Hubo un tiempo en el que la aznaridad observaba a los EE. UU. no solo como una tierra prometida, sino también como el espejo desde el que debían reflejarse todas las democracias liberales del mundo, el horizonte desde el que nacía y se agostaba el sol, la cuna del capitalismo y la libertad, el escudo de Occidente, la verdad última sobre la que se asentaban una idea de justicia y otra de prosperidad. Hubo un tiempo en el que la aznaridad, periodo político que definió en un ensayo homónimo Manuel Vázquez Montalbán, podía posar los pies sobre una mesa de la Casa Blanca junto a un presidente de los EE. UU. Un tiempo en el que un presidente español podía cabalgar a lomos de las mismas contradicciones que uno norteamericano y, a su vez, expresar una frágil y aparente supremacía sobre el resto de la civilización occidental.
"Cuatro presidentes norteamericanos y tres presidentes españoles después, EE. UU. y España se han situado en otras coordenadas políticas"
Han pasado más de veinte años de ese sueño atlantista, otrora convertido en pesadilla. Los atentados del 11 de septiembre dieron paso a la segunda guerra del Golfo. Osama Bin Laden volvió a abrir la eterna herida guerra civilista de los EE. UU. que se expandió por el mundo árabe. Le siguió tres años después el atentado de Atocha, dos días antes de las elecciones generales de 2004 ganadas por José Luis Rodríguez Zapatero; y la herida volvió a abrirse en Europa. Después Obama, después Trump, después Biden y ahora MAGA. Demasiado tiempo. Han pasado, exactamente, cuatro presidentes norteamericanos y tres presidentes españoles, suficientes para que EE. UU. y España se hayan situado en otras coordenadas políticas veinticinco años más tarde, más parecidas a las de una novela firmada por Philip Roth o Mario Cuenca Sandoval que a un discurso roosveltiano garante de la paz.
En EE. UU. gobierna Trump. El este de Ucrania vive asediado por Putin y en España, Vox roza el 20% de los votos mientras Pedro Sánchez sueña con un mito:
alcanzar el 35% de las papeletas para lograr ser investido presidente durante otra legislatura más.
Conviene recordar que Occidente se asienta sobre mitos y que todo mito encierra un viaje, o mejor dicho, un reto, una tarea.
Regresemos a EE. UU. Donald Trump ha iniciado su segundo mandato y su particular conjura contra América. El asesinato de Charlie Kirk ha creado el paisaje perfecto para
legitimar el recorte de libertades puesto en marcha en enero. La muerte del
influencer, retransmitida en todos los medios de comunicación,
ha convertido a la izquierda en un delincuente provisional, sospechosamente habitual de todas las tragedias, de todos los fraudes. Su funeral fue un ejemplo de eso que Jorge Dioni López ha venido en llamar
pornocracia.
"Aznar, entre la alarma y la perplejidad, parece que ha visto el rostro del abismo reflejado en los espejos del mismo despacho donde conversaba con George W. Bush"
La pornocracia es una exacerbación impúdica del poder. El poder desnudo de pudor. En las redes sociales españolas, los principales voceros del trumpismo, desde la izquierda rojiparda a la extrema derecha, han hecho lo mismo con Sánchez y todo lo que exhale cultura woke. Unos y otros quieren manchar el liberalismo con la sangre de Charlie Kirk.
El fantasma del francotirador se ha despertado. La muerte de Kirk pasará a formar parte de la historia audiovisual de los magnicidios inaugurado con el archivo Zapruder que registró el asesinato de JFK. Mientras tanto, Aznar, entre la alarma y la perplejidad, parece que ha visto el rostro del abismo reflejado en los espejos del mismo despacho donde, hace casi veinticinco años, se dejaba mecer como un niño en los brazos de George W. Bush.
Y es septiembre. Por lo tanto, FAES ha hablado. Su oráculo habla siempre en términos realistas. El cañón de luz de la fundación enfocó la semana pasada el cadáver de Charlie Kirk desde la calle O'Donnell y lo que iluminó fue el rostro de un joven tradie, reaccionario y adventista, representado en centenares de iconos, como los seculares mártires que nacieron del cristianismo ortodoxo.
Miles de personas levantaron el brazo durante su despedida mientras la viuda se abrazaba a Trump. El cañón de luz enfocó a todo lo que aconteció antes y después del asesinato de Charlie Kirk
y lo que mostró fue solo "el horror, el horror".
"El presidente de FAES advierte que ha llegado la hora de despertarse del gran letargo, no sin antes afirmar que la solución está muy lejos de ofrecerla Donald Trump"
Aznar lo declaró en el campus que reunió a la élite de la derecha conservadora española para abordar el futuro de Europa y su vínculo atlántico. "Soy europeísta porque soy atlantista" ha defendido en más de una ocasión el expresidente español. Pero José María Aznar se ha sentado sobre un discurso cobijado a la sombra de un árbol llamado Spengler.
