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La
victoria de Donald Trump en las elecciones de noviembre de 2024 y la reciente caída del régimen de Bashar al-Asad tras trece años de guerra civil en Siria auguran un impacto significativo en las dinámicas de poder en
Oriente Medio. La huida de Al-Asad a Moscú deja a Siria bajo el control temporal de una coalición de grupos rebeldes yihadistas liderados por Hayat Tahrir al-Cham (HTC, Organización para la Liberación del Levante, filial de Al Qaeda). Aunque esta transición ofrece una posibilidad para la paz en Siria, también intensifica la incertidumbre regional en un escenario ya profundamente volátil.
A pesar del alto el fuego entre Israel y Hezbolá en Líbano, alcanzado en los últimos días de la Administración Biden y que podría interpretarse como un intento por reducir tensiones, el contexto geopolítico sigue siendo profundamente complejo. La escalada de violencia sin precedentes tras los ataques de Hamás el 7 de octubre de 2023 y la respuesta israelí en Gaza y Líbano, que según la ONU ha dejado más de 44.000 muertos (el 70% ,mujeres y niños), subraya la magnitud de la crisis. Estas cifras reflejan el alto costo humano de unas operaciones militares que el Gobierno israelí justifica como necesarias para neutralizar a Hamás y Hezbolá.
"Los conflictos en Gaza y Líbano, aunque locales en apariencia, forman parte de un conjunto espacial más amplio. Potencias como Rusia y China explotan las fisuras de la política estadounidense para intensificar la fragmentación de una región ya marcada por conflictos históricos"
La nueva Administración estadounidense, liderada por altos cargos abiertamente proisraelíes, anticipa un endurecimiento de la política en la región, especialmente hacia Irán y el conflicto palestino-israelí. Durante su primer mandato (2016-2020), Trump trasladó la embajada estadounidense a Jerusalén, legitimó la colonización en Cisjordania y abandonó el acuerdo nuclear con Irán. Aunque estas decisiones fueron celebradas por aliados como Arabia Saudita, también exacerbaron la fragmentación regional y consolidaron las alianzas de Irán, al tiempo que reforzaron la posición de Benjamin Netanyahu, quien celebró el regreso de un aliado estratégico a la Casa Blanca.
Mientras la comunidad internacional observa con preocupación, actores clave como Arabia Saudita priorizan sus intereses estratégicos sobre la crisis humanitaria en Gaza y Líbano. La promoción de los Acuerdos de Abraham en 2020, liderada por Estados Unidos, marcó un hito en la normalización de relaciones entre Israel y países árabes como Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Marruecos y Sudán. Sin embargo, también intensificó la percepción de amenaza en Irán, que interpreta estos acuerdos como un desafío directo a su influencia regional. Por su parte, Trump, aunque dispuesto a intensificar la presión sobre Teherán, mantiene su narrativa como "el presidente que pone fin a las guerras", lo que complica una intervención militar directa. Esto contrasta con la urgencia de Netanyahu por frenar el programa nuclear iraní, una prioridad que Israel no puede abordar sin el respaldo militar de Estados Unidos.
En este escenario, los conflictos en Gaza y Líbano, aunque locales en apariencia, forman parte de un conjunto espacial más amplio. Potencias como Rusia y China explotan las fisuras de la política estadounidense para intensificar la fragmentación de una región ya marcada por conflictos históricos. El regreso de Trump agrava estas tensiones, planteando dudas sobre la estabilidad regional y su impacto en el orden global. En un entorno de competencia creciente por territorios clave, el descrédito del multilateralismo acentúa la rivalidad entre potencias tradicionales y emergentes.
Israel tras el 7 de octubre: una frágil cohesión nacional sujeta a sus desafíos estratégicos
El ataque de Hamás del 7 de octubre, que dejó más de 1.400 víctimas y 200 personas secuestradas, ha generado un trauma profundo en la sociedad israelí. Las familias de los rehenes y las víctimas han mantenido viva la memoria de la tragedia con constantes manifestaciones, mientras los medios alimentan un sentimiento de duelo y rabia que dificulta el retorno a la normalidad política.
El nacionalismo se ha intensificado en amplios sectores de la sociedad, relegando cada vez más las voces moderadas. Según fuentes oficiales, más de ochenta y siete rehenes continúan en cautiverio. Paradójicamente, el 7 de octubre ha reforzado la cohesión nacional en un país dividido, al tiempo que pone de relieve el dilema de Israel frente a su respuesta militar y sus desafíos estratégicos. La polarización política ya era evidente antes del ataque, con un Gobierno frágil tras las elecciones de 2022, en las que el Likud, liderado por Netanyahu, formó una coalición con partidos de extrema derecha y grupos ultraortodoxos, en medio de protestas contra la reforma judicial y crecientes tensiones entre sectores religiosos y laicos.
