito abiertas. Todos entienden que el desenlace se acerca, pero nadie sabe exactamente qué forma adoptará ni cuándo. Y esa incertidumbre es, quizás, el arma más poderosa que Trump ha desplegado en el Caribe.
La paradoja final es que si Maduro cae sin que Estados Unidos dispare un solo misil sobre Caracas, Trump tendrá razón: no habrá habido guerra con Venezuela. Solo presión, operaciones puntuales y el colapso interno de un régimen. La intervención perfecta es la que nunca tiene que reconocerse como tal. Y esa, precisamente, es la que estamos presenciando.