Lo que hay al otro lado del atlántico debilita el atlantismo, dice el expresidente, que también cree que en los últimos veinte años, desde que dejó el Gobierno y el PP,
Europa se ha deslizado hacia la decadencia política, económica, tecnológica y cultural. Vivimos entre EE. UU. y China. Sólo somos un museo que se cae a pedazos, le ha faltado decir. El presidente de FAES advierte que ha llegado la hora de despertarse del gran letargo, no sin antes afirmar que la solución está muy lejos de ofrecerla Donald Trump —tampoco tiene por qué— y el movimiento MAGA.
Desde la irrupción de este movimiento, tanto FAES como Aznar han venido distanciándose, marcando barreras. FAES no juega en la liga de los red necks. "Quienes en este lado del Atlántico se han sumado con tanta alegría al movimiento MAGA, acrónimo del inglés "Hagamos a América grande de nuevo", deben estar en vigilia permanente. "No saben lo que traerá cada día, la sorpresa cotidiana que saldrá del Despacho Oval ni hasta cuándo Trump se empeñará en dejar patente la extravagante y desviada apuesta de aquellos por el hermanamiento con una política dictada únicamente por la forma en que el interés de Estados Unidos es interpretado por un presidente que no reconoce ni la relación transatlántica, ni los compromisos de seguridad compartidos, ni las reglas que ordenan el comercio internacional". Estas eran las palabras de Javier Zarzalejos, director de la Fundación en marzo de este año.
Las pueden leer en la web que recoge el artículo publicado en el diario El Mundo.
Las notas de FAES son siempre de especial interés. Representan la expresión de la derecha española entendida como poder. En una de las últimas notas, se referían a Trump como "el cliente de Stormy Daniels".
Aznar dejó su firma al respecto con una coherencia rotunda: "No quieren expandir su superioridad en el mundo, sino atrincherarse y repartirse el planeta en las viejas influencias de Yalta", afirmó. "EE. UU. ha caído en el populismo y expande el populismo. Yo no lo comparto".
Aznar podía estar hablando del movimiento MAGA, también podía estar refiriéndose a Trump, pero la gravedad de las mismas palabras que lo hacían parecer un hombre de Estado con la mirada global puesta en la OTAN, también lo hacían parecer una manzana caída directamente del árbol al cesto de la política nacional.
¿Acaso su partido no ha sucumbido en ese pecado pactando gobiernos autonómicos con Vox?
Aznar tiene un determinante poder intramuros en el PP y desde su salida sigue intentando dar una imagen de estadista que, en Felipe González, parecía congénita hasta que llegó Sánchez. Hoy uno y otro están sospechosamente coaligados en su denuncia del antisemitismo. La razón de Estado ha sido habitualmente una máscara de la razón de los intereses de determinados grupos que sí controlan el Estado. Y se ha demostrado una vez más con el genocidio palestino declarado por Pedro Sánchez. Las viejas gárgolas del 78 no han tardado en exhalar fuego.
"Durante los tres días que duró el campus de FAES, solo un hombre se atrevió a referirse a Gaza, aunque solo fuera para atacar a Sánchez: lo hizo Feijóo"
Aznar quiere estar lejos de Trump pero cerca de Netanyahu. Durante los tres días que duró el campus de FAES, solo un hombre se atrevió a referirse a Gaza, aunque solo fuera para atacar a Sánchez. Se llamaba Alberto Núñez Feijóo. Y sí, formalmente es el actual presidente del PP. A Trump se le puede criticar su falta de lucidez o su alarmante impredecibilidad, pero a Netanyahu no se le puede acusar de genocida porque su fracaso podría poner "a Occidente al borde de la derrota". Son palabras de Aznar.
La Vuelta Ciclista a Sarajevo ha escrito en las calles de Madrid lo que el Real Instituto El Cano ha hecho público en uno de sus últimos sondeos:
el 82% de los españoles está en contra del genocidio israelí sobre el pueblo palestino. La gran baza del PSOE y el resto de satélites que hay a su izquierda es una posición política: el mejor discurso está envuelto con un pañuelo palestino.
La socialdemocracia ha sabido conjugar el verbo de los intereses con el sujeto de los principios mientras la derecha ha descubierto un enorme claro en el bosque, un vacío político en su estrategia internacional que José María Aznar se encargó de ocupar desde el campus FAES. Lo hizo alejándose de Trump y acercándose a Netanyahu, con la misma determinación que apoyó la invasión de Irak durante la segunda guerra del Golfo.
La aznaridad, concluimos, no ha cambiado en casi veinticinco años. Ciertamente, el presidente de la Fundación de Análisis y Estudios tiene una visión estática del mundo.
En cualquier caso, hace unos meses nos preguntábamos si había retornado la aznaridad. Hoy podemos afirmar que ya está aquí. En Génova ya se atisban sus estandartes. Vayan y vean.