"La intensificación del nacionalismo [en Israel] no solo legitima la defensa frente a amenazas externas, sino que también refuerza los esfuerzos por mantener la cohesión interna de un proyecto geopolítico profundamente contestado dentro y fuera de sus fronteras"
La gestión de la crisis por parte del Gobierno, centrada en las operaciones militares en Gaza y Líbano, busca proyectar poder y controlar la narrativa interna, consolidando temporalmente el consenso en torno a la seguridad nacional. Sin embargo, estas acciones han suscitado críticas tanto locales como internacionales. Figuras como el antiguo jefe del Estado Mayor, Gadi Eisenkot, han cuestionado estas medidas, sugiriendo que ocultan agendas políticas como la posible recolonización de Gaza. Esta postura enfrenta resistencia dentro del estamento militar, que alerta sobre los riesgos estratégicos que tales iniciativas podrían acarrear.
Las tensiones actuales evidencian la creciente radicalización de la política israelí y las escasas perspectivas de reconciliación con los palestinos, cuya lucha se articula como resistencia frente a una ocupación prolongada. En este contexto, la intensificación del nacionalismo no solo legitima la defensa frente a amenazas externas, sino que también refuerza los esfuerzos por mantener la cohesión interna de un proyecto geopolítico profundamente contestado dentro y fuera de sus fronteras.
En el ámbito diplomático, las acciones militares de Israel han intensificado el respaldo popular a la causa palestina en el mundo árabe, desafiando su capacidad para consolidar alianzas recientes. Arabia Saudita, bajo presión por la escalada del conflicto, ha ralentizado su acercamiento hacia la normalización con Israel. La cumbre árabe-islámica del 11 de noviembre en Riad reflejó estas tensiones, con un llamamiento a una respuesta conjunta frente a las operaciones israelíes en Gaza y Líbano. En Europa, el contexto también ha evolucionado. El 28 de mayo de 2024,
España reconoció oficialmente al Estado de Palestina, uniéndose a países como Irlanda, Noruega y Eslovenia. Dentro de la Unión Europea, las divisiones son evidentes.
Josep Borrell, hasta ahora alto representante de la UE, propuso medidas como la suspensión del diálogo político con Israel por violaciones de derechos humanos, aunque no todos los Estados miembros las respaldan.
La situación se agrava con las órdenes de arresto emitidas por la Corte Penal Internacional contra Netanyahu y el exministro Yoav Gallant por presuntos crímenes de guerra en Gaza, aumentando la presión internacional.
En este contexto, la reelección de Donald Trump añade incertidumbre. Su decisión en 2019 de declarar que los asentamientos en Cisjordania no violaban el derecho internacional debilitó el marco de la solución de dos Estados y alentó un discurso que legitima la expansión territorial de Israel. Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas, ha declarado que 2025 será el "año de la soberanía en Judea", sugiriendo la anexión de Cisjordania, ocupada por Israel desde 1967. Esta medida no solo amenaza con enterrar la solución de dos Estados, sino también con complicar relaciones con vecinos como Jordania y Egipto, consolidando un bloque crítico hacia Israel. En un escenario de alta volatilidad, estas acciones unilaterales desafían el equilibrio regional y dificultan cualquier resolución diplomática sostenible.
Irán y el "Eje de la Resistencia": una estrategia regional bajo presión
El 19 de noviembre de 2023, la milicia chiita Ansar Allah, conocida como los hutíes, capturó un buque comercial británico en el mar Rojo. Este incidente inició una serie de ataques contra Israel y sus aliados occidentales en respuesta a la ofensiva israelí en Gaza. En el último año, los hutíes han lanzado más de un centenar de ataques a buques mercantes, buscando desestabilizar intereses estratégicos vinculados al apoyo occidental a Israel. Estas acciones reflejan una dinámica geopolítica más amplia marcada por la rivalidad regional entre Israel e Irán.
"El Eje de la Resistencia busca contrarrestar la influencia de Israel y sus aliados occidentales, mientras desafía a Estados árabes suníes del Consejo de Cooperación del Golfo"
Irán, con 84,9 millones de habitantes y un territorio de 1,7 millones de km², lidera el llamado "Eje de la Resistencia", una red político-militar que incluye actores como Hezbolá en Líbano, Hamás en Gaza, milicias chiitas en Irak y Siria, y los hutíes en Yemen. Este eje busca contrarrestar la influencia de Israel y sus aliados occidentales, mientras desafía a Estados árabes suníes del Consejo de Cooperación del Golfo. Sin embargo, la reciente caída del régimen de Bashar al-Asad, aliado clave de Irán, ha debilitado su capacidad de proyección regional. Otra repercusión geopolítica de la ofensiva israelí contra la cúpula político-militar de Hezbolá.
A pesar de este revés, Hezbolá sigue siendo un pilar estratégico para Irán, con una fuerza estimada en 73.000 combatientes y una capacidad militar superior a la del propio ejército libanés. Su influencia ha sido clave para consolidar la presencia iraní en el Mediterráneo oriental. Por ejemplo, en 2023, el lanzamiento de drones desde Líbano hacia el campo de gas de Karish subrayó su capacidad para amenazar infraestructuras energéticas estratégicas. La disputa no resuelta sobre las fronteras marítimas entre Israel y Líbano continúa siendo un foco de tensión, con profundas implicaciones para la seguridad energética regional.
Por otro lado, las ofensivas hutíes en el mar Rojo han alterado una de las rutas comerciales más importantes del mundo. Este corredor, esencial para conectar Europa, Asia y África, maneja hasta el 15% del comercio mundial y el 40% de los intercambios entre Europa y Asia, incluyendo el 12% del crudo mundial y el 51% del gas natural licuado. Estas acciones no solo amenazan la economía global, sino que también refuerzan la capacidad de Irán para mantener una presencia estratégica en el golfo de Adén y Bab el-Mandeb.
A pesar de su alcance regional, Irán enfrenta límites significativos. Las sanciones internacionales han reducido drásticamente sus ingresos petroleros, de 2,8 millones de barriles diarios en 2018 a menos de un millón en 2023, según la Agencia Internacional de Energía. Este colapso financiero ha complicado el sostenimiento de sus aliados regionales y debilitado su infraestructura económica. Además, las protestas sociales iniciadas en septiembre de 2022 tras la muerte de Mahsa Amini han erosionado la legitimidad del régimen, convirtiéndose en un movimiento que exige reformas profundas. La posible reactivación de la política de "presión máxima" por parte de Donald Trump, con más sanciones económicas y aislamiento diplomático, podría aumentar las tensiones en un momento de fragilidad interna para Irán.
Reconfigurando el poder en una región fragmentada
La política de Joe Biden hacia el conflicto palestino-israelí se ha caracterizado por la falta de iniciativas concretas para una solución sostenible. Según el Instituto de Paz de Estados Unidos, su enfoque ha sido más de gestión que de resolución, sin abordar las raíces del conflicto ni ofrecer un proceso de negociación viable. Con el retorno de Donald Trump, la situación adquiere un nuevo matiz. Su enfoque, lejos de visiones tradicionales, se centra en acuerdos prácticos basados en beneficios mutuos. Es probable que Trump respalde las aspiraciones de Netanyahu, incluida la anexión parcial de Cisjordania, mientras intensifica las sanciones contra Irán, priorizando una guerra económica sobre una intervención militar directa. Desde el Middle East Institute, apuntan a que Trump podría aceptar concesiones simbólicas hacia los palestinos, como una versión limitada de un Estado, si esto facilita acuerdos estratégicos como la normalización con Arabia Saudita.
Las conversaciones entre Israel y Arabia Saudita, suspendidas tras los eventos del 7 de octubre, reflejan cambios profundos en la dinámica regional. Para Mohamed bin Salmán, los beneficios estratégicos y económicos prevalecen sobre el apoyo incondicional a la causa palestina, marcando un alejamiento del Plan Abdallah de 2002. Durante el mandato de Trump, la relación entre Washington y Riad alcanzó niveles sin precedentes, destacándose un acuerdo armamentístico de 110.000 millones de dólares y un respaldo explícito a las operaciones saudíes en Yemen. Este conflicto, intensificado por el apoyo iraní a los hutíes, ha servido como un campo de prueba para la hegemonía saudí, dejando a más de veintitrés millones de personas en situación de extrema necesidad humanitaria, según la ONU.
"La caída del régimen de Bashar al-Asad en Siria no solo altera el equilibrio regional al debilitar a Irán, sino que también impacta a Rusia, que pierde un aliado estratégico clave"
La rivalidad entre Irán y Arabia Saudita, ejes del islam chií y suní respectivamente, sigue siendo central en las tensiones de Oriente Medio. Ambos países compiten por el liderazgo en el mundo islámico, pero con estrategias diametralmente opuestas. En este contexto, la caída del régimen de Bashar al-Asad en Siria no solo altera el equilibrio regional al debilitar a Irán, sino que también impacta a Rusia, que pierde un aliado estratégico clave. Esto compromete su presencia militar y su acceso al Mediterráneo oriental, especialmente a través de la base naval de Tartus, evidenciando el desgaste geopolítico derivado de la guerra en Ucrania.
Estas dinámicas tampoco son ajenas a las rivalidades de poder entre Estados Unidos y China. Aunque la relación con Rusia estuvo marcada por sanciones y tensiones, Trump mostró interés en mantener un acercamiento pragmático con Moscú. Sin embargo, su política hacia China fue marcadamente distinta.
La guerra comercial y las sanciones dirigidas a Beijing marcaron un tono mucho más confrontacional, que China interpretó como un intento de frenar su expansión. Durante estos años, Beijing ha reforzado su posición en Oriente Medio a través de su Iniciativa de la Franja y la Ruta. Con un acuerdo estratégico de 400.000 millones de dólares firmado con Irán en 2021 y contratos energéticos como el de veintisiete años entre QatarEnergy y CNPC, China se consolida como un actor clave en la región. Catar, que exporta el 21% del GNL mundial y albergaba la sede política de Hamás, ha jugado un rol relevante como mediador regional. Su reciente retirada de las negociaciones entre Israel y Hamás ha permitido que Egipto asuma un rol más activo. Apoyado por su frontera con Gaza, a través del paso de Rafah, y sus vínculos históricos con Israel y Estados Unidos, la cúpula militar egipcia, liderada por el presidente Abdel Fattah al-Sisi, busca limitar la influencia islamista y garantizar la estabilidad regional.
En paralelo, Turquía se posiciona como un actor clave en el reordenamiento de Oriente Medio tras la caída de Bashar al-Asad. Impulsando su estrategia neotomanista, su apoyo decisivo a los rebeldes islamistas, junto con su capacidad para mediar entre Rusia y la OTAN, refuerzan su rol como potencia regional. Además, Ankara probablemente asuma el papel de garante de estabilidad en Siria, promoviendo un Gobierno de transición para evitar el caos. Sin embargo, su relación ambivalente con Estados Unidos, debido al apoyo norteamericano a los kurdos, y las tensiones con Israel en el conflicto palestino, reflejan los retos que enfrenta en su consolidación como potencia regional.
Un futuro incierto para la estabilidad global
La guerra civil siria, que comenzó en 2011 tras la brutal represión de las manifestaciones contra el régimen, se ha cobrado hasta ahora más de 500.000 víctimas y desencadenó una oleada masiva de migraciones. Desde entonces, más de seis millones de sirios huyeron del país y más de siete millones son desplazados internos.
"Estos eventos reflejan no solo la magnitud de los conflictos en Oriente Medio, sino también las consecuencias de un sistema internacional fragmentado, donde la unilateralidad y el nacionalismo han sustituido el consenso multilateral"
Estos años de violencia y brutalidad marcados por rivalidades de poder entre múltiples actores y a diferentes escalas han evidenciado las carencias estructurales del sistema internacional para prevenir conflictos prolongados y consolidar la paz. Mientras tanto, la crisis humanitaria en Gaza sigue deteriorándose. Según Human Rights Watch, los desplazamientos masivos desde el 7 de octubre, que afectan al 85% de la población (1,9 millones de personas), constituyen crímenes de lesa humanidad.
Estos eventos reflejan no solo la magnitud de los conflictos en Oriente Medio, sino también las consecuencias de un sistema internacional fragmentado, donde la unilateralidad y el nacionalismo han sustituido el consenso multilateral. En este escenario, líderes como Trump, Putin y Netanyahu han contribuido al debilitamiento de las instituciones internacionales, reduciendo su capacidad de respuesta ante crisis urgentes como las de Yemen, Siria, Gaza o Ucrania.
Lejos de estabilizarse, Oriente Medio se consolida como un campo de confrontación entre actores tradicionales y emergentes. La lucha por el control de recursos, rutas estratégicas y alianzas de la zona tiene una clara incidencia en el equilibrio geopolítico mundial. Sin cooperación internacional y respeto al derecho internacional, la inestabilidad y la violencia en Oriente Medio seguirán escalando y trascendiendo fronteras. Este escenario subraya la urgencia de reformar el sistema global, abordando tanto las dinámicas locales del conflicto como los factores estructurales que lo perpetúan. La inacción y el unilateralismo no solo agravan las crisis actuales, sino que amenazan el orden internacional.