Martes, 28 de julio de 2026
POLARIZACIÓN

Kirk o la comunidad desgarrada

El escritor y periodista Julio Llorente se siente casi menos "desconcertado" por "la psicopatía" del asesino del comunicador que por "la complicidad de una multitud ideologizada", que ha hecho un "esfuerzo coral, acrobático" por "travestir la perversidad de justicia". "Charlie Kirk no era un fascista, mucho menos un nazi. Era un padre de familia que exponía sus ideas —algunas discutibles, otras irrefutables— en el ágora", asevera. Según resalta, el desafío ahora es reconstruir el 'nosotros', que exige también "un compromiso personal".

Julio Llorente Julio Llorente 18 de septiembre de 2025
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Kirk, minutos antes de ser asesinado, en un encuentro con universitarios en Utah. | Charles McClintock Wilson / Zuma Press / ContactoPhoto
Kirk, minutos antes de ser asesinado, en un encuentro con universitarios en Utah. | Charles McClintock Wilson / Zuma Press / ContactoPhoto
"Un asesinato es siempre injustificable". Cuando esta afirmación deviene refutable, cuando su nitidez se difumina, cuando ya no parece axiomática sino arbitraria o prejuiciosa, podemos estar seguros de la quiebra de un bien. El asesinato de Charlie Kirk y el posterior chapoteo de según quiénes en el lodazal de las adversativas nos revelan una degeneración ética. La frase apócrifa de Voltaire, repetida hasta la náusea, ha trocado en lo que acaso siempre fue: un flatus vocis, la cháchara vanilocuente de personas más dogmáticas que los dogmáticos a los que dicen combatir. A la convivencia edénica de ideas le siguió la reprobación de discursos indecibles. A la censura de discursos indecibles le ha sucedido la disculpa, en ocasiones la justificación, de un tiro en el cuello. Cuánto pringaba estos días una simple incursión en Twitter. El chapoteo no estaba reservado a los perfiles anónimos de siempre; también comentaristas prestigiosos, respetados por su finura analítica y sus matizadísimas opiniones, se demoraron en justificaciones de diversa índole.

"Tyler Robinson, que debería suscitar un rechazo unánime, se aparece ante demasiados como un justiciero. Charlie Kirk, que debería suscitar una compasión infinita, se aparece ante demasiados como un provocador"
Escribía Charlie Kirk, peligroso fascista a juicio del progresismo transnacional, que podemos conocer bien a alguien por su reacción ante la muerte de otro. Es una afirmación escrupulosamente verdadera. La carroña constituye una oportunidad para la piedad, pero también para la depredación. El revoloteo de los buitres, su danza macabra alrededor del cuerpo, ha sido más revelador que el propio delito. No nos extraña la psicopatía del asesino, sino la complicidad de una multitud ideologizada. No nos desconcierta la perversidad de uno, sino el esfuerzo coral, acrobático, por travestirla de justicia. Tyler Robinson, que debería suscitar un rechazo unánime, se aparece ante demasiados como un justiciero. Charlie Kirk, que debería suscitar una compasión infinita, se aparece ante demasiados como un provocador. El recto orden de las cosas se ha subvertido: el criminal es ahora víctima y la víctima, criminal. 

El caso cobra gravedad si atendemos a la personalidad de Kirk. No era un fascista, mucho menos un nazi. Era un padre de familia que exponía sus ideas —algunas discutibles, otras irrefutables— en el ágora. Quizá su cosmovisión no fuese progresista, pero la defendía canónicamente, a la usanza liberal, como los carroñeros exigen a todos salvo a sí mismos que la defiendan. Él encarnaba el conocido adagio latino suaviter in modo, fortiter in re. ¿Puede ser un ultra quien somete sus tesis al escrutinio público, quien las mide en debates universitarios? La desproporción entre el talante de Kirk y el de sus detractores es elocuente. ¿Y si el asesinato hubiese respondido menos al odio que a la impotencia? ¿Y si los vituperios —fascista, nazi, extremista— constituyesen tan solo el grito de desesperación del derrotado? 

Unidad y horizontes comunes

Sí es preciso preguntarse por los motivos de la degeneración. ¿Cómo hemos llegado al extremo del crimen ideológico y de su justificación multitudinaria? Los síntomas de una quiebra social —en Estados Unidos y en todo Occidente— son ya insoslayables. A la declaración de una guerra cultural le seguirá el estallido de una guerra abierta. A la demonización del adversario le seguirá, si no lo evitamos, su linchamiento. La violencia es el inexorable corolario de la polarización. Cuando el discrepante ya no es un prójimo sino un enemigo, cuando se le presuponen intenciones torcidas, cuando se lo considera pecaminosamente arrellanado en el error, la detonación del rifle es apenas cuestión de tiempo. Las retóricas belicosas suelen culminar en derramamientos de sangre. Extinguida la cordialidad, solo puede desatarse el conflicto. 

"Los políticos pueden devastar la concordia, pero nunca procurarla. Corresponde a cada uno de nosotros, en verdad, cultivar la amistad civil, concebir al otro como prójimo y no como enemigo"
¿Hemos de resignarnos, por tanto, a una escalada de la violencia? En realidad, depende del común de los mortales evitarlo. Los políticos pueden devastar la concordia, pero nunca procurarla. Corresponde a cada uno de nosotros, en verdad, cultivar la amistad civil, concebir al otro como prójimo y no como enemigo, medir las palabras para que sean tan caritativas como verdaderas. Acertaba santo Tomás de Aquino cuando identificaba la unidad como el mayor bien de la comunidad política. En realidad, es su misma condición. Como acostumbra a decir Jorge Freire, no habrá comunidad si no hay horizontes comunes, y no habrá horizontes comunes si escasean los afectos compartidos. Cuando se desgarra una sociedad, no bastan las leyes para remendarla: conocemos sobradamente su insuficiencia. El nosotros exige, más que políticas de Estado, un compromiso personal. 

El caso de Charlie Kirk es la temprana epifanía de un mal larvado, todavía en formación. Podemos considerar su advertencia o, como en tantas otras ocasiones, mirar al tendido. 
Julio Llorente
Julio Llorente
Editor en CEU Ediciones y director de Ediciones Monóculo
Compagina su trabajo de edición con colaboraciones en medios como 'Alfa y Omega', COPE o TRECE. Es autor de 'Titubeos' (La Isla de Siltolá).